El error Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El policía lo condujo por un corredor estrecho, pintado de blanco, con puertas de vez en cuando a los lados. El tac—tac de sus pasos sonaba en su cabeza como un repiqueteo que advertía de algún peligro oculto bajo aquella calma aparente.

—¿Y el comisario? ¿Por qué me han tenido esperando?— interrogó.

El otro no respondió. Caminaba de prisa, sin prestarle atención, tirando de él sin fijarse, como si arrastrase un maniquí.

Llegaron a una puerta al final de un pasillo y el policía lo hizo entrar en otra habitación.

Estaba totalmente oscura. A empujones, lo llevó de un lado para otro y lo obligó a colocarse de pie contra una pared.

El corazón comenzó a latirle con furia: no estaba solo, sentía el roce de varios cuerpos al mover se y percibía cómo, a su lado, alguien respiraba ruidosamente por la nariz.

El policía le ordenó que se quedase quieto.

Se preguntó dónde estaría su oponente. Lo había dejado solo. ¿Habría sido por cobardía? Ahora se arrepentía de haber preguntado por él. Su guía seguramente le diría lo que había hecho y entonces vería que quien en realidad se escondía bajo aquella fortaleza aparente era un ser frágil.

La luz se encendió e instintivamente quiso volver la cabeza.

—¡Permanezca quieto y no se mueva más que cuando se le ordene!— tronó una voz metálica a través de un altavoz.

Se quedó clavado al suelo como una estaca, con el pulso acelerado, atascado en sus muñecas, y miró de reojo.

Había varios hombres a un lado y a otro mirando contra la pared, como él.

Ninguno de ellos parecía inquieto, y se dijo que lo mejor que podía hacer era serenarse y adoptar la misma actitud.

El que estaba a su derecha continuaba respirando con dificultad, pero a pesar de eso su aspecto también parecía tranquilo.

Creyó percatarse de lo que iba a ocurrir. ¿Una prueba de reconocimiento? Sí, era eso. Le parecía estar él mismo metido dentro de una película. Ahora le mandarían girarse, mirar hacia un lado, otra vez de frente, de lado, mientras alguien, más allá de un cristal opaco…

—¡Vuélvanse!— tronó la voz.

La orden lo pilló desprevenido y se giró a destiempo respecto a los otros, en una sincronización grotesca, como en un ballet mal ejecutado. Un foco poderoso le daba directamente en la cara, cegándolo. Mierda. Debía prestar atención. ¿Y por qué seguía temblando? ¿Acaso estaba asustado?

Entornó los ojos; los otros debían de estar haciendo lo mismo. Pensó en mirar para comprobarlo, pero no se atrevió. Le preocupaban sus reacciones, que se diferenciasen de las de los demás, que delatasen algo en él.

Debía ser consciente de que estaba siendo analizado. Todos estaban siendo analizados.

—¡Gírense a la derecha!

Sí, porque allí, en aquel preciso momento, parapetado bajo aquella luz irreal, alguien se dedicaba a estudiarlo, a controlar sus movimientos, a escudriñar su cuerpo, como si fuese un animal de laboratorio.

Era un pez dentro de un acuario. ¿Quién se escondería entre aquellas sombras?

¿Quién estaría mirando? ¿Su madre? Absurdo.

¿La arpía? Tampoco tenía sentido. ¿Algún vecino de la mujer?

—¡A la izquierda!

Sí, debía de tratarse de eso. Alguien tenía que haberlo visto entrar alguna vez en aquella casa, a pesar de las precauciones que tomaba. ¿Pero cuándo, si siempre entraba y salía con sigilo? Nunca se había cruzado con nadie, ni había coincidido en el portal con vecino alguno…

—¡Al frente!

Entonces recordó. ¡El día que había cogido a la mujer por el cuello! Ese día había bajado atropelladamente la escalera. ¿No había creído oír entonces el ruido de una puerta al cerrarse? Detrás de él, aunque no se había vuelto, sino que había seguido corriendo…

—¡De espaldas!

¡Justo! ¡Había sido entonces! ¿No habían comenzado a realizar aquella prueba mostrando primero su espalda? ¿Y no volvían a pedirle ahora que adoptase la misma posición?

¿Qué diría el que se ocultaba tras la luz? ¿Que no estaba seguro? ¿Que todos se parecían? ¿Que era él? ¿Pero cuántos individuos son iguales unos a otros? ¿Es posible establecer diferencias así como así, mediante un simple vistazo a la espalda de cada uno?

Le pareció oír un cuchicheo en algún lado, detrás, bajo la luz del foco, pero pensó que debía tratarse de su imaginación.

El que lo observaba se encontraría parapetado tras algún cristal, en una habitación contigua, de manera que pudiese hablar desde el anonimato con absoluta tranquilidad.

“Sí, no hay duda, es él”, diría entonces quien fuese asintiendo ostensiblemente, distinguiendo con claridad su espalda de las otras.

“¿Está usted seguro?”, insistiría su oponente para hacer ver que aquél no era un asunto que pudiera tratarse a la ligera.

“Sí”, confirmaría el interpelado. Aunque también podría tratarse de una mujer…

¿Pero seguro de qué? ¿De que se veía con la mujer?

Eso ya lo había reconocido él cuando lo habían interrogado, no era añadir nada nuevo.

