El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 1
6%

CAPÍTULO 1

Tintwistle se despertaba bajo una luz tímida, una claridad grisácea y plomiza que se arrastraba perezosamente por las colinas, como si al sol le costara horrores asomarse a semejante páramo.

Para Peter Jay Crossman, aquel retiro no era una purga necesaria, sino una afrenta personal, un castigo orquestado por la mojigatería insípida de su hermano mayor.

Llevaba una semana en Derbyshire, y el aire puro, lejos de revitalizarlo, le espesaba la sangre con una languidez corrosiva.

Le irritaba la cortesía bovina de los lugareños, la falta de ruido y, sobre todo, esa sensación de estar siendo devorado por la inmensidad verde.

Aquí, el horizonte no ofrecía la promesa de una conquista; solo ofrecía ovejas.

Sus amigos, Neville y Field, lejos de ser un consuelo, eran el eco constante de su propio descontento.

—Si esto es la vida bucólica, que me devuelvan a la celda de Newgate, por Dios —gruñó Field, limpiándose con una mezcla de fastidio y horror una mancha de barro de su bota de cuero italiano.

Sus ojos escaneaban el paisaje con la misma devoción que uno dedica a una ejecución—.

Allí, al menos, las ratas tienen más conversación y el moho tiene cierto carácter.

—Y hay ginebra —añadió Neville, arreándole un puntapié a una piedra con una frustración contenida—. Y mujeres que no huelen a jabón de sosa y a trabajo duro.

Peter permanecía en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de corte impecable, una prenda que, en aquel sendero de lodo, resultaba una declaración de guerra contra la estética local.

—No se engañen, caballeros —dijo, su voz cortante como el aire de la mañana—. El whisky de la prisión es veneno puro. Preferiría morir de tedio en este agujero que perder la vista por un trago de baja calidad.

—Pero allí no nos mirarían como si fuéramos el mismísimo Lucifer paseando por el jardín —replicó Field, señalando con un gesto vago las cabañas de piedra que se divisaban a lo lejos.

—Oficialmente, Peter lo es —intervino Neville con una sonrisa ladina—. Lo de la pequeña debutante fue un golpe bajo, incluso para ti, Crossman. Hubo un eco de desaprobación en la voz de Neville que Peter captó al instante.

—Ella sabía exactamente a qué juego estaba jugando —escupió Peter, aunque el recuerdo de la mirada gélida de Joel, su hermano mayor, todavía le escocía en la memoria como una quemadura de primer grado.

Se detuvieron en seco. A lo lejos, el viento trajo el eco de unas risas frescas, un sonido tan extraño en aquel páramo como una orquesta en un cementerio.

Un grupo de mujeres avanzaba por el camino desde la aldea: cuatro o cinco figuras envueltas en vestidos de lana gruesa, portando cestas de mimbre con la naturalidad de quienes han hecho de la labor diaria su única religión.

Entre ellas, una destacaba. Meryl Robins tenía veintiocho años, una edad que en los salones de Londres la habría condenado al estatus de solterona perpetua. Sin embargo, ella no caminaba como alguien que se escondía de la vida, sino como si fuera la dueña absoluta del sendero.

Peter la observó, sorprendido a pesar de sí mismo.

Meryl no poseía la belleza lánguida y enfermiza, casi traslúcida, que estaba de moda en los salones de la alta sociedad; poseía una solidez rotunda, una presencia física que parecía llenar el camino.

Se apartó un mechón castaño con un gesto de impaciencia, un movimiento brusco que delataba una mente ocupada en problemas mucho más serios que la presencia de tres lores ociosos y desubicados.

—Vaya —murmuró Field, recomponiéndose el nudo de la corbata con un gesto automático de coquetería, buscando desesperadamente recuperar el control de su propia imagen—. Parece que el desierto ha decidido darnos un oasis.

—Mucho cuidado —advirtió Neville, con una chispa de alerta real en los ojos—. Esa rosa tiene espinas, y me temo que son de acero.

Cuando las mujeres llegaron a su altura, el tiempo pareció dilatarse.

Meryl alzó la vista. No hubo rubor, ni ese pestañeo nervioso, ni la risita ensayada a la que Peter estaba acostumbrado para demostrar sumisión.

