El error Capítulo 4 #7
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Capítulo 4 #7

De pronto vio un centro comercial, una enorme edificación de hormigón y cristal a las afueras, y tuvo una idea.

Descendió del autobús y, con los guantes bien apretados en la mano, bajó al último sótano del aparcamiento.

Aquella planta, desierta y casi sin coches, constituía el lugar idóneo.

Había varios cubos de basura alineados contra una pared. Justo lo que había imaginado.

Anduvo unos cuantos pasos de un lado para otro, escudriñando para asegurarse de que no lo observaba nadie, y cuando lo creyó oportuno, con un gesto mentalmente ensayado, arrojó los guantes a uno de los cubos y, presa de una gran excitación,

se arrimó a un coche aparcado junto al que se entretuvo unos instantes para disimular.

Luego hizo como si lo cerrara y salió de allí aparentando no tener ninguna prisa, mirando hacia atrás un par de veces, actuando como creyó que habría actuado el propietario del coche.

Tomó el autobús de vuelta. Esta vez sí, no había habido testigos, y el problema había quedado resuelto. Podía dedicarse a pensar en otras cosas. Por ejemplo, el cuerpo...

¡El cuerpo! Era un estúpido. ¡Seguía siendo un estúpido!

¿Cómo no lo había pensado? Ese sí que era un problema, no los guantes, con los que ahora le parecía haberse complicado la vida de un modo innecesario.

¿Por qué había salido a tirarlos fuera, tan lejos?

¿Por qué no los había destruido en su casa, que era lo que cualquiera habría hecho?

Además, lo de las cenizas era una tontería, sólo había que procurar que ardieran bien.

Al fin y al cabo, lo que había hecho tampoco le garantizaba haberlos perdido de vista para siempre.

¿O es que iba a poder vivir tranquilo sin haber llegado a ver por sí mismo cómo desaparecían?

Es decir, ¿podía asegurar con una convicción absoluta y tajante que se había deshecho verdaderamente de ellos y que nadie lo había visto arrojarlos al cubo?

El cuerpo tenía que esperar.

Ofuscado, descendió del autobús y tomó el camino de vuelta. No tenía por qué arriesgarse. En la vida se daban casualidades increíbles y no estaba dispuesto a que un error absurdo lo traicionara. Lo mejor era recuperarlos y deshacerse de ellos en casa, donde pudiera cerciorarse.

Bajó de nuevo al aparcamiento y se dirigió a toda prisa hacia los cubos, pero en cuanto miró dentro del suyo un espasmo recorrió su espalda de arriba abajo y se sintió convulso.

¡Los guantes ya no estaban! Uno por uno, los registró todos –ahora dudaba: ¿en cuál de ellos los había arrojado?

, todos le parecían iguales—, jurándose que cuando los encontrase no volvería a cometer otra estupidez como aquella.

Pero su búsqueda no dio resultado. Los guantes habían desaparecido.

Sintió un dolor creciente en el estómago, como si lo partieran por la mitad con una sierra, y un embotamiento en la cabeza que entumecía por dentro sus oídos.

“Tranquilo”, se alentó; “observa bien: ¿cómo estaban antes los cubos? ¿No hay algo distinto? Eso es: su disposición; están cambiados”.

Oyó un ruido a lo lejos, al fondo del aparcamiento, y al mirar hacia allí vio a un hombre con un mono azul oscuro que arrastraba otros cubos. El corazón casi le estalló de alegría. Ahora se percataba de lo que ocurría ¡Estaba vaciándolos!

Se apoyó contra la pared y expulsó el aire, aliviado. Por fin podía olvidarse de los dichosos guantes, decirles adiós con toda garantía. Se había deshecho de ellos y a esa hora seguramente estarían enterrados bajo un montón de basura en el fondo de cualquier contenedor.

Sólo faltaba el cuerpo.

No había descanso. Sin perder un minuto, salió del aparcamiento y tomó otra vez el autobús.

