El error Capítulo 4
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Capítulo 4

Los gritos de la vieja lo despertaron. Se encontraba tumbado en el fondo de una trinchera. Las balas silbaban sobre su cabeza y las bombas caían a dos metros, reventando cuanto alcanzaban alrededor.

Abrió los ojos. Durante un instante permaneció mirando al frente, sin atreverse a levantar la vista.

Luego se dio cuenta de que estaba acostado en la cama y de que no había bombas ni trincheras.

Era su madre, que lo llamaba. Percibió angustia en su voz.

Se levantó precipitadamente y, sin vestirse, corrió a su habitación. Debía de hacer ya rato que voceaba.

—¡El desayuno!— ordenó ella en cuanto lo vio asomar.

Asqueado, comprobó que se había asustado de un modo absurdo. Su madre se encontraba perfectamente. Por lo que parecía, sólo había gritado para fastidiarlo, cosa que no era la primera vez que hacía, de modo que se dio la vuelta para salir.

—¡Ven aquí! ¿A dónde vas?

—A prepararle el desayuno. ¿No es eso lo que quiere?

—¡No! ¡Ahora te esperas!

Medio dormido, arrepentido por haberse dejado llevar por no sabía qué –la modorra generada por el sueño, sin duda—, se fue a la cocina y se dispuso a calentar la leche. Era muy temprano. Ella lo había despertado innecesariamente temprano. Fuera, la luz era todavía una luz incompleta.

Había descansado mal, en un estado de permanente incertidumbre sobre si dormía todavía o estaba despierto, soñando sin soñar, y se sentía roto. Los ojos le dolían y le costaba mantenerlos abiertos mientras cacharreaba.

Se mezclaba todo en su cabeza; surgía de las profundidades de su mente como una procesión de resucitados emergiendo de la niebla: la oscuridad de la habitación donde habían realizado la prueba de reconocimiento, la voz que ordenaba los movimientos, el fogonazo en los ojos cuando miraba al frente,

las acusaciones de su oponente, el rostro de la arpía…

Ruidos, voces, rostros, todo se entrecruzaba, chocaba, se repelía, como si su cerebro fuese un campo de batalla en el que imágenes, sonidos y pensamientos luchasen sin denuedo.

Su madre se desgañitaba llamándolo, pero él tardó en ir.

¿A propósito? No, sencillamente no podía.

Se sentaba, se levantaba, cogía un vaso, lo dejaba…

Y cuanto más alzaba ella la voz, cuanto mayor era la insistencia con que lo llamaba, más estruendos oía y más aturullado se encontraba, de modo que se demoraba yendo de un lado para otro, sin hacer realmente nada.

Sólo cuando pensó que los gritos acabarían por despertar al vecindario apartó la leche del fuego y acudió hecho un puro nervio, dispuesto a hacer que su madre se calmara.

—¿Por qué chilla de ese modo? ¿Quiere despertar a todo el mundo o que la tomen por loca?

Ella se exaltó aún más.

—¡A mí no me llames loca! ¡No te lo consiento! ¡Y no se te ocurra volver a dejarme con la palabra en la boca, como anoche! ¡Quería hablar contigo! ¿Por qué te acostaste?

Apretaba de tal modo los puños que de pronto sentía las uñas clavadas en las palmas de las manos.

—Tenía sueño y era tarde— se disculpó. ¿De qué íbamos a hablar?

—De cosas. Nunca hablamos.

—Estaba muy cansado.

—Pues cuando yo quiera que hablemos, hablamos. Me da igual que estés cansado. ¿Comprendes? ¿Y ahora qué? ¿Tam poco oías que te estaba llamando?

¡Pero bueno! ¿Estaba loca de verdad? ¿Cómo se atrevía a hablarle así? ¿Es que todavía no se había dado cuenta de que él ya no era el de antes?

Pensó en lo sucedido la noche anterior. ¿Había sido para tanto? Recordó la llamada del policía, el puñetazo en la mesilla, el ruido del teléfono al caer… Se fijó en que todavía estaba en el suelo.

Su madre seguía:

—…¿Crees que vas a llegar muy lejos con esa actitud? No sé en que líos habrás estado metido, pero has de saber que, sea lo que sea, esa vida ya se te ha acabado.

Se quedó aturdido unos instantes, como si le hubiesen dado un mazazo y las manos se le aflojaron por sí solas. ¿Le afectaba ese comentario?

—No sé a qué se refiere— dijo como si se sacudiese una mosca de la cabeza, tratando de que aquello no fuese con él.

En el fondo se reía por dentro. Incluso cabía decir que disfrutaba. ¿Qué vida se suponía que iba a terminar? ¿La suya? ¡La suya sólo acababa de comenzar!

Fugazmente, al verla allí tensa, desafiante, volvió a su cabeza la idea de que ella hubiese matado a la mujer.

¿No lo amenazaba como diciendo: “qué te creías, que podías dejarme de lado así como así?”

Sin embargo, desechó ese pensamiento de inmediato.

Lo que tenía que hacer era dejar de imaginar tonterías.

¿Qué había decidido el día anterior? Dejar correr todo, no hacer caso a lo que dijera, ¿no? ¿Pues entonces?

La contempló desde este nuevo enfoque, y ese cambio de actitud, el abandono de cualquier perspectiva, le permitió ver lo que de verdad se ocultaba bajo las amenazas de su madre: impotencia.

¿No era ése el significado de su empeño por controlarlo, por dominarlo?

Algo que ella conseguía antes casi de pasada, sin esforzarse lo más mínimo.

—¿Qué miras como un pasmarote? ¿Es que no me estás escuchando?