Sus ojos, de un color miel turbio y denso, recorrieron a los tres hombres con una frialdad judicial, como si estuviera evaluando la calidad de un ganado en venta.

Y el resultado, a juzgar por su leve inclinación de cabeza, no era favorable.

—Buenos días, caballeros —dijo ella.

Su voz era clara, desprovista de la afectación melodramática o el tono de susurro que las damas nobles utilizaban para seducir.

—Buenos días —respondió Neville, desplegando su sonrisa ensayada, esa que solía funcionar en cualquier salón—. No esperábamos encontrar tanta distinción en medio de un barrizal.

Una de las acompañantes de Meryl bajó la cabeza, sofocada por la audacia del comentario. Meryl, en cambio, ni siquiera se inmutó; su rostro permaneció impasible, una fortaleza de piedra.

—En Derbyshire preferimos la resistencia a la distinción, señor, ¿y sabe por qué?

—replicó, con un tono que equilibraba el filo de una crítica y la frialdad de una lección—.

La distinción es un adorno. La resistencia es lo que realmente nos permite caminar entre precipicios sin perder el equilibrio.

Neville soltó una carcajada forzada. Peter, sintiéndose inusualmente desplazado por la falta de atención que ella le prestaba, dio un paso al frente.

—¿Y usted es siempre tan pragmática, señorita...?

—Robins. Meryl Robins —respondió ella, clavando finalmente sus ojos en los de él. Fue una colisión directa, sin mediadores—. Y usted debe de ser uno de los invitados de Darby Abbey. Los que han venido a buscar reposo.

Peter percibió el veneno sutil envuelto en la palabra. El sarcasmo era tan refinado que le despertó un instinto depredador.

—¿Le han hablado de nosotros? —preguntó él, con ese brillo peligroso que solía preceder a sus desastres.

—En un sitio donde nunca pasa nada, hasta el vuelo de una mosca es noticia —sentenció ella, imperturbable—. Y las moscas que llegan de Londres suelen hacer mucho ruido, aunque aporten muy poco.

—Y son mucho más molestas —remató una de las mujeres que la acompañaba, rompiendo a reír.

Field soltó un bufido de incredulidad. Meryl les dedicó una inclinación de cabeza tan breve, tan técnica, que difícilmente podría llamarse cortesía, y reanudó su marcha. Las demás la siguieron con la lealtad propia de un ejército a su general.

Peter se quedó plantado allí, mirando cómo se alejaba aquella falda azul oscuro, sintiendo cómo su propia arrogancia se desmoronaba bajo el peso de ese desprecio educado.

—Maldita señoritinga insolente —masculló, y el insulto le supo a ceniza.

—Le has dado un repaso en toda regla, Crossman —se burló Field, sin rastro de compasión—. No le ha servido de nada el título ni el apellido. Te ha desarmado antes de que pudieras siquiera abrir la boca.

—Me da igual lo que piense una solterona de provincias —dijo Peter, aunque sentía su orgullo al rojo vivo, palpitando como una herida abierta—. Mañana mismo le escribiré a Joel. No pienso quedarme en este agujero de mala muerte ni un minuto más.

Sin embargo, mientras regresaban, Peter volvió la cabeza una última vez.

El camino estaba desierto, sumido de nuevo en la bruma grisácea.

Pero la sensación de que aquella mujer lo había desnudado con una sola mirada, encontrando solo un envoltorio vacío y hueco, se le quedó grabada bajo la piel como un estigma que no sería capaz de borrar fácilmente .

***

Harington Manor conservaba un olor perenne a cera de abeja, a té rancio y a un luto que, diez años después, ya formaba parte de la estructura misma de la casa.

Era una mansión que se negaba a renovarse, aferrada a los muebles cubiertos de fundas y a la penumbra de las cortinas echadas.

El barón Alan Robins permanecía encajado en su sillón de orejeras como una pieza de mobiliario más, con la mirada clavada en los macizos de hortensias del jardín, aguardando quizás a que el pasado, vestido de recuerdos, se dignara a saludarle desde el umbral.

Meryl entró con paso firme, rompiendo el hechizo del estancamiento.

Equilibrio el cuenco de sopa sobre la bandeja de plata con una precisión inusual, a pesar de que Simone la había preparado con más fe que pericia culinaria.

