El error Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Comenzó a farfullar cifras desobedeciendo su propio impulso.

Estaba tan aturdido que si se daba cuenta de que lo hacía, de que pronunciaba, era porque sus labios chocaban uno contra el otro y su lengua se paseaba chasqueando por el cielo de la boca.

Luego, con una contracción involuntaria de su brazo, acercó el auricular a la oreja con lentitud.

El teléfono era inmensamente grande y pesaba una tonelada.

La espera se le hizo eterna mientras se sucedían los tonos. ¿Cuántos iban ya? ¿Cinco, diez, sesenta? No veía nada. La luz se había ido y todo estaba húmedo y oscuro.

De repente oyó la voz de su madre y el corazón se le dis paró. Aunque era una voz lejana, que aparentemente no podía afectarle, se sobresaltó de tal modo que palideció y se quedó sin habla. Sus labios estaban rígidos y su lengua parecía cosida a la base del paladar.

Le arrancaron el teléfono de la mano. El del pelo grisáceo.

Entre nubes, vio cómo se lo llevaba a la boca y lo oyó preguntar: “¿Es usted...?”

La habitación se había llenado de norias que giraban con un silbido intermitente, los objetos se hinchaban como globos y el aire era un polvillo rojo que se espesaba cada vez más, formando dentro de su boca un engrudo que le impedía respirar.

—Soy el comisario...

Estaba perdido. Su madre iba a matarlo.

—… tenemos retenido a su hijo... No, no; se trata sólo de algo rutinario, pero no sabemos cuánto va a durar...

No se inquiete, está bien... Claro, claro, nos lo ha dicho...

Le envío a uno de mis hombres para que se ocupe de usted mientras tanto.

Sí, él le dará cuantos detalles necesite...

Sí, sí, claro... Sí, no se preocupe... Adiós.

Vio cómo colgaba, la mano que descendía y se posaba como si se materializara ante él tras una larga ausencia, y, coincidiendo con el instante en que el auricular encajaba con un ruido característico en su receptáculo, oyó una explosión dentro de su cabeza.

Mejor dicho, oyó varias explosiones seguidas, y le pareció que la luz volvía, que todo –el temor, la lobreguez, la humedad— desaparecía súbitamente como por arte de magia, igual que si despertase de un hechizo.

Porque a cada nueva explosión, la habitación se iluminaba más y más, los objetos se deshinchaban, recuperando su forma anterior, y el polvillo rojo se difuminaba hasta que finalmente acabó por desintegrarse, disuelto en el aire.

Entonces vio y oyó con claridad a aquel hombre –de pronto veía y oía todo con absoluta claridad— llamar a un subordinado mientras se levantaba y darle instrucciones junto a la puerta sobre cómo desenvolverse y qué decirle exactamente a su madre…

—... Y sobre todo no la pierda de vista un instante. Después espere allí hasta que yo llegue. ¿Entendido?

Suspiró con una mezcla de horror y satisfacción.

Ya no había vuelta atrás. Su madre lo sabría todo: lo de sus citas con la mujer, lo de su relación con ella...

Bien. ¿Y qué? Siempre había sabido que su comportamiento era arriesgado.

Ahora simplemente vendrían las consecuencias.

Funestas, sí, pero había que afrontarlas.

A la mierda su madre. ¿No se había liberado de ella?

¿No se había librado por fin de su nefasta influencia?

Sorprendido de sí mismo, con absoluta despreocupación, incluso con frialdad –como si fuese completamente otro—, sacó las llaves de su casa del bolsillo del pantalón y las mantuvo en el aire mientras recitaba en voz alta la dirección.

El del pelo grisáceo las cogió —¿con aparente desconcierto?—, y en cuanto su ayudante hubo salido del despacho con ellas regresó a su mesa y se sentó.

Ahora percibía, se daba cuenta de lo que iba a ocurrir. Allí todos aguardaban. ¿Aguardaban? ¿A qué? Él no diría nada. No tenía por qué. Al fin y al cabo, ¿quiénes eran ellos? ¿Por qué tenía que darles explicaciones? ¡Si acababa de jurar para sus adentros no dárselas ni siquiera a su madre!

ooo0ooo

El policía comenzó a hablar. A su espalda, el del ordenador reanudó su monótono teclear.

—Le hemos detenido como sospechoso del asesinato de una mujer...

Vio cómo el otro levantaba unos cuantos papeles de la mesa y recitaba el nombre y la dirección, y a raíz de ese hecho la confusión volvió a instalarse a sus anchas en su cabeza: ¡Asesinato!

¡Así que era eso! Recordó la habitación expuesta al aire, como un templo desprovisto de su techumbre, invadido por la luz, la cinta atravesando la puerta…

Y su nombre. ¿Era aquél? De modo que el que aparecía en el anuncio del periódico, el nombre por el que él la conocía, era falso.

Claro que, ¿qué era un nombre? ¿Acaso significaba algo el suyo?

Un nombre no representaba nada. No era más que una pretensión estúpida de concretar lo imposible, de encerrar la complejidad de un ser en una palabra aleatoria y vacía.

—¿Visitaba usted a esa mujer?

Levantó la mirada, que había bajado hasta perderse en la maraña de papeles que cubrían la mesa. El policía estaba hablándole.

—¿Es que no me ha oído?

Sintiéndose aturullado de pronto, por haberse distraído:

—¿Cómo?

—Que si visitaba usted a esa mujer.

—No— se le escapó.

—¿Entonces qué había ido a hacer allí?

Titubeó. ¿Qué había dicho? ¿Que no? No debía mentir así. Había un asesinato de por medio. Mentir no le reportaría nada.

—Se lo preguntaré de otra manera: ¿Era usted cliente de esa mujer?

