El error Capítulo 3
55%

Capítulo 3

Desde el coche vio a un grupo de mujeres que se arremolinaban ante la puerta de la frutería. Clientas. Miró el reloj. Hacía veinte minutos que la persiana metálica debería haber sido levantada. Se fijó en el grupo. ¿Estaba la arpía? No, ella nunca solía presentarse tan temprano.

Se abrieron paso sin dificultad –eran menos de las que le había parecido desde lejos— y entraron por la puerta lateral. Las mujeres preguntaban con preocupación al ver que la poli cía lo escoltaba.

—No se inquieten, no es nada. Mañana las atenderé —tuvo que decir varias veces, forzando la expresión de su cara para ocultar la turbación que la situación le producía—. No, hoy va a ser imposible. Mañana, mañana.

Entraron y lo hicieron sentarse sobre una caja, e inmediatamente los dos hombres que lo acompañaban comenzaron a hurgar por todas partes mientras el del pelo grisáceo, sentado frente a él, aguardaba sin quitarle la vista de encima.

Olía a vergel –por las mañanas, después de haber estado cerrada durante la noche, la frutería olía siempre a vergel— y los hombres se movían con dificultad y se estorbaban debido a la estrechez del espacio.

Pensó que resultaba entretenido verlos afanarse de aquel modo por algo tan fácil de encontrar como unos álbumes de fotos y los animó interiormente: “¡Vamos!, no hay tanto que mirar; debajo de sacos y de cajas que se mueven todos los días no es posible esconder gran cosa”.

El único sitio, en tal caso, era detrás del mostrador, donde guardaba sus papeles, pero éstos tampoco eran tantos.

—¿Puedo saber qué están buscando?— atacó. El nuevo dios había decidido pasar a la ofensiva para evitar que le pisaran el terreno.

—Tal vez quiera decírnoslo usted mismo— respondió el policía al instante.

La rapidez de esta respuesta lo desarmó.

¡Cuidado! Debía refrenar la lengua, actuar con prudencia.

Su fuerza estaba aún verde. No era más que una criatura recién nacida; todavía tenía que fortalecerse y crecer.

Abusar en los momentos iniciales, confiarse alegremente, podía comprometerlo sin necesidad.

¿Por qué había preguntado? ¿Por jugar? ¿Por distraerse?

¿Por mera diversión? ¡Ojo con los juegos, que podían costarle caros!

Lo que tenía que procurar era mantener siempre un margen de seguridad. Sólo desde ella podría defenderse.

—¡Inspector, aquí hay algo!— dijo uno de los que buscaban levantando en alto un álbum.

El policía se levantó y lo cogió con interés.

—Espere, aún hay dos más.

Por fin, se dijo respirando profundamente, casi con satisfacción. No era tan difícil; incluso le pareció que habían tardado demasiado en dar con ellos. A fin de cuentas los guardaba pensando en protegerse de las miradas indiscretas de las clientas, no de un registro concienzudo de la policía.

—Bien, sigan buscando— dijo el comisario, dejando dos de los álbumes en el suelo y colocando el tercero sobre las rodillas—. Veamos qué tenemos aquí.

—Recuerdos— se le escapó— y el policía levantó la vista y lo atravesó con la mirada.

¿Otra vez? ¿Para qué decía nada? ¿Acaso le habían preguntado? ¡Prudencia, prudencia!

El comisario comenzó a pasar las hojas, primero de una en una y luego varias a un tiempo.

—Son los tres iguales, supongo— dijo, hojeando el segundo en el suelo antes de dejar sobre él el que tenía en la mano.

—Recuerdos. Ya se lo he dicho.

Ahora sí; ahora estaba bien. Ese comentario –realizado en ese preciso instante, no antes— era contundente, como un golpe de timbales, y además encajaba perfectamente.

—Echad un ojo a esto, muchachos.

—¿De qué se trata, jefe?

—Vedlo vosotros mismos.

¿No estaba allí la evidencia, en la mirada que el otro le había dirigido al pronunciar esta última frase?

Una mirada cuyo propósito, sin lugar a dudas, había sido desarmarlo, pero que al cruzarse con la seguridad de la suya se había mostrado débil y apagada, carente de toda resonancia. La mirada de un enemigo derrotado.

—Vaya mierda de pornografía— oyó decir a uno de los hombres.

—¿Qué es esto?— rió el otro—. ¿Fotos baratas?

—¿Las hizo usted mismo?— preguntó su oponente. Desde aquel momento acababa de declararlo abiertamente su oponente.

—Sí.

Eso es. Perfecto. ¿Por qué iba a negarlo?

Orgulloso, eran sus fotos. Allí estaba la mujer; allí estaban, resumidas, sus horas con ella, los mejores días de su vida, cuanto ella le había dado.

¿Qué pretendían aquellos imbéciles? ¿Mofarse?

¿Restarle su valor? ¿Negárselo? Pornografía, fotos baratas... ¿Qué sabrían ellos?

El policía volvió a dejar los álbumes en el suelo y continua ron registrando centímetro a centímetro, levantándolo todo. Incluso removieron el contenido de las cajas y vaciaron los sacos por si había algo dentro, o debajo.

—¡Aquí no hay nada más, jefe!

—¿Y bien?— preguntó él, irguiéndose en su asiento.

El policía hizo como si no lo hubiera oído –daba igual, él sabía que sí lo había hecho— y se levantó y señaló los álbumes.

—Llevaos esta porquería— dijo.

