Capítulo 4 #2
Se dejó caer en la silla, apoyó los codos sobre la mesa y se tapó los oídos.
¿Qué estaba diciendo aquella bruja? ¿Por qué la escuchaba?
Ella se lo estaba inventando todo; se inventaba lo que quería.
Su vida era mentira, pura invención. Nunca se le había ocurrido pensar en esa posibilidad, que todo lo que le hubiese ocurrido se basase en una farsa.
¿Y si no estaba paralítica? ¿Y si fuese falso que era hijo de ella?
Eso lo liberaría. Podría abandonarla sin remordimiento alguno, sin deberle absolutamente nada, marchar de su lado y no volver a verla nunca más.
“Usted no es mi madre y no tengo por qué aguantarla; arrégleselas sola”, le diría.
Retiró las manos. ¿Y ahora qué decía? Escuchó.
—¿Y sabes por qué? Porque tu padre no era lo bastante hombre, y si me casé con él fue porque yo siempre había deseado tener una hija.
Él decía que le daba lo mismo. Hasta en eso era un necio.
¿Desde cuando da lo mismo? Las hijas son dóciles, sus aspiraciones son las de una misma.
Los hijos, en cambio, sois rebeldes y desagradecidos.
No miráis más que por vosotros, y nada que no sea lo vuestro parece interesaros.
El muy idiota… Y entonces, ya lo ves, viniste tú.
¡Valiente consuelo! Años aguantándolo, conviviendo con él, soportando su presencia, su estúpida debilidad, y lo único que supo hacer fue darme un varón. ¿Para qué quería yo un hijo varón?
Se encendió. ¿Qué decía la puerca? ¡Ese hijo varón era él! ¡Él! ¿Qué hacía allí? ¿Qué había estado haciendo allí toda su vida, dedicado en cuerpo y alma a ella? ¿Por qué, sencillamente, no se iba? ¿No lo estaba repudiando? ¿No era un ser despreciado?
¿Por qué, aún así, la quería?
La cucharilla comenzó a tintinear. Estaba de pie y sostenía la bandeja en la mano. Sin darse cuenta se había levantado.
Dejó todo sobre la mesa. Con violencia, golpeándola.
¿Por qué le contaba aquello? Para hacerle daño.
¿No era eso lo que hacía siempre? Recordó un día triste, de niño.
Habían ido los tres al zoológico. Su padre quería dejar que corretease suelto, pero su madre se negó rotundamente y lo llevó todo el rato cogido de la mano.
Ni una sola vez pudo apartarse del medio de los caminos y acercarse a las jaulas de los animales.
Ni una sola vez pudo desembarazarse, disfrutar, reír con la risa que nacía en cuanto se aproximaba su padre.
Fue una de sus últimas risas. Después su padre cambió. Se hizo huraño y taciturno, parecía permanentemente cansado y, cuando llegaba a casa, tarde —¿no era lo mismo que procuraba hacer él ahora?—, no le dirigía la palabra, a no ser para reñirle por algo.
¿Qué más quedaba de él, aparte de un halo indefinible de antigua ternura en torno a su recuerdo?
Nada. Unas manos anchas y carnosas, rellenas.
Pero ¿qué era eso de una persona? Sin sonidos, sin olores, sin gestos concretos…
Estaban las manos, sí, pero faltaba el tacto.
Su padre, ahora lo pensaba, había vivido para él como un fantasma, sin rozarlo, sin pasar por su lado.
Debía de haber sido una buena persona, y sintió pena de él al imaginárselo en la frutería un día tras otro, sentado a oscuras después de haber cerrado, temiendo volver a casa y dejando pasar el tiempo igual que él: solo.
Una silueta opaca, difusa. Un manchón grisáceo.
Lamentó este hecho, carecer de recuerdos, de algo que mantener vivo y sobre lo que sustentarse en los momentos difíciles.
—Ni siquiera cuando murió... Ni para eso tuvo el coraje necesario.
—¡Cállese de una vez!— se rebeló—. ¡Deje de hablar así de mi padre!
Un repentino silencio. ¿Quizá ella, sorprendida por su reacción, dudando si seguir adelante?
—¡Vaya! Estás ahí. Creí que te habías muerto. ¿Y por qué voy a dejar de hablar? ¿Porque tú me lo mandes?
—¡Sí! ¡Porque yo se lo mando!
—Tú no mandas nada. Nunca lo has hecho, y a partir de ahora menos.
Apoyó las manos sobre la mesa y entornó los ojos. ¿Cómo podía estar hablando con aquella insolencia después del daño que les había causado a ambos?
—Se equivoca de plano. Usted no ha visto todavía cómo van a ser las cosas de ahora en adelante.
—Lo he visto perfectamente. Eres tú el que no acaba de enterarse.
Se envalentonó.
—Si quiero venir tarde e ir con mujeres no va a ser usted quien me lo impida.
—Ya lo creo que lo haré.
—¿Y cómo? ¿Piensa atarme a una silla? ¿O es que va a levantarse y traerme a casa por las orejas?
Su madre se rió con una salvaje carcajada.
—Eso no será necesario.
—Usted cree que puede gobernarnos a todos a su antojo, ¿verdad?
De nuevo otra carcajada.
—Como hizo con mi padre. ¿No es eso?
—¡Tu padre era un mamarracho!
—¿Y yo? ¿También yo lo soy? ¿No la cuido? ¿No procuro darle cuanto quiere? ¿No vivo todo el tiempo pendiente de usted?
—Lo haces porque no sirves para otra cosa. A mí no me engañas. Si sirvieras me dejarías. ¿Crees que no lo sé? Como ya empezabas a dejarme por causa de esa mujer…
Ya no podía más. Las lágrimas asomaban a sus ojos y sentía que algo se descomponía en su interior, como un montón de nieve al derretirse a la salida del sol. Sólo por no oírla, por no saber nada de ella durante un rato, se puso a jarrear. El desayuno aún estaba sin preparar.