Pausa. Pensando… Daba igual.

—Sí.

—¿Asiduamente?

—No, sólo algunas veces.

—¿Qué significa algunas veces?

Las preguntas caían sobre él como brasas arrojadas con un tirachinas.

—Al principio la veía asiduamente. Después no.

—¿Cuándo es al principio?

—Hace unos tres meses. Cuatro quizá.

—¿La vio usted hace tres días?

—No me acuerdo. Oiga, yo no he hecho nada…

—¿No se acuerda?

Negó con la cabeza.

—No.

—Haga memoria.

Se agitó. Era cierto: no es que no quisiera responder; es que no se acordaba. Trató de abrir un pasadizo por el que introducirse en su recuerdo, pero éste era tan sólido como una bola de hierro.

Sacudió la cabeza, negando.

—¿Qué hizo ese día?

—Lo de siempre.

—¿Qué es lo de siempre? ¿Lo de siempre cuando iba a verla o lo de siempre cuando no iba?

—No lo sé. Ya le he dicho que no me acuerdo.

¿Por qué respondía? ¿Por qué, sencillamente, no se levantaba y se iba?

El policía se reclinó hacia delante e hincó los ojos en él.

—Me parece que se acuerda perfectamente de lo que quiere.

El comentario lo alertó. El policía volvió a dejarse caer contra el respaldo del asiento.

—¿En qué se ocupa usted?

De pronto volvía a pensar en su madre. Sin querer. Fastidiado, trató de arrancar ese pensamiento de la cabeza sin que se reflejase nada en su cara.

—Tengo una pequeña frutería.

—¿La atiende usted mismo?

—Sí.

Eso es. Mejor así, sereno.

—¿Todos los días?

—Sí.

—¿Empleados?

—No, ninguno.

—¿Estuvo allí también ese día?

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

—Sí. Es decir, al mediodía fui a comer con mi madre. Es lo que hago siempre.

—¡Vaya! ¡De eso sí se acuerda!

¿De eso sí se acuerda? Esta vez el comentario le molestó. Ya era el segundo. ¿A que venía? ¿No estaba respondiendo? ¿Qué insinuaba el otro? ¿No era él el dueño de su mente? ¿No podía acordarse de lo que le diera la gana?

—¿Volvió después de comer?

—Sí.

—¿Y a qué hora se marchó después?

—Tarde. Me entretuve...

—¿Lo vio alguien? ¿Habló por teléfono?

Negó dubitativamente.

—Es usted un tanto peculiar, ¿sabe? De algunas cosas no recuerda nada, de otras se acuerda a la perfección... Dígame: ¿por qué salió huyendo del piso de esa mujer?

Pausa. Recordando. En efecto, había salido huyendo.

—No lo sé.

—¿Qué pasó? ¿Tuvo miedo?

—Sí.

—¿De qué?

Silencio. ¿Por qué había dicho que sí?

—¿No me ha oído? ¿Tuvo miedo y no sabe de qué?

—No, no es eso...

—¿Entonces?

Por no quedarse quieto, sólo para que no emergiese a la superficie el hervidero que bullía en su cabeza, giró el cuello como si mirase al que estaba sentado en la butaca pero sin mirarlo, sin fijar la vista en nada, incapaz de dar con una explicación que no lo traicionara.

No quería que supiesen quién le inspiraba aquel miedo.

—¿Quiere hacerme creer que salió huyendo porque sí, igual que podía haberse sentado en el suelo y ponerse a tararear una canción?

¿Cómo? El otro le hablaba, le preguntaba algo.

—Sí…

—¿Y fue también por esa razón por lo que no respondió allí a nuestras preguntas?

¿Allí? ¿Dónde? ¿En casa de la mujer? Sí, le habían hecho preguntas.

—No lo sé; estaba asustado.

El policía tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—Esto no conduce a nada— dijo, y se quedó mirándolo.

Hizo una señal al que estaba sentado en el sofá y los dos se levantaron y salieron de la habitación.

Nervioso a causa del silencio que siguió, empezó a hurgarse la nariz —sentía las fosas nasales tan atascadas que le parecía milagroso que el aire pudiese pasar a través de ellas— procurando dar la espalda al del ordenador.

No le importaba hacerlo delante de los policías que lo flanqueaban, policías callejeros, acostumbrados a todo al fin y al cabo, pero que el otro –un funcionario de oficina— pudiese verlo lo incomodaba, lo hacía sentirse innoble, ordinario, inferior.

Al cabo de un rato regresaron los otros dos. El del sofá se quedó de pie, junto a la mesa –por cierto, ¿quién era?, ¿el juez?, ¿otro comisario? Aún no había dicho ni palabra— y el del pelo grisáceo se sentó apoyándose contra el borde.

—Sus lagunas de memoria van a acarrearle problemas— dijo, inclinándose exageradamente sobre él—.

No acaba de decirnos qué fue lo que hizo la tarde del asesinato, ni si alguien lo vio dejar la frutería.

Tampoco sabe por qué salió huyendo, si lo hizo porque tenía miedo o porque no lo tenía...

¡Dejémonos de historias! ¿A qué fue allí?

¿Fue a buscar algo? ¿Algo que quizá dejó olvidado después de matarla? ¿Qué?

Se pasó la mano por la frente. Creyó que iba a encontrarla sudorosa pero, para su sorpresa, estaba seca. Dijo con voz trémula:

—Yo... no he matado a esa mujer.

—Por lo que se ve insiste en no cooperar, ¿eh? ¿Y ante cuál de los dos casos estamos esta vez: ante el de que no se acuerda o ante el de que no quiere acordarse?

—Ya le he dicho que no es eso… Yo…