CAPÍTULO 6
Tintwistle no necesitaba periódicos para difundir sus venenos; le bastaban las escaleras de la iglesia y la cola del molino.
Meryl lo percibió en el modo en que la viuda Hedges la saludó —una inclinación de cabeza más lenta y calculada de lo habitual— y en el silencio súbito de las costureras al verla pasar.
El aire del pueblo se había vuelto espeso, cargado de un interés que se pegaba a la piel como una mancha de tinta que ella, por más que se restregara, no lograba limpiar.
Llegó a su casa con los pies pesados y la cabeza hirviendo. Simone la esperaba en el vestíbulo, fingiendo que sacudía un jarrón que ya brillaba como un espejo; su actitud era la de alguien que guarda un secreto que le quema las manos.
—El cartero ha dejado dos cartas para el barón —dijo la mujer, sin levantar la vista—, y tres preguntas para mí sobre quién es ese caballero que la acompaña a las chozas de los mineros. Están diciendo cosas, Meryl. Cosas que no me gustan.
Meryl ni siquiera se detuvo. Su pragmatismo era un escudo de papel contra la metralla del chismorreo.
—Dígales que es un hombre con más dinero que sentido común, Simone. No alimente a las hienas; si tienen hambre, que busquen otra presa.
Subió al salón principal. Su padre estaba allí, envuelto en su vieja manta escocesa, exhalando ese aroma a papel amarillento y a encierro que se había convertido en el perfume de su existencia.
No miraba el jardín, como solía hacer; miraba el fuego moribundo, analizando las ascuas con la intensidad de un adivino que presagia un desastre.
—Te han visto, Meryl —soltó el barón, sin preámbulo—. Tres veces esta semana. Y no paseando con un vecino, sino con el cachorro de los Crossman.
Meryl suspiró, sintiendo cómo el moño le tiraba de la raíz del cuero cabelludo. Se soltó las horquillas y dejó que el cabello le cayera sobre los hombros, un gesto de liberación que, sin embargo, no alivió la opresión de su pecho.
—Está aburrido, padre. Y yo necesito manos para cargar las medicinas y el caldo para los Turner. Es un intercambio útil.
—No me mientas —replicó el barón, girándose hacia ella con una lucidez repentina y afilada que la inquietó profundamente—.
A tu edad, nada es solo «útil» cuando se trata de un hombre como ese.
Me preocupa que estés empezando a buscar algo en sus ojos que él, sencillamente, no posee.
Ese muchacho es un Crossman hasta la médula.
Tienen la mirada hecha de espejos: solo te devolverán la imagen que tú quieres ver de ti misma para poder seducirte.
Meryl se sentó al borde del sofá, apretando las manos en su regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ya no soy una niña, padre. Sé perfectamente que es un dandi de ciudad.
Pero... —hizo una pausa, luchando contra una confesión que no quería admitir ante nadie, ni siquiera ante sí misma—.
Ayer, en casa de los Turner, se quedó lívido ante la fiebre de la niña.
Hubo un instante en que no fue el lord de Darby Abbey.
Fue solo un hombre asustado por una miseria que no entendía.
Me miró como si yo fuera el único punto de apoyo en un suelo que se hundía bajo sus pies.
El barón soltó un bufido que derivó en una tos seca y profunda.
—Eso se llama fascinación por el abismo, hija. Te mira así porque eres la novedad en su vida de seda. No te confundas: él no desea tu mundo, solo quiere ver cómo alguien con tu fortaleza sobrevive en él. Es un turista de la desgracia.
A Meryl le hizo gracia la definición, pero una risa amarga. Turista de la desgracia . La frase le encajó con una precisión dolorosa.
—¿Y si se equivoca? —preguntó ella, con un hilo de voz que odió al escuchar—. ¿Y si hay algo real bajo ese barniz espeso? ¿Y si, tras todas esas capas de cinismo, hay un hombre intentando salir?
—Si lo hay, no serás tú quien lo saque a flote sin ahogarte en el intento —sentenció su padre, volviendo a fijar la vista en el fuego—.
Escúchame: un hombre que juega a ser bueno por aburrimiento es mucho más peligroso que uno que es malo por naturaleza.
El primero te romperá el corazón solo para ver qué hay dentro, como un niño que destripa un reloj para ver cómo funciona el tiempo.
Meryl sintió un frío seco en el estómago. La advertencia era una verdad que su cabeza aceptaba con lógica, pero que su cuerpo, traicionero, empezaba a ignorar.
—Tendré cuidado —dijo ella, levantándose.
—No —respondió el barón, con una certeza que la hizo temblar—. No tendrás cuidado. Ya estás buscando razones para perdonarle errores que aún no ha cometido. Y eso es, precisamente, lo que empieza a ser peligroso.
Meryl salió del salón sin replicar. Simone estaba en el pasillo, envuelta en sombras, esperando.
—¿Ha dicho que es peligroso? —susurró el ama de llaves, con los ojos llenos de miedo.
—Ha dicho que es un Crossman —respondió Meryl, mientras se dirigía a su habitación—. Y para él, me temo que viene a ser exactamente lo mismo.
