CAPÍTULO 7
La casa de los Turnerfield no era un hogar; era una vitrina de lujo ostentoso, un escenario donde cada objeto gritaba su propio valor para ocultar el vacío de sus dueños.
El aire, saturado de esencias francesas y del olor metálico de la cera quemada, parecía presionar los pulmones de Meryl.
Se sentía como una intrusa en una obra de teatro donde ella era la única que no conocía el guion.
Y, sin embargo, sus ojos no buscaban la salida. Buscaban a Peter.
Él era el sol alrededor del cual orbitaba toda la vanidad del salón.
Lo observó reír —una risa tan perfecta que resultaba sospechosa— mientras envolvía a los invitados en una red de anécdotas sobre Ascot que probablemente eran tan falsas como su propia presencia allí.
Louis Field y Neville permanecían en la periferia, como cuervos esperando a que la presa cometiera el primer error, alimentando el veneno de su apuesta con cada mirada cómplice.
Cuando Peter se acercó a ella, Meryl sintió que el suelo de parqué se volvía inestable.
—Señorita Robins —dijo él, y su voz, baja y precisa, rasgó el murmullo ambiental—. Me preguntaba si el barro del sendero del río le habría hecho jurar no volver a ver a un londinense nunca más.
—El barro se limpia con agua, señor Crossman —respondió ella, obligándose a mantener la espalda tan rígida que el dolor le servía de ancla para mantener el tono—. Hay otras manchas, sin embargo, que requieren mucho más que agua para desaparecer.
Peter esbozó una sonrisa —mitad burla, mitad invitación—, un gesto que conocía tan bien que le resultaba insultante.
Durante la cena, él se convirtió en un prestidigitador.
Meryl lo observaba desde el otro lado de la mesa, horrorizada por la facilidad con la que él se transformaba: de dandi cínico a oyente compasivo del vicario.
Era un camaleón que se alimentaba de la atención ajena, y cada vez que sus miradas se cruzaban, Peter le lanzaba un destello de complicidad, como si la estuviera invitando a ser su única espectadora real en una sala llena de figurantes.
«Usa la verdad para mentir». Meryl recordaba las palabras que Neville había soltado en el andén.
Era aterrador: Peter no estaba interpretando un papel para impresionar a la sociedad; estaba interpretando un papel para seducirla a ella, usando la verdad de su aburrimiento y de su soledad como el arma más afilada de su arsenal.
Al terminar el banquete, Meryl huyó al balcón. El frío de Derbyshire la golpeó como un bofetón de realidad, un bálsamo contra el exceso de vino y las palabras almibaradas que habían estado flotando en el salón.
—¿Se está escondiendo de sus vecinos o de mí? —la voz de Peter surgió de las sombras, un susurro que le erizó el vello de la nuca.
—De la falsedad, señor Crossman —respondió ella, girándose para enfrentarlo—. Hay tanto barniz en ese salón que me falta el aire. Y temo que su máscara sea la capa más gruesa de todas.
Peter se apoyó en la barandilla de piedra, perdiendo por un instante esa postura de figurín de moda. Sus hombros se desplomaron, y por primera vez pareció un hombre cansado, un hombre que no tenía a dónde regresar.
—¿Cree que todo esto es una mentira? —preguntó, señalando hacia el interior, donde la música empezaba a subir de tono—. He pagado al médico, Meryl. He escuchado las historias del vicario sobre la fe de sus parroquianos. He intentado ser... lo que usted considera un caballero.
—Ha intentado ser un actor —replicó ella, dando un paso hacia él, invadiendo su territorio—. Lo que me aterra no es que mienta a los demás. Lo que me hiela la sangre es que empiece a creerse sus propias invenciones para conseguir lo que quiere de mí.
Peter se tensó. El aire entre ellos ya no era denso; era hostil, cargado de una electricidad estática que hacía que la piel le hormigueara.
—¿Y qué es lo que quiero de usted, señorita Robins? —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa, una amenaza susurrada que le vibró en el plexo solar.
—Eso es lo que espero que me diga antes de que termine la noche —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una audacia que la asustó—.
Porque si esto es un juego, le advierto que yo no tengo nada con lo que apostar.
Excepto mi nombre y mi cordura. Y no pienso perder ninguna de las dos en una partida que ya está amañada.
Peter no respondió. Durante un segundo, la máscara de dandi se resquebrajó del todo.
Meryl vio algo oscuro, hambriento y desesperadamente humano en sus ojos: una necesidad de ser visto, de ser validado, que no tenía nada que ver con mil libras ni con el orgullo de Field.
Era la mirada de un hombre que se ahoga y se agarra a lo primero que encuentra.
—No apueste nada, Meryl —susurró él, usando su nombre por primera vez. El sonido en sus labios fue como un decreto—. Solo... quédese quieta un momento.
Él se acercó. Meryl no retrocedió; el impulso de huir fue vencido por una fascinación morbosa, la necesidad de comprobar si el hombre que tenía delante era de carne y hueso o solo un reflejo de sus propios deseos.
El beso la pilló por sorpresa, pero no fue una entrega dulce.
Fue un choque. Sus labios sabían a brandy y a desesperación.
Peter la agarró por la cintura con una urgencia que no venía de la seducción, sino de un pánico sordo, como si la necesitara para evitar que el mundo que él conocía se desintegrara por completo.
Meryl sintió que todo su racionalismo, todas las advertencias de su padre y el miedo de Simone, se disolvían en un contacto que, aunque peligroso, era la primera cosa real que él le ofrecía.
