Capítulo 2 #3
—¿Qué pasa? ¿Le gusta jugar a las adivinanzas?
Optó por callar. Dijera lo que dijese no servía de nada.
¿Qué estaba ocurriendo? La mujer estaba muerta.
La habían asesinado, decían. Por un momento se alegró, aunque eso supo guardarlo muy bien para sí.
Alguien había resuelto su problema. Sí, la echaría de menos una temporada, pero se reharía. Ya no la necesitaba. Tenía a su madre.
El policía se separó de la mesa y se acercó al ventanal con las manos en los bolsillos, dándole la espalda, como si mirase hacia la oscuridad que acababa de apoderarse del exterior.
—¿Sus visitas se producían siempre a la misma hora?
La pregunta atravesó el aire como un disparo. El otro no cejaba en su empeño. Había que responder.
—No.
—Establecían cita previa, entonces.
—Sí.
—¿A qué hora solían citarse normalmente?
Dudó… La verdad; mejor decir la verdad, por si las moscas.
—A las ocho y media.
—¿Era la hora más usual?
—Sí.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
El policía se volvió de repente.
—Ella fue asesinada alrededor de las nueve menos cuarto.
De nuevo aquellos ojos escrutadores, la mirada que horadaba.
—¿No le parece una asombrosa casualidad?
Pausa. Pensando. Él no la había matado.
—Yo no la veía todos los días.
El otro se separó de la ventana y volvió a sentarse en su butaca, tras el escritorio.
—¿Sabe que de todos los clientes que tenía, al menos de los que nosotros hemos podido constatar, es usted el único que, por lo que se ve, carece de coartada?
—Le repito que yo no he matado a esa mujer.
—¿Y qué me dice del hecho de que la hora de su muerte coincida con la de las horas en que usted la veía?
—Pura coincidencia, supongo.
Los otros se miraron. El del pelo grisáceo insistió:
—¿Se da cuenta de que su actitud no lo está ayudando en absoluto? ¿De que nos obliga a retenerlo al aparecer como sospechoso?
—Yo ya les he dicho todo lo que puedo decirles.
El policía lo miró con ojos de ave rapaz, se echó hacia delante en el sillón y dijo, pronunciando las palabras con exagerada lentitud:
—Y yo estoy completamente seguro de que no.
Al instante se puso en pie como si lo hubiese levantado un resorte.
—Llévenselo de aquí— ordenó a los dos que lo escoltaban.
Lo sacaron de la habitación. Según salía por la puerta, empujado, oyó al que no había hablado todavía, que comentaba –debía de ser él, pues era una voz nueva—: “…habrá que interrogar a su madre y registrar cuanto antes la casa y la frutería...”
Ya no escuchó más. Volvieron a llevarlo al calabozo y lo dejaron solo. ¿Interrogar a su madre? Que lo hiciesen ¿Qué iba a decirles? ¿Que él hacía lo que quería? ¿Que él, ahora, hacía lo que quería?
Se sentó en el banco despreocupadamente, casi alegre, y mantuvo la espalda recta, apoyada contra la pared. ¿Despreocupadamente? Ni mucho menos. Ahora estaba solo y no tenía sentido engañarse: Temblaba sólo de pensar en lo que acababa de escuchar. ¿Cómo reaccionaría su madre?
La imaginó en el lecho, rodeada de una corte de uniformes, agarrando fuertemente las sábanas entre sus dedos huesudos, retorciéndolos, y tratando de ocultarse debajo, avergonzada, mientras escuchaba.
La imaginó deseando esconderse de todos, tapándose los oídos, rogándoles que callaran en tanto mascullaba para sí el peor castigo, un escarmiento ejemplar para el hijo díscolo…
¿Pero cómo? ¡Si no temblaba! ¿Es que aquella imagen no lo aterraba? ¿Todo lo que había construido con su madre desde el día de la espina se vendría abajo de un plumazo y él, en cambio, estaba tan campante? ¿Por qué? ¿No le importaba?
Le llevaron la cena —una sopa y una loncha de jamón cocido que parecía de goma—, que no probó.
Se sorprendía de la calma que reinaba en aquel lugar.
Eran los primeros momentos de tranquilidad de que disfrutaba desde que había intentado volver a ver a la mujer.
¿Por qué lo había hecho? ¿Era realmente necesario?
Respiró aquella calma y, para zambullirse por entero en ella, cerró los ojos y levantó los brazos inspirando con lentitud. Después se tumbó en la litera.
Las barras transversales se clavaban en sus costillas y bus có la mejor postura.
Había telarañas en las aristas del techo.
Mojó la punta de su dedo índice en la lengua y comenzó a trazar rayas en la pared mientras trataba de recuperar el hilo de sus pensamientos en el despacho.
Así que la habían asesinado… Lo malo era que le echaban la culpa a él.
¿Quién la habría matado? Nadie, se dijo enseguida.
Es decir, cualquiera. Esa clase de mujeres se pasan el día metidas en asuntos turbios y conocen a tipos de la peor calaña, así que es fácil que alguno le haya ajustado las cuentas.
Y se tranquilizó pensando que era una cuestión de tiempo que lo dejasen en paz y que al final todo se aclararía.
Esta conclusión no le satisfizo, pero la justificó pensando que al fin y al cabo no sabía nada de ella: a qué se dedicaba el resto del día, cuales eran su relaciones, con quienes se veía... ¿No era una completa desconocida para él?