***
La cocina de los Harington se sentía como un microcosmos de la vida de Meryl: un esfuerzo constante por mantener el orden frente al caos que se colaba por las rendijas.
El ambiente estaba saturado del aroma especiado del asado, de la ceniza caliente de la estufa y del rastro acre del vinagre, una mezcla que, en otros tiempos, le habría parecido hogareña, pero que ahora le resultaba sofocante.
Simone Hughes estaba en plena batalla con una pieza de buey, golpeando la carne con un mazo de madera que resonaba en las vigas del techo como un tambor de guerra.
Era una mujer forjada en el rigor de las décadas de servicio, alguien que medía el mundo por la limpieza de los cubiertos y la obediencia de los sirvientes.
Meryl entró intentando ser invisible, pero Simone tenía oídos que detectaban hasta la duda en el caminar de una persona.
—Ya llegas tarde para las zanahorias y demasiado temprano para el sermón —dijo la mujer sin levantar la vista del mazo—. ¿Qué te ha pasado en la cara? Tienes una expresión tan brillante y desubicada que parece que te hayas tragado una lámpara de gas.
Meryl se sentó a la mesa y tomó un cuchillo de pelar con manos que le pesaban. Intentó concentrarse en la piel rugosa de una patata, pero sus dedos, normalmente precisos, daban pequeños tirones nerviosos. El contraste entre la realidad de la cocina y el recuerdo del río la desestabilizaba.
—He estado con el señor Crossman —soltó, como quien se quita una venda infectada de un tirón.
Simone dejó de golpear la carne. El silencio en la cocina fue, de pronto, más atronador que los mazazos anteriores. El tiempo pareció suspenderse.
—Ya. Y supongo que ese caballero de Londres te ha contado que las nubes de Derbyshire son mucho más artísticas cuando tú las miras, ¿no? —Simone se limpió las manos en el delantal con una parsimonia que era puro veneno ensayado—. Meryl, mírame.
Meryl levantó la vista. No buscaba perdón; buscaba un aliado, pero en los ojos de Simone solo encontró la cruda sabiduría de quien ha visto a demasiadas mujeres desmoronarse por un apellido.
—No me ha dicho ninguna cursilería, Simone. Me ha acompañado a los suburbios. Ha pagado al médico de su propio bolsillo y ni siquiera ha permitido que los Turner le dieran las gracias. Ha actuado con decencia.
—¿Y eso lo convierte en un santo? —Simone se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio personal con la autoridad de una madre—.
Eso lo convierte en un hombre con mala conciencia y mucho oro sobrante.
Está usando tu pueblo como si fuera un libro de ilustraciones para pasar el rato.
Cuando se aburra de pasar las páginas, cerrará el libro, volverá a sus clubes de seda y contará a sus amigos lo pintoresca y emocionante que es la pobreza cuando se mira desde el asiento de un carruaje.
—¿Y si te equivocas? —replicó Meryl, clavando el cuchillo en la tabla de madera con una fuerza inusual—.
¿Y si, por una vez, alguien me mira y no ve solo a la hija soltera del barón, ni a la maestra que se está quedando para vestir santos?
Me mira como si fuera... una mujer. Alguien con quien vale la pena intercambiar algo más que saludos protocolarios.
Simone suspiró, y en ese sonido hubo una grieta de auténtica, casi insoportable, piedad.
—Ese es el truco, niña. Te hacen sentir que eres la única que los comprende, la única que puede rescatar el alma que ellos mismos se han encargado de enterrar bajo años de excesos.
Y mientras tú te dejas la piel intentando buscarle algo de profundidad, él solo está esperando que su hermano se canse de vigilarlo para volver a sus timbas de cartas y a sus mujeres de quita y pon.
—No es un niño, Simone.
—No, es algo infinitamente peor: es un Crossman —sentenció la mujer, volviendo a sus mazazos con un ritmo implacable—.
Escúchame bien: si ese hombre te toca un solo pelo de la ropa sin una promesa formal firmada ante Dios, yo misma iré a Darby Abbey.
Y no iré a pedir explicaciones; iré a recordarle que en este pueblo sabemos usar las horcas para algo más que para mover el heno.
Meryl no respondió. Siguió pelando patatas, aunque la piel salía gruesa, irregular y destrozada.
En su pecho no había paz, sino una lucha de trincheras: por un lado, su orgullo, que le gritaba que se alejara; por otro, el recuerdo del olor a tabaco y lluvia del abrigo de Peter, que le recorría el pulso como un incendio forestal que no sabía cómo apagar.
—No voy a ser su pasatiempo —murmuró Meryl, más para convencerse a sí misma que a la mujer que tenía enfrente.
—Eso espero —respondió Simone, reanudando su tarea con una energía furiosa—. Porque los pasatiempos se tiran a la basura cuando se gasta la cuerda o se pierde la novedad. Y tú, Meryl, no tienes repuesto para el corazón que te vas a cargar.
Meryl se quedó sola en la cocina, con el eco de los mazazos de Simone resonando en sus oídos. Se dio cuenta de que, en su intento de ser racional, había dejado que el hombre más peligroso de Derbyshire se convirtiera, sin permiso, en su pensamiento más frecuente.