El error Capítulo 3 #6
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Capítulo 3 #6

De acuerdo, había sufrido una recaída, una vuelta a su debilidad, a su vieja sumisión, al encontrarse con su madre frente a frente, pero eso no significaba nada.

Al contrario, lo consideraba una reacción lógica, fruto de las circunstancias en las que se había visto inmerso y, sobre todo, de la incertidum bre de los primeros momentos.

Pero ahora eso ya había pasado. Se había relajado —¿lo había hecho?—, había salido de su casa y su madre se encontraba lejos. No había por qué preocuparse. Además, la cuestión no era ésa. La cuestión era: ¿por qué adoptaba ella de repente otra actitud para con él?

Este interrogante se le atravesó como si se hubiese tragado un hueso de melocotón.

Porque su actitud, ciertamente, era otra, y hasta tal punto era así que cuando él había creído que iba a llegar lo peor, lejos de reprocharle su comportamiento y su relación con la mujer, la vieja le había pedido perdón.

Y luego estaba aquel embuste de que lo había telefoneado a la frutería.

La conocía muy bien y eso no se le había ocurrido así como así.

Debía haber una razón para que hubiese mentido.

Porque él estaba convencido –y cuanto más pensaba en ello más le parecía estarlo— de que había mentido, pues aquella tarde, la tarde en que habían asesinado a la mujer, había estado fuera, dando vueltas como tantas veces,

de manera que no habrían podido hablar aunque fuese cierto que ella lo había llamado.

¿Y cómo es que entonces tampoco le había preguntado a dónde había ido?

Allí había gato encerrado. Seguro. Todo encajaba: su contención al pedirle que le preparase algo de comer, su interés por saber si los policías lo habían fastidiado...

¿Cuándo había sido ella una mujer contenida?

¿Y cuándo le había importado que él estuviese, o no, fastidiado?

“Puedes estar tranquilo”, le había dicho; “podrás cuidarme como dios manda”…

No y mil veces no. ¡Ella estaba tramando algo!

Una voz interrumpió el flujo de sus elucubraciones y se giró.

Había un niño junto al estanque. Lo observó.

Sostenía un bocadillo en la mano del que arrojaba migas a los peces.

Cerca de él, una mujer —¿su madre?— aguardaba.

Se ensombreció al verla: ella no participaba.

Hierática, apartada algunos metros, desviaba la mirada con aire cansado y ausente, aburrida, hastiada.

—¡Mira, mamá! ¡Mira cómo se comen unos a otros!

Siguió con los ojos aquella mano infantil que señalaba.

Los peces, excitados por la lluvia de alimento, se agitaban bajo la superficie y, como saetas anaranjadas, salían disparados cada vez que caía un trozo de pan, chocaban, lo alcanzaban, lo perdían, se perseguían, se atacaban, huían,

manteniéndose después en una espera desconfiada que se rompía en cuanto otra miga rozaba el agua.

Apartó la vista, momentáneamente divertido, y contempló con envidia al director de aquel juego. ¿No le recordaba….? Sí, sólo que él nunca habría podido hacer algo así. Su madre no se lo habría permitido. Ella nunca le había permitido ese tipo de cosas, ni siquiera cuando su padre vivía.

Su mente se nubló: ella nunca le habría permitido que jugara. En su vida jamás había habido estanques ni peces. Jamás había habido nada.

Volvió en sí al oír los gritos de la mujer.

—Venga, ya está bien; déjalos en paz— oyó que ordenaba.

Se entristeció al ver que el juego terminaba.

Porque el juego, vista aquella reacción, terminaba.

Daba igual que el niño protestara, que él hubiera deseado seguir contemplándolo toda la tarde, o que los peces pulularan desorientados por el estanque.

Entonces se produjo una escena terrible que le afectó como si la hubiese padecido en su propia carne: súbi tamente la mujer gritó: “¡vamos, te estoy diciendo!”

al tiempo que propinaba al niño una tremenda bofetada.

El pequeño titubeó unos instantes, aturdido, pero de pronto se revolvió lanzándole a la mujer una patada que se perdió en el aire y gritó: “¡tonta!”

al tiempo que arrojaba al agua el bocadillo y huía corriendo entre los parterres.

Al instante, ella salió tras él y, tras una breve persecución, lo alcanzó, lo agarró por un brazo y comenzó a despotricar e insultarlo mientras descargaba sobre su cabeza una lluvia de golpes.

El niño se cubría como podía, se protegía con los brazos, se retorcía, chillaba, pataleaba, lloraba…

, pero sus esfuerzos, baldíos, no hacían sino provocar en la mujer una indignación aún mayor, y sólo cuando ella se cansó de abofetearlo lo dejó y lo obligó a marchar delante de ella con un brusco empujón.

Se sintió zozobrar. ¿No era él aquel niño?

¿No era lo que le acababa de suceder lo que siempre le sucedía a él?

Sólo que él nunca había acumulado el valor suficiente para “tirar el bocadillo”.

Él lo había soportado todo, había renunciado a todo, de manera que vivía comprimido, encerrado en un espacio ínfimo, existiendo sólo para su madre.

¿Y qué hacía ella a cambio? Ser cruel con él, despreciarlo, maltratarlo, exigirle cada día más…

¡Volverlo loco! Y él nunca había sabido encontrar el modo de liberarse de aquella opresión.

Hasta que conoció a la mujer.

Esta conclusión, definitiva, provocó el mismo efecto que si se hubiese encendido una antorcha dentro de su cabeza.

