CAPÍTULO 5
El domingo amaneció con un repicar de campanas que Peter sintió como martillazos contra el cristal de sus sienes.
No era solo el rastro del brandy de la noche anterior, ni el cansancio acumulado; era el peso de la provocación de Field, una sombra que seguía flotando en el aire viciado del salón, mezclada con el humo rancio de los cigarros.
Salió de la Abadía antes de que sus amigos bajaran a desayunar.
Necesitaba aire, sí, pero sobre todo necesitaba huir de la mirada de suficiencia de Field.
Peter Jay Crossman podía soportar el odio, la envidia o incluso el desprecio, pero lo que le resultaba insoportable, lo que le provocaba una picazón bajo la piel, era la sospecha de que, ante Meryl Robins, él era simplemente... invisible. O peor aún: insignificante.
La encontró en el patio de la escuela, mucho antes de que el pueblo se congregara para el servicio dominical.
Meryl estaba recogiendo hojas muertas con una parsimonia que le resultó irritante; sus manos se movían con una calma que parecía un insulto a la frenética urgencia de su propia vida.
Llevaba un vestido de algodón verde, del color del musgo, y el cabello, abandonando la disciplina de las horquillas, se le escapaba en mechones rebeldes que le daban un aire peligrosamente humano.
—¡Vaya! ¿Es que no descansa usted nunca de sus deberes, señorita Robins? —soltó Peter, deteniéndose junto a la verja de hierro, intentando que su voz sonara ligera, aunque el pulso le latía con una cadencia traicionera.
Meryl se incorporó, sujetando la cesta contra la cadera. No hubo rastro de la turbación que cualquier otra mujer habría mostrado al verse sorprendida a solas con un hombre de su reputación.
—El jardín no entiende de domingos, señor Crossman. Ni tampoco de visitas inesperadas que no tienen nada mejor que hacer con su mañana.
Peter se quitó el sombrero, pero esta vez no fue un gesto de galantería ensayada frente al espejo. Fue un movimiento brusco, un acto de rendición casi involuntaria.
—He venido a presentarle mis disculpas —dijo, y la palabra le supo a ceniza, a algo que se le quedaba pegado en el paladar—. Ayer... me comporté como el tipo de hombre que usted detesta. Un hombre de ciudad que confunde su propia voz con la única verdad que existe.
Meryl arqueó una ceja, evaluando la sinceridad de la frase con la misma frialdad con la que un prestamista examina una joya en busca de una grieta.
—No detesto a los hombres de ciudad, señor. Lo que me fatiga es la gente que habla tanto para acabar diciendo tan poco.
—Pues hoy he venido a no decir nada —replicó él, esbozando una sonrisa que, por una vez, no buscaba el ángulo perfecto de luz—. Usted dijo que yo era un barniz. Una máscara. Pues bien... admito que el barniz se agrieta con este clima de Derbyshire.
Fue una frase de doble filo. Una verdad empleada como arma, tal como Neville le había sugerido para humanizar su fachada.
Pero, al pronunciarla, Peter sintió un pinchazo de algo parecido a la náusea.
¿Estaba usando su propia fragilidad como un cebo?
Meryl lo miró fijamente, con esos ojos color miel que parecían buscar la trampa oculta bajo el elogio.
—Es una confesión muy pintoresca —comentó ella—. ¿Qué busca hoy, Crossman? ¿Absolución antes de la misa?
—Busco que me deje acompañarla —dijo él, bajando la voz hasta un tono casi confeso—. He oído que va a visitar a una familia del pueblo esta tarde. Permítame llevar la cesta. O, al menos, permítame ver ese propósito del que tanto presume.
Meryl soltó una risita seca, casi un ladrido.
—No es un paseo para caballeros con botas caras. Hay que cruzar el lodazal de los mineros y entrar en una casa donde el aire no huele a lavanda, sino a enfermedad y a pobreza real. No hay nada allí que pueda divertirle, señor.
—No he venido a divertirme —mintió Peter, aunque una parte de su ser, esa que aún respondía al aguijón de la apuesta, sentía que estaba jugando la mano más peligrosa de su vida—.
He venido porque... —se detuvo. No quería usar el guion de Field.
Quería, por un segundo, ser real—. Porque me irrita que crea que soy incapaz de mirar algo que no sea mi propio reflejo.
Meryl lo estudió durante un largo momento. El silencio fue denso, cargado con el olor a tierra mojada y el tañido lejano de las campanas, que sonaban como una advertencia.
—A las cuatro —dijo ella finalmente, dándose la vuelta—. En el cruce del puente. Y traiga botas resistentes, Lord Crossman. La realidad suele ser mucho más sucia de lo que usted imagina.
Se alejó sin esperar una respuesta. Peter se quedó allí, apretando el ala de su sombrero con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Había conseguido el objetivo, el primer paso estaba dado.
Debería sentirse victorioso, pero mientras veía la espalda erguida de la maestra desaparecer tras la puerta de madera, sintió una punzada de pavor.
En aquel juego de espejos, empezaba a olvidar quién era el que realmente sostenía el reflejo.
¿Y si al final no era él quien engañaba, sino ella la que estaba desmantelando su mundo, pieza a pieza?
