El escándalo de Tintwistle
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PRÓLOGO
La noche en Mayfair era inusualmente quieta, una calma húmeda que parecía presagiar algo funesto.
El traqueteo de las ruedas del carruaje sobre el empedrado hería los oídos, rompiendo el silencio como una cuchillada metálica.
Cuando el transporte se detuvo ante el número diez, cuatro caballeros descendieron y avanzaron por la angosta callejuela portando un féretro de roble negro con la arrogancia natural de quien transporta una pieza de caza furtiva.
No había oraciones, ni el más leve atisbo de luto; solo se oía el crujido agónico de la madera y la respiración entrecortada de los hombres bajo el peso.
Para ellos, era una comedia macabra; para el resto del mundo, un sacrilegio.
Al llegar a la entrada, uno de ellos dio un puntapié a la puerta sin el menor decoro, ignorando los protocolos que su rango le imponía.
—Todo está dispuesto —masculló otro, conteniendo una risotada que, de ser escuchada por su padre, le habría costado la herencia y la reputación.
De pronto, la tapa del ataúd se abrió violentamente. El muerto había resucitado, y no precisamente de forma divina.
—¡Por los clavos de Cristo, lord Hill! ¡Deje de empujar y estese quieto de una vez! —bramó uno de los portadores, a punto de perder el equilibrio bajo la sacudida interna del ocupante.
Entonces se oyó una voz, estentórea y colérica, que hizo vibrar los cristales de la planta noble:
—¡Estoy vivo, maldición, vivo! —exclamó lord Funès, emergiendo de la caja con una indignación tan genuina que rozaba lo ridículo—. ¡Si os atrevéis a encerrarme otra vez, os juro por mi honor que seré yo quien costee el sepelio de esta banda de mequetrefes!
El aludido, un joven que acababa de ser trasladado a su casa como una pieza de caza mayor, no apreció la audacia.
Lanzó una sarta de maldiciones en francés, una lengua que le servía mejor que el inglés para insultar con precisión milimétrica, y los echó sin contemplaciones, cerrando la puerta con un estrépito que prometía una enemistad eterna.
Los cuatro amigos ni se inmutaron. Una vez en la calle, estallaron en una carcajada que resonó en toda la manzana, una euforia malsana propia de quienes, por derecho de cuna, se sabían absolutamente intocables.
La piedad no figuraba en su vocabulario; el remordimiento era un sentimiento reservado para aquellos que tenían algo que perder ante la ley o ante la opinión pública.
Más tarde, en el club, la anécdota se elevó a la categoría de leyenda entre copas de Oporto.
Joel Crossman se recostó en el sillón de cuero, con los puños de la camisa aún deslucidos por la burla de la noche.
Tenía esa expresión de suficiencia de quien está convencido de que el mundo se rendirá a sus pies con un simple chasquido de dedos.
Sin embargo, en la comisura de sus labios, latía un rastro de agotamiento; era el peso invisible de ser siempre el hermano que ponía la fianza, el apellido y la compostura.
—Funès debería mostrarnos su gratitud —sentenció Louis, sirviéndose otra ración de clarete—. No se le concede a todo caballero el privilegio de asistir, de cuerpo presente, a sus propias exequias.
Peter, el menor, soltó una carcajada seca, carente de humor, una risa que sonaba al eco de una copa rompiéndose.
—Como no nos mate él, lo hará su padre en cuanto sepa la broma —añadió, con los ojos encendidos por una temeridad que Joel empezaba a encontrar peligrosa.
John Neville alzó su copa.
—Por nosotros —brindó con voz firme—. Por los hombres que jamás tendrán que disculparse por sus acciones.
—Y caprichos —remató otro.
El cristal vibró como una sentencia. Eran lores, eran atractivos, y la fortuna les sonreía como una amante caprichosa.
Estaban persuadidos de que la existencia era un salón de baile dispuesto exclusivamente para su recreo, un juego sin reglas donde el tablero siempre les favorecía.
Ninguno de los presentes sospechaba que, antes de que terminara la temporada, uno de ellos acabaría suplicando clemencia, de rodillas, ante una mujer a la que no impresionaban los blasones, ni las rentas, ni toda la soberbia heredada de sus ancestros.
Dos semanas más tarde, un nuevo escándalo estalló como una botella de cristal contra el mármol: un estrépito seco e imposible de ignorar.
Peter Jay Crossman lo había vuelto a hacer.
