Capítulo 2 #5
—¡Ella no era ninguna puta!— berreó entonces, pataleando y sacudiéndose en la silla. ¡Era una mujer, no una puta!—. ¡Y ya le he dicho que yo no la maté! ¿Cómo quiere que se lo repita? ¡Yo no la maté, no la maté, no la maté, no la maté!…
Sintió que varias manos lo agarraban por los hombros mientras gritaba fuera de sí y poco a poco dejó de agitarse.
Dos hombres lo atenazaban. Uno era el que lo había conducido hasta allí; el otro, el del ordenador.
Trató de relajarse, normalizar la respiración, y tragó la saliva que inundaba su boca.
¿Por qué se ponía así? El otro tenía razón: era una puta, por mucho que para él fuese otra cosa, por mucho que representase en su vida, por mucho que le doliese.
¿A quién iba a explicárselo? ¿Al policía?
¿E iba a entenderlo? Por cierto, ¿dónde estaba?
Fijó la vista ante él. Había desaparecido.
—Me alegro de que este asunto parezca interesarle por fin— oyó que decía con sarcasmo a su espalda—. Hasta ahora parecía no tener nada que ver con usted.
De nuevo apareció en su campo de visión y –debió de hacer alguna seña— lo soltaron. Después le pusieron delante un vaso de agua y se lo bebió de un trago.
—¿Ya se ha calmado? Si es así me gustaría echar un vistazo a esa frutería.
Miró a aquel hombre, sin verlo, sin comprender, y sintió un odio inexpresable hacia él.
Desde el primer momento, desde que se habían encontrado por primera vez, no hacía más que azuzarlo y ponerlo nervioso.
Y ahora ¿a dónde quería ir? ¿A la frutería?
De acuerdo. Irían allí. Irían a donde él quisiera y haría todo lo que le mandara.
¿No estaba en sus manos? ¿No era aquel hombre como un dios para él?
El caso es que siempre tenía que haber alguien por encima; antes su madre, ahora aquel hombre…
Deseoso de saber cómo era ese dios, se fijó en él –no le bastaba ver cómo se manifestaba allí sentado, autoritario, dando órdenes—, y para eso se concentró en su cara, angulosa, marcada por los salientes de la mandíbula, el mentón y la nariz.
Despacio, se aproximó a ella con la mirada cerrando el ángulo cada vez más, directo hacia los ojos.
¿No eran iguales a los suyos? Hundidos, opacos, pequeños.
Bajó hacia la nariz, recta, delgada, como un estilete, y se detuvo en las fosas nasales, casi ausentes.
Compuso un cuadro al que incorporó después la boca, apretada, estrecha, inexpresiva, de labios delgados sin volumen ni color, planos en la comisura.
¿Sus propios rasgos? Incrédulo, encuadró aislada la imagen para completarla y la frente, las sienes, los pómulos, la prominente mandíbula, encajaron con exactitud.
Y entonces aquel reflejo adquirió significado de inmediato, un significado que lo sobresaltó haciéndolo apretarse contra el respaldo del asiento.
De pronto comprendió: su mente se abría, le mostraba su propio interior.
Era a él a quien veía en realidad, una parte de él, oculta hasta entonces bajo capas y capas, que ahora se le manifestaba abiertamente, esculpida en el rostro que tenía delante.
¡Un rostro en el que se encontraba reflejada, como en un espejo, su propia imagen!
El descubrimiento, inesperado, lejos de producirle el menor desasosiego, le proporcionó una alegría desbordante, infinita. ¿Qué significaba aquello? ¡A quien en realidad tenía delante era a él!
Y de pronto le pareció que se hinchaba, apropiándose de la fuerza de todos: del policía, de la mujer, de su madre…
Nacía a una nueva vida. Ya no era él el único que no sabía, el que se encontraba en un plano inferior, el que sufría las situaciones.
Ahora gobernaba, miraba con superioridad hacia abajo, dominaba, y se sintió liviano, como el aire remansado tras una tormenta, y sonrió.
Pero no con una sonrisa visible, superpuesta, sino con un rictus verdadero, hacia dentro.
Y cuando volvió a ver al otro lado de la mesa el auténtico rostro del hombre del pelo grisáceo se dio cuenta de que todo su odio hacia él se había esfumado y de que lo que en el fondo le inspiraba el policía era una profunda pena.
¿No estaba esperando a que se decidiese?
¿No era en realidad aquel hombre el que dependía de él?
Las tornas habían cambiado. ¡Ahora era él quien controlaba la situación!
¡La época de la sumisión se había terminado!
Bajó la cabeza para penetrar más en sí mismo.
“Si ya se ha calmado me gustaría echar un vistazo a la frutería”, le había dicho.
¿Qué clase de orden era esa? Ninguna. Más bien constituía un ruego.
Y como si se hubiese zambullido de cabeza en lo más recóndito de su nuevo ser y después hubiese iluminado con una bengala aquella parte oscura, jamás hollada por estímulo alguno, comprendió que daba igual lo que aparentase por fuera: por dentro era, él también, un dios.
De modo que, consciente ya de su auténtico poder, alzó la cabeza y miró a su oponente de una forma nueva, sin pudor, descubriéndose, sin importarle que un atisbo de ironía asomase a sus ojos y percibiendo con satisfacción cómo su sonrisa se estiraba ensanchándose hasta abarcar de lado a lado su
rostro.
—Cuando quiera– dijo entonces levantándose con decisión, casi con fiereza.
Y tuvo la confirmación de que cuanto pensaba era cierto al ver cómo el otro, cogido de improviso con el teléfono en el aire, en un gesto congelado de su mano, lo miraba con estupefacción y permanecía todavía unos instantes sentado.