El error Capítulo 2
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Capítulo 2

Ya en la escalera había sentido algo indefinible rondándole la cabeza. ¿Qué? ¿Una premonición? ¿La vaga intuición de un suceso terrible? De hecho, ese día los peldaños le parecieron muros que se sucedían, cada vez más altos, y subir supuso para él un calvario.

Le parecía que había transcurrido mucho tiempo desde que se habían encontrado por última vez y deseaba estar con ella. Como siempre le sucedía, se había visto atenazado por un sinfín de dudas, pero al final la necesidad lo había hecho ir en busca de su compañía.

Tocó el timbre. El silencio que siguió fue inusualmente largo. ¿Percibió incluso la mirada de un ojo extraño a través de la mirilla? Sí, durante el rato que permaneció esperando ante la puerta sintió que alguien lo observaba. Seguro que no era la mujer, ella nunca lo hacía.

Decidió renunciar, dar la vuelta y marcharse, pero en lugar de eso pulsó de nuevo el timbre.

Oyó voces, susurros, al otro lado de la puerta.

¿Tendría compañía? Debía haberla telefoneado.

Nunca se había presentado sin citarse primero y ahora se arrepentía de no haber seguido aquella costumbre, y más después de un lapso tan largo.

Lo mejor era establecer una hora para el encuentro a fin de que estuviese esperándolo, preparada. ¿Cómo lo había pasado por alto?

Ya iba a llamar otra vez cuando, antes de que llegase a pulsar el botón, la puerta se abrió de pronto y la confusión, el miedo y el aturdimiento se adueñaron del descansillo, la esca lera, la casa y sus sentidos al ver que dos hombres salían del piso y se abalanzaban sobre él.

Intuitivamente, retrocedió y echó a correr escalera abajo, pero otro hombre aguardaba en el piso inferior.

Aturdido, sin saber qué pasaba, comprendió al mismo tiempo que no podía huir y que tampoco había una razón para hacerlo, y se quedó quieto.

Los que le habían abierto la puerta lo sujetaron por detrás, ayudados por el hombre del piso inferior, y lo empujaron contra la pared, donde lo sujetaron y le retorcieron los brazos.

Luego, con un tirón que casi le dislocó los hombros, se lo llevaron escalera arriba.

Había más hombres en el piso de la mujer.

Policías. Lo hicieron entrar. De reojo, pudo distinguir la habitación que siempre ocupaban.

La puerta estaba abierta y una cinta amarilla atravesaba el umbral a media altura.

Las cortinas, descorridas, permitían que la luz entrase a raudales.

¿Era allí donde se encerraba con ella? Sintió un escalofrío.

Parecía una habitación distinta. Mejor dicho, no parecía una habitación; cualquier cosa menos eso.

Le vino a la mente el cuerpo de un gran pez abierto en canal, con las vísceras al aire, expuestas al sol.

Lo condujeron a la cocina y lo obligaron a sentarse en una silla.

Nunca había estado allí; jamás salían de la habitación y no conocía la casa.

Lo rodearon y le hicieron preguntas, muy seguidas, que no contestó.

No entendía nada. ¿Dónde estaba la mujer?

Si no podía verla quería volver a casa. Su madre estaría esperándolo.

Los hombres que lo habían sujetado no dejaban de interrogarlo y a él le costaba comprender y hasta escuchar lo que decían. Su cabeza daba vueltas y la estancia giraba con ella. ¿Qué hacía en aquel lugar? ¿Por qué había vuelto?

Creyó oír: “¿...desde la última vez?”

¿Se dirigían a él? ¿Le preguntaban? ¿Y él qué sabía? Además, si tardaba en regresar su madre empezaría a preocuparse. ¿Por qué no lo dejaban en paz? No podía entretenerse escuchándolos.

Se levantó y unos brazos poderosos lo obligaron a sentarse. Se sentía enfermo, mareado, mientras le planteaban cuestiones que le parecían desatinadas, que no encajaban en nada. Los ojos le dolían y tenía el cuello duro como una tabla. Su madre...

—Escuchen: mi madre...

Lo esposaron, lo alzaron en vilo y lo sacaron por el aire del piso. Bajó las escaleras tropezando y dando tumbos, sujeto por dos fornidos policías, y al llegar a la calle lo empujaron al asiento trasero de un coche aparcado ante el portal. Una sirena aulló y el coche se puso en marcha.

Las calles estaban atestadas de vehículos y la sirena se abría paso entre ellos como un rompehielos a través de una gruesa superficie helada.

Se agazapó entre los que lo custodiaban. Los peatones se volvían en las aceras para escrutar con curiosidad el interior del coche y tenía miedo de que lo vieran. Iba esposado y podían reconocerlo. ¿Quién? Un vecino, una clienta, cualquiera…

La inquietud le impedía pensar. ¿Qué estaba pasando?

¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Policías?

¿De dónde habían salido? ¡Del piso de la mujer!

Algo había ocurrido, algo que quizá lo implicaba.

¿Qué? Él sólo se veía con ella, sólo la tocaba.

¿Y ahora? ¡Se lo llevaban en coche, esposado, pero él no tenía nada que ver! ¡Se trataba de una terrible confusión!

Fuera lo que fuese que había ocurrido él no sabía nada, y lo que tenía que hacer era aclarar aquel embrollo cuanto antes, buscar el modo de poner fin a aquella situación y regresar a casa pronto, o su madre se enteraría de todo y se lo haría pagar bien caro.