¡Sí!, gritó por dentro. ¡Por eso su madre de repente lo trataba bien!

Allí estaba la explicación de su actitud.

¿No había logrado liberarse de su autoridad durante la época de sus en cuentros con la mujer?

¡Exacto! ¡Lo que su madre pretendía ahora era recuperarlo!

Se puso en pie de un salto y miró en torno.

Estaba solo, pero era como si se encontrara en el centro de un anfiteatro y una multitud enfervorizada lo vitoreara y aplaudiera.

Ahora conocía la causa. ¡Había descubierto su juego!

¡Había vencido! Ella jamás volvería a ejercer su tiranía sobre él.

¿Que gruñía de vez en cuando? Que gruñese.

¿Que trataba de imponerle cosas? Que lo hiciese.

Seguramente resultaba inevitable para ella, dado que era lo que había hecho durante toda su vida.

Pero el caso es que ya no volvería a hacerle daño aunque quisiera, aunque lo pretendiera conscientemente.

Desde que había nacido había vivido muerto y aquella mujer le había devuelto la vida.

Nadie volvería a cogerlo desprevenido. A partir de ahora a su madre no le quedaría más remedio que contenerse, que adaptarse a lo que a él se le antojase, preocuparse por si estaba fastidiado y cosas así, como al parecer ya había empezado a preocuparse.

Y hacía muy bien.

“¡Te he doblegado, madre!”, gritó para sus adentros, y, contento de haber ido a parar allí, se inclinó descuidadamente hacia los peces, como en una despedida –el estanque le devolvió reflejado un rostro nuevo, sin fisuras, sin zonas oscuras—, metió las manos en los bolsillos y se alejó,

un poco escorado, silbando por lo bajo en dirección a la salida.

ooo0ooo

El incidente del bocadillo perduró vívido en su mente durante el resto de la tarde, pero no para aportarle tranquilidad, como había ocurrido en un principio, sino planeando dentro de ella como un ave carroñera y ensombreciendo la exigua claridad que lo había iluminado por dentro.

¿Había algo que no encajaba? ¿Entonces por qué se sentía intranquilo?

La noche lo sorprendió. Había pasado el tiempo deambulando, en las nubes, con pensamientos esporádicos de gratitud hacia la mujer muerta, pero convencido sólo a ratos de la validez de las conclusiones a las que había llegado.

Buscando una serenidad auténtica, se había sentado primero en la terraza de un café para distraerse observando a la gente, pero, viendo que no era capaz de aislarse de sus preocupaciones, acabó por meterse en un cine.

Sin embargo, en cuanto vio que la película no le interesaba salió y se dedicó a vagar otra vez, incapaz de hacer otra cosa, ausente de todo, recorriendo a la deriva las calles, sin lograr apaciguarse en ningún instante.

Cuando regresó a casa, tarde, se alegró de encontrarla a oscuras, ya que eso quería decir que su madre había claudicado y se había acostado sin esperarlo.

Con sigilo, se fue a su habitación y se metió en la cama. Casi tuvo que empujar para abrir un hueco y penetrar en ella, pues estaba helada y le parecía que las sábanas, ásperas como lija, lo rechazaban.

Tardó en dormir. Probó tumbado sobre un lado, sobre el otro, hacia arriba... Sudaba, daba vueltas. ¿Qué era lo que no iba bien? ¿Qué lo abrumaba? ¿Un presentimiento, algún temor, algo que hubiese pasado por alto?

Sonó el teléfono y abrió los ojos, alarmado. ¿Tan tarde? Se mantuvo atento, con el cuello en tensión y la cabeza levantada, separada de la almohada. ¿Sonaba de verdad o estaba soñando? Sí, sonaba de verdad. ¡Ahora que por fin empezaba a dormirse!

Se levantó y salió a todo correr del dormitorio.

Con la prisa se golpeó un pie contra la puerta —quería evitar a toda costa que su madre se despertara—, y mientras se apresuraba de puntillas por el pasillo se preguntaba quién podría llamar a aquella hora.

Aún sin saber cuál era exactamente estaba convencido de que debía ser muy tarde.

—¿Diga?— susurró antes incluso de que el auricular le llegase a la altura de la boca.

—¿Oiga? ¿Oiga?— preguntó una voz de alambre al otro lado de la línea.

¡Su oponente! ¡Era su oponente el que llamaba! ¿Qué quería ahora? ¿Es que no pensaba dejarlo en paz ni en su casa?

—¿Dónde ha estado toda la tarde?

Sintió un arrebato de rabia y apretó contra la pared el puño que tenía libre. Habría dado lo que fuera por no estar allí, por escupir a la cara de aquel hombre, por estrangularlo, por obligarlo a que colgara.

—¿Me ha levantado de la cama para preguntarme eso?— susurró, conteniendo el tono y la agresividad de su voz.

—No, pero quería saber por qué no ha abierto esta tarde la frutería. ¿Hace eso a menudo? ¿Dónde ha ido?

—¿Cómo sabe que no he abierto?— dijo mecánicamente.

—He estado esperándole.

Calma.

—No me encontraba bien.

—¿Dónde no se encontraba bien? ¿En su casa? Porque también he llamado ahí y no estaba.

Aquel hombre era un cretino. ¿Cómo podía tener aún ganas de insistir? ¿No lo había derrotado por la mañana? Y además se estaba entrometiendo en lo que no le importaba. Atacó: