Capítulo 4 #4
Había dado un paso importantísimo al decidirse a buscar a la primera, obteniendo así una victoria demoledora sobre su madre.
¿No era una necedad renunciar a aquel logro?
Cogió un periódico viejo, de los que utilizaba de vez en cuando para hacer que la fruta madurara, y buscó las páginas indicadas. Había decenas de mujeres —cientos— dispuestas a darle lo que quisiera.
Soltó una carcajada. ¡Allí había dónde escoger! ¡No tenía más que llamar y en un segundo todo estaría arreglado!
Cogió el teléfono y comenzó a marcar. El anuncio le gustaba, con una foto pequeña de la chica en cuestión en la postura que a él más le atraía. Su cara aparecía difusa, pero daba lo mismo; no era por su cara por lo que llamaba.
Los tonos se sucedieron durante un rato mientras él, aguardando de pie y con el auricular apretado contra la oreja, se mordía los labios.
Por fin descolgaron al otro lado. Era la voz de un contestador, una voz suave, melosa, que lo transportaba a encuentros lejanos, a situaciones intensas, a momentos de gozo irremediablemente perdidos.
Pensó en la primera mujer, muerta. ¿Hacía cuánto tiempo?
¿La echaba de menos? Sí, era como si con su muerte lo hubiese dejado desamparado, como si desde que la había visto por última vez hubiese tenido que cruzar un océano.
Oyó un ruido en la puerta y colgó bruscamente al tiempo que se giraba hacia allí: Cómo? ¿La arpía? ¡Sí! ¡Había entrado por el portal y ahora se estaba metiendo como si nada en la frutería!
Sintió un fuerte calambre en el brazo del teléfono, la frustración que provocaba en él aquella interrupción, y se dio cuenta de que tenía la mano rígida sobre el aparato. Trató de retirarla, pero fue incapaz de moverla. Era como si se le hubiera quedado pegada con cemento.
—Perdone que haya entrado así, pero he visto que ya estaba usted dentro y necesito algunas cosas; será sólo un momento. ¿Pero estaba usted llamando? Siga, siga, espero… Fuera no se aguanta el frío.
Con una desfachatez inaudita, aquel ser se había introducido en su recinto, sin llamar —¿por qué no había cerrado la puerta?—, y ahora se encontraba ante él, inquisidora, con sus pequeñas orejas puntiagudas y sus ojos minúsculos, oscuros y afilados, como punzones sobresaliendo de su cara redondeada.
Decididamente era la representación humana de una lechuza.
Pero la cuestión no era ésa. ¡La cuestión era qué hacía otra vez allí! ¿Es que vivía en la acera, delante de la frutería?
Aturdido, sin darse cuenta de que era él quien hablaba, preguntó, como si tuviera taponados los oídos:
—¿Qué es lo que necesita?
Lentamente, como si lanzase cargas de profundidad, la vieja fue diciéndoselo, pero él apenas escuchaba.
Simplemente cogía las cosas y las pesaba, por acabar pronto, por quitársela de en medio cuanto antes, de un modo totalmente inconsciente, como si estuviese metido dentro de una enorme lata.
Había un eco ensordecedor y sus movimientos eran lentos y descoordinados, como si se encontrase bajo el agua.
De vez en cuando oía frases sueltas que, si bien entendía, pasaban sobre él como pájaros en desbandada y chocaban después contra las paredes de la lata y rebotaban una y otra vez, provocando un estruendo espantoso.
—… Espero que esos policías no hayan vuelto a fastidiarlo… Tanto frío... Y estos dichosos guantes, que no abrigan nada… Debería… Una mujer… Si usted me hiciera caso…
¿Decía aquellas cosas riendo? ¿Por qué había un brillo en su mirada? ¿Lo hubo antes, cuando tuvo que agacharse bajo el mostrador para recoger del suelo el plato de la báscula? Veía que se fortaba las manos. ¿Hacía frío o era de satisfacción?
Iba a preguntárselo, pero al levantar la vista para hacerlo estaba solo.
La vieja se había ido. ¿Cuándo? Con horror, vio el periódico sobre un saco, abierto por las páginas de anuncios, y miró hacia la puerta.
Cerrada. ¿Lo habría visto ella? ¿Por qué había sido tan descuidado?
Con desesperación, lo arrugó entre los dedos.
¿Buscaba a una mujer? ¿Otra? ¿Para qué? ¡Si ya tenía una!
¿Qué había sido de ella? Debía llamarla, citarse, reanudar sus contactos. Eso lo resolvería todo.
Cogió el teléfono y marcó el número, y enseguida escuchó una voz:
—¿Diga?
Colgó de inmediato. Era un hombre. ¿Un cliente? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no había contestado ella?
Se dio cuenta de que era un estúpido. ¡Porque ella estaba muerta!
¿Para qué había telefoneado? Ahora recordaba.
¿No lo habían interrogado precisamente por eso?
¿No le habían preguntado si la había visto ese día, si la había telefoneado?
¿Y él qué había dicho? ¿Que no? Sentía una intuición vaga, distante, aleteando en algún rincón de su mente, luchando por subir a la superficie, pero no reconocía nada.
Trató de exprimirse, de centrar sus recuerdos, arrastrarlos a su memoria.
¿La había llamado? Entre brumas, le parecía haber llegado a tener el teléfono en la mano.
¿Entonces qué pasó? Si lo había hecho, ¿por qué no fue a su encuentro?
¿Qué hizo ese día? ¿O sí acudió a verla? ¿Estuvo con ella esa tarde?
¿La había matado él?