“Siga, madre, siga”, se dijo divertido, ya relajado. “Esfuércese, rebélese… Patalee. ¿No ve el caso que le estoy haciendo?”

Súbitamente sintió la garganta ocupada y, al recordar la reacción que había provocado en ella el día anterior, se le ocurrió dar una vuelta de tuerca, forzar aún más aquella situación, y, como un reto, para demostrar su recién adquirida superioridad, la miró directamente a los ojos,

sacó el pañuelo del pijama, carraspeó con energía y dejó caer en él un enorme salivazo.

Ella se interrumpió:

—Sí... ¡Eso es! ¡Otra vez! Sabes que eso me fastidia, ¿verdad? Te has vuelto un indecente. Antes no hacías porquerías así.

Se sintió satisfecho, dueño de sí mismo, al constatar cómo la había dominado mediante un gesto tan simple, que no entrañaba ningún coste para él. La que estaba tumbada allí en la cama seguía siendo su madre, sí, pero ya no era la de antes. Su poder se había agotado.

—Si quiere que hablemos dígame lo que sea de una vez— exigió, y se sentó a los pies de la cama—. No puedo perder toda la mañana escuchándola.

—Ya lo creo que puedes si yo te lo ordeno. Toda la mañana y el día entero si hace falta.

Se levantó.

—Como quiera.

Dijo esto al tiempo que se daba la vuelta para volver a la cocina. No tenía por qué aguantarla ni un minuto más. Palabras como “indecente” y “ordenar” no significaban nada para él; ya no formaban parte de su vocabulario.

—¡Ven aquí!— oyó que le gritaba. ¡Aún no hemos terminado!

Nervioso por el cambio que al fin se estaba operando en su interior, cogió una taza y se sirvió un poco de café. Su madre todavía no lo entendía: no pensaba obedecer. Por él, podía seguir llamándolo hasta que la lengua se le secase y se le cayese a trozos dentro de la boca.

—¡Ven aquí, te digo! Muy bien, no importa. Vas a tener que escucharme igual. Sé que desde ahí me oyes perfectamente.

Llenó el vaso de leche caliente y se echó dos cucharadas de azúcar. Luego se sentó. Paciencia; iba para largo.

—Sé que últimamente has estado metido en algo. Tu sabrás en qué, pero no te va a ser fácil dejarme de lado… ¿Por qué no vienes aquí? De mí no puedes esconderte. ¡Haz el favor de venir ahora mismo!

Cierto: esconderse de ella era imposible, pero mentira: en adelante todo lo que él hiciera o dejara de hacer no la incluía en absoluto.

—Eres un desagradecido. No he hecho más que preocuparme por ti, te he dado lo mejor, y tú ahora te permites olvidarte de mi estado y vivir tan tranquilo. Así es como me lo pagas. Con ausencias injustificadas, con malas caras. Cualquiera diría que soy yo la que te debe algo…

Tragó saliva. Así que eso era lo que pensaba ella, que debía estar agradecido. ¿Por qué? ¿Por el hastío? ¿Por la soledad? ¿Por la oscuridad en la que había envuelto su vida? Dio un sorbo al café. Estaba muy caliente. Tenía la manía de calentar demasiado la leche.

Ella seguía:

—¿Dónde vas a estar mejor que conmigo? Pero no; tú tienes que salir. Te da igual si me muero aquí sola. Pero eso se te acabó. Y te recuerdo que me debes obediencia y respeto. Te guste o no, soy tu madre…

Sintió que la cabeza se le hinchaba y que sus manos necesitaban aferrarse a algo. Asió la taza y apretó. ¿Qué decía la vieja? ¿Que era su madre? ¿Que donde mejor estaba era con ella? Gritó sin poder contenerse:

—¡Usted se pasa el día aquí encerrada!

—¡Vaya! ¡Contestas! ¿Y a dónde quieres que vaya? ¿A montar en bicicleta? ¿A patinar?

—¡Podríamos salir de vez en cuando si quisiese la silla!

—La silla, la silla… Siempre estás con lo mismo. Y que todo el mundo me mire, que todos me señalen: “Mira, ahí va la vieja, la paralítica”… ¿Es eso lo que te gustaría? ¿Llevar a tu madre por la calle como una atracción de circo?

Se incorporó. No podía más. Volvió a sentarse. Se arrepentía. ¿Por qué discutía con ella? ¿Por qué le contestaba siquiera? ¿No había resuelto callar?

Se levantó de nuevo y abrió el grifo para beber un vaso de agua. No quería seguir escuchándola. Lo que quería era cerrarle la boca, tapársela, cosérsela, hacer que se callara… Oyó:

—Eres como tu padre. Cada vez me lo recuerdas más…

¡Su padre! ¡De pronto estaba hablándole de su padre! Cerró el grifo y prestó atención. Aquello sí le interesaba.

—Siempre estás preguntándome por él, se ve que lo recuerdas mucho.

¿Quieres saber cómo era? Pues te lo voy a decir, para que te enteres de una vez: un apocado, un pusilánime; eso es lo que era.

Un inepto. Como tú. ¿A que no sabías que cuando nos conocimos venía a buscarme todos los días?

Para que saliéramos, decía. ¿Y quieres que te diga en qué se convertían aquellas salidas?

En tardes tediosas en las que no hacía más que cogerme las manos con las suyas, que tenía permanentemente sudadas.

Tardes en las que no paraba de hablar y de decir tonterías, de hacer planes.

Siempre estaba haciendo planes. No valía para otra cosa.

¿Me estás oyendo? ¿Qué haces? No oigo ningún ruido.

¿Por qué no vienes a que te vea la cara?

La primera vez que me pidió que me casara con él le pregunté si estaba loco.

¿Y sabes qué fue lo que hizo? Echarse a llorar…