Pero el calificativo, dicho así, sin fuerza, aunque iba encaminado a hacerle daño, no le afectó.

ooo0ooo

Volvieron a introducirlo en la celda. Su dibujo seguía allí, medio borroso, visible todavía aunque la saliva ya se hubiese secado.

Había pintado una araña pequeñita, —nada que ver con la de su sueño—, con las patas abiertas colgando como las ballenas de un paraguas en una actitud que quería ser amenazadora pero que, difuminada sobre el blanco de la pared, diluida toda su firmeza, resultaba ridícula.

Le llevaron algo de comer, que ni siquiera miró, y cuando iba a dormitar un poco —mucho más tranquilo que la primera vez, dispuesto a aguardar el tiempo que hiciese falta— lo sacaron de nuevo de la celda y lo condujeron por la ruta que conducía al despacho de los interrogatorios.

Súbitamente, sin embargo, lo obligaron a tomar un camino distinto.

Fue justo cuando más resuelto marchaba. Atravesaba los pasillos decidido, con una sonrisa danzando entre sus labios, conocedor del camino, tomando incluso la iniciativa, cuando de repente sintió un brazo que lo agarraba y tiraba de él hacia un lado, haciéndolo encarrilar un pasillo distinto.

Desconcertado, se dejó guiar por corredores vacíos hasta una pesada puerta metálica ante la que le ordenaron detenerse. Otro policía se acercó y la abrió. Dentro olía a tabaco y a humedad.

Lo hicieron sentarse. La habitación, cuadrada, era minúscula, más pequeña que la celda, y carecía de ventanas. Las paredes eran completamente lisas y sólo había una mesa y una silla en el centro, bajo una lámpara de altura regulable que colgaba del techo.

Los policías lo dejaron allí dentro sin decir una palabra y salieron dando un portazo. El silencio tardó en envolverlo. Cuando lo hizo fue como si una humareda espesa cayese sobre él como una sábana y lo cubriese, dejándolo encerrado en una estrecha campana en la que no podía entrar nada.

Sintió el pulso golpeándole las muñecas, como una señal de que aún estaba vivo, y se levantó, pleno de fuerza, pero al darse cuenta de dónde estaba volvió a sentarse.

Se fijó en las paredes; sobre ellas no se apreciaba ningún relieve.

¿Lo observaban? ¿Por dónde? No había mirillas.

¡Por la propia pared!, se dijo inmediatamente.

En las películas las paredes de estos cuartos estaban siempre trucadas, y aunque él no pudiese ver nada hacia fuera estaba seguro de que desde el otro lado sí podían verlo a él.

Vacilante, escondió las manos bajo la mesa –tenía un brazo apoyado sobre la tabla— y se quedó quieto.

No deseaba mostrarse. ¿Entonces cómo actuar?

Indeciso, permaneció sin moverse, mirando finalmente hacia el único punto de re ferencia que tenía: la puerta.

¿De veras lo observaban? Pues entonces no haría nada, no se levantaría ni cambiaría de postura, no miraría alrededor; ni siquiera se rascaría si le picaba la barbilla o una ceja.

“A ver quién se cansa antes”, se dijo.

El cuerpo, tenso, no tardó en dolerle. Primero fueron las piernas, luego el cuello, los antebrazos, la espalda… ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Cinco minutos, media hora, dos horas? ¿Qué estaban haciendo los otros? ¿Por qué tardaban tanto? ¿Habrían ido a buscar a su madre? ¿Para qué?

Incapaz de aguantar más tiempo, se removió en su asiento –con dolor, los músculos casi no le respondían— y en cuanto la sangre volvió a circular libremente por sus venas se sintió mejor.

Le daba igual que lo observasen, él se movería todo lo que quisiese.

Como le daba igual que le trajesen a su madre, que se la pusieran delante. Algún día tendría que volver a verla.

Sorprendido, se detuvo en este pensamiento: No sólo no le amedrentaba tener que encontrarse con ella, sino que, increíblemente, su madre ni siquiera le preocupaba. ¡Y todo porque ahora se sentía seguro, porque el nuevo él lo habitaba!

La que sí le preocupaba de pronto era la arpía. Las otras clientas le dirían lo que había sucedido, le contarían lo del registro, que había estado husmeando la policía, y en cuanto apareciese lo comería a preguntas.

Sintió asco. ¿No era una auténtica arpía, una innecesaria y cancerosa prolongación de su madre, ahora que ésta estaba controlada?

¿No se convertía la frutería por su culpa en un lugar lóbrego, una mazmorra en la que se sentía apresado cada vez que ella aparecía?

¿Y no habría seguido siendo lo contra rio, un minúsculo océano de libertad, un oasis, si no hubiera sido por ella?

Esta sensación, la dependencia de una nueva mujer, que además le resultaba antipática, lo irritaba sobremanera.

¿Por qué le afectaba tanto? ¿Por qué, simplemente, no se despreocupaba?

Aquella vieja no significaba nada en su vida.

¡Nada! A estas alturas su madre ya sabía lo de la mujer, así que ¿qué más le daba?

Si la arpía se ponía pesada, si lo importunaba con preguntas que lo molestaban, no tenía más que dejar de despacharla y decirle que se marchara.

La puerta se abrió de golpe y el policía que lo había conducido hasta allí apareció de nuevo ante él.

—¡Venga, levántate!

Lo cogió por un brazo y, casi a rastras, lo sacó al pasillo, donde no vio a nadie. Aquella parte del edificio estaba desierta.