Se sentía sereno, animado. ¿Por qué le costaba caminar?

¿Por qué sus articulaciones se movían con torpeza, faltas de compenetración, como piezas que no encajaban?

Lo del cuerpo era un asunto peliagudo, no lo dudaba, pero ahora se sentía poderoso, capaz de superar cualquier obstáculo que se le pusiera delante.

¿Entonces por qué se tambaleaba? Si sólo ver cómo se estaba tomando lo de su madre ya representaba un cambio crucial ante las cosas. ¿O acaso no se sentía contento?

Se sorprendía de sí mismo: Ni un remordimiento, ni una duda, dejando aparte los pensamientos de los primeros momentos sobre su padre.

Lo sentía más por la mujer y por la arpía, inocentes al fin y al cabo, aunque ahora, muerta ya su madre, estaba seguro de que podría buscar tranquilamente otra compañera y de que no le costaría habituarse.

Lo que sí tenía que hacer era tratar de reformarse y acabar para siempre con sus titubeos, como le había sucedido con los guantes, que no servían más que para inducirlo a cometer errores, generar inseguridad en él y sacarlo de quicio.

Hacía calor en el autobús. Una mujer se abanicaba con un libro y se oían sirenas en algún lado.

Observó a la gente que lo rodeaba y la vio minúscula en comparación con él, como si la mirase desde lo alto de un rascacielos.

Sudaba, pero no de ansiedad, sino de emoción.

Por primera vez en su vida deseaba plenamente llegar a casa.

Saltó del autobús y comenzó a caminar deprisa. El día era transparente y el aire, limpio y luminoso, anunciaba un futuro prometedor. Bajo sus pies, el suelo empedrado pasaba a toda velocidad. Más que andar, volaba.

Cuando vio la verja que anunciaba el portal se sintió eufórico. Estaba ansioso por iniciar su nueva vida. Sin evidencias. Sin los guantes. ¡Sin su madre! ¿Qué haría primero? ¿Tomarse unas vacaciones? ¿Seguir abriendo la frutería una temporada para no levantar sospechas?

Empujó la puerta con un fuerte impulso y se lanzó hacia las escaleras.

—¿Dónde va corriendo de ese modo?

La voz sonó gélida a su espalda y se frenó como si lo hubieran clavado al suelo de un martillazo. Empezó a aparecer gente. ¿Policías? ¿De dónde salían? Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con su viejo conocido, el que lo acosaba. ¿Cómo podía ir con gabardina con el calor que hacía?

—No irá a buscar esto por casualidad…

Sacó la mano de la gabardina y se la mostró: de sus dedos colgaban dos guantes de látex. ¿Sus guantes?

Oyó un estruendo dentro de él, como si se hubiese resquebrajado por dentro, y todas las luces se apagaron.

—Ha sido muy torpe. La verdad, esperábamos que cometiese algún desliz, pero creíamos que tardaría más en hacerlo. ¿Se da cuenta? Le hemos visto tirarlos. Un grave error por su parte. ¡Cómo! ¿No se imaginaba que lo vigilábamos? Me ha decepcionado.

Sintió que las fuerzas lo abandonaban y le pareció que la cabeza se le iba y perdía el equilibrio.

¡Lo habían visto, decía! ¡Lo vigilaban! Algo tan fácil de suponer y a él ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

¡Seguramente hasta se trataba de una práctica habitual, mera rutina!

¡Si se hubiera deshecho de los guantes en casa!

—Tampoco había llamadas a la mujer ese día, desde la frutería, me refiero. Sólo se lo dije para ponerlo nervioso…

¿Cómo? ¿No había llamadas? ¿Qué día?

—Le diré lo que ocurrió: Usted fue a visitarla a la hora acostumbrada, aunque sin citarse, decidido a acabar con ella.

Es posible que ella se sorprendiese al verle aparecer, pero usted debió de darle cualquier explicación y acabaron dedicándose a lo que solían dedicarse siempre.