Capítulo 4 #3
Su cuerpo ya no le pertenecía, y el mundo que acababa de abrirse para él hacía sólo un instante se había convertido de pronto en una habitación cerrada.
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Casi se sobresaltó al encontrarse ante la persiana metálica de la frutería, a donde lo habían conducido inconscientemente sus pasos, y se quedó embobado un momento, mirándola.
Se alegró de estar allí. Aquél era su refugio sagrado.
¿Lo había sido también para su padre? Allí estaría seguro, podría tranquilizarse, pensar lo necesario.
Descolgaría el teléfono y tardaría lo que fuese necesario en abrir, y si no le apetecía no abriría.
Sin carteles, sin obligaciones, sin que nadie lo molestara, dueño único de su voluntad.
Allí dentro el tiempo pasaba de otra manera, era su aliado, se amoldaba a él y nunca le exigía nada.
Su pulso estaba tan agitado que le costó sacar la llave del bolsillo y meterla en la cerradura. Debía calmarse. Aquella excitación no lo conduciría a nada.
Aún no había conseguido abrir la puerta cuando oyó una voz familiar a su espalda.
—¿Quiere que le ayude? ¿Se ha olvidado ya de cómo abrir?
El corazón le dio un vuelco. Se volvió. ¡El policía! ¡Otra vez! ¡Estaba cruzando la calle en dirección hacia él! ¿Qué hacía allí tan temprano? Al verlo envuelto en una gabardina se dio cuenta de que hacía frío —con las prisas no había cogido nada— y comenzó a temblar.
¿Era por el frío o porque la presencia del otro lo intimidaba?
—¿Qué pasa? ¿Le he puesto nervioso? ¿No me esperaba?
¡Claro que se había puesto nervioso! ¡Claro que no lo esperaba! ¿Era una simple casualidad, o lo había llamado su madre? ¿Estaban confabulados? No, eso era imposible. ¿Entonces a qué iba allí? ¿A sonsacarle? ¿No habían bastado los interrogatorios?
—No, no es eso, es que hace frío...
—A mi no me cuelga nadie el teléfono, y menos usted. ¿Me ha comprendido? Si quisiera podría hacer que lo arrestaran.
Se frotó las manos, tenso como una cuerda de guitarra, aunque lo hizo para que pareciese que era por el frío, no a consecuencia de los nervios. Daba igual, él ya no oía, no se estaba enterando de nada.
—Esa chica ha cuidado de su madre mientras usted no estaba. La conozco muy bien, es una agente estupenda y estoy seguro de que ha puesto mayor interés que si fuese la suya propia. No creo que merezca el trato que le ha dado.
¿Cómo? ¿Qué chica? ¿De qué hablaba el otro? La chica le traía sin cuidado. Ahora sus preocupaciones eran otras.
—Pues dígale que lo siento— dijo para disimular, sólo para que su actitud encajase, haciendo ademán de entrar en el portal.
—Ya tendrá ocasión de decírselo usted mismo. ¿Tiene prisa por abrir? ¿Tan pronto?
—No—. Se volvió.
Sí, tenía prisa. ¿Es que el policía no pensaba irse nunca? Necesitaba estar solo, serenarse, pensar.
—Es usted muy raro. ¿Para qué voy a ocultárselo? No me cae bien. Al contrario, me cae mal. Se nota que no es lo que aparenta.
Luchó por contener la tensión.
—¿Y qué es lo que aparento?
—Dígalo usted mismo.
—Yo no puedo adivinar su pensamiento.
Así. Agresivo. Bien.
—¿Qué le pasa esta mañana? Aparece aquí corriendo –sus ojos se clavaron en él—, sin afeitarse, inusualmente temprano...
Se pasó la mano por la cara. Fue como acariciar un estropajo. Cierto, no se había afeitado. Dudó al verse sorprendido ¿Y qué? ¿También tenía que dar cuenta de sus hábitos de higiene? ¿Es que el otro se había propuesto amargarle la vida con tonterías de aquel calibre?
—Tenía cosas que hacer. ¿Puedo saber por qué ha venido? Está entreteniéndome— dijo, intentando darle la espalda inútilmente.
—Vaya, cuánto lo siento. No sabía que fuese usted un hombre tan ocupado; tendrá que disculpar mi ignorancia. ¿Quiere saber a cambio qué pienso de usted?
—No.
“¡Venga, venga, lárguese!”
—Se lo diré de todos modos, puesto que me ha hecho madrugar para verle. Creo que es usted un pervertido; un pervertido muy listo, por otra parte. Y creo…, creo no, estoy seguro… de que fue usted el que mató a esa mujer.
El corazón se le subió a la garganta y sintió un hormigueo y un calor intenso en el rostro —¿se había puesto rojo?—, pero se cuidó de mantener el tipo.
—Hay muchas lagunas… Vamos, ahora no nos oye nadie. ¿Lo hizo usted? ¿Qué le cuesta reconocerlo? Estamos solos y no tengo escondida ninguna grabadora— abrió los brazos y mostró el forro de la gabardina—. Será algo entre nosotros. La mató y después tiró en cualquier esquina los guantes.
Un calambre le recorrió de arriba abajo la espalda y le pareció que el pelo de los brazos, de las piernas y hasta de la cabeza se le ponía de punta.
¡Los guantes otra vez! ¡Su madre también le había enseñado unos guantes!
Trató de respirar profundamente sin que se le notara que lo hacía y se concentró al máximo en disimular su sobresalto sin conseguirlo.
—Ha vuelto a ponerse nervioso, y hasta se ha quedado pálido. ¿Por qué? Los guantes, ¿verdad? Es eso. Se ve que vamos avanzando. Dígame: ¿dónde los tiró?
