Capítulo 3 #7
—¿Va a interrogarme por teléfono toda la noche? Por si no lo sabe, es usted inoportuno y me está molestando.
—Me importa un bledo ser inoportuno. Usted ha echado a cajas destempladas de su casa a una subordinada mía –una buena chica, por cierto, que lo único que ha hecho ha sido cuidar de su madre—, y no le ha preocupado demasiado si eso la molestaba.
—¿Es por eso por lo que me ha llamado?
—Sí.
—¿Por esa tontería?
—Vaya, ¿le parece una tontería?
—Podía decírmelo mañana.
—No; quería decírselo precisamente hoy...
Colgó sin decir nada, sin querer oír más.
Estaba harto. ¡Har—to! ¿Pensaba decirle también aquel individuo cómo debía comportarse en su casa?
Allí podía tratar a la gente como le diera la gana: insultarla, echarla a patadas…
“¿Me entiende usted?”, pensó mirando hacia el auricular. “¡Lo que a mí me dé la gana!”
El teléfono volvió a sonar, pero él cortó la comunicación con rapidez. Luego lo dejó descolgado.
Se volvió. Había luz en la habitación de su madre. ¿Habría estado escuchando? Dudó si acercarse. ¿Y qué si lo había hecho? No había dicho nada comprometido. ¿O sí? Por culpa del otro había reconocido que no había estado en la frutería por la tarde.
—¿Con quién hablabas?
Mierda… La voz de la vieja le llegó hueca y deformada, como si no se dirigiera a él, como si sonase encerrada dentro de una caja.
Titubeó.
—Eran de la policía; una llamada rutinaria— se arriesgó. No había oído ningún “clic” indicativo de que su madre hubiese estado escuchando.
—¿A esta hora?
—Sí. Siento que la hayan despertado.
—Ven, me he quedado dormida esperándote. ¿Se puede saber dónde has estado?
Mintió. No estaba dispuesto a dar ninguna pista acerca de su nueva vida si podía evitarlo.
—En la frutería— dijo.
—Eso no es cierto. Y no me gusta que mientas. Dime dónde has estado.
Se arrepintió de haber mentido. Lo había descubierto.
De modo que tal vez era verdad: había estado escuchando.
Se puso rígido y sintió que el pijama era una armadura y que sus pies descalzos se apoyaban sobre una placa de hielo.
Pero no, se equivocaba. Tranquilo. El policía había dicho que lo había llamado a casa; por eso su madre sabía que no había ido por la frutería.
—Estuve dando vueltas. No me sentía bien— dijo.
Era lo mismo que le había dicho al otro.
—Pues te han llamado y no he sabido decirles dónde estabas. Debías haberme avisado. ¿Y por qué no conectas el móvil de una vez? ¿Para eso lo has comprado?
Bueno, ¿qué? ¿Iba a seguir de conversación en el pasillo hasta que amaneciera? Estaba quedándose congelado. ¿Por qué no cortaba por lo sano? ¿O prefería seguir de charla hasta que el diálogo adoptase un giro comprometedor?
—Lo siento, madre. Duérmase— dijo, y regresó a su cuarto.
—¡No me digas que lo sientes, y no vuelvas a hacerme eso! ¡Ven aquí! ¡Tengo que saber a dónde vas cuando sales!
Se metió en la cama, dispuesto a poner en práctica la resolución que había adoptado en el parque y a no contestar por más que insistiera su madre.
—¿Me oyes? ¡Tengo que saber por dónde andas!
Siguiendo su determinación se mantuvo sin decir ni pío.
La habitación, oscura, era un lugar protegido en el que se sabía a salvo.
Escuchó el silencio que lo rodeaba. Un puñetazo allá, en la mesilla, al otro lado de la casa, el teléfono que caía...
Percibió toda la desesperación de su madre concentrada en aquel puñetazo y se obligó a no responder y a permanecer acurrucado en la cama pasara lo que pasara.
Se llevó el dedo índice a la boca para imponerse silencio, un gesto con el que trataba de inculcarse seguridad, convencerse a sí mismo de la indiferencia que suscitaba en él el chorro de imprecaciones que soltaba la vieja, pero que ocultaba una tensión sobrehumana, y permaneció en esa postura,
con la sangre empantanada en cada recodo de sus articulaciones, contraído, atenazado, escuchando.
La espalda le dolía, y las rodillas, el cuello, todo.
Sin embargo, para no poner en peligro aquella quietud, para no arriesgarse a romper aquel cascarón protector, se obligó a no moverse, a no pestañear siquiera, a dejar su mente en blanco y concentrarse en el tacto de aquel dedo sobre sus labios,
dispuesto a esperar pacientemente el tiempo que hiciese falta.
Acabó por dormirse en aquella postura, pero el sueño, sacudido por las violentas corrientes de tensión que lo recorrían, vino torcido y a trompicones, como un torrente abriéndose paso entre las laderas apretadas de una montaña.
Primero soñó que se amputaba el dedo de un mordisco y que se ahogaba, incapaz de coger aire por culpa del dedo, suelto dentro de su boca.
Luego, que él era su oponente, que se seguía a sí mismo a todas partes y se formulaba las mismas preguntas que le había hecho en el despacho, sólo que replicando a cada respuesta que se daba: “estoy completamente seguro de que no”.
Por fin, que era su propia madre, que se levantaba y lo golpeaba en la cabeza con el teléfono…
Ambos se encontraban en la frutería, y las cajas caían y la fruta rodaba, dejando al descubierto los álbumes rojos.
Entonces la vieja huía despavorida al verlos, pero cuando él los cogía y los abría para hojearlos, dentro no había nada.