Era un beso en su torpeza apasionada, le confesaba que, fuera cual fuera la apuesta, Peter Jay Crossman estaba empezando a perderla, y lo más terrible de todo es que a ella empezaba a no importarle.
***
El salón de Darby Abbey, con sus techos altos y sus sombras alargadas, se sentía esta noche como una trampa diseñada con arte y habilidad.
El aroma a flores frescas que aún impregnaba la ropa de Peter, un recuerdo punzante del beso en el balcón, chocaba violentamente con el hedor a tabaco barato y el cinismo denso que Louis Field exhalaba como si fuera su propio aliento.
Peter entró tirando los guantes sobre la consola, con el sabor del clarete de los Turnerfield —aquel vino mediocre que había intentado fingir que disfrutaba— amargándole la lengua.
No quería hablar. Quería que el silencio lo envolviera antes de tener que admitir ante sí mismo que la mirada de Meryl en el balcón, aquel instante de vulnerabilidad en el que ella dejó de ser su antagonista para convertirse en su espejo, le había dejado desarmado, como un principiante que se enfrenta por primera vez a un duelo real.
—Vaya, ha vuelto el héroe de las causas perdidas —soltó Louis desde la penumbra.
Estaba hundido en un sillón, con una botella de Oporto a medio vaciar, observando el fuego con la desidia de un emperador romano en plena decadencia—.
Te hemos estado esperando, Crossman. John apostaba a que te habías fugado con la maestra a un granero, pero yo le he dicho que tienes demasiado apego a tus botas de montar italianas como para llenarlas de paja por un capricho.
Neville, junto a la chimenea, se limitó a arquear una ceja mientras se servía una copa, una sombra impasible en el tablero de juego.
—¿Y bien? —preguntó John—. ¿Ha servido de algo la caridad del médico? ¿O la solterona sigue tratándote como a un perro sarnoso?
Peter se sirvió un whisky. El cristal tintineó contra la decantadora, un sonido estridente que delató la trepidación de su pulso. La rabia no era contra sus amigos; era contra la facilidad con la que estaban profanando el recuerdo de aquella noche.
—Se llama Meryl —dijo Peter.
La palabra salió de sus labios con una suavidad involuntaria y, en cuanto se dio cuenta, un sudor frío le recorrió la espalda.
Louis soltó una carcajada que sonó como un cristal roto contra el suelo.
—¡Oh, por Dios! Ya estamos en la fase de los nombres de pila. ¿Qué sigue, Peter? ¿Escribirle un soneto a su falda de lana? ¿O es que te ha dado un sermón tan bueno que vas a pedirle a tu hermano que te deje entrar en el seminario?
—No me ha dado ningún sermón —gruñó Peter, sentándose frente a ellos. Su cuerpo, sin embargo, estaba rígido, tensado por una urgencia que no lograba identificar—. Me ha dicho que soy un actor. Que todo esto es un barniz para conseguir lo que quiero.
Louis se inclinó hacia adelante. La luz del fuego le confería una máscara de demonio, y su voz bajó de tono hasta convertirse en un siseo.
—Y tiene razón, ¿no? Porque lo que quieres es ganar la apuesta, cobrar las mil libras y largarte de este agujero podrido antes de que la niebla te consuma la cordura. O al menos eso decías hace días, cuando jurabas que podías seducir a cualquier mujer que supiera leer y escribir.
—Esto es distinto —respondió Peter. Su voz sonaba hueca, una negación sin convicción.
—No, no lo es —cortó John, cruzando los brazos con una severidad que no dejaba lugar a dudas—.
Lo que pasa es que te ha herido el orgullo.
Te ha calado hasta los huesos, te ha llamado falso, y ahora quieres demostrarle que eres el hombre más real del mundo...
aunque para eso tengas que mentirle el doble.
Louis sonrió, una mueca cargada de veneno que no llegó a sus ojos.
—Mañana es el mercado en el pueblo. Ella estará allí.
Si de verdad no eres un actor de cuarta categoría, Crossman, ve y dale un motivo para que todo el condado hable de ella.
Hazle un regalo. No pan para los pobres, sino algo para ella.
Algo que una maestra de escuela no pueda permitirse en diez vidas. Algo que la comprometa frente a todos.
—¿Comprometerla? —Peter frunció el ceño, sintiendo una náusea física.
—Si acepta un regalo caro de un hombre como tú delante de sus vecinos, ya es tuya —dijo Louis, encogiéndose de hombros con una indiferencia que ocultaba una crueldad infinita—.
Su reputación quedará atada a la tuya. Y entonces veremos si esa cabeza fría de la que presumes no empieza a arder de vergüenza o de deseo. Mil libras, Peter. No lo olvides.
Peter miró el fuego, observando cómo las llamas devoraban la madera.
La imagen de Meryl en el balcón —su indómita fragilidad, su necesidad de que él fuera real— chocaba violentamente contra la voz sibilina de Louis, que martilleaba su conciencia.
Se sentía como si estuviera caminando por una cuerda floja sobre un abismo, y sus amigos estuvieran saltando en los extremos del cable solo para verle caer.
—Mañana —dijo Peter, con una frialdad gélida, una máscara que se ajustó con esfuerzo—. Mañana se acaba el juego.
—Mañana empieza lo verdaderamente divertido —corrigió Louis, levantando su copa en un brindis que sabía a sentencia.
Peter terminó su whisky de un trago. Mañana, pensó, Meryl descubriría de qué estaba hecho el barniz que él intentaba venderle. Pero, muy en el fondo, una voz pequeña y aterrada le susurraba que, si le entregaba aquel regalo, no sería a ella a quien estaría comprometiendo, sino a sí mismo.