Capítulo 3 #4
Se dijo que sí, y que ahora que la experimentaba no estaba dispuesto a actuar alocada mente, a dejarse arrastrar por ningún temor, por ninguna obligación.
Al contrario. Le correspondía saborearla, empaparse, disfrutar de ella al máximo.
Con ese objeto, tomó todavía una manzana y un racimo de uvas antes de marcharse.
Lo hizo sentado, masticando despacio a propósito, saboreando el alimento con serenidad, entregado a aquella desidia con la plenitud de quien se considera dueño absoluto de sus actos.
No sentía remordimiento alguno. ¿Por qué iba a sentirlo?
Simplemente las cosas ya no volverían a ser como antes y ahora sería a ella a la que le correspondería amoldarse.
Él era libre. Y cuando al cabo de un buen rato salió, pletórico, todavía se dio la vuelta y, al no ver por allí a nadie que pudiese molestarlo, se complació entreteniéndose un poco más, pues finalmente se había decidido a colocar un cartel.
“Cerrado hasta mañana. Disculpen las molestias”, escribió con un grueso rotulador negro sobre una hoja de papel, y la pegó con cinta adhesiva sobre la persiana metálica. La situación lo merecía. A falta de celebraciones más sustanciosas, un día de asueto era lo mínimo que podía darse.
ooo0ooo
Llegó cansado a casa, y apenas había abierto la puerta cuando oyó pasos que se acercaban junto con la voz de su madre que lo llamaba. Entró rápidamente y, según doblaba hacia el pasillo en dirección a la habitación, chocó con una mujer de uniforme.
Se sobresaltó. ¿Qué hacía allí aquella mujer, invadiendo su casa?
—Lo siento— se disculpó ella —. Me han ordenado que aguardase aquí su regreso por si su madre necesitaba algo, pero ahora que ha llegado ya me voy.
Aquella presencia le indignó, pues le parecía insólita. “¿Me han ordenado que aguardase aquí”, decía? ¿Quién era nadie para ordenarle nada en su casa?
—Pues entonces váyase de una vez— le espetó, y al oírse sintió una punzada de satisfacción.
La mujer se encogió y dio un paso hacia atrás.
—Perdone si lo he sobresaltado. La verdad, no me esperaba...
—¡Déjese de perdones y lárguese!
Así, así, dominante.
—De acuerdo.
La mujer zozobraba. Tropezando, recogió sus cosas y salió sin decir nada más, y cuando al fin la vio cerrar la puerta tras ella se quedó absorto, con la mirada fija en la mirilla mientras escuchaba su taconeo al bajar corriendo la escalera.
Era hermosa, pensó ahora que se había ido.
El brillo de los botones y de las insignias sobre el uniforme oscuro resaltaba su belleza.
Lamentó haberle hablado con contundencia, ya que probablemente ella no tenía la culpa, pero era necesario. Ella tenía que saber —todos tenían que saber— que él sería así en adelante: sólido, inmediato, brusco si hacía falta, sin hueco para concesiones ni vacilaciones.
Crecido, evocó a aquella mujer de espalda, saliendo.
La visión había durado sólo unos segundos, el tiempo que ella había tardado en coger su sobretodo y alcanzar la puerta desde el pasillo, pero había sido suficiente para provocar su interés: el pantalón azul marino, ceñido, marcando un trasero blando y redondo, pomposo,
sobre los pilares de sus piernas —definidas por la raya de las perneras— y aquel ligero temblor de sus nalgas al avanzar para salir del piso cuanto antes a fin de no acentuar su enfado.
La voz de su madre le hizo ver de nuevo el recibidor vacío y la puerta cerrada. Su tono lo irritó, y su premura. ¿Qué quería con tanta prisa, que casi no lo dejaba entrar? Estaba muy equivocada si pensaba que podía seguir tratándolo de aquella manera y hacer con él lo que se le ocurriese.
Cruzó el pasillo hecho una furia, pero al franquear la puerta del dormitorio y encontrarse cara a cara ante ella su furor se desvaneció, se escurrió repentinamente, como si hubiesen abierto un desagüe dentro de él, y, despojado de toda su firmeza,
convertido en pura carcasa de lo que había creído que era, se quedó mudo de repente.
Su madre, sentada en la cama, le dirigía una mirada furibunda, cargada de reproche.
Tenía puesta por los hombros la chaqueta que le había dejado días antes al volver a casa y había una bandeja con restos de comida sobre la colcha.
La habitación aparecía revuelta. Se fijó.
No, no era eso exactamente. Lo que sucedía era que había demasiadas cosas: la bandeja sobre la colcha, revistas tiradas por el suelo, el despertador al revés, el televisor ladeado contra la pared...
La mujer que decía haber permanecido allí para cuidarla no la había atendido correctamente, ni mucho menos.
Estaba claro que para eso era preciso que estuviese él.
La mirada aniquiladora de su madre lo hizo sentirse como si lo hubiesen arrojado al agua atado de pies y manos.
A causa de aquella mirada, de aquel dardo de hielo que se había clava do en él al entrar, su cuerpo se había transformado en un frágil cristal, y si avanzaba, si trataba de moverse o gesticular, hasta el menor de sus movimientos podía hacer que estallase hecho añicos.
Cogió aire y abrió la boca para protestar, imponerse, pero sus labios volvieron a cerrarse solos y no acertó más que a pronunciar:
—Madre...