Estaba perdido. No era casualidad. ¡El policía había hablado con su madre! ¿Y a qué se dedicaba ahora? ¿Se burlaba? ¿Jugaba con él? ¿Jugaban todos con él?
—Pero es usted un pervertido con suerte. Sin guantes no hay nada que hacer.
Comprendió que si no se iba de allí inmediatamente se desmayaría en cualquier momento. Las manos le ardían, la vista se le había nublado y sentía la sangre subiendo y bajando por sus venas como si fueran toboganes.
—Tengo que dejarlo— dijo en un último esfuerzo por liberarse, y entró en el portal—. He de ocuparme aún de un montón de cosas antes de abrir.
Sentía pánico, y aunque pronunció estas palabras casi de espalda al otro lo hizo vacilando, casi como si tartamudease.
—Claro, hágalo— dijo el policía. Sólo pretendía que nos viésemos las caras. Por mí podía haberse ido hace rato.
Con dificultad a causa del nerviosismo, abrió la puerta y entró en la frutería. Miró hacia atrás. El policía lo observaba desde la acera como un cazador al acecho. Sonreía. ¿Sonreía? Sí, se veía que disfrutaba con aquello.
Al principio, en cuanto entró, el lugar le resultó desconocido, como si hubiesen pasado años desde que lo visitara por última vez. Sin embargo, todo estaba en su sitio, según recordaba haberlo dejado.
Esperó algún tiempo. La persiana bajada creaba en el habitáculo una atmósfera de ultratumba que le agradó y se quedó quieto, escuchando.
No se oía nada. Ahora sí, pasaba un coche.
Se preguntó si el policía seguiría allí fuera y casi cayó en la tentación de asomarse para ver, pero se dijo que no hacía falta, que con levantar la persiana bastaría; así daría la impresión de que abría y de que todo se desarrollaba con normalidad.
Pero entonces se dio cuenta de que era demasiado temprano para abrir y decidió refrenar la curiosidad y esperar. Que el otro hiciera lo que quisiera.
Sintió algo a su espalda, una presencia, y se volvió. El rostro del policía asomaba por la puerta. Había entrado tras él, sigiloso como un gato, sin que él se percatara.
Sobresaltado, dio un paso hacia adelante, retador, dispuesto a defender aquel espacio sagrado, y el policía se dejó ver por completo.
—Perdone, lo he asustado. No sabe cuánto lo siento, supongo que me disculpará; sólo quería preguntarle…
El policía intentaba entrar, pero él se lo impedía parado con firmeza delante de la puerta. Su corazón latía a mil pulsaciones por minuto. ¿Qué debía hacer? ¿Seguir allí? ¿Sentarse? ¿Quedarse quieto? ¿Echarlo a puntapiés?
—Usted ha declarado que siempre que se veía con la mu jer la telefoneaba primero, que establecían cita previa, ¿no es cierto?
—Sí— afirmó sin convicción alguna, sin saber que lo hacía.
—Verá: hemos comprobado las llamadas que se han hecho desde aquí y resulta que el día que la asesinaron usted también la llamó.
El policía hizo una pausa, esperando. ¿Por qué no seguía? Sintió cómo se le aceleraba el pulso. ¿La había llamado?
—¿Por qué la llamó? Si sólo lo hacía cuando quedaban… ¿O es que en realidad quedaron?
Silencio. ¿Qué iba a decir? El tiempo se había congelado allí dentro. Carraspeó, temeroso de que pudiera oírse el chirrido de sus pensamientos.
—Pensaba verla, pero luego me arrepentí.
—¿Se arrepintió? ¿De veras? ¿Justamente ese día? ¿Le ocurría eso muchas veces?
—Sí— mintió.
—¿Y por qué no nos lo dijo antes?
—Porque no me acordaba.
—Ya… Otro de sus fallos de memoria…
Sintió unas ganas terribles de dar un puñetazo a aquel hombre, pero no le quedó más remedio que aguantarse.
Y para dar salida a toda su rabia, para no desmoronarse y echarse a llorar, escondió las manos tras la espalda y apretó con fuerza los puños.
Odiaba a aquel individuo. Lo odiaba con todo el ímpetu de que era capaz, desde lo más profundo de sus entrañas.
¿Por qué lo acosaba? ¿Qué lograba con eso?
¿No eran dos almas gemelas? ¿Por qué no le decía simplemente: “perdone, creo que ya lo hemos molestado bastante” y se marchaba?
Entonces se fijó en él otra vez. Tenía su misma cara angulosa, pero la de él era certera, segura.
¿Alma gemela? Para nada. Un enemigo despiadado, eso es lo que era.
¿Cómo podía haber pensado tal cosa? Si fuesen almas gemelas lo entendería, lo disculparía, le dejaría aire alrededor en lugar de espolearlo constantemente y hasta haría cuanto estuviera en su mano por complacerlo en lo que pudiera.
Como había hecho la mujer.
—Bien, no lo molestaré más— dijo el intruso dándose la vuelta de repente, y todavía le lanzó otra mirada de las suyas antes de salir—. Que tenga un buen día.
Cerró la puerta conteniéndose, rabioso por no haber dado un portazo, por tener que tragarse la rabia que le subía por las piernas, por las nalgas, por la espalda, y se acumulaba dentro su cabeza, convertida en un basurero.
No podía más.
Miró en torno. Los tomates de la arpía aún estaban sobre la báscula.
Furioso, dio un manotazo y el plato y los tomates cayeron dando botes por el suelo.
Otra mujer. Eso era: necesitaba otra mujer, alguien que lo comprendiera, que volviese a tratarlo con cariño, a abrirle fronteras.