El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El carruaje irrumpió en el camino de Darby Abbey con una violencia que desafiaba la parsimonia de Derbyshire.

Iba demasiado rápido, levantando una polvareda que parecía una ofensa deliberada contra la paz del valle.

Desde la biblioteca, Peter vio la silueta del vehículo y sintió una punzada de alivio que, casi al instante, se transformó en un pavor gélido.

No hizo falta observar el escudo de armas en la portezuela para saber quiénes eran.

Neville y Field descendieron del pescante con el aire de quienes desembarcan en una colonia salvaje. Field se cubrió la nariz con un pañuelo de seda, escaneando los prados con la misma repulsión con la que uno inspeccionaría un vertedero.

—¿Qué es esto, Neville? Es insoportable —se quejó Field, con la voz ahogada por la tela.

—Es estiércol, Louis. Se llama naturaleza —respondió John, sacudiéndose el polvo del camino de su levita—. Están abonando los campos. Es el ciclo de la vida, aunque entiendo que para alguien de tu alcurnia resulte una experiencia traumática.

Peter salió al zaguán a recibirlos, esforzándose por ocultar que llevaba una semana entera contando las muescas de las paredes para no sucumbir a la locura.

—¿Se puede saber qué demonios hacéis aquí? —soltó, aunque, en el fondo, le faltó poco para abrazarlos.

—Comprobar si te han salido raíces —dijo Field, examinándolo con una lupa imaginaria—. O si ya te has casado con una pastora y has empezado a conversar con las vacas sobre el estado del mercado de lanas.

Se instalaron en el salón bajo la mirada gélida de Simone, que les servía el té como si estuviera repartiendo raciones de arsénico. Field miró la taza con un desprecio absoluto.

—Sea buena mujer y traiga algo que haya pasado por un alambique. El agua caliente me produce sarpullidos y un aburrimiento letal.

En cuanto el ama de llaves salió refunfuñando, Neville se inclinó hacia Peter, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo cómplice.

—Dinos la verdad, Crossman. Me han dicho en el pueblo que te han visto... con cierta compañía.

Peter se tensó. Maldijo para sus adentros la rapidez con la que los rumores mutaban en leyendas en aquellos lugares donde no ocurría absolutamente nada.

—Fue un encuentro fortuito. La señorita Robins estaba allí. Nada más.

—Hay mil libras en juego querido Peter—le recordó Field con una sonrisa de tiburón—. Suena a que te has echado atrás porque temes que te dé una lección de gramática y te envíe a la cama sin cenar. Neville dice que te dejó sin réplica en el andén.

—Neville exagera porque su vida es un erial —escupió Peter—. Es solo una maestra con demasiada opinión y una paciencia que roza lo insultante.

Field sonrió, esa sonrisa que siempre precedía a sus peores deudas de juego.

—Es perfecto, entonces. Estás aquí atrapado, Peter. Tu hermano te tiene con la correa corta y te mueres de asco. ¿Por qué no le damos un poco de pimienta a este destierro? Son mil libras, y pagaría tu deuda.

—No me gusta el brillo de tus ojos, Louis —advirtió Peter, sintiendo una incomodidad creciente.

—Te recuerdo que aceptaste en el club. Mil libras, Peter.

Mil libras a que no consigues que esa solterona de pueblo te dé el «sí».

Que se enamore de ti hasta las trancas, que sueñe con el título de los Crossman, que planee su futuro...

y entonces, cuando esté a punto de tocar el cielo, le explicas que todo ha sido un ejercicio de interpretación. Un error de cálculo por parte de ella.

Peter había aceptado el desafío en su escapada a Londres por puro impulso, pero, ahora que estaba de vuelta en aquel aislamiento, la apuesta le quemaba los dedos. No estaba dispuesto a retractarse; hacerlo significaría convertirse en el hazmerreír de sus iguales durante años.

