Capítulo 3 #5
Se compadeció. Ahora sabía la verdad, que la había juzgado mal. Su malhumor era el resultado de haber pasado una mala noche. Una consecuencia razonable, pues se había sentido sola y se había puesto nerviosa. Había sido un egoísta. No se había parado a pensar en ella y lo lamentaba profundamente.
Con todo, decidió no manifestar arrepentimiento, por si acaso, y reprimió un “lo siento, madre” que ya rondaba por sus labios. Se alegraba de volver a la normalidad, pero todo estaba demasiado reciente y lo mejor era ser precavido. Tiempo habría para el cariño y la comprensión que hiciesen falta.
—Pues ya me tiene en casa otra vez— sentenció.
Dijo eso y esperó. ¿Nada de la mujer? ¿Nada sobre su detención? ¿Ningún reproche? ¿Entonces?
La curiosidad le mordía las entrañas. ¿De qué había hablado con los policías? ¿Qué le habían contado?
—¿Qué le han contado?— preguntó.
Su madre bajó la vista hacia las sábanas. Nueva señal de sumisión.
—Nada. Tonterías. Dicen que han asesinado a una mujer y creen que puedes haberlo hecho tú.
—¿Y usted qué les ha dicho?
—¿Yo? Que si están locos o no tienen otra cosa en que perder el tiempo. Matar tú a una mujer. ¡Qué disparate!
—¿Le han explicado cómo la han matado?
—Claro que no. ¿No acabo de decirte que no me han dicho nada? Me han preguntado si la conocías, si tienes amistades…
—¿Y qué más?
—Bobadas, ¿no te lo estoy diciendo? Si sabía dónde estuviste esa tarde.
Aquí su madre se detuvo —¿intencionadamente?— y lo miró con unos ojos gélidos que él evitó apartando enseguida los suyos. No le apetecía recibir más impresiones que aquéllas que lo confortasen, que le diesen calor.
—¿Y?
—Les dije que estuviste en la frutería, que te telefoneé allí después de haber cerrado y estuvimos charlando.
Al oír esto casi se le escapó una carcajada.
¡Así que era ésa la explicación que les había dado!
¡Por eso lo habían soltado! Sin embargo, la excusa no acababa de satisfacerle.
Primero porque, según podía recordar, era mentira, y segundo porque le parecía que el policía también se lo había preguntado y él lo había negado.
Tendría que ver el modo de arreglar aquella contradicción.
—¿Les dijo usted eso?
—Sí, así que puedes estar tranquilo. Ya no te molestarán y podrás cuidarme como dios manda. ¿Te han fastidiado mucho?
Se encogió de hombros con la mente en otro lugar. Ni la falsa confesión de su madre a la policía ni esta última pregunta encajaban, como tampoco encajaba que le hubiera pedido perdón.
—Me han interrogado un par de veces.
—¿Pero te han tratado bien?
—Sí.
Sintió ocupada la garganta y sacó el pañuelo del bolsillo, lo desdobló y arrojó un esputo contra la tela. Su madre se enrabietó.
—¿Por qué tienes que hacer eso?— berreó con un resoplido agudo, una elevación de tono propia de los peores momentos, que no encajaba con la moderación con que estaba desarrollándose la conversación.
Esta súbita alteración lo incomodó de un modo lúcido, pues le hizo darse cuenta de que su sorpresa, en realidad, no se debía al hecho de que ella hubiera abandonado bruscamente las buenas maneras, sino al otro —verdaderamente insólito— de que antes de eso hubiese adoptado una actitud afable con él.
¿Cuándo lo había hecho? ¡Nunca! Jamás, que él recordara.
¿No lo había increpado también al entrar?
¿No le había dicho como recibimiento: “ni madre ni nada”?
—Anda, prepárame algo de comer; tengo hambre. Y arregla esto un poco— pidió ella, suavizando el tono y adoptando un aire conciliador.
Pero esta vez estaba claro que era distinto.
¡Allí estaba ocurriendo algo y había que estar atento!
¿No había pronunciado esta frase con contención?
¿No le había parecido que su madre, bajo una apariencia apacible, tranquila, como si nada fuera de lo común hubiera ocurrido, hacía un gran esfuerzo para aparentar normalidad?
No entendía nada. De pronto lo increpaba, de pronto le pedía perdón…
¿Qué estaba pasando? Desde luego, de normalidad nada.
Todo lo contrario. ¡Ella fingía! Pero ¿por qué? ¿A qué se debían aquellos cambios?
Se levantó, felicitándose por haber actuado con cautela cuando pensó en decirle que sentía su retraso y, atendiendo la petición que le había formulado, ordenó el dormitorio y después se dirigió a la cocina, donde, dominado por una fuerte excitación,
preparó unos huevos fritos –los dos primeros se le rompieron entre los dedos—, les añadió algunos espárragos de lata y se los llevó a su madre junto con una rebanada de pan y una jarra de agua.
—¿Y tú? ¿No comes nada?
—He tomado algo en la frutería.
Ella masculló unas palabras. Luego preguntó:
—¿Qué hora es? No se te vaya a hacer tarde.
Se mordió la lengua. Había estado a punto de responder que no le importaba, dado que no tenía intención de abrir la frutería por la tarde, pero lo pensó mejor y se limitó a contestar con un lacónico: “No”.
¿Para qué iba a decirle nada? ¿Para empeorar las cosas?
