El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La mañana era un bloque de niebla fría que se pegaba a los campos con la terquedad de un acreedor impaciente.

La estación de Tintwistle, apenas un tablón de madera astillada y un banco que crujía con el quejido de una articulación vieja, era un recordatorio constante de la precariedad de aquel lugar.

Para Peter Jay Crossman, observar el andén vacío era como recibir un escupitajo en la cara.

John Neville estaba a punto de subir al convoy que lo llevaría de vuelta a la civilización; de vuelta al estrépito de Londres, al aroma del perfume caro, a la seda contra la piel y a la impunidad total.

A todo aquello que Peter anhelaba con una rabia sorda que le subía por la garganta, quemándole como el alcohol barato.

—No me mires con ese fastidio ancestral, Crossman —dijo Neville, tirando de sus guantes de cabritilla con una elegancia que en aquel entorno parecía un insulto—.

No he nacido para que el barro me llegue a las rodillas.

La elegancia requiere un escenario, y este páramo carece de toda puesta en escena.

—Nadie nace para esto —masculló Peter, apretando los puños dentro de sus bolsillos—. Esto no es un retiro, es un purgatorio diseñado por la mojigatería de mi hermano.

Neville soltó una carcajada, esa risa insolente, ligera y carente de arrepentimiento que siempre le había servido de salvoconducto.

—Volveré en un mes, te lo garantizo. En cuanto Joel se aburra de jugar a ser el tutor estricto y se dé cuenta de que el apellido Crossman se marchita sin el brillo de los clubes.

Peter apretó la mandíbula hasta que el dolor le irradió por todo el rostro. La sola mención de su hermano era un recordatorio de su derrota.

—No soy un pupilo —escupió.

—No —respondió Neville, subiendo al estribo con agilidad felina—. Eres algo mucho más entretenido. Eres un Crossman en jaque. El león enjaulado que aún no sabe que los barrotes son de oro.

El silbato del tren rajó el aire, un sonido metálico y brutal que anunció la partida. Neville se asomó por la ventanilla con un gesto burlón, una última muestra de camaradería tóxica.

—¡Escríbeme! ¡Cuéntame cómo es el sabor del ostracismo! —gritó sobre el estruendo del vapor.

—¡Sabes perfectamente que detesto escribir! —rugió Peter, aunque sus palabras se perdieron entre el traqueteo de las ruedas.

El tren desapareció en la niebla como una aparición, dejando tras de sí solo un rastro de humo sulfuroso y un silencio que cayó sobre la estación como una losa de cemento.

Peter se quedó solo en el andén, con el regusto amargo del carbón en la lengua.

Louis seguía en la mansión, claro, pero Louis era poco más que un mueble caro, una compañía cuya profundidad se limitaba al fondo de una copa.

John era su cómplice, su reflejo. Y ahora, el vacío de Derbyshire le oprimía el pecho con una fuerza casi física.

—Señor Crossman.

La voz, clara y templada como el metal bajo el agua, lo hizo dar un respingo. Se giró con un gesto brusco, casi defensivo, como si alguien lo hubiera sorprendido en medio de un pecado capital. Allí estaba ella.

Meryl Robins permanecía junto a la farola, impasible, con un fajo de papeles bajo el brazo y un chal de lana gris que parecía pesarle más de lo que admitía. La niebla no se apartaba ante su presencia; la ignoraba, como si ella fuera una parte más del paisaje.

—Señorita Robins —dijo él, recomponiendo a toda prisa su máscara de altivez aristocrática, aunque el rastro de su frustración aún era evidente en sus ojos.

—¿Despidiendo a su escolta? —preguntó ella. Su cortesía era impecable, tan educada que cortaba más que un insulto directo.

—Ha huido antes de que le saliera moho en las botas —admitió él, arrojando la frase como un guante—. Como haré yo en cuanto encuentre una brecha en la vigilancia de mi hermano.

Meryl esbozó una sonrisa mínima, un gesto que no alcanzó sus ojos, los cuales permanecieron fijos, observándolo con una intensidad casi anatómica.

—Tintwistle tiene esa propiedad, señor Crossman: o te asienta los huesos hasta que te vuelves parte de la tierra, o te expulsa por no ser capaz de soportar tu propia compañía.

—A mí me está matando —soltó Peter, sorprendido por su propia franqueza. La honestidad le resultó extraña, una herida abierta en medio de su vanidad.

Ella lo escrutó. No fue la mirada de admiración, ni la de deseo, ni la de envidia de clase que él estaba acostumbrado a cosechar en Londres. Fue la mirada clínica de una maestra que encuentra una errata fatal en un ejercicio de latín y no sabe si reír o compadecerse.

—Quizá el problema no sea Derbyshire —dijo ella, tranquila—. Quizá es que no está acostumbrado a escucharse a sí mismo sin el ruido constante de la música de fondo. Sin la distracción de ser alguien importante.

Peter soltó una carcajada seca, sin una pizca de gracia, un sonido que apenas cubrió el vacío del lugar.

—Lo que necesito es un club, una baraja y gente que no sepa cuánto cuestan mis zapatos. No un examen de conciencia dictado por una maestra de pueblo.