—Ni madre ni nada. ¿Estás sordo? ¿No me oyes que te llamo? ¿Dónde te has metido? ¿Por qué has tardado tanto?
Demasiadas preguntas. Demasiadas y demasiado seguidas como para que pudiese contestar. Dijo mecánicamente:
—He pasado por la frutería.
—¿Se ha marchado ya esa repelente mujer?
—Sí, ella ya...
—¿Y qué has ido a hacer allí si puede saberse? ¿Te parecía más importante que venir con tu madre, que ha estado sola?
Sus oídos comenzaron a zumbar. Su lengua era un ovillo de lana y su cuerpo yacía lejos, enterrado en algún lugar.
Un cúmulo de sensaciones provocadoras de tristeza se apoderó de él, superponiéndose una a otra con crueldad, como una creciente quemazón interior imposible de aliviar: desconcierto, dolor, aturdimiento, frustración...
—Sólo quería ver cómo estaba todo.
—¿Y qué? ¿Cómo estaba?— protestó ella.
—Bien. ¿Cómo iba a estar?
—¿Entonces por qué has ido?
Las manos le temblaban. ¿Qué le estaba ocurriendo?
¿Acaso no era ahora poderoso? ¿No era sintomático de ese nuevo poder el modo en que se había rebelado contra su oponente cuando éste lo acusó de matar a la mujer, él, que jamás se había rebelado?
¿Y no eran sintomáticas también la serenidad con que había despachado a la arpía en la frutería y hasta la prontitud con que acababa de expulsar de su casa a aquella extraña de uniforme?
¿Entonces por qué se dejaba amilanar? ¿Por qué no se defendía?
Muy sencillo: Porque de pronto tenía miedo.
—Arreglaré esto un poco— dijo para ganar tiempo, y salió precipitadamente de la habitación.
Eso es: ganar tiempo, sobreponerse. Su reacción al encontrarse ante su madre no se correspondía con la que él se había imaginado, y todo por causa de aquel estúpido miedo. ¿En qué estaba fallando? ¿Por qué se dejaba dominar?
Se fue directo al lavabo y se mojó la cara con agua fría. El zumbido de sus oídos cesó y se sintió mejor. Así. Debía sosegarse.
Oyó gritar a la vieja:
—¿Ya te han soltado?
Asintió.
—¿No me has oído? ¡Que si ya te han soltado!
—¡Sí!— berreó. Cierto, desde el dormitorio ella no podía ver sus gestos.
—No te habrá venido mal estar encerrado— la oyó rezongar—. ¡Ven aquí! ¡Tenemos que hablar!
Cogió la toalla y se miró en el espejo, donde vio reflejada una sombra que se estremecía bajo una terrible agitación.
Ahora vendría lo peor. No había sabido enfrentarse a su madre en el primer instante, en el momento clave, y en consecuencia ella se había crecido y ahora se ensañaría con él.
Primero le recriminaría lo de la mujer, le diría que era un sinvergüenza, y le preguntaría si había sido ella, su madre, la que le había enseñado esas cosas.
Luego le echaría en cara lo del abandono y le diría que era un ingrato y que parecía mentira que hubiese sido capaz de obrar de aquel modo.
Y hasta cabía la posibilidad de que tratase de imponerle un castigo.
—Voy— admitió con resignación.
Pensó que si era inevitable que fuese así lo mejor era acatar todo lo que ella le dijese sin rechistar. Ya tendría tiempo después de reponerse, de reflexionar a solas, de elaborar una estrategia. Ahora lo importante era aguantar, que el chaparrón pasase cuanto antes y que la vieja lo dejase en paz.
Entró en el dormitorio y apoyó la espalda contra el quicio de la puerta. Su madre parecía menos firme que otras veces, algo que él solía traducir como “parece cansada”.
—Siéntate— ordenó ella—. Ya arreglarás esto más tarde.
Obedeció y, después de apartar a un lado la bandeja, se sentó a los pies de la cama juntando las rodillas y entrecruzando las manos sobre las piernas.
Aunque un fuerte estremecimiento lo sacudía por dentro, por fuera procuraba aparentar tranquilidad, sólo para demostrarse a sí mismo que era capaz de abstraerse, de despreocuparse a pesar de lo que se le venía encima.
—¿Tiene usted frío? ¿Quiere que le eche una manta?— optó por preguntar para desviar su atención del asunto.
—No, así está bien. La chaqueta es suficiente.
—Como quiera.
—Perdóname por haberte gritado— comenzó su madre—. Me he sentido tan sola durante este tiempo…
Casi se cayó al suelo. ¿Quéee? ¿Perdóname por haberte gritado? ¿Era eso lo que acababa de decirle ella? ¿Perdóname?
—…Y me he puesto nerviosa. Ha sido una noche larga. Horrible.
Estaba tan asombrado que le dieron ganas de ponerse a dar saltos y pedirle que repitiese aquellas palabras, pero no fue necesario, pues su mente se había iluminado de improviso.
¡Es decir, que si no había entendido mal, ella le pedía perdón!
¡Se situaba entonces abiertamente en un plano inferior al suyo!
¡Esto representaba un hito, una muestra evidente de que ella había captado su fuerza y, pasado un primer arranque de furia —un desahogo cuya necesidad era comprensible, por otra parte— se sometía por entero a él!