Otra debutante comprometida, otra familia a gritos en los pasillos y un padre dispuesto a arrastrar el apellido Crossman por el fango de los pasquines si no recibía una compensación antes del alba.
El padre reclamaba matrimonio, pero eso era del todo imposible; no se casa un Crossman con cualquier heredera de provincia.
Joel entró en el salón del Townhouse con el abrigo aún húmedo por la llovizna londinense y la mandíbula tan apretada que el mayordomo, un hombre que había visto pasar guerras y crisis, temió que a su señor le estallaran los dientes por la presión.
Peter, por su parte, estaba repantigado en un sillón de orejeras, girando su copa con una indolencia exasperante, la calma de quien jamás ha tenido que fregar su propia sangre —o la ajena— del suelo.
—La dama no era doncella, hermano —masculló Peter sin dignarse a mirarlo. Sus palabras eran un veneno calculado.
Joel se detuvo frente a él, midiendo la distancia.
El silencio en la sala era denso, cargado de la electricidad estática de un fratricidio a punto de suceder.
Joel sintió un deseo violento de sacudirlo, de ver algo —terror, arrepentimiento, cualquier cosa— en ese rostro perfecto que solo sabía sonreír ante el desastre.
—Has cometido el peor error —dijo Joel, y su voz fue un susurro cargado de plomo—.
Una debutante en su primera temporada no es un juguete, Peter.
Es un contrato social. Has roto el espejo en el que todos nos miramos para fingir que somos mejores que el resto.
¿Tienes la menor idea de lo que eso supone para nuestro apellido?
Nos cierran puertas que antes nos abrían de par en par.
Peter se encogió de hombros con una desfachatez que rozaba lo patológico, pero la rotación de su muñeca se detuvo apenas un instante. Ese pequeño gesto delató el miedo.
—Ella aceptó de buen grado mis atenciones... —calló un momento, porque los ojos de su hermano mayor lanzaban un fuego que incluso a él le obligó a bajar la mirada—. La dama, fuese debutante o no, no ignoraba los asuntos mundanos.
Joel soltó una carcajada que sonó como un latigazo.
—No entiendes nada. Absolutamente nada. El mundo no se rige por lo que ella quiera, sino por lo que su padre pueda vender.
El padre de la muchacha aguardaba en otra estancia de la mansión, con el rostro encendido por el jerez y la ira, exigiendo justicia con una mano y esperando el cheque con la otra.
Joel no se sentó a negociar; se limitó a imponer las condiciones.
Una suma desorbitada, un documento sellado y el honor de la familia comprado, una vez más, al precio de oro.
Al salir a la calle, el aire gélido de Londres le devolvió la lucidez.
Su hermano era una lacra, un agujero negro que devoraba la reputación de la casa, y él, el único estúpido que seguía barriendo sus miserias.
Pero nunca más. Mirando a su hermano menor, que ahora le devolvía una mirada de desafío adolescente, Joel dictó sentencia.
—Te marchas de la ciudad —dijo, cortante—. Mañana, al despuntar el día.
Peter parpadeó, perplejo, perdiendo por fin su pose de indiferencia.
—¿A qué agujero pretendes enviarme ahora?
—A Tintwistle, en Derbyshire. Al norte de Glossop —dijo Joel, implacable—. Necesitas aire puro, disciplina y no acercarte a ninguna hembra que no sea una oveja.
Ese condado remoto y alejado de Londres era el último sitio al que Peter querría ir. Pero su hermano sabía muy bien lo que hacía.
—¡No soy un crío! —bufó Peter, poniéndose en pie con un ímpetu juvenil.
—No —le cortó Joel con una mirada que le heló la sangre—. Eres algo mucho peor: un Crossman sin bozal. Y eso es un peligro público.
El hermano mayor no dijo nada más. Más tarde, la condesa viuda, Kerry Madeleine, recibió la noticia con un suspiro que delataba un alivio casi pecaminoso. Los constantes escándalos de su hijo menor le provocaban dolores de cabeza.
—Gracias a Dios —murmuró con la distinción gélida que la caracterizaba—. Londres se está convirtiendo en un nido de chismes insufrible. El campo será... balsámico para tu hermano.
Cuando el carruaje en el que viajaba su hermano enfiló el camino hacia el norte, Joel se quedó solo en el umbral de la casa.
Tenía la amarga certeza de que estaba enviando a su hermano al destierro, pero era más necesario que nunca.
Se ajustó el cuello del abrigo, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que el peso del apellido empezaba a aligerarse, aunque fuera al precio de perder a su única familia .