Sintió un frío repentino bajo el chaleco. Miró a sus amigos: eran sus iguales, sus cómplices de siempre, pero allí, en el salón lúgubre de la abadía, sus risas sonaban extrañamente estridentes, ajenas.

—Acepté porque estaba tremendamente aburrido, pero esto roza la crueldad innecesaria —dijo Peter, aunque la idea de ganar a Field y tener una ocupación para los próximos meses empezaba a corroer su juicio.

—Es un juego, Peter. Y tú eres el mejor jugador que conozco —lo picó Neville—. ¿O es que te ha calado el discurso de la moralidad del campo? ¿Tienes miedo de que una maestra te parta el corazón?

Peter soltó una carcajada seca, cargada de una soberbia que intentaba ocultar un incipiente temor.

—No tengo miedo a nada que vista faldas de lana.

Se bebió el té de un trago, como si fuera ginebra barata, y miró por la ventana hacia la dirección del pueblo.

—Lo haré —afirmó al fin—. Pero además de que necesito las mil libras. También lo haré para vengarme de mi hermanito mayor, el guardián de la moral y aguafiestas oficial del reino.

Neville y Field brindaron con sus tazas vacías en una parodia de celebración. Peter, sin embargo, se quedó mirando el polvo en suspensión que bailaba sobre el camino, con la amarga sensación de que acababa de firmar un pagaré que no estaba muy seguro de poder cubrir.

***

El sol de Tintwistle brillaba con una intensidad cegadora, una luz blanca y brutal que no ofrecía sombra donde ocultar las vergüenzas, recordándole a Peter que estaba en un lugar donde hasta las moscas tenían una vida social más vibrante que la suya.

En Darby Abbey, el desayuno transcurría entre el aroma a tostadas carbonizadas y el cinismo afilado de sus invitados, un sonido que empezaba a resultarle tan cansino como el repique de una campana rota.

—Hoy es el día, Crossman —dijo Field, atacando una salchicha con el entusiasmo sádico de un verdugo. El primer movimiento del peón. Recuerda que no queremos una cita romántica, sino una rendición incondicional.

Peter dejó la taza de té con un tintineo violento, un choque de porcelana que resonó en el salón como un disparo.

«¿Por qué me siento como si estuviera afilando un cuchillo para cortarme las manos?», se preguntó con un horror sordo que ocultó tras una mueca de desdén.

—Déjate de metáforas de club, Louis. No me he levantado con ganas de juegos infantiles —sentenció, ocultando el vacío que sentía en el estómago tras una falsa capa de irritación.

—Anoche, después de la tercera botella, no decías lo mismo —le recordó Neville, sin levantar la vista de su periódico—. Estabas muy ocupado jurando que pondrías a esa maestra de rodillas solo por el placer de ver cómo se desmoronaba su orgullo.

—El aburrimiento es un consejero traicionero —masculló Peter, aunque sentía el picor de la apuesta, un escozor metálico, recorriéndole la nuca—. Pero si voy a hacerlo, será bajo mis términos. No necesito que me deis cuerda como a un juguete de hojalata que necesita un empujón para moverse.

Salió de la casa sin sombrero, con el abrigo desabrochado y un humor que oscilaba entre la furia y una extraña forma de melancolía que se negaba a nombrar.

El barro del camino, aun blando por la lluvia de la víspera, parecía querer engullirle las botas de cuero italiano.

Peter caminaba con la zancada soberbia de quien cree que el suelo debe pedirle permiso para ser hollado, pero bajo su paso, cada chapoteo le recordaba lo lejos que estaba de los salones de baile donde él era el dueño absoluto de la coreografía.

Sus pasos, casi por inercia, lo llevaron hacia la escuela.

La encontró allí. Meryl Robins estaba despidiendo a un par de críos mugrientos con una naturalidad que a Peter le resultó ofensiva; una calidez que le recordaba todo lo que él había perdido en su carrera por la impunidad.