Ella lo supuso, aunque la amargura que destilaba la voz de Peter le despertó un inusitado interés. Era un hombre roto que se negaba a reconocer las grietas.

—A veces, el silencio es la única baraja que nos queda para jugar —replicó ella, mientras se ajustaba el chal con parsimonia—. Y aquí, afortunadamente, tenemos silencio de sobra.

Ella comenzó a caminar hacia la salida del andén con paso firme. Peter, movido por un impulso que no supo catalogar —quizás aburrimiento, quizás una necesidad de réplica—, la siguió instintivamente.

—¿Viene de la escuela a estas horas? —preguntó, señalando los papeles, buscando desesperadamente recuperar el control de la conversación.

—He venido a despedir a una amiga que regresa a su pueblo —respondió ella, sin bajar el ritmo—.

Y estos papeles son los deberes que, por desgracia, no se corrigen solos por la gracia divina.

Mis alumnos esperan que el lunes sus esfuerzos tengan algún sentido, algo que puedan tocar. No como los suyos, me temo.

Peter se detuvo en seco, herido en su orgullo de clase. La frase le golpeó de frente sin miramientos.

—¿Me está llamando inútil, señorita Robins?

Ella se detuvo y le sostuvo la mirada, sin titubear.

—Le estoy llamando ocioso —corrigió ella—. Que es una forma mucho más cara y sofisticada de ser un inútil.

Él la observó. No había seda, ni polvos de arroz, ni ese juego de abanicos y coquetería vacía.

Solo una mujer con los pies bien plantados en la tierra húmeda, con una lengua más afilada que el cuchillo de un carnicero y una dignidad que no necesitaba blasones.

En Londres, una mujer así sería una paria, un ser invisible.

Aquí, en aquel páramo, era lo único que parecía tener pulso real.

—Usted es una mujer muy extraña —dijo él, alcanzándola de nuevo.

Meryl se detuvo y lo miró de arriba abajo, desde el sombrero de copa, que lucía fuera de lugar bajo aquel cielo gris, hasta las botas de montar, aún impolutas.

—No, señor Crossman. Lo extraño —dijo con una lástima que le dolió más que cualquier insulto—, es que un hombre de su edad siga necesitando que su hermano le dicte dónde debe estar y qué debe pensar.

Se dio la vuelta y se internó en el sendero, perdiéndose en la niebla sin mirar atrás.

Peter se quedó allí, con la réplica muriendo en sus labios, sintiendo el escozor de un golpe bien dado.

Por primera vez en meses, el tedio había desaparecido, sustituido por una agitación nueva, peligrosa y, extrañamente, electrizante.

***

El club apestaba a la decadencia de siempre: tabaco de importación que empañaba los pulmones, cuero viejo con olor a historia estancada y ese regusto rancio del whisky que solo los hombres que han olvidado el valor de una jornada de trabajo pueden permitirse beber a media tarde.

Era un refugio, un santuario para aquellos que se creían los dueños del tiempo, donde las risas no buscaban el ingenio, sino el estruendo.

Un lugar donde el cinismo se servía en vasos de cristal tallado.

John Neville acababa de regresar de Derbyshire.

Tenía el pelo revuelto por la fatiga del viaje, pero en sus ojos bailaba esa chispa de quien trae consigo un chisme capaz de incendiar la ciudad.

Louis Field, que llevaba horas analizando la espuma de su bebida, lo recibió con una palmada en la espalda que hizo que el líquido oscilara peligrosamente.

—¡Neville! Pensábamos que te habías quedado atrapado en el barro, convertido en un experto en el ciclo de reproducción de la oveja Romney. ¿Ha resultado la experiencia tan educativa como prometía?

Neville se dejó caer en el sillón de terciopelo, dejando que el peso del cansancio se disolviera en la comodidad del mobiliario. Esperó a que el camarero le sirviera una medida generosa antes de soltar prenda; el suspense, después de todo, era una parte esencial del banquete.

—He sobrevivido, que no es poco. Aquello es un páramo, una tierra olvidada por Dios donde el aburrimiento tiene dimensiones bíblicas. No hay sonido más que el viento y el crujido de los huesos de uno mismo al intentar encontrar algo que hacer.

—¿Y nuestro querido Peter? —preguntó Field, apurando su copa de un trago, con los ojos brillando por una curiosidad felina—. ¿Ha empezado ya a hablarle a las piedras o sigue manteniendo esa fachada de superioridad?

—Peter está a punto de morder a alguien.

O de morderse a sí mismo por pura rabia —Neville sonrió, una mueca fina, casi afilada—.

Está encerrado como un perro rabioso en una perrera de lujo, lamiéndose las heridas de su orgullo.

Pero lo más divertido no es su miseria. Lo más divertido es que, en medio de ese desierto, ha encontrado la horma de su zapato: una maestra de escuela.

El grupo estalló en una carcajada seca, un sonido desprovisto de alegría.

—¿Una maestra? ¿Crossman cortejando a una institutriz? —Field se limpió una gota de licor de la comisura de los labios, disfrutando del absurdo comentario—. No me digas que ha caído tan bajo como para intentar seducir a una solterona que huele a tiza y a moralidad barata.

—Ese es precisamente el detalle —replicó Neville, saboreando el momento—. Que no la ha seducido. De hecho, la señorita lo ha tratado como si fuera un chiquillo con las manos sucias de barro. Lo ha desmantelado sin elevar la voz. Peter no supo ni por dónde le venía el aire.

Se hizo un silencio espeso, cargado de la electricidad estática de las malas ideas. Field entornó los ojos, observando las sombras de la chimenea, y Neville comprendió al instante que el motor de una nueva crueldad ya estaba en marcha.

—Sería una pena que se quedara así —murmuró Field, con un tono peligrosamente suave—. Tan inacabado. Tan derrotado por una simple provinciana.

—¿Qué tienes en esa cabeza, Field? —preguntó Neville, arqueando una ceja—. Espero que no sea nada que nos obligue a viajar de vuelta al norte.

—Una apuesta. Algo que le devuelva la vida a este club de muertos vivientes ahora que no está la cabeza pensadora.

Que Peter la corteje. No un revolcón furtivo en un granero, nada de eso.

Que la pretenda formalmente. Que le pida matrimonio.

Que le haga creer, con toda la sofisticación que un Crossman posee, que el gran libertino de Londres ha visto la luz en un pueblo de mala muerte.

—Eso es una crueldad de primera clase —dijo uno de los presentes, aunque su risa lo delataba como un cómplice.

—Es justicia poética —corrigió Field—. Y cuando ella esté planeando el color de las flores del altar, cuando esté imaginando su vida como cuñada del conde... Peter le explicará, con toda la frialdad posible, que todo ha sido un ejercicio de interpretación. Un error de cálculo por parte de ella.

La idea corrió por la mesa como pólvora seca.

Neville sintió un asomo de duda; había visto los ojos de esa mujer, y sabía que aquel fuego no se apagaba fácilmente con un simple desplante.

Pero la perspectiva de ver a Peter, el intocable, sudando tinta y humillación por una maestra de escuela era demasiado tentadora para resistirse.

Justo entonces, las puertas dobles se abrieron de par en par.

Peter Jay Crossman entró en el salón con el abrigo aún empolvado por el viaje y la expresión de un hombre que ha pasado diez horas encerrado con sus propios demonios.

Su visita a Londres apenas duraría unas horas, pues sabía que su hermano tenía ojos y oídos en cada esquina.

Con una mirada rápida, hizo un barrido hasta toparse con la mesa donde estaban sus amigos.

—Hablando del emperador de Roma —soltó Field, levantándose con una sonrisa de tiburón—. Siéntate, Peter. Tenemos un asunto que requiere de tus... talentos especiales.

Peter se dejó caer en el asiento, ignorando el saludo. Se moría de ganas de un coñac de verdad, de un habano, de cualquier cosa que le devolviera la sensación de ser alguien. Necesitaba sacudirse el polvo del aburrimiento que sentía pegado a la piel.

—Si no es para darme una dirección donde Joel no pueda encontrarme, ahórratelo. No estoy de humor para juegos.

—Es mucho mejor —dijo Field, inclinándose hacia adelante, cercando a Peter con su atención—. Queremos saber si todavía eres capaz de enamorar a una mujer que no se desmaya solo con ver tu firma en un papel. Por ejemplo, a la señorita Meryl Robins.

Peter se tensó al instante. El nombre, pronunciado por otros labios, le dio un calambre en la nuca. Todavía recordaba la frialdad de sus ojos, la forma en que le desnudó su arrogancia en el andén.

—No pierdo el tiempo con provincianas que se creen obispos —escupió Peter, aunque sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de su copa vacía.

—¡Ah! ¿Es que le has cogido miedo a una mujer que sabe leer en latín más que todos nosotros juntos? —Field lo pinchó con la precisión de un buen espadachín—. Apuesto mil libras a que no eres capaz de conseguir que esa mujer te dé el sí. Que se crea tus promesas.

Peter lo miró. La furia, fría y calculada, le recorrió las venas. El orgullo era lo único que le quedaba en aquel destierro, su última moneda de cambio.

—Pagarías la deuda de juego acumulada sin que tu hermano se entere.

Ese sí era un aliciente. Su hermano y primogénito ya le había advertido que no volvería a pagar una deuda de juego.

—Acepto —dijo Peter, y su voz sonó como el cierre de una trampa de acero—. Pero cuando gane, Field, quiero que te gastes doscientas libras en el vino más caro de Londres para celebrar mi victoria.

Neville brindó en silencio, observando el cristal de las copas con una premonición amarga; sabía que no era el vidrio lo que acabaría rompiéndose en mil pedazos aquella temporada.

—¿Te quedarás unos días en la ciudad? —preguntó uno de los presentes, pero el rostro endurecido de Peter fue toda la respuesta.

Había sido una escapada relámpago, y regresaría a su exilio antes de que su hermano mayor pudiera notar la ausencia de su sombra.