El error Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

No encontró ningún riesgo en eso –la manera en que el otro le había hablado, el evidente disgusto con que lo dejaba irse, lo probaban—, y hasta dejó la puerta abierta adrede para que lo viesen alejarse,

para que nada se interpusiese entre lo que había sucedido en aquel despacho y la imagen de su espalda –su famosa espalda— desapareciendo a través del ajetreo, entre las mesas de la sala contigua.

Creyó haber actuado de un modo impecable. El portazo que había oído a continuación lo demostraba. Después recogió sus pertenencias, y aunque tuvo que firmar un recibo lo hizo con marcada autoridad, como si aquello no fuera con él…

¿Entonces qué pasaba? ¿Qué le ocurría? ¿Es que ahora le fastidiaba irse?

¿Por qué se movía con dificultad por los pasillos, anquilosado, como si en lugar de caminar sobre una superficie consistente lo hiciese sobre un cenagal?

¿Quizá porque se trataba de una libertad inesperada, que lo había cogido desprevenido?

¿Era por eso por lo que arrastraba de aquel modo los pies?

Los ruidos de la calle golpearon sus oídos como si hasta entonces hubiera estado metido dentro de una botella, y se asustó.

Buscando una coordenada, miró hacia el cielo, donde lo sorprendieron grandes espacios azules y nubes fragmentadas de un blanco inmaculado que se deshilachaban, como efímeros brochazos de luz.

Se dio cuenta de que no reconocía el lugar en el que estaba y preguntó a un transeúnte el nombre de la calle. Le sonaba. Se acercó a una parada de autobús. Sí, sabría volver. Aquel era el barrio donde vivía la mujer y, aunque apenas lo conocía, se había aprendido la ruta.

Pensar que ella no existía lo sobrecogió.

Muerta. Eso quería decir para siempre. Ya no era nada; no volvería a verla.

Sintió su falta, la ruptura del nexo que los había mantenido unidos, y al percibir un soplo de frío en la nuca le vino el pensamiento de que alegrarse de su muerte, aunque hubiese sido sólo durante un instante, constituía un hecho reprobable, mezquino, del que se arrepentía sinceramente.

Además, por mucho que su desaparición le beneficiase, suponía dejarlo huérfano al mismo tiempo, de manera que no había motivo alguno para alegrarse.

Se detuvo en esta idea. ¿A quién acudiría ahora?

¿Buscaría otra mujer? ¿Cuál? ¡Si era ella la que él había elegido!

Bastaba recordar cómo lo había mirado el primer día —su vacilación cuando él le dijo lo que quería—, cómo se alegraba ella cada vez que la llamaba para concertar otra cita, cómo se recostaba contoneando el cuerpo dócilmente sobre un codo,

jugueteando con la punta del pie en el aire mientras él la tocaba.

¿Quién sería capaz de sustituirla, de igualarla? ¿Quién tendría su rostro franco, su voz melosa, su modo de decirle que se cansaba, de suspirar de vez en cuando?

El autobús lo condujo hasta el centro, donde tomó otro que lo dejó a un par de manzanas de la frutería, y creyó necesario volver allí enseguida, inspeccionarla, ver que todo estaba en su sitio después del revuelo de la mañana.

Encontrarse la persiana cerrada le resultó extraño y pensó que debería poner un cartel. ¿O no merecía la pena?

El desorden que había dentro le molestó –no porque tras el registro hubiesen quedado las cosas patas arriba, sino simplemente por no estar cada una en el lugar que le correspondía— y se entretuvo en dejarlo todo bien colocado de nuevo.

Pero se sentía incómodo, como si le hubiesen robado, al recordar que sus álbumes ya no se encontraban allí.

No debía haber consentido que se los llevaran, o al menos tenía que haberlos reclamado al dejar la comisaría.

Ahí estaba, ésa debía de ser la causa de la pesadez que lo había dominado al irse.

Aquella falta de energía era un aviso de que se iba sin luchar por recobrarlos, sin acordarse siquiera de ellos, aceptando con docilidad la nueva situación, dando por hecho que ya no le pertenecían.

Sin embargo eran suyos. Suyos y de la mujer, claro, pero dado que ahora ella ya no estaba le correspondían a él por entero.

Haber renunciado a su posesión suponía haberse quedado sin ningún vestigio de ella.

¡Ningún vestigio! ¡Como si nunca se hubiesen encontrado, como si careciese de importancia que ella hubiese existido!

Pero sí que importaba. Quizá a otros no, pero a él sí.

¿Entonces qué había hecho con aquel legado?

Perderlo, así de simple; dejar que se lo quitaran de las manos.

¿Y total para qué? ¿Qué iban a hacer con él los policías?

Nada. Ahora, por ejemplo, los álbumes estarían allí, en una esquina del despacho o apartados junto a montones de carpetas en cualquier estantería de algún archivo polvoriento, donde los habrían depositado.

Y se hizo el propósito de volver para recuperarlos tarde o temprano.

Se sobresaltó al oír que golpeaban con fuerza la persiana metálica y miró hacia allí conteniendo el aliento. ¿Llamaban a la frutería?

Sin moverse, esperó con la mirada ofuscada y la mente llena de dudas mientras el eco se disolvía en el aire, y ya se disponía a seguir con sus cavilaciones cuando la pesada puerta vibró de nuevo con una intensa sacudida.

¿Quién perturbaba su tranquilidad? Irritado, salió al portal como un huracán, dispuesto a todo, pero al pisar la acera se quedó paralizado.

