Capítulo 4 #6
Aquello no era la frutería. Y, para armarse de valor, para pensar únicamente en lo que se disponía a hacer y no distraerse, apretó los dientes y, sin importarle lo que pudiera pasarle, salió a la calle como un ciclón y comenzó a caminar a grandes pasos en dirección a su casa.
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Casi rompió la puerta y entró golpeándose contra las paredes del recibidor, como una bestia herida. Una exigua claridad penetraba a través de las ventanas, haciendo que todo pareciese flotar.
¿No flotaba él también? ¿No era un ser sin conciencia, un objeto arrastrado hacia un lugar al que no deseaba ir?
—¡Ah! ¡Ya estás aquí! ¿Ves cómo vuelves? ¿Por dónde andas? Te he llamado a la frutería y no estabas. ¿Y mi comida?
¿Dijo ella eso o sólo se lo imaginó? Cruzó como un vendaval el pasillo, que ahora le parecía un estrecho tubo al final del cual lo esperaban al mismo tiempo la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.
—¿Qué le hizo a mi padre?– berreó nada más verla, desde la puerta del dormitorio.
Ella titubeó. Buscaba algo. Gritó:
—¿Me vienes con eso? ¿Es que no te he dicho ya bastante?
—¡No! ¿Por qué me dijo que no tuvo coraje cuando murió?
Aparecieron los guantes, saliendo de debajo de la espalda de ella, y él se los tiró de un manotazo.
—¡Quite eso de mi vista! ¡Mi padre! ¿Qué pasó?
Ella enseñó los dientes y se incorporó en la cama, enhiesta, como un escorpión a punto de clavar el aguijón sobre su presa.
—¿Qué pasó cuándo?
—¡Lo sabe muy bien! ¡Dígamelo!
—¿Quieres saber lo que pasó? ¿De verdad quieres saberlo? Pues te lo diré: ¡Tu padre quiso matarme, pero no se atrevió!
—¡Miente!
—¡Ya lo creo que no!
—¡Él no pudo hacer eso!
—¡Pues lo hizo! ¿Te enteras? ¡Es decir, lo intentó!
La habitación se había quedado a oscuras de repente y la voz de su madre le perforaba los oídos como una daga al rojo vivo. ¿Su padre intentando matarla?
—Un día apareció así, corriendo, como tú.
Traía un cuchillo en la mano. Al verlo me asusté, pero enseguida me di cuenta de que no se atrevería a hacer nada con él—.
Se rió.— ¡La mano le temblaba! Le pedí que me lo clavara, ¿y sabes qué fue lo que hizo?
¡Retrocedió! Yo no me había equivocado. Entonces salté de la cama y me arrastré detrás de él fuera de la habitación.
¡Yo, una paralítica, persiguiéndolo por el pasillo, gritándole desde el suelo, ordenándole que me matara!
Pero el muy cobarde lloraba y pedía perdón mientras seguía retrocediendo.
Aún estoy viéndolo, cubriéndose la cara y caminando de espalda hasta llegar a la ventana.
—¡Eso es imposible!— protestó, tapándose los oídos con las manos, y ella se incorporó de un salto y se las quitó.
—¡No! ¡Ahora has de escucharme! ¿No querías saberlo?
Hablaba como si estuviese poseída y le sujetaba los brazos presionándolos con una fuerza que le hacía daño, con garfios en lugar de dedos.
—¿No querías saber qué ocurrió? Se subió a la ventana, ¿me oyes?, sollozando, suplicándome que lo perdonara, y cuando vio que estaba a punto de llegar junto a él ¿sabes qué hizo? ¡Soltó el cuchillo y se arrojó al vacío!
Negó con la cabeza. Negó con tanta fuerza que creyó que el cráneo iba a desencajársele y salir volando.
—¡Sí! ¡Se arrojó él! ¿Lo oyes bien? ¡No fue un accidente! ¡Era débil, como tú, no valía para nada y lo mejor que pudo hacer fue matarse!
De pronto lo soltó. Sus manos señalaban su propio cuello, totalmente estirado.
—Tú también querrías matarme, ¿verdad? ¡Lo leo en tus ojos! ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Ahí tienes los guantes!
Se inclinó hacia adelante. Una cortina blanca, apenas visible, se movía danzando delante de su cara, y sus brazos estaban rígidos como estacas.
¿Qué gritaba aquella puerca? ¿Que la matara?
Su cerebro giraba con un ruido que lo dejaba sordo, como si tuviera un ventilador metido dentro del oído.
Tenía frío, calor, temblaba, sudaba, olía a melocotón…
—No te atreves, ¿verdad? ¡Te falta valor! ¡Como a él!
Loco de furor, se arrojó sobre ella y con las manos le atenazó el cuello.
Su madre abrió los ojos con incredulidad y se aferró a sus muñecas.
Él abrió los suyos de par en par y, al ver que finalmente la tenía en su poder y no pasaba nada, apretó cuanto pudo.
Sin miedo, el miedo se había extinguido para dejar paso a un odio demoledor.
Como cuando prendió fuego a aquellos gatos.
Como cuando sintió resquebrajarse entre sus dedos la nuca de la mujer. Miedo, odio, dolor…
Siguió apretando. Los dedos le dolían, hundidos en aquella garganta contra el fondo de la carne, y el hecho de no encontrar apenas resistencia lo estimulaba a apretar más mientras ella gemía y se estremecía con débil desesperación.
Vio asomar la lengua a su boca abierta e hincó las rodillas en la cama y con los muslos le atenazó el cuerpo para que no se moviera.
Luego oyó un gorjeo y vino a su mente el incidente de la espina.