***
A las cuatro, el cielo de Tintwistle se había vuelto de un acero frío y cortante, un telón plomizo que comprimía el paisaje.
Peter esperaba apoyado en la barandilla del puente, destrozando con la punta de su bota la superficie de un hongo que crecía entre las piedras.
No estaba allí por altruismo; estaba allí porque el desprecio de Meryl le quemaba más que el mal whisky o la desidia de sus amigos.
Era un picor bajo la piel, una urgencia de demostrarle a esa mujer —y a sí mismo— que no era el hombre hueco que ella describía.
Cuando Meryl apareció, no traía el halo de una santa, sino la carga pesada de una cesta y el ceño fruncido de quien lleva el peso de otros sobre los hombros.
—Ha venido —comentó ella, sin detenerse, obligándolo a echar a andar para no quedar rezagado—. Pensé que las nubes de lluvia le habrían hecho retirarse junto a la seguridad de su chimenea.
—Debo decirle que mis botas son más resistentes de lo que usted cree, señorita Robins —respondió él, arrebatándole la cesta con un gesto brusco, casi defensivo. Quería ser útil, pero el peso de la mimbre en su mano le recordó que él jamás había cargado con nada que no fuera su propio ego.
Caminaron hacia el linde del pueblo. Las casas, antes sólidas construcciones de piedra, empezaron a encogerse, convirtiéndose en chozas de madera y adobe que se inclinaban unas sobre otras como ancianos vencidos por la fatiga.
El aire cambió. El oxígeno puro del río fue reemplazado por un tufo agrio a carbón barato, a ropa húmeda y a esa enfermedad que tiene un olor dulce y metálico.
—La familia Turner —explicó Meryl, cortante—. El padre se deja los pulmones en la cantera y la madre se deja los ojos cosiendo para los señores de la ciudad. Elsie tiene siete años y una fiebre que no remite.
La casa de los Turner era un agujero de sombras.
Peter tuvo que agachar la cabeza para entrar, sintiendo una claustrofobia que le oprimió el esternón.
En un rincón, sobre un jergón de paja, una niña deliraba entre mantas raídas.
Era una pequeña figura borrosa, devorada por un calor que no debería pertenecer a nadie.
Meryl no se arrodilló con la estirada piedad de una dama de caridad; lo hizo con la eficiencia de quien conoce la urgencia.
Le puso la mano en la frente, le dio de beber con una paciencia infinita y le habló en susurros que Peter, de pie junto a la puerta, no pudo —o no quiso— descifrar.
Se sentía obscenamente grande, engalanado con un abrigo de paño fino que, en aquel cubículo, parecía un insulto al hambre.
La madre de la niña lo miraba desde un rincón con una mezcla de sospecha y desesperación que le revolvió las entrañas.
—¿No hay un médico en este maldito lugar? —susurró Peter al salir, incapaz de contener la bilis que le subía por la garganta.
—El médico cobra medio chelín por la visita. Los Turner no han visto un chelín desde Navidad —respondió Meryl, ajustándose el chal con un movimiento seco, casi mecánico.
—Es una salvajada. Es... es intolerable.
—Es la realidad, señor Crossman. Esa que usted dice que busca, pero que parece morderle cuando la tiene lo suficientemente cerca para no poder ignorarla.
Peter se detuvo en mitad del lodazal. La miró a los ojos, y por primera vez en su vida, no buscó seducirla ni analizar el ángulo de su propia cara.
Estaba genuinamente furioso, una rabia que no era contra Meryl, sino contra el mundo entero y, sobre todo, contra la comodidad que había dado por sentada.
—Usted disfruta con esto, ¿verdad? —soltó él, con la voz quebrada e irritada a la vez—. ¿Disfruta poniéndome frente a la miseria para que me sienta como un parásito?
Meryl lo miró con una calma que le dolió más que cualquier bofetada.
—No tengo tiempo para disfrutar de su incomodidad, señor.
Solo quería que viera que, mientras usted decide si el campo es suficientemente verde para su gusto, hay gente aquí que lucha por un gramo de aire.
Todo lo demás —sus apuestas, sus clubes, su tedio— no es más que humo que se disipa con el primer viento.
Peter apretó el asa de la cesta vacía. Quería replicar, quería lanzar una de sus frases mordaces, pero las palabras se quedaron secas. Ella tenía razón; él era un actor de teatro barato colado en una obra de tragedia pura.
—¿Cuándo vuelve a verla? —preguntó él, con una voz que no reconoció como la suya: despojada de artificios.
—Mañana. Si la fiebre no baja.
—Vendré con usted. Y traeré al médico de la Abadía. Yo pagaré la cuenta.
Meryl se detuvo y lo escrutó. No había ternura, sino una curiosidad científica, como si estuviera viendo a una criatura cambiar de piel ante sus ojos.
—No puede comprarse una conciencia con medio chelín, señor Crossman.
—No estoy comprando nada. Solo quiero que la niña deje de toser, ¿le parece mal? —gruñó él, echando a caminar por delante para que ella no viera la humedad que, traicionera y absurda, empezaba a nublarle la vista.
Peter no estaba perdido. Por primera vez en sus veintiocho años, sentía el peso real de sus propios pies sobre la tierra. Y era un peso que, a pesar del barro y la miseria, le resultaba extrañamente liberador.