CAPÍTULO 13
El salón de los Turnerfield no se quedó en silencio; se convirtió en un avispero. El eco del golpe de Meryl contra la mejilla de Peter seguía vibrando en el aire, mezclándose con los susurros frenéticos que corrían de mesa en mesa como un reguero de pólvora.
—¡Miserable! ¡Desgraciado!
Ella alzó el mentón y lo dejó plantado con el rostro rojo por la bofetada.
Louis Field, ajeno a la descomposición interna de Peter, le estrechó el hombro con una familiaridad que ahora le resultaba repulsiva, casi tóxica.
—¡Ha sido una actuación sublime, Peter! —exclamó Louis, con una alegría que rozaba lo sádico—. La bofetada ha sido el clímax perfecto. Has jugado tu papel hasta el final, tal como dictaba el trato. ¿Ves ese pagaré? Ya es tuyo. Vamos, el carruaje nos espera a las afueras. Londres te aclama.
Peter no se movió. Su rostro, marcado por la huella roja de la mano de Meryl, parecía el de un hombre que acaba de despertar de un sueño febril para descubrir que su casa se ha quemado hasta los cimientos.
Miró a Louis, no con odio, sino con una claridad gélida que hizo que la sonrisa del otro vacilara.
—No —dijo Peter. Su voz no fue un grito, pero hizo que John Neville, que se acercaba con aires de triunfador, se detuviera en seco.
—¿Cómo dices? —preguntó Louis, su tono volviéndose peligroso.
—Que no voy a Londres —Peter tomó el pagaré de las manos de Louis.
Con una lentitud deliberada, lo rasgó en cuatro pedazos ante los ojos atónitos de los presentes—.
No voy a cobrar nada. Y si vuelves a mencionar el nombre de Meryl Robins, o si permites que tu sombra se acerque a ella, te juro que no habrá club en Londres lo suficientemente grande como para esconderte de lo que voy a hacerte.
Louis palideció, su máscara de señorito de mundo se resquebrajó de pura incredulidad.
—Estás loco. Has perdido tu credibilidad, has perdido tu oportunidad de saldar tus deudas de juego...
—He perdido una apuesta —corrigió Peter, dejando caer los trozos de papel al suelo de parqué—. Lo que he recuperado, aunque ella nunca me lo perdone, es la capacidad de no ser como tú, y como ellos.
Peter dejó a sus antiguos amigos petrificados en medio del salón y caminó hacia la salida.
No buscó a Meryl. No buscaba una redención inmediata ni un perdón que sabía inmerecido.
Solo necesitaba salir al aire frío de la noche, lejos de los candelabros y de la hipocresía que había alimentado su vida hasta aquel momento.
Al salir, el silencio de las colinas de Derbyshire lo recibió como una sentencia.
Se detuvo en la verja de entrada. A lo lejos, vio a Meryl.
Estaba en la terraza, con la espalda erguida, hablando con el vicario.
Por un segundo, ella giró la cabeza y sus miradas se cruzaron a través del cristal del salón.
No hubo saludo. No hubo despedida. Pero en los ojos de Meryl, Peter no vio el odio que él había esperado; vio un abismo de decepción que, irónicamente, era más honesto que cualquier beso que se hubieran dado.
Peter se subió el cuello del abrigo y comenzó a caminar.
No tenía un plan, ni un club donde refugiarse, ni el oro de una apuesta ganada.
Por primera vez en su vida, era un hombre sin nombre y sin destino.
Y mientras se alejaba de las luces de la mansión, sintió que el frío de la noche, por primera vez, no le dolía: era el precio exacto de haber dejado de mentir.
La función había terminado. Y en la oscuridad, Peter Jay Crossman dio el primer paso de un camino que, aunque largo y solitario, al fin le pertenecía solo a él. Y entonces escuchó la voz de su hermano mayor que lo llamaba. Se giró y lo vio plantado esperándolo. ¿Lo habría visto todo?
***
La irrupción de Joel Crossman en el salón de los Turnerfield transformó la farsa en tragedia.
No fue un juez entrando en un tribunal; fue un arquitecto que llega a demoler un edificio que amenaza con desplomarse sobre toda su linaje.
Un conde no aparece en un baile de provincias sin aviso a menos que el daño sea irreparable.
Joel fijó la vista en su hermano menor, y cada uno de sus pasos hacia él tenía la cadencia de una sentencia. Había visto la bofetada desde el umbral, una marca roja que ahora decoraba la mejilla de Peter como un emblema de su derrota final.
—¡Hija! —exclamó el barón Harington, irrumpiendo entre el gentío, con la cara congestionada de una furia protectora—. ¡Vámonos de aquí ahora mismo! ¡No dejaré que este miserable siga siendo el centro de su deshonra!
—¡No pienso irme, padre! —replicó Meryl, aunque su voz temblaba por el enfado—. No soy yo la que debe sentir vergüenza. La verdad ha sido dicha, y eso es lo único que importa.
Joel ardía de furia. Volvió a llamar a su hermano desde el jardín trasero. Pensó que su hermano lo ignoraría, pero no fue así. Finalmente, Peter giró y comenzó a caminar hacia al casa. Cada paso era como arrastrar una cruz santa sobre sus hombros.
—¡Qué demonios haces aquí, Joel! —exclamó Peter con voz impregnada de fastidio.
—No has hecho más que avergonzar nuestro apellido, Peter —dijo Joel en voz baja, pero con un tono que cortó el aire como acero frío—.
El carruaje está fuera. Mañana partimos hacia Portsmouth.
He hablado con el Almirantazgo. Vas a servir como voluntario de primera clase.
Si el mar no te enseña a ser un hombre, espero que al menos te enseñe a no ser un ser más despreciable de lo que ya eres.
Pero antes, debo hacer lo que la decencia nos dicta. No te muevas de aquí.
Joel caminó hacia Meryl con una rigidez aristocrática que rozaba la arrogancia.
—Señorita… —el conde titubeó, al darse cuenta de que no conocía el apellido de la mujer que había abofeteado a su hermano.
Meryl lo miró. En los ojos de Joel, no vio la vulnerabilidad de Peter; vio a otro Crossman, más frío, más poderoso, intentando limpiar el desorden con la misma autoridad con la que se ordena a un sirviente retirar una mancha de vino.
—¿Viene a pedirme explicaciones, milord? Se merecía la bofetada —dijo Meryl. Su voz, tensa y afilada, cortó el murmullo de la sala.
—Soy consciente de que mi hermano se merecía esa bofetada y otras muchas —le aclaró con tono medido—. Y deseo pedirle disculpas en su nombre.
—Dígale que no las acepto.
—Entonces acepte las mías —insistió él.
Meryl parpadeó por la sorpresa, pero le duró solo un instante.
—Permítame decirle que sus disculpas serían tan baratas como las palabras de su hermano. Si realmente quiere disculparse, hágame el favor de llevárselo y no deje que vuelva a cruzarse en mi camino. No quiero volver a ver un escudo de armas de los Crossman en lo que me queda de existencia.
Meryl se dio la vuelta, y el barón la escoltó fuera del salón. No hubo una despedida dramática, solo el sonido de sus pasos sobre el parqué, alejándose hacia una vida donde Peter ya no existía.