¿Qué haría entonces? ¿Le contaría algo como prevención, por lo que pudiera pasar después, o simplemente entraría con normalidad, disimulando, como si nada hubiera ocurrido,

y cuando ella le preguntase respondería que se había quedado en la frutería haciendo inventario y que el tiempo se le había echado encima?

No –contestaría—, el teléfono no había sonado.

Se habría estropeado. Ya llamaría para que lo arreglasen. Y el móvil...

Sintió un pinchazo en la sien y al tocarse con la mano notó una hinchazón. Debía de haberse golpeado con algo, seguramente al bajar a rastras por la escalera.

El coche cruzó una alta tapia a través de una verja de hierro y se detuvo en un patio.

Lo hicieron descender. Salía humo por una ventana baja y olía a comida.

Uno de los policías lo condujo hacia unas escaleras de piedra, junto a un montón de cubos de basura, y entró en un edificio de paredes ennegrecidas y algo abombadas.

Dentro había mucha luz. Pestañeó. Y ruido.

Largos pasillos, con bancos adosados a las paredes, surgían a los lados formando un laberinto.

Hombres y mujeres –la mayoría con un aspecto que él calificó para sí de estrambótico— deambulaban de aquí para allá o permanecían sentados, algunos dormitando.

Una nube de policías iba y venía, y detrás de las puertas se oían voces, teléfonos, lamentos, o estallaban de pronto gritos o carcajadas.

Lo registraron, le quitaron las esposas y lo empujaron hasta un despacho pequeño con un mostrador alto, donde un policía con cara de pocos amigos recogió en silencio su documentación y sus escasas pertenencias y le tomó las huellas dactilares. El tampón estaba frío. El policía ni siquiera lo miró.

A continuación lo sacaron de allí y lo hicieron bajar por unas escaleras estrechas y entrar en una habitación blanca completamente vacía.

Una celda. La puerta era de hierro y, enfrente, había un ventanuco enrejado en lo alto por el que apenas se filtraba una banda de luz.

Pegado a la pared había un camastro metálico, también blanco, cuyas patas estaban clavadas al suelo.

Se acurrucó en el banco. Apenas había cesado el eco causado por la puerta al cerrarse cuando vio que volvía a abrirse y lo obligaban a salir.

Dos policías lo condujeron por un camino distinto –cruzaron varios corredores y tomaron un ascensor— hasta un despacho bien amueblado, con un enorme ventanal, en el que había dos hombres.

Uno, delgado y con el pelo grisáceo, ocupaba un sillón de respaldo alto tras una mesa llena de papeles; el otro, corpulento y obeso, estaba repantigado en un sofá que ocupaba un lateral de la habitación.

Se fijó en que fuera estaba oscureciendo.

Los policías que lo habían conducido hasta allí le ordenaron que se sentara ante la mesa y después permanecieron de pie, a su lado.

Sentía la garganta pegada y un agarrotamiento que lo paralizaba dejándolo completamente embobado.

—Tengo que ir con mi madre— fue lo único que se le ocurrió decir—. Va a preocuparse…

El del pelo grisáceo juntó las palmas de las manos delante de la boca. Luego se dejó caer contra el respaldo y dijo:

—Podrá hacerlo muy pronto si colabora. Por el momento está usted metido en un asunto peliagudo.

Miró a aquel hombre. ¿Un asunto peliagudo?

¿Qué asunto? Lo único peliagudo era el lío que iba a organizar su madre si se enteraba de sus andanzas.

Y si no se iba pronto de allí seguro que se enteraría.

¿Qué pasaba? ¿Había sido testigo de algo comprometido?

¿Lo tomaban por otro? ¿Por qué no se le ocurría algo? ¿Por qué no decía nada?

—¿Por qué estoy aquí? Me han esposado.

—¿A mí me lo pregunta? Dígamelo usted.

Se quedó perplejo. ¿Dígamelo usted? ¿Y qué quería que le dijera? ¿Que se veía con aquella mujer? ¿Lo habían detenido por eso?

—¿Quiere llamar antes a un abogado, o que nosotros le proporcionemos uno?

¿Abogado? ¿Qué abogado? Él no necesitaba ningún abogado. Protestó:

—Yo no he hecho nada y no necesito abogados.

—Como prefiera… Veamos: al parecer vive usted con su madre.

Oyó teclear a su espalda y se giró. Había otro hombre en una esquina, escribiendo ante un ordenador. No lo había visto al entrar porque se lo tapaba la puerta.

Volvió a fijar la vista en el del pelo grisáceo. De pronto se había extendido una cortina de niebla entre ellos.

—Repito: ¿Vive usted con su madre?

Asintió, alelado.

—¿Quién más vive con usted?

—Nadie.

Respondía sin querer, incapaz de reaccionar, dejándose llevar.

—Será mejor que la llame para que venga. Ignoro cuánto va a prolongarse esto.

Un movimiento del hombre para acercarle un teléfono negro que estaba sobre la mesa.

—No puede venir. Es paralítica y está tumbada en la cama.

—Entiendo. Pues dígale al menos dónde está. Yo hablaré después con ella.

—No… Escuche, yo…

—Será mejor que haga lo que le digo.

Permaneció mirando a su interlocutor, terriblemente confuso. Luego vio cómo una mano —¿su propia mano?— descolgaba el auricular. ¿Es que estaba loco? ¿Qué iba a hacer? ¿Llamar?

—Dígame el número— dijo el otro—. Yo marcaré.

—Eso es imposible; usted no puede…

—¡Dígame el número!