¿Entonces de qué? ¿De que la había asesinado él?

¿Podía afirmarse eso sólo porque un día hubiese bajado corriendo la escalera y alguien lo hubiese visto de espalda?

La luz del foco se extinguió de repente cerrándose sobre sus ojos como un fogonazo de oscuridad y la estancia volvió a quedar en penumbra.

—¡Bien, es suficiente!

A oscuras, lo sacaron de allí por una puerta distinta a la de los que estaban con él –¿procuraban aislarlo, que no tuviese contacto con ninguno de ellos por alguna razón?— y esta vez lo condujeron directamente a su celda.

Por el camino no pudo pensar en nada, pero en cuanto se vio entre las cuatro paredes una duda empezó a reconcomerlo: ¿Qué pensaría su oponente?

Hasta aquel momento se había sentido muy tranquilo respecto a él.

No en vano de regreso a la comisaría tras el registro de la frutería le había dicho en el coche:

—Cambia usted de un modo desconcertante. ¿No se lo habían dicho nunca?

Fue lo único que comentó mientras duró el trayecto; el resto: un silencio compacto, como si dentro del vehículo faltase el espacio y el aire estuviese hecho de gelatina entre ellos.

Él sabía qué habían querido decir aquellas palabras; sabía que significaban: “de repente es usted distinto; me intimida”.

Pero después de la experiencia que acababa de vivir no podía estar seguro de nada.

Que lo hubiesen reconocido o no era lo de menos; eso no lo debilitaba ante su oponente.

Lo verdaderamente embarazoso era el hecho de que hubiese preguntado por él.

La puerta se abrió otra vez y el policía que lo llevaba y lo traía apareció para conducirlo por fin hasta el despacho que ya conocía.

El trayecto se le hizo largo, tan ansioso estaba por encontrárselo cara a cara, y si no hubiera sido por miedo a cometer otro desliz hasta le habría pedido a su acompañante que lo llevase por el camino más corto y que apurase el paso para llegar cuanto antes.

Nada más entrar vio sus álbumes sobre la mesa, y su guía le indicó con una seca opresión sobre los hombros que se sentara.

El otro se encontraba ya allí. ¿Lo esperaba?

Estaba de espalda, mirando por el ventanal hacia la calle –otra vez la espalda, ¿era porque no se atrevía a recibirlo de frente, mirándolo a la cara?

—, y, aunque era imposible que no lo hubiese oído llegar, permaneció en esa postura unos minutos, callado, como si no hubiese entrado todavía, en lugar de volverse.

Se dijo que sí, que debía tratarse de eso: miedo, cobardía, y, en efecto, cuando por fin lo vio girarse y pudo observar su rostro, un grito de júbilo lo recorrió por dentro. ¡Era un rostro preocupado!

Interpretó aquello como la muestra palpable de una victoria demoledora sobre él, la consagración definitiva de su superioridad, fruto de su nueva actitud ante las cosas.

Y de tal modo fue así que hasta se permitió pedir con cierta autoridad un café.

No porque le apeteciese, porque pensase tomárselo, sino para ponerse a prueba.

De hecho, cuando le trajeron el vaso de plástico con el líquido humeante ni siquiera le prestó atención, pendiente como estaba de los movimientos de su oponente.

Éste permaneció aún de pie, contemplándolo, las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza algo ladeada, en una postura que denotaba impotencia y frustración, algo que le satisfizo profundamente, hasta que anunció:

—Vamos a dejarlo en libertad.

La frase sonó como si se hubiese desprendido un trozo del techo y hubiese caído sobre la mesa, ante ellos.

¿Iban a dejarlo libre? No es que la decisión le sorprendiera –no quedaba fuera ni aún del cálculo más pesimista, pues no existía motivo alguno para que siguieran reteniéndolo—, pero no podía evitar sentirse desconcertado por el hecho de que el policía le diese la noticia de aquel modo,

sin ningún tipo de prolegómenos.

—¿Qué le pasa? ¿Se está preguntando por qué?

—En absoluto— replicó con fingida serenidad.

Mentira, mentira. Claro que estaba sorprendido, aunque por otra parte se congratulaba de constatar la maestría con que era capaz de fingir.

—No puedo retenerle porque haya hecho unas cuantas fotos, por guarras que sean. Así que puede irse. Es usted libre. Por ahora.

La curiosidad le picaba. “No puedo retenerle”, “por ahora”...

Es decir, que lo soltaba contra su voluntad.

Pero no quería preguntar. No pensaba volver a dejar resquicios por los que nadie pudiera introducirse, pistas para que cualquiera pudiese llegar hasta él.

De modo que esperó. Pacientemente, fue una lucha de esperas: él a que el policía le dijese: “Vamos, levántese, ¿no me ha oído?; es usted libre”, y el policía –se imaginaba— a que él le preguntase: “¿Por qué?”

—Vamos, váyase, es usted libre. ¿No me ha oído? Fuera le darán sus cosas. Y llévese su café.

Parsimoniosamente, salió del despacho procurando adoptar una actitud firme, sin volver la vista atrás, mirando al otro con displicencia, con absoluto descaro, tardando –le daba igual si su atrevimiento resultaba excesivo, y de hecho no había cogido el vaso con la bebida—,

para dejar claro que si se iba era porque quería, no porque se lo ordenasen.