Por supuesto, pensaba salir –necesitaba salir, no tenía ganas de pasar el resto del día encerrado en ningún sitio, y menos en su casa—, pero con mayor urgencia aún necesitaba estar tranquilo para ordenar sus ideas, y en la frutería sólo le darían la lata.
—Cierto, así que si no quiere nada más, me marcho— dijo.
Ella negó con la cabeza sin levantar la vista del plato y él aprovechó el momento para escabullirse tan rápido como pudo, dispuesto a no dejar escapar aquella oportunidad.
Cogió una bufanda del armario y se la enroscó al cuello.
De pronto se veía inmerso en un estado de desconexión absoluta, como si un velo se interpusiera entre él y las cosas que lo rodeaban, impidiéndole ver.
Y cuando cerró la puerta y bajó las escaleras lo hizo como un espectro, encogido, temeroso otra vez de su oponente, de la arpía, del recuerdo de la mujer, preparado para oír en cualquier momento la voz imperiosa de su madre requiriéndolo todavía a través del hueco del ascensor.
Sólo cuando salió al aire del mediodía y pisó por fin la acera trató de relajarse, pero entonces vio que le era imposible, pues se lo impedía una rigidez, un cosquilleo en los hombros que, inexplicablemente, lo succionaba tirando de él hacia arriba, de nuevo hacia el piso.
Decidido a alejarse, se subió el cuello de la chaqueta y, entregado a la somnolencia que de repente parecía producirle una creciente melancolía, surgida no sabía de dónde, comenzó a caminar dejando que sus pasos lo guiasen a donde fuese, tratando de no ofrecer resistencia.
Pero, en su abandono, avanzaba a trompicones, dubitativo, desorientado, más encorvado que nunca, como si toda su vida le pesase, como si a pesar de sus constantes esfuerzos estuviese condenado a llevar permanentemente atado a la espalda, convertido en una montaña de plomo,
todo lo que intentaba apartar de él.
ooo0ooo
Cogió el primer autobús que pasó. ¿A dónde?
No impor taba. Lejos. Donde pudiera desvincularse, estar solo, restablecer un orden mínimo dentro de su cabeza.
El autobús iba lleno y se quedó en el medio, sujetándose con una mano a la barra superior.
Una mujer, enfrente, lo miraba. Y otra, algo más allá.
Se giró. Varios hombres lo observaban por detrás, desde distintos ángulos.
Se sintió violento y bajó la vista. Seguían mirándolo. Todos en el autobús lo miraban.
Pidió paso y bajó con precipitación en la primera parada. Maldijo mientras veía alejarse el autobús, llevándose a todos aquellos mirones. Tomó otro enseguida. Vacío. Menos mal. Se sentó al fondo. El sol se filtraba —¿por dónde? ¿lucía el sol?— y el motor ronroneaba con un canturreo adormecedor.
Cerró los ojos y se mantuvo así, distante, ajeno a todo. El autobús se paraba, arrancaba de nuevo, y las puertas, al abrirse y cerrarse, creaban espacios, rompían vínculos, curaban viejas heridas… Levantaban barreras.
El tiempo no existía, su vida no existía, ni su madre, ni él mismo.
Flotaba inmerso en un fluido pegajoso y espeso, un magma acuoso.
Apenas podía moverse, una partícula aprisionada.
No había luz, ni claridad, y, sin embargo, se veía a sí mismo girando, dando vueltas, zarandeado, perdido.
Porque no era él, era una mancha, perfiles de una forma incompleta.
¿A quién veía entonces? Ya no era el nuevo él, tampoco el antiguo.
Era otro, un viajero, un extraño, un recién llegado.
Sólo estaba de paso. Pero el viaje terminaba, y el camino de regreso comenzaba más allá, inalcanzable.
Un camino bajo los árboles. Sí, porque de pronto había árboles, sol, un paisaje, senderos que se cruzaban.
¿Qué haría ahora? Tomaría uno enseguida, el suyo, y lo seguiría.
Nada lo apartaría de él y pronto volvería a su hogar. Miró alrededor en la oscuridad. ¿Cuál?
—¡Última parada, señor!
El grito lo despertó. El conductor, desde su puesto, le indicaba que bajara. ¿Dónde estaba? Obedeció. No reconocía el lugar y se puso a caminar en cualquier dirección. Vio una verja a lo lejos, y árboles –¿sus árboles?—, y se dirigió hacia allí.
El trayecto duró una eternidad. La verja se acercaba, se alejaba, refulgía como un hierro al rojo vivo, desaparecía difuminada… Sin darse cuenta, la cruzó y caminó hasta que se descubrió sentándose en un banco de piedra, junto a un estanque con plantas acuáticas y peces anaranjados.
Sin querer, fijó su atención en los escurridizos animales y, como si se despertase poco a poco de un hechizo, su mente empezó a ponerse en movimiento según seguía sus ondulaciones yendo de un instante a otro, de un recuerdo a otro, volviendo siempre al principio, como en una montaña rusa.
“Vamos a ver”, se dijo tomando conciencia de por qué estaba allí, intentando mantenerse a flote en el maremágnum de imágenes que se arremolinaban en su cerebro y que de pronto afloraban en avalancha: “¿qué está ocurriendo?”
Pero su cabeza era un enjambre de secuencias, de percepciones embrolladas en un atasco indescriptible, de modo que no avanzaba.
Se levantó e inspiró unas cuantas veces.
Volvió a sentarse. Lo que a aquellas alturas estaba claro era que no iba a dejarse dominar.