El barón no se inmutó; su mente estaba lejos, vagando por pasillos que ya no existían.

—Padre —dijo ella, dejando el cuenco sobre la mesa con un golpe seco, deliberadamente fuerte para rasgar el velo de su letargo—. La sopa se está quedando como el sebo. Si no come, el frío de esta casa terminará por reclamarle antes de tiempo.

El barón parpadeó, y el choque contra la realidad pareció causarle un dolor físico.

—¿Ya es la hora de la cena? —preguntó, con voz quebradiza.

—Casi el ocaso. Vamos, haga el favor. El mundo sigue girando, aunque usted se empeñe en negarlo.

El barón asintió con una desgana que encogió el corazón de Meryl, aunque ella, protegida por su coraza de maestra pragmática, no era mujer de permitirse sentimentalismos.

Lo observó mientras removía el caldo con la mano temblorosa; había envejecido a base de sombras y remordimientos.

Para ella, que lidiaba a diario con la vitalidad desbordante de los niños del pueblo, ver a su padre desvanecerse en vida era una tortura sutil.

Por eso, cualquier noticia en Tintwistle, por baladí que fuera, se sentía en esta casa como una corriente de aire puro en una habitación cerrada.

—Tenemos vecinos en la abadía —dijo ella, sentándose al otro lado de la chimenea, que exhibía cenizas frías y muertas—. Por fin se han dignado a abrir las contraventanas.

El barón detuvo la cuchara a medio camino. Un interés genuino, afilado y peligroso, asomó en sus ojos nublados.

—¿La viuda de Darby? —murmuró, como si pronunciar el nombre fuera un sacrilegio—. Creía que esa mujer aborrecía el norte.

—La dama no ha venido, pero sí uno de sus hijos. Estarán aquí toda la temporada.

Meryl guardó silencio sobre los detalles escabrosos que circulaban por el correo de la aldea. No necesitaba adornar la realidad con los chismes de las costureras; el apellido Crossman, por sí solo, arrastraba una estela de caos.

—Sería conveniente que nos dejásemos ver el domingo en el servicio religioso —prosiguió Meryl, alisándose la falda de lana con un gesto lento pero decidido—. Por cortesía vecinal. Dicen que el joven conde es... enérgico.

—La gente es complicada, Meryl —la interrumpió el barón, y su voz recuperó, por un segundo, la autoridad del hombre que una vez fue—.

Conocí a su padre en Londres, mucho antes de que tú existieras.

Los Crossman siempre han tenido la mala costumbre de traer la tormenta pegada a los talones.

No saben vivir sin romper algo a su paso.

Meryl arqueó una ceja, intrigada por la amargura que destilaba su padre.

—No soy una debutante asustadiza, padre. Sé distinguir un trueno de un chaparrón. Además, ¿qué daño puede hacerme un grupo de jóvenes ociosos en un páramo como este?

—No te confíes —sentenció él, volviendo la vista al jardín, como si buscara un refugio en el vacío—. Donde esos hombres pisan, algo acaba siempre por quebrarse. Y yo no tengo fuerzas para arreglar más desastres. No esta vez.

Meryl guardó silencio, pero una chispa de curiosidad, impropia de su cargo y de su sobriedad, se le instaló bajo las costillas.

No buscaba un romance, ni mucho menos un escándalo que arruinara su reputación en el pueblo, pero en un lugar donde los días se sucedían como las cuentas monótonas de un rosario, la promesa de un «desastre» resultaba, paradójicamente, una fuente de vitalidad.

Al salir, Simone la abordó en el corredor, con los ojos brillando de una curiosidad voraz.

—¿Se lo ha tomado bien? —susurró la mujer, secándose las manos en el delantal.

—Ha dicho que son una tormenta —respondió Meryl con una sonrisa ladeada, una mueca de desafío—. Lo cual es infinitamente más estimulante que hablar del tiempo o de las cosechas.

Simone soltó una risita cómplice. Meryl, sin embargo, se quedó pensativa mientras contemplaba, desde la ventana del corredor, los límites lejanos de Darby Abbey.

El domingo se perfilaba no solo como un compromiso social, sino como el primer acto de una función que prometía ser, como poco, fascinante .