Entonces una idea repentina lo asaltó brutalmente, como si hubiese chocado contra un poste a quinientos kilómetros por hora: ¿Habría asesinado su madre a la mujer?
¿Por qué no?, se dijo en voz alta, incorporándose, y permaneció así un tiempo, erguido y con la mente encasquetada en otro lado, dando tumbos, lejos de cualquier lugar.
Volvió a dejarse caer en el camastro y, dominado por una repentina excitación, trató de efectuar una reconstrucción de los hechos: Su madre, acostumbrada a tenerlo en jaque toda su vida, pegado a ella, advierte de pronto un desinterés, un abandono,
junto con largas ausencias que no consigue explicarse.
Decidida a conocer las causas y a cortar de raíz esa perturbación, lo estudia cuando habla con él, lo investiga cuando vuelve tarde a casa, y entonces, en cualquier momento, se produce una circunstancia, algo, cualquier cosa que él no percibe, algún descuido sin importancia que resulta crucial,
y descubre la existencia de la mujer.
A partir de ahí su madre no tiene más que…
Frenó la corriente de sus razonamientos.
¿No tiene más que qué? ¿Se había vuelto loco?
¿Cómo iba su madre a averiguar nada y menos aún a matarla?
¿O es que su estado le permitía corretear por ahí haciendo pesquisas y asesinando a mujeres?
Rotundamente no. Claro que, podía haber encargado el trabajo a alguien…
Eso también era una tontería. Primero: su madre no tenía ni idea de que se veía con aquella mujer, y segundo…
¡Segundo nada! ¿Qué era lo que le pasaba por la cabeza?
Su madre no podía saber de su existencia en modo alguno, y menos aún habría sido capaz de cometer u ordenar cometer a alguien su asesinato.
¿O sí?
Se sintió agitado. El brazo le pesaba tanto que tuvo que ayudarse con el otro para mantenerlo levantado mientras completaba el dibujo.
En ese momento la puerta se abrió y miró hacia allí.
Una luz verdosa procedente del pasillo bañó la celda.
Sin la menor extrañeza, como si hubiese estado esperando que en cualquier momento se produjese ese hecho, se levantó y la cruzó.
Volvía a casa; allí estaba el portal. Sintió una alegría inmensa al ver que todo había pasado.
Subió las escaleras y al llegar ante la puerta sacó las llaves e introdujo una en la cerradura.
La llave no giró. Se fijó en ella. Era la buena.
Volvió a introducirla, pero aunque entraba sin dificultad y probó hacia los dos lados no pudo moverla.
Súbitamente la puerta se abrió. Sobresaltado, dio un paso hacia atrás al tiempo que aparecía una mujer.
¡Ella, la mujer! ¡Entonces no la habían matado!
¡Era mentira que había muerto! ¡Y estaba allí, en su casa!
Vestía un largo camisón de color blanco y su rostro parecía esculpido en cera.
Sus labios, tensos, se unían en una línea tan delgada que parecía trazada con un cuchillo, lo que daba a su semblante una expresión severa.
La mujer abrió la boca para hablar, pero durante unos instantes se limitó a observarlo sin decir nada. Luego bajó la vista y con una voz distinta a la suya, gutural, que le recordó la de su madre preguntó:
—¿Por qué vienes a verme?
Él no respondió.
—¡Dime! ¿Por qué?— insistió la mujer.
—Ésta es mi casa— balbuceó—. Nadie sabe que lo hago.
—Yo sí— susurró ella, levantando hacia él unos ojos sin vida, y añadió—: Y tu madre. También ella lo sabe.
Sintió una opresión que le subía por el pecho y se apretó contra la pared del descansillo buscando con los brazos un asidero al que agarrarse.
—Mi madre está muerta— dijo.
—¡Te equivocas!— replicó ella—. ¡Soy yo quien lo está!
Sintió pánico. El rostro de la mujer era ahora el de su madre, y donde hubiera debido estar su cuerpo había una araña gigantesca que ocupaba casi toda la puerta. ¡Una araña con el rostro de su madre!
Desordenadamente, echó a correr escalera abajo, aullando de terror sin conseguir que de su garganta surgiese sonido alguno.
Huía sin aliento, sin ver dónde pisaba, sin mirar hacia atrás, bajando a grandes saltos un piso tras otro y preguntándose si oía a aquella bestia corriendo tras él.
La escalera des aparecía bajo sus pies, los peldaños no concluían nunca, los descansillos se sucedían interminablemente…
Por fin alcanzó el portal. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡La puerta! ¡Se cerraba!
El estrépito producido por la hoja al golpear lo hizo volver en sí. ¿Se había dormido?
Se dio la vuelta pesadamente en el camastro. El cuerpo le dolía, y el recuerdo de la terrorífica imagen de la araña rebrotó cuando sus ojos se abrieron.
—¡Vamos, arriba! ¡El jefe quiere verte de nuevo!
Esta vez era un solo policía el que había ido a buscarlo.
Se levantó con lentitud –tenía el cuerpo molido, como si hubiese permanecido tumbado varias horas sobre el mismo lado— y, casi a empujones, el policía lo condujo hasta el despacho que ya conocía.
Estaba vacío. Por el ventanal vio claridad en el exterior.
El día aún estaba formándose; debía de ser muy temprano.
Se había pasado durmiendo toda la noche.