El sonido del teléfono hizo que se sobresaltara y se golpeó la espalda contra el mostrador.
“¡No!”, gritó para sus adentros, llevándose las manos a la cabeza. Debía de ser su madre.
Se tapó los oídos y apretó interiormente, estrujándose el cerebro.
Había una espesa nube. ¿Y sombras más allá?
El te léfono seguía sonando. Las sombras eran él y la mujer, como siempre, en la cama.
Pero él no iba a eso esta vez. ¿Entonces a qué iba?
¿Y por qué se para ella, por qué se vuelve?
¿Para hacer un comentario, para cambiar de postura?
¿Por qué lo mira? Hay temor en sus ojos cuando él le dice algo, pero el sonido del teléfono le impide oírse.
Entonces ella grita… Nada, nublado. ¿Por qué grita?
Extendió la mano para coger el teléfono justo cuando éste dejó de sonar y el silencio que siguió a continuación fue como un bisturí desgarrando el velo que lo cubría todo para dejar paso al brillo de una luz cegadora.
¡Los guantes! ¡Ahora lo sabía, acababa de verlo!
¡Había sido él! ¡Eran suyos!
Porque ahora veía sus propias manos enfundadas en ellos. Las veía con toda nitidez. Aferraban su cuello. ¡Entonces era cierto! ¡El policía tenía razón! ¡Por eso había temblado cuando su madre se los había enseñado, y por eso había sentido un calor repentino cuando el otro le preguntó por ellos!
Se sorprendió al darse cuenta de dónde estaba.
Se encontraba acurrucado, de rodillas en una esquina, junto a la persiana.
Trató de levantarse, pero le faltaron fuerzas para hacerlo y decidió seguir allí .
¿Y ahora qué iba a hacer? ¡Era un asesino, un monstruo!
¡Había matado! Y lo peor era que la policía sospechaba de él.
Lo habían interrogado —¿se habrían fijado en sus manos?
— y no lo dejarían en paz hasta averiguar qué había pasado.
Lo perseguirían, lo acosarían, como a un demonio, un malnacido, un desgraciado.
Debía hacer lo que fuese, actuar, planear algo.
La mujer estaba muerta, eso no tenía remedio y no había que dedicarle tiempo.
Ahora necesitaba centrarse en él. En él y en su madre.
Entonces una imagen afloró abriéndose paso como una bala de cañón entre las líneas apretadas de su mente y tuvo que sujetarse con fuerza para no caer fulminado.
¡Aquellos eran los guantes de látex por los que había preguntado el policía!
¡Y los tenía su madre! ¡Estaban allí, en la chaqueta que le había dejado para abrigarse, había olvidado deshacerse de ellos y ella los había encontrado!
¡Por lo tanto sabía que él había asesinado a la mujer!
¿Cómo se le había ocurrido dejar los guantes en la chaqueta?
Y, sobre todo, ¿cómo podía haber olvidado que todavía seguían allí?
Desolado, con el corazón a mil por hora, apoyó la cabeza contra la persiana.
Había sido un necio. Ahora se explicaba la actitud de su madre, su complacencia en los primeros momentos, cuando ella jamás había sido complaciente con él.
Debía de estar estudiándolo, tratando de descubrir qué papel pensaba adoptar tras la muerte de la mujer, y estaba claro que en cuanto vio que era otro, que una nueva corriente había entrado en la casa —que ya no dependía de ella, en suma—, se acabaron los miramientos.
Ella sí que había vuelto a ser la que era. ¿Se habría olido algo? Imposible, si lo sabía era gracias a la policía. Por eso había esperado, había jugado con él. Ella sí había jugado con él. Y por eso le había mostrado los guantes como quien exhibe un trofeo. ¡Lo tenía en sus manos!
Su vida se desmoronaba. ¿Y el policía? También había insistido en los guantes, y sabía además que el día que la mató la había llamado. ¿Se habría creído la explicación que le había dado? No, seguro que no. Aquel hombre lo sabía todo. ¡Todo!
Como pudo, se incorporó y se sentó sobre un saco de ce bollas.
Sentía un cansancio demoledor. Mentira, pensó cogiendo aire: el otro no sabía nada, sólo elaboraba hipótesis, elucubraba.
¿Cómo si no –si lo del teléfono bastase como prueba, si supiese realmente lo de los guantes— iba a dejarlo e irse así, sin más?
Así que eso quería decir que no debía de saberlo.
Por el momento podía considerarse a salvo.
Los guantes eran la clave, y debía actuar rápido.
Dónde los había tirado, le había preguntado el otro.
¡Estúpido! ¡Cómo le gustaría haber sido capaz de responder a esa pregunta!
Pero no podía hacerlo. No podía decírselo por la sencilla razón de que no los había tirado.
¡Se los había dejado en la chaqueta! ¡Los guantes estaban en su casa, y lo peor era que ahora los tenía su madre!
Ella tenía razón: era un inútil. Ahora bien, lo que no estaba dispuesto a aceptar era que su madre se lo dijera así, restregándoselo por la cara después de haberle dedicado por entero su vida.
Ingratitud, era lo que había en ella. Ingratitud y una total falta de escrúpulos.
De acuerdo, se había descuidado un poco por culpa de la mujer, pero ¿no había sabido poner remedio a esa situación?
¿No la había matado precisamente por eso, porque lo alejaba de ella?
¿Y era así cómo se lo pagaba? “¡Yo la maté, madre!”
, murmuró con todas sus fuerzas. “¡Sí, la maté, pero fue por usted! ¿Es que no lo ve?”