Meryl reía, se inclinaba hacia los niños y les revolvía el pelo, un gesto de una humanidad tan llana que a él le resultaba casi incomprensible.

«¿Cómo puede ser tan feliz en la nada?», se cuestionó, sintiendo una punzada de envidia disfrazada de desprecio.

Cuando ella lo vio, no hubo el esperado respingo de sorpresa. Solo una ceja alzada, un muro de contención levantado en un segundo.

—Señor Crossman. Veo que el aire del campo no ha logrado aplacar su inquietud. Se nota en la urgencia de su paso.

Peter se detuvo, invadiendo su espacio con la confianza ensayada de quien nunca ha recibido un «no» por respuesta, aunque el corazón le golpeara las costillas con una cadencia errática.

—El aire del campo solo sirve para que a uno se le hielen las ideas, señorita Robins, y lo digo en serio —respondió él, fijando su mirada en ella con una intensidad calculada—. Por cierto, es Lord Crossman. Agradecería que la etiqueta no muriera en las fronteras de este condado.

Meryl cerró su cuaderno con un chasquido seco y lo estrechó contra el pecho como un escudo. No se amilanó.

—Quizá sus ideas sean tan ligeras que el viento se las lleve antes de que pueda ponerles nombre.

En Tintwistle preferimos pensamientos con más peso, y no, señor Crossman, no he olvidado su título; es simplemente que no ha hecho nada que merezca el esfuerzo de pronunciarlo.

Su fama lo precede y, créame, no es una buena carta de presentación.

—¿Me está llamando superficial? —Peter esbozó esa media sonrisa que solía derretir las resistencias en los bailes de Mayfair, pero al ver los ojos de Meryl, sintió que la sonrisa se le congelaba como una máscara de cera.

—Eso lo ha dicho usted —corrigió ella con una serenidad que le resultó exasperante—. Yo me refería a que es un hombre que mira, pero no ve. Un hombre que espera que el paisaje entero baile a su capricho, sin entender que el paisaje ni siquiera sabe que usted existe.

A Peter le dolió el orgullo, un pinchazo seco y real, como una aguja tocando un nervio. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a diseccionarlo con tanta frialdad, exponiendo el esqueleto de su vacío moral ante la luz del día.

—Entonces enséñeme a ver, señorita Robins —dijo él, bajando el tono hasta convertirlo en una invitación peligrosa, un susurro que ocultaba su desesperación por ganar el juego—. Acompáñeme al sendero del río. Dicen que es lo único que merece la pena en este rincón olvidado.

Meryl lo estudió. No con la adoración que él exigía, sino con la cautela de quien inspecciona una fruta que parece madura pero que podría estar podrida hasta el núcleo.

—Tengo ejercicios que corregir, señor Crossman. Mi tiempo no es una moneda de cambio para sus caprichos.

—Solo un paseo —insistió él, dando un paso más, invadiendo el círculo invisible de su dignidad, lo suficiente para que ella pudiera oler el tabaco y la desolación que emanaban de su abrigo—. A menos que me tenga miedo.

Meryl soltó una carcajada breve, casi privada, un sonido que le dio la vuelta al estómago de Peter.

—Miedo de usted, no. Pero sí me da pavor desperdiciar una hora de sol escuchando sus quejas sobre lo poco que brilla el mundo para alguien tan acostumbrado a ser el sol de sí mismo.

Sin embargo, para sorpresa de Peter, ella empezó a caminar hacia el sendero.

—Venga, entonces. Pero camine rápido, señor Crossman. No pienso esperarlo si se cansa de sus propias botas o de su propia compañía.

Peter la siguió, sintiendo un triunfo agridulce que sabía a ceniza.

Había dado el primer paso hacia su objetivo, pero mientras observaba cómo ella se alejaba, tuvo la extraña y aterradora sospecha de que, por primera vez en su vida, no era él quien sostenía las cartas ganadoras.

Era ella la que estaba marcando el ritmo de su caída.