Capítulo 4 #5
Había sido un ingenuo, bastaba ver la crueldad con que ella volvía a tratarlo.
Un idiota. ¿Su madre calmada? De eso nada: su intenciones estaban claras.
Y si había mentido a la policía al inventarse lo de la conversación con él en la frutería no había sido para protegerlo, sino para realizar una demostración de fuerza, para dejar bien claro que controlaba la situación y que en adelante sería ella quien marcaría la pauta.
Y no dudaba que lo conseguiría. De él podía conseguirse todo; cualquiera lo dominaba.
Hasta la arpía. ¿No hacía con él lo que quería?
¿No entraba en la frutería sin pedirle permiso? ¿No lo interrumpía?
La constatación de este hecho lo enervó y lo hizo ponerse rígido en su asiento.
Se había olvidado por completo de la arpía.
¿Y su preocupación en aquel momento eran los guantes?
¿Cómo? Su madre no lo delataría, pero ¿y la arpía?
Ella sí sabía. Había visto el periódico abierto por las páginas de mujeres.
¿Y qué era lo que había dicho de unos guantes?
¿Llevaba ella guantes? Se frotaba las manos y había dicho que hacía frío, pero él no le había prestado atención.
Se puso en pie para ver si así, moviéndose, se refrescaba su memoria, pero ésta era una nada blanca que se extendía por todas partes.
¿Qué sabía ella de los guantes?
Una vieja estúpida y curiosa, eso es lo que era. Una petulante, una entrometida. ¿No había afirmado que lo observaba? ¿Y eso qué quería decir? ¿Qué lo espiaba? ¿Lo habría seguido alguna vez? ¿Sabía quizá quién era la mujer? ¿La habría visto cuando ella, imprudentemente, se acercó hasta la farmacia?
Desesperado, apoyó los codos sobre el mostrador y hundió la cara entre las palmas de las manos.
Se sentía exhausto. No podía imaginarse cómo, pero aquella vieja sabía algo.
¿No le hablaba siempre con sorna? ¿No sonaban sus palabras cargadas de veneno, como si su lengua fuese el cascabel de una serpiente agitándose cada vez que abría la boca?
¿Y no se quedaban después flotando como si algo desconocido, amenazador, se desprendiera de ellas y permaneciese dejando una estela de fetidez en el aire?
Seguro, ella era la que más se reía de él; ni su madre, ni el policía…
¿Por qué, si no, había ido a verlo tan temprano?
¿No podía haber esperado a que abriera? Y lo peor no era eso.
Lo peor era que tal vez se había encontrado con su oponente.
¿Lo habría hecho? ¿Habría hablado con él?
No lo creía, el policía se había ido hacía rato, pero ¿podía garantizarlo?
Allí había un peligro evidente, en aquella arpía.
Ella no era como su madre: no había lazos que los uniesen y nada le impediría irse en cualquier momento de la lengua.
¿Y no sería mejor asegurarse, abortar esa posibilidad?
¿Qué era lo que sabía realmente? Si quería vivir tranquilo tenía que acallar aquella voz, cerrar aquellos ojos, anular el temor que su simple presencia le producía.
Decidido, cogió una caja vacía y comenzó a llenarla con fruta y verdura según le parecía. Trabajaba de prisa, respirando agitado, levantándose y agachándose con un gran esfuerzo. Las lechugas eran armas en sus manos, y las manzanas, las berenjenas, los plátanos...
Cuando al fin salió de la frutería con la caja repleta y la bufanda bien enrollada al cuello sintió que los pies le quemaban dentro de los zapatos.
Sabía dónde vivía la arpía, le había llevado fruta alguna vez, aunque había sido en circunstancias bien distintas, hacía tiempo.
Entonces apenas se conocían y ella era discreta y amable con él.
¡La llamaba señora! Ahora se había vuelto una mujer peligrosa.
Y mientras caminaba veía su cara reflejaba en cualquier punto al que miraba: en el suelo, en las marquesinas de los autobuses, en los escaparates de las tiendas…
Su rostro ladino y su nariz diminuta, picuda.
Y veía cómo aquella boca se entreabría y exhalaba un hedor insoportable, y después se abría de par en par y expulsaba chorros de barro que caían a sus pies y salpicaban sus zapatos.
Entonces una mano flaca, de vieja, se materializaba en el aire y se los limpiaba con los guantes que su madre le enseñaba.
No fue consciente de cómo llegó a la casa, de cómo llamó al botón del portero automático ni de cómo contestó: “publicidad” cuando la voz de la arpía preguntó quién era.
Tampoco supo cómo subió, ni si tuvo que tocar el timbre o ella estaba ya en el descansillo, vigilando con sus ojos de ave nocturna el hueco de la escalera.
Sólo supo que de repente se encontraba en la cocina ante de ella, que la caja de cartón se le escurría de entre las manos y que la vieja lo miraba con ojos incrédulos mientras retrocedía temblando.
Luego la caja caía al suelo y reventaba con una explosión sorda, y la fruta y las verduras se desparramaban por el suelo.
Entonces ella resbalaba y caía hacia atrás, mientras él enroscaba a su cuello la bufanda…
ooo0ooo
El canto persistente de un pájaro lo hizo volver en sí y tardó en comprender dónde estaba. Las paredes, los muebles, los objetos más sencillos: todo en aquella habitación le resultaba desconocido.