¡Era la arpía! Estaba ante la puerta, con la bolsa de tela colgada del antebrazo, mirándolo –atravesándolo— con sus ojos menudos, redondos y penetrantes como dardos ardiendo, y su minúscula nariz, ridícula, hiriente, exactamente igual a la de un ave nocturna.

Trastabillando, quiso decir algo pero no halló el modo de articular los sonidos y la vieja se le adelantó:

—Perdone…, lo habré molestado, pero no ha abierto en toda la mañana y me han dicho que ha venido la policía. ¿Ha ocurrido algo?

La observó. ¿Había inocencia en aquella pregunta? En absoluto. La cabeza algo adelantada y una actitud contenida, como si en realidad hubiese querido echar a andar hacia él y darle una bofetada, indicaban que había sido formulada con segundas.

—No, no pasa nada. Pero no puedo atenderla ahora— trató de zafarse.

¿Por qué lo miraba de aquel modo? ¿Qué había ido a buscar allí? ¿Qué pretendía? Pensó en volver a entrar en la frutería, dar media vuelta y dejarla plantada, pero ella dijo rápidamente:

—Sólo quiero unas lechugas y unos cuantos tomates para ensalada.

Dudó. Era un estúpido. ¿Qué iba a hacer? ¿Atenderla? Siempre aquella cortesía, aquella consideración hacia los demás que nunca le reportaba nada.

—Está bien, pase rápido entonces.

Dijo esto y señaló el portal. Como un idiota, un pelele, reprimiendo su verdadero deseo. Contradiciéndose. Negándose el poder que había conquistado.

—¿Rápido? ¿No piensa abrir hoy?

—No.

—¿Algún lío desagradable?

—No.

Eso es, así. Al menos sabía ser lacónico, ya que no había tenido agallas para frenarla.

Empezó a poner tomates en el plato, sosteniendo algunos en el aire mientras analizaba el peso marcado en la báscula.

—Está claro que a usted lo que le hace falta es una mu jer…

Un tomate se le cayó de las manos y rodó por el suelo. ¿Se percató ella de su nerviosismo? Probablemente, pues sonrió. Estaba claro que volvía a la carga.

—¿Cómo sabe que no tengo ya una?

¿Contrarrestaba eso la pregunta? Había llegado la hora de defenderse. No quería mirarla y con la vista seguía las evoluciones del tomate que había ido a parar justo bajo sus pies.

—Porque va sin anillo.

—Podría estar viviendo con ella sin estar casado.

Eso estaba bien; rehuía el asunto con habilidad, pero ya tenía encima el problema: era demasiado tarde, y ahora cualquier gesto, cualquier protesta, serían inútiles.

¿Por qué la había dejado entrar? ¿Por qué no actuaba siguiendo su fuero interno de una vez y la ponía de patitas en la calle?

¿Por qué tenía que plegarse siempre a los deseos de los demás?

—No lo creo, no me parece que sea usted de esos.

Al oír esto su mente se abrió como un higo maduro haciendo que todo en ella quedase al aire. “¿No me parece?” ¿Qué estaba diciendo aquella vieja? ¡Pero bueno!... ¿Ella qué sabía? ¿Y por qué le hacía caso, por qué tenía que contrarrestar nada, defenderse? ¿Por qué le daba explicaciones?

¿Quién era ella?

—¿Y usted qué sabe de eso?

—Sé más de lo que usted piensa. Esas cosas se notan. Soy ya vieja y veo en las personas como a través de ventanas abiertas. Es usted un hombre muy curioso. Yo lo observo mucho, aunque usted no se dé cuenta…

Ya no quiso oír nada más. Con un impulso que lo sorprendió a él mismo, en una reacción fruto más de la ofuscación que de una determinación consciente, salió de detrás del mostrador, la cogió por un brazo y, a empujones, la sacó fuera.

La vieja protestaba, pero su resistencia era fingida, blanda, y él no se dejó engañar.

Sin pararse a escucharla, cerró el portal con un golpe y giró la llave, y después, sólo para asegurarse, cerró también la frutería y, para recuperar el aliento, apoyó las palmas de las manos contra la tabla del mostrador.

¿Quién se creía que era aquella estúpida para hablarle de aquel modo? ¿O es que también pretendía dominarlo y decirle lo que tenía que hacer?

Agitado, casi fuera de sí, comenzó a dar vueltas en el angosto recinto, tropezando contra las cajas y los sacos que se amontonaban por todas partes.

Bufaba y echaba pestes para sí, prometiéndose, jurándose, maldiciendo a aquella arpía, a la mujer, al policía…

Aún no lo conocían, nadie lo conocía, pero pronto verían quién era.

Lleno de rabia, cogió un melocotón y lo probó. Sólo por relajarse, por hacer algo con las manos. ¿Tenía hambre?

Fue el sabor del melocotón lo que se lo recordó. ¿Cómo podía haberse olvidado y estar allí tan tranquilo? Aún no había ido por su casa y su madre estaría loca de preocupación esperándolo.

Su primera reacción fue levantarse y salir corriendo, pero algo lo frenó y volvió a sentarse.

Analizó lo ocurrido. ¿No era precisamente aquel olvido, aquella despreocupación, el síntoma más claro de que dentro de él se había operado un profunda transformación?

¿No indicaba, no clamaba a voz en grito que el pensamiento de su madre le importaba bastante poco?