Sacó unas cuantas galletas de la caja y las echó en la taza.
Luego dejó el azucarero sobre el plato. No, ¿qué estaba haciendo?
, era al revés: las galletas en el plato…
Daba igual. Lo importante era hacer cualquier cosa, estar entretenido, no prestar atención a las voces que llegaban del dormitorio.
Pero era incapaz. Su madre era un muro en torno a él, una barrera con la que se encontraba constantemente, mirase a donde mirase, cerrándole el paso.
La odiaba.
—La odio con toda mi alma, madre— murmuró.
—¿Odiar?— el fino oído de la vieja lo había escuchado—. Tú no sabes qué significa odiar. Para odiar hay que tener agallas, y tú no las tienes. Tú sólo las tienes para obedecer.
—Está usted equivocada, madre. Usted no sabe…
—¡Eres tú quien no sabe! ¿Qué te crees? ¿Qué me das miedo? Ya puedes espabilarte; la vida de gandul se te ha acabado. Desde hoy irás y vendrás cuando yo te lo diga, volverás a casa en punto, directamente desde la frutería…
Algo explotó al caer, el vaso que tenía en la mano, lleno de leche.
Vio la pernera del pijama mojada y la mancha blanca en el suelo, ocupando el horizonte como una estrella que anunciase el fin del mundo, y se sintió dominado por una fiebre que parecía querer consumirlo por dentro.
Aquello tenía que acabar. Aquella voz debía dejarlo en paz para siempre.
Tenía que huir, irse de allí, dejar de oírla, morir…
Salió hacia el dormitorio dispuesto a todo, a lo que fuera; quería decirle a la cara que era una demente y que jamás volviese a contar con él para nada, quería que viese cuánto la detestaba…
Pero al llegar a la puerta del dormitorio y verla con las manos levantadas se quedó clavado. Ella sonreía, malévola, y le mostraba algo. No entendía. ¿Unos guantes?
Oyó que le decía:
—Si de verdad crees que vas a poder volver a tu vida de antes estás muy equivocado.
Pasmado allí, en mitad de la puerta, veía aquellos guantes sin saber, sin comprender su significado. Porque él, de repente, no percibía nada, sólo nebulosas, figuras distorsionadas que no alcanzaban a configurar objetos: la forma de una cama, una silueta tumbada…
—A la más mínima llamaré a la policía y les diré dónde los he encontrado— oyó que le decía la silueta—, me da igual quedarme sola y que tengan que internarme. Tú no te saldrás con la tuya.
Desorientado, volvió corriendo a la cocina –casi tiró la mesa al tropezar con ella— y tuvo que sentarse. Las piernas no lo sostenían. Se tapó la cara con las manos, húmeda de sudor. ¿Qué ocurría con su fuerza? ¿Por qué lo abandonaba justo ahora, cuando más la necesitaba?
Intentó sobreponerse y tragó aire. Imposible, la saliva se acumulaba formando grumos en su boca y el aire no pasaba.
—¿Qué?— gritó la vieja—. ¿Te has quedado sin habla? Lo han registrado todo de arriba abajo pero no se les ha ocurrido mirar en tu chaqueta, ya lo ves. La tenía puesta, ¿sabes?
Su voz llegaba nítida, hiriente, pero él no entendía nada. Ya no era, como unos minutos antes, una voz provocadora –débil al fin y al cabo—, que luchaba por imponerse. Esta vez era redonda, plena, triunfal.
—Así que tráeme el desayuno y tengamos la fiesta en paz.
Apretó las rodillas tratando de dominar el temblor. Allí no podía quedarse; estaba indefenso. Necesitaba ir a algún lado, moverse, ruido, espacios abiertos, terreno neutral…
Se levantó de un salto y la silla cayó hacia atrás, golpeándose contra los muebles y la nevera y provocando el mismo estruendo que si se hubiese producido un terremoto.
—¿Qué pasa? ¿No te lo esperabas? ¿Ves cómo eres un inútil? ¡Nunca dejarás de serlo!— la oyó gritar desde el dormitorio según corría por el pasillo buscando una salida.
—¡Corriendo no arreglarás nada!— berreó ella soltando otra de sus carcajadas.
Sin ver más que una oscuridad creciente, cerró la puerta de su habitación y abrió la ventana de par en par. La ropa. ¿Dónde estaba? A todo correr, se vistió con lo primero que encontró y volvió a la cocina. Sí, la había dejado apagada, y el gas estaba cerrado.
—¿Te vas? ¿Y mi desayuno? ¡No hagas tonterías, te lo advierto!
El pasillo se le hizo eterno. Trató de abrir la puerta. Los cerrojos estaban echados.
La voz de su madre, entre risas, desde lejos:
—¡Vete, vete, corre, que ya volverás!
Cuando al fin apareció ante él la escalera fue como si un nuevo mundo se le ofreciese de repente.
Un mundo para él solo, tibio y vacío, lleno de lugares en los que podría ocultarse.
Pero en cuanto empezó a bajar se sintió extraviado: aquel mundo era un embudo, un tubo cerrado, y él lo que quería era correr.
¿Hacia dónde? ¿Era allí, en aquel tubo, donde pensaba guarecerse?
Y mientras dejaba atrás los pisos le parecía que el techo, las paredes, el suelo, eran manos que caían sobre él y lo aferraban, impidiéndole poner tierra por medio, haciendo inútil cualquier huida, como si corriera sin moverse, sobre una cinta que girase en dirección contraria,
retrocediendo en vez de avanzar.