Recorriéndola, sus ojos se posaron en un cuerpo. Era la arpía, que yacía boca abajo en una esquina, con los brazos le vantados hacia delante, como si rezara una plegaria. En torno a ella, el suelo aparecía salpicado de frutas aplastadas.
Se dio cuenta de lo que acababa ocurrir y trató de ponerse en pie.
Un hierro le apretaba las sienes, como una corona ardiendo, y la sangre circulaba por sus venas como una hilera de hormigas.
¿Qué había hecho? ¡Matar! ¡Había matado de nuevo!
¿Qué demonio se había apoderado de él? Se miró las manos, blancas, huesudas.
Sí, eran las suyas. Pero ahora eran manos que hacían daño. Había matado con ellas. ¿Por qué?
El pájaro saltaba alocadamente dentro de una jaula, junto a la ventana, y le parecía que su canto, excesivamente agudo, lo acusaba. ¿Era para advertir a todos que aquél que estaba allí sentado, con los antebrazos sobre los muslos, mirándose las manos, mataba?
Los hombros le pesaban, y las piernas, la cabeza, el pelo…
Estaba allí, sí, pero aquel no era su cuerpo.
De hecho, cuando probó a mover los dedos, a separar los pies, no pudo hacerlo.
Las articulaciones no le obedecían. Una mueca apareció trazada en sus labios, incapaces de contener la amargura que lo empapaba por dentro y que empujaba por desbordarse a través de ellos, y rompió a llorar.
Había vuelto a matar, sí, pero ¿por qué?
¡Por necesidad! Él no lo había buscado y no podía considerarse culpable; para eso había que mirar hacia otro lado.
¿Quién estaba detrás de todo aquello? ¿Quién lo había provocado?
¿Quién era el auténtico monstruo? ¡Su madre!
Ella era la causante de tanta desgracia.
Con su crueldad, con su intransigencia, lo había conducido al límite y él había estallado.
Ella era la culpable de que hubiese estrangulado a la mujer, la culpable de su lío con la policía, la culpable de que aquella pobre vieja estuviese allí tirada…
La culpable de haber arruinado su vida.
Despreció la necedad del pájaro. ¿Acusarlo de qué?
Había sido un títere en manos de su madre y había actuado por impulsos.
Aquella era la única lucidez posible. ¿Qué sabían él y el pájaro?
Y ahora lo único irrefutable era que las lágrimas caían como una cortina, resbalaban a borbotones por su cara como un torrente de lava que, en lugar de aliviarlo, lo abrasaban.
Porque eran lágrimas tardías, estériles, que sólo servían para recordarle las equivocaciones en que había incurrido.
¿Había alivio en aquel llanto? Ninguno. ¡El daño ya estaba hecho!
Jamás se había sentido tan perdido, tan indefenso, tan abandonado. Como su padre. La historia se repetía. ¿Qué recuerdo, si no, le venía ahora a la memoria? El de su padre sentado en la frutería, escondido en una esquina tras los sacos y las cajas de melocotones, llorando.
Hundido, no pudo evitar que el recuerdo aflorase: Hacía rato que habían cerrado y, después de repasar las cuentas del día, su padre había telefoneado a casa. Mientras hablaba con su madre su cara se transformó. Luego él preguntó qué le ocurría y su padre masculló: “Nada; tu madre…”
Entonces el recuerdo brotó más, abriéndose paso dolorosamente como una larga espina desde las zonas más profundas de su memoria, y se vio a sí mismo en pantalón corto y a su padre en el baño, a donde había retrocedido protegiéndose la cara.
Vio una mano que caía sobre él y lo abofeteaba y a continuación lo oyó gritar: “¡No, por favor, basta!”
Y después otra bofetada, seguida de gritos, su padre huyendo por el pasillo… .
No quería ver. Cerró los ojos y se los apretó con los puños, tratando de pensar en los guantes, en el policía, en la arpía, en la mujer, en cualquier cosa, pero la memoria, antes herméticamente cerrada, seguía vaciándose.
¿Por qué lo invadía ahora aquel recuerdo?
Veía a su padre tambalearse, trastabillando entre súplicas y lágrimas de una habitación a otra sin encontrar refugio en ninguna.
Pero en las imágenes que se formaban sólo lo veía a él, a nadie más.
¿Quién lo perseguía? ¿Quién le pegaba? ¿Su madre?
¡Su madre, sí, cuando aún no había quedado paralítica!
—Padre…— musitó, y su voz sonó en aquella estancia extraña como la constatación de una carencia absoluta, como una última llamada, un intento de saciar mediante esa única palabra el ansia que repentinamente le producía su falta.
Estaba de pie —¿se había levantado? ¿Cuándo?— y ahora sus brazos colgaban fláccidos y sus piernas eran juncos a punto de partirse. ¿Qué era lo que su madre le había dicho de él? ¿Que no había tenido el coraje necesario? ¿Para qué?
Ciego por el dolor que le causaba aquella herida abierta, se secó las lágrimas, desenroscó la bufanda del cuello de la arpía y dio una gran zancada hacia la entrada, dispuesto a todo. Pero antes de salir se detuvo. ¿Estaría su enemigo fuera, esperándolo? Si era así, ¿qué le diría?
Se maldijo. ¿Por qué era tan indeciso? ¿Por qué se empeñaba en anticiparse siempre a lo que fuera a suceder?
¡A la mierda el policía! ¿Cómo iba a ocurrírsele estar fuera?