El error Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Esperó, y al cabo de un rato entró el del pelo grisáceo, ojeroso y descompuesto, visiblemente cansado. Durante unos minutos se limitó a escrutarlo con ojos inquisidores desde su sillón, como si tratase de leer su mente. Luego preguntó:

—¿Quiere un café?

Asintió, amodorrado todavía y un tanto sorprendido. El ofrecimiento resultaba extraño después de la rudeza con que lo habían tratado la tarde anterior.

—He de hacerle todavía unas preguntas. Espero que…

—¿Y mi madre?— lo interrumpió, arrastrando la voz.

—Su madre está bien— contestó el otro de mala gana—. Una de nuestras agentes ha permanecido con ella toda la noche.

Pausa rápida, comprimiendo los labios para cambiar de tema e ir directamente a lo que le interesaba. Se veía que al preguntarle por su madre había cortado el hilo del discurso que tenía preparado y eso le había molestado.

Pero lo que le interesara al policía le traía sin cuidado.

Lo que a él le preocupaba era saber qué había pasado con su madre: qué le habían contado, qué había dicho ella y, sobre todo, si estaba enojada.

Por primera vez en su vida había pasado una noche fuera de casa, y en un calabozo de la policía, nada menos, así que si preguntaba “¿y mi madre?”

no era para saber cómo estaba ella –ya se imaginaba que seguiría tumbada en la cama— sino para enterarse de cómo se encontraba respecto a él.

Oyó al otro, que seguía hablando. Decía:

—… Hemos registrado su domicilio. Su madre nos ha autorizado. Quisiera saber si tiene inconveniente en que hagamos lo mismo con la frutería.

¿Café? ¿Inconveniente? ¡Ojo!, se dijo. ¡Aquí está pasando algo! Trató de pensar con rapidez, pero antes de haber llegado a una conclusión sobre qué debía decir y la actitud que debía adoptar, su voz lo traicionó.

—En absoluto— respondió.

Se arrepintió en el acto. ¡Las fotos! ¡Los álbumes con las fotos estaban allí!

—Me alegro. Eso facilitará las cosas. Lo habríamos hecho de todos modos.

Suspiró interiormente. Después de todo su respuesta había sido acertada. Iban a encontrarlos tarde o temprano.

Le llevaron el café y quiso dar un sorbo largo, pero no pudo. Abrasaba, y estaba muy amargo, aunque no vio que le hubieran puesto azúcar y no dijo nada.

—Muy bien, prosigamos.

Un gesto seco con la cabeza y el del ordenador, que seguía sentado ante la pantalla como si hubiese pasado allí la noche, empezó a martillear a su espalda.

—¿Existía algún asunto que lo ligase a esa mujer?

Se enderezó en la silla para estar atento. ¿Había peligro en la pregunta? No, ninguno.

—No.

—¿Está usted seguro?

—Sí.

—¿Entonces por qué iba a verla?

Se mordió la lengua antes de contestar. ¿Sabría algo el otro? Imposible. Si se lo preguntaba era por casualidad. ¿Qué pensaba? ¿Que iba a decirle la verdad? ¿Que iba a descubrirse ante un extraño? ¿Que iba a contarle algo, hablarle de su madre, así, sin más?

—¿Lo hacía por puro placer?

—Buscó una respuesta convincente, pero no la encontró. Era mucho más que eso.

—Sí— dijo simplemente, para zanjar la cuestión.

—¿Qué postura solían adoptar?

La pregunta, repentina, además de desorientarlo, lo hirió como si le hubiesen dado un hachazo en plena frente. Ellos no adoptaban ninguna postura. ¿Qué se creía aquel individuo? Él sólo la tocaba; la miraba y le palpaba el trasero, nada más.

—No entiendo…— dijo para ganar tiempo.

—¿Cómo que no entiende? Se lo preguntaré claramente: ¿La tomaba usted por detrás?

Sintió cómo comenzaba a sudar, los poros de su piel dilatándose y abriéndose para expulsar, como minúsculos vol canes, las gotitas que se acumulaban. ¿Tenía que explicarlo? Ellos no practicaban ningún intercambio carnal. Sus necesidades eran otras.

—¿Es que no me oye? Le estoy preguntando si se la tiraba también por detrás.

Acorralado. Algo presionaba su cabeza, y el sudor lo traicionaba. ¿Qué hacer? De prisa; hay que responder lo que sea…

—No— contestó —. Yo sólo... la tocaba.

El otro se puso en pie y esbozó una sonrisa.

—¿Sólo la tocaba? ¿Qué me dice? ¿Era eso todo lo que hacían? Vaya... ¿Y cómo la tocaba? ¿Le pedía que se arrodillara?

¿Por qué estaba nervioso? ¿Qué había de malo en eso? ¡Él la respetaba! Y el otro sonreía ladinamente, lo hacía sentirse sucio, rastrero. ¿No habría sido peor que la tomara? ¿Y qué más daba cómo la tocara?

—Sí…, algunas veces.

Mentira. Casi siempre. Era la postura que más le gustaba.

—Bien, no tiene importancia; para el caso da lo mismo cómo empleasen el tiempo— concluyó el otro a la vez que empezó a moverse. Ahora lo veía aproximarse a él dando la vuelta a la mesa a la vez que preguntaba:

—¿Usa usted guantes?

¿Guantes? ¿A qué venía aquella pregunta? Naturalmente que los usaba, como casi todo el mundo.

—Sí. En invierno...

—No me refiero a eso, digo guantes domésticos.

—No.

La presión en su cabeza aumentaba, como si una mano descomunal la tuviese cogida como una pelota y apretase enterrando los dedos en ella.

—¿Ninguna clase de guantes?

Encogiéndose de hombros:

—No.

—Entonces debió de comprarlos…

Ya estaba ante él. Parecía un gigante cuando se dobló apoyando la mano en el respaldo de su asiento y, ensartando en sus ojos unos ojos acusadores, que lo perforaron como sables clavándose un bloque de mantequilla, le espetó:

—¿Sabe que la estrangularon cogiéndola por detrás, como si estuviera arrodillada y con el culo levantado? Utilizaron guantes de látex para no dejar huellas.

Empapado. Guardó un tembloroso silencio. Hasta el del ordenador había dejado de teclear.

—¿Cómo?

—¿Qué es eso de cómo? ¿La estrangularon así? Dígame. ¿Fue así cómo lo hicieron?

—Yo no la maté.— se defendió, estirándose para protegerse, queriendo quitárselo de encima.

—¿De veras? Venga, hombre. Cuénteselo a otro.

—Le juro que yo no...

—Me jura, me jura... ¡Vamos! ¡Está claro que fue usted! ¿Por qué? ¿Qué le había hecho? ¡Sólo era una puta!

¡Una puta! ¡Ella una puta! ¿Qué estaba diciendo aquel animal?