CAPÍTULO 4
El río Etherow bajaba revuelto, cargado de sedimentos y arrastrando ramas y restos de la tormenta nocturna, en un rugido constante.
El sendero era una trampa de barro, un terreno traicionero que obligaba a Peter a vigilar cada pisada para no estropear sus botas de montar, mientras Meryl avanzaba con la indiferencia de quien conoce cada piedra, cada raíz y cada secreto del camino.
Él no sabía qué hacer con las manos. Se ajustaba el cuello del abrigo, jugueteaba con el borde de los guantes de piel y volvía a cruzar los brazos a la espalda, irritado por un silencio que ella no parecía tener la más mínima intención de romper.
Es un juego de poder, pensó Peter, y ella está ganando por puro abandono.
—¿No hay nadie más en este pueblo que use este camino o es que le gusta caminar sola por el barrizal para evitar a la gente? —preguntó Peter. Su voz pretendía sonar mundana, como un comentario casual de club, pero el eco del río le devolvió una queja que sonaba a inseguridad.
—La gente de aquí tiene trabajo, señor Crossman —respondió Meryl sin mirarlo, su voz limpia y ajena a sus juegos—. No paseamos por el gusto de ver cómo corre el agua, salvo que necesitemos comprobar si el molino tiene fuerza suficiente para moler el grano.
—Un sentido muy utilitario de la existencia —replicó él, soltando una risotada seca que se perdió en la espesura—. En Londres, el verde solo sirve de telón de fondo para que los caballos estiren las patas y nosotros podamos lucir los abrigos.
Ella sintió un impulso irrefrenable de soltar un bufido de exasperación, pero lo transformó en un suspiro contenido.
—Sospecho que en Londres han olvidado hace mucho tiempo que es la tierra la que les pone la comida en el plato.
Se detuvo para apartar un helecho empapado que invadía el paso.
Peter se quedó observándola: no había asco ni remilgos en sus gestos.
Sus manos, aunque cuidadas, hablaban de una vida de esfuerzo y contacto directo con la realidad, una textura que él nunca había experimentado.
No era la delicadeza frágil de la porcelana a la que estaba acostumbrado a cortejar en los salones de Mayfair.
—Es usted terriblemente práctica, ¿verdad? —le soltó él, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros, intentando recuperar su territorio.
Meryl se giró, limpiándose las palmas en un pañuelo de lino. Lo miró de esa forma suya, una mirada que parecía un escalpelo retirando capas de vanidad.
—Y usted es terriblemente consciente de su propio perfil, señor Crossman. ¿Busca una estatua que le devuelva la mirada o ha venido a mantener una conversación?
Peter parpadeó, descolocado. La máscara de conquistador, esa media sonrisa ensayada que siempre funcionaba, se le quedó atascada en los labios como una mueca ridícula.
—¿Perdone?
Ella soltó un suspiro, como si explicara una lección sencilla a un alumno distraído.
—Se mueve usted como si hubiera un pintor escondido tras los árboles. Está tan acostumbrado a ser el centro de una ópera que, incluso aquí, en mitad de la nada, se esfuerza por parecer interesante para una audiencia que no existe.
—Es una acusación audaz para alguien que apenas me conoce —dijo él, sintiendo cómo el orgullo le escocía bajo el chaleco, como si le hubieran aplicado un hierro candente.
—No necesito conocer el libro para saber que la encuadernación es falsa. En mi escuela trato con niños que fingen estar enfermos para no enfrentarse al latín. Usted finge que este lugar le aburre, pero lo que en realidad le aterra es que nadie le aplauda.
Peter se detuvo en seco. Se sintió desnudado, expuesto bajo la luz fría de la tarde. No era la pulla coqueta que él esperaba; era un juicio clínico.
—No busco aplausos, señorita Robins. Solo busco una distracción en este desierto de ovejas.
—Pero ese es su error —respondió ella, dándose la vuelta para encararlo, desafiante—.
Tintwistle no es un escenario para sus funciones.
Y yo no soy una de las actrices de su comedia londinense.
Usted ha venido aquí porque le han cortado las alas y necesita demostrarse que todavía puede cazar algo para recuperar el sentido de su propia importancia.
—¿Cree que esto es una comedia? —preguntó él, bajando la voz, intentando recuperar un control que se le escapaba entre los dedos.
—Creo que es una tragedia, pero todavía no se ha dado cuenta —dijo ella con una frialdad que le heló la sangre—. Mi tiempo es lo único que poseo, y no pienso regalárselo a un hombre que solo quiere matar las horas antes de volver a sus clubes de caballero.
Meryl le dedicó una inclinación de cabeza breve, casi una despedida.
—Gracias por el aire fresco, señor Crossman. Pero tengo deberes que corregir y son infinitamente más productivos que este paseo.
Se dio la vuelta y se alejó con paso ligero, dejando que el sonido de sus botas sobre el barro fuera lo único que rompía el silencio.
Peter se quedó allí, plantado en la humedad del camino, con la réplica mordida en la lengua.
La superioridad que había traído desde la ciudad se había evaporado como el vapor del río.
—Maldita sea —masculló, pateando una piedra que cayó al agua con un ridículo y triste plof.
La apuesta de Field ya no le parecía una travesura fácil ni un juego de ingenio. Se le antojaba una condena. Se sentía, por primera vez en su vida adulta, como alguien que ha entrado en un juego sin conocer las reglas, apostando algo que aún no sabía que poseía.
***
Peter Jay Crossman no cerró la puerta de Darby Abbey; la lanzó contra el marco con una violencia que hizo vibrar los cristales.
El estruendo fue un grito de impotencia que asustó a Simone, quien apareció en el zaguán con una expresión de reproche que Peter, sumido en una tormenta eléctrica de rabia y humillación, ignoró por completo.