¿Qué había hecho entonces? ¿Salvarla? Una ocasión perdida.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había intervenido?
¡Con lo fácil que habría sido limitarse a no hacer nada, a quedarse observando, a gozar del espectáculo!
Habría tenido la ocasión de ver sentado en primera fila, de recrearse, de aplaudir si quisiera.
Un gemido ronco llamó su atención y centró la vista en ella. Estaba inmóvil. ¿Lo engañaba? ¿Estaba muerta? Sus manos se habían soltado de sus muñecas y tenía los ojos desorbitados, extraviados hacia arriba, donde no había nada.
Se mantuvo apretando un tiempo, vigilante, temeroso de que ella reviviese si soltaba, y sólo cuando le pareció que hacía rato que ya no pestañeaba ni se movía aflojó su tenaza.
Soltó una carcajada. ¿Eso había sido todo? ¿Ya estaba? ¿Y para eso había habido que esperar tanto? ¿Era por causa de aquel bulto minúsculo que apenas sobresalía bajo las sábanas por lo que él y su padre habían sufrido tanto? Un horror pastoso se apoderó de él. ¡Su padre había llegado a matarse!
Se sintió unido a su recuerdo, enlazado por un vínculo invisible merced a lo que acababa de hacer.
No importaba que nunca lo hubiese sentido a su lado.
El nexo que acababa de establecerse entre ellos era superior al que hubiera originado el simple roce en la vida.
La muerte de su madre los unía. El pasado había terminado y empezaba el presente, y ahora era él quien dominaba la situación.
Tenía la sartén por el mango. El monstruo había muerto, se había ido para siempre. Ya no volvería a hostigarlos.
Otro asunto, éste perentorio, reclamó su atención: los guantes. ¿Dónde estaban? Sobre la alfombra. Los recogió enseguida y se los guardó en un bolsillo mirando hacia la puerta, como si alguien pudiese verlo.
Cubrió el cuerpo de su madre con la sábana –su cara torcida, con los ojos y la lengua fuera, le producían una mezcla de recelo y exaltación que le impedía concentrarse— y trató de serenarse.
Lo importante, llegado a este punto, era decidir cómo deshacerse de los guantes.
La vieja ya no existía, pero los guantes aún podían inculparlo.
Lo primero que se le ocurrió fue quemarlos, pero inmediatamente descartó esa idea: la policía descubría cosas por las cenizas cuando algo se quemaba.
¿Entonces qué? Se esforzó en pensar. ¿En qué había insistido el policía?
¡En tirarlos! Buena idea, sólo que no podía ponerla en práctica en su casa: también encontraban indicios en las basuras.
Lo mejor sería desprenderse de ellos lejos, donde no fuese posible encontrarlos o, en caso de que alguien lo hiciese, no hubiese modo de relacionarlos con él.
Cerró la puerta del dormitorio y, tras beber un vaso de agua en la cocina, salió a la calle.
Sólo pensaba en alejarse. Sentía una alegría creciente, única, al recordar con qué facilidad la había doblegado, con qué prontitud había acabado con ella.
¿Cómo sería el rostro de su padre si hubiera podido estar presente, si hubiera podido contemplarlo?
Este pensamiento lo ensombreció. ¿Había actuado mal?
Su padre no había querido matarla. Lo había intentado, sí —o eso había dicho ella—, pero no había llegado a hacerlo.
¿Entonces? ¡Tonterías! Él no era su padre y no tenía por qué comportarse del mismo modo.
Él era libre. ¡Libre! ¿No era esa exactamente la sensación que lo embargaba?
¿No era como si sus pies quisieran elevarse del suelo a pesar de la fuerza con que aquella pesadumbre repentina lo empujaba hacia abajo?
Su instinto lo llevó hasta el barrio en el que vivía la mujer, donde recordaba la existencia de un pequeño parque cerca de su casa.
Una vez allí, bajó del autobús y buscó una papelera.
Al fin dio con una que le gustó, algo apartada, medio oculta bajo un arbusto poblado.
Estudió el entorno. Perfecta. Torció el paso para pasar pegado a ella y, con un movimiento rápido, tiró los guantes dentro y se alejó de allí caminando tan deprisa como pudo.
Nadie lo había visto. ¿Nadie? Se detuvo.
Había un mendigo enfrente, tumbado sobre un banco.
¡Mierda! ¿Cómo no se había fijado antes?
Parecía dormitar, pero no podía asegurarlo.
Se quedó mirándolo. El mendigo no se movía, pero prefería no fiarse.
Lleno de rabia, se dio media vuelta y recuperó los guantes.
Decidió dirigirse a las afueras, donde probablemente habría lugares más seguros, menos concurridos, y comenzó a caminar hacia la parada del autobús.
Ralentizó el paso. Despacio, se obligó. ¿Por qué se ponía nervioso? ¿Qué necesidad había de precipitarse? Calma. No tenía ninguna prisa.
Necesitó coger varios autobuses. Desde arriba, de pie, oteaba entre las cabezas de la gente, buscando, atento a la calle, pero ninguno de los sitios que veía le satisfacía.
Siempre había pegas: espacio demasiado pequeño, movimiento incontrolado de transeúntes, ventanas indiscretas…
Llevaba los guantes en el bolsillo, cogidos con la mano para mayor seguridad, y, mientras buscaba, los apretaba con cariño.
Con cariño, sí, porque aunque aquellos guantes lo acusaban, también lo liberaban.
Si bien eran la prueba definitiva de que había cometido un asesinato, ¿no les debía también que su madre estuviese muerta?
¿No era gracias a aquellos guantes que por fin había reunido el valor necesario para poner fin a su pesadilla?