Subió las escaleras con paso pesado, como si el suelo estuviera hecho de plomo.
La imagen de Meryl —su mirada clínica, su calma de piedra— se le había quedado enredada en el pensamiento como una astilla que, lejos de ser extraída, se hundía más profundamente con cada latido.
«¿Un barniz?», se repetía. «¿Un hombre que mira, pero no ve?
». La acusación le quemaba, no porque fuera un insulto, sino por la aterradora certeza de su veracidad.
Entró en el salón principal. El aire estaba viciado, espeso por el humo de los cigarros de Field, una atmósfera de decadencia que, por primera vez, le produjo náuseas.
Louis estaba despatarrado en un sillón, observando las molduras del techo con la desidia aburrida de quien espera que la diversión le caiga del cielo como un maná inesperado.
Neville, más cauto, bajó el periódico con un crujido seco en cuanto vio el rostro de Peter.
—¡Mirad qué bien! —murmuró Field, incorporándose con una sonrisa de hiena que le tensó los pómulos—. Parece que el aire puro de Derbyshire le ha sentado a nuestro querido amigo como un trago de vinagre rancio.
Peter no respondió. Se dirigió al aparador y se sirvió un brandy. Sus dedos, normalmente ágiles y precisos, apenas controlaban el cristal. Se lo bebió de un golpe, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta, pero ese fuego no era nada comparado con el ardor de su propio ego herido.
—¿Y bien? —insistió Neville, dejando a un lado la lectura—. ¿Ha sido un paseo productivo o has tenido que pelearte con alguna vaca por el derecho de paso?
—Es exasperante —soltó Peter, dejando el vaso sobre la madera con un golpe que amenazaba con astillar el mueble—. Es una mujer insoportable.
Field soltó una carcajada estridente, un sonido punzante que le taladró los nervios.
—¿Exasperante? ¿La maestra solterona? No me digas, Peter, que el gran seductor de Mayfair no ha sabido manejar a una solterona que, con suerte, ha visto a un hombre de verdad de lejos.
—No la llames así —le cortó Peter, girándose con los ojos encendidos, una chispa oscura de defensa que ni él mismo se permitió analizar—. No tienes ni la menor idea de lo que hablas, Field. No se parece en nada a las que conoces.
Louis arqueó una ceja, intrigado por la repentina agresividad de su amigo.
—Vaya, ¿ya hemos pasado a la fase de defensa del honor? Eso ha sido rápido. ¿Qué te ha hecho? ¿Te ha corregido la sintaxis? ¿Te ha dicho que tus botas son un desperdicio de cuero?
—Me ha dicho que soy un barniz —masculló Peter, apretando los dientes hasta que le dolieron los huesos de la mandíbula—. Que solo busco que alguien me aplauda. Que no veo más allá de mi propia sombra.
Field se echó hacia atrás, palmeando los brazos de cuero del sillón, saboreando cada sílaba.
—¡Es magnífico! La mujer tiene instinto, hay que admitirlo. Te ha diseccionado antes de que pudieras siquiera quitarte el sombrero. Y eso, Peter, es exactamente lo que hace que este juego sea delicioso.
—¿Qué quieres decir con que lo hace delicioso? —preguntó Peter, huraño, sintiendo que le tendían una red en la que él mismo se había enredado.
—Que te esfuerces, maldita sea —dijo Field, con una chispa de auténtica malicia—.
Si fuera una de esas bobas de Londres que se desmayan al ver el escudo de un carruaje, la apuesta no valdría ni un chelín.
Pero si esta mujer te desprecia, el triunfo será histórico.
Hazle creer que tiene razón. Hazle creer que eres un hombre atormentado, alguien que busca redención en sus ojos castaños.
A las mujeres como ella les encanta creer que pueden salvar a un libertino.
Es su mayor debilidad: el complejo de redentora.
Peter sintió una punzada de náusea. La estrategia era sucia, rastrera, pero el orgullo —ese motor podrido y persistente que siempre le hacía avanzar— se impuso.
—No se va a creer nada de lo que yo diga —dijo Peter, aunque su mente ya estaba trazando el mapa de cómo volver a verla, de cómo manipular sus propias palabras para sonar, por una vez, peligrosamente sincero.
—Pues usa la verdad para mentir —sentenció Neville desde su rincón apartado—. Dile que estás aburrido. Dile que eres un desastre. Cuanto más humano y miserable parezcas, más fácil será que te abra la puerta.
Field se levantó y le dio un apretón en el brazo, un gesto cargado de una camaradería tóxica que, de pronto, le pareció asfixiante.
—No puedes perder, Peter. Ella solo tiene sus libros, su escuela y su soledad. Tú tienes todo un arsenal de engaños y la experiencia de mil conquistas. No es una lucha justa, y es precisamente por eso que es tan divertida.
Peter miró el fondo vacío de su vaso. La imagen de Meryl junto al río, tan sólida, tan inamovible, chocaba contra la estridencia cínica de sus amigos.
Por un segundo, quiso callarlos, quiso decirles que se fueran al infierno y que dejaran a esa mujer tranquila.
Pero el vacío que sentía dentro era más grande que su remordimiento.
—No voy a perder —repitió Peter, más para convencer a la sombra en el espejo que a los hombres que lo observaban—. Pero no esperéis que sea rápido. Esa mujer tiene la cabeza demasiado fría como para derretirse con palabras dulces.
—Mejor —sonrió Field, sirviéndose otro trago—. Así disfrutaremos más del descalabro.
Peter se quedó mirando el polvo que flotaba en el aire, con la amarga certeza de que, al aceptar seguir el juego, acababa de iniciar una partida donde el único que tenía algo real que perder era él.