El error Capítulo 1 #11
35%

Capítulo 1 #11

sólo que esta vez, al disolverse poco a poco en el silencio de la estancia semioscura, dejó una estela de palabras en el aire que, al unirse, formulaban una pregunta terrible: ¿Qué era lo que estaba haciendo?

Se sintió tan mal que guardó el álbum y salió a toda prisa de la frutería, como si quisiera escapar, separarse para siempre de lo que dejaba allí dentro.

Dio varias vueltas a la manzana sin darse cuenta de dónde estaba ni de lo que hacía, con las mandíbulas apretadas, la mente convertida en una licuadora y los músculos tirantes como cables de alta tensión.

La anciana que yacía en la cama, que lo esperaba y necesitaba de él, era su madre, la que le había dado el ser, y la estaba perdiendo a pasos agigantados.

En cambio, aquella otra mujer, aquella extraña que se había interpuesto entre los dos, ¿quién era?

Extraviado completamente, volvió a entrar en la frutería y cogió el teléfono para llamarla.

Quería decirle –le daba igual si era un síntoma de debilidad— que se encontraba mal, que estaba harto de verla y que rompía su relación ella.

Sería tan lacónico como pudiera y, para evitar controversias, daría a su voz un tono hostil y autoritario que no dejase lugar a dudas ni ofreciese a la mujer ninguna posibilidad de réplica.

Marcó el número y esperó. El teléfono le quemaba en las manos. Los tonos se sucedían…

Entonces colgó. ¿Qué iba a hacer? ¿Cortar con ella? ¡No!…

Apagó la luz y salió a la calle. Se sentía mareado y sus manos y su frente estaban húmedas.

Hacía frío. Abrochó los botones de su chaqueta de lana y se alejó acera delante titubeando, caminando encorvado, deprisa, mientras su mente se enturbiaba cada vez más y el mundo entero parecía retorcerse alrededor ovillándose en una bola compacta y oscura.

Un aire gélido se levantó. ¿Sentía aquel aire?

Caminaba por un túnel de contornos cambiantes, y las paredes, cercanas y a la vez lejanas, se abombaban a su paso oscilando y cerniéndose sobre él como si fueran de agua.

¿Oía pasos? Los suyos, un taconeo rítmico y persistente que producía un eco doloroso y penetrante, como si un pájaro le picotease el cerebro. ¿Los de alguien más?

Miró hacia atrás sin ver, sin volverse, fue su mente la que se giró, arrastrada por un torbellino, pero no veía nada, sólo un fondo permanente de luz. ¿O sí? Una silueta. ¿Su madre?

Su cerebro era una pantalla sobre la que se proyectaban imágenes entremezcladas mientras caminaba: Se veía de niño con su padre, en la frutería, esperando a que cerrara mientras mordisqueaba una manzana que él le había dado; veía el rostro de la mujer, dibujado desde varios ángulos, superpuestos;

su padre de nuevo, saliendo de casa cabizbajo hacia un día de lluvia; su madre en la cama, queriendo levantarse, llamándolo, extendiendo los brazos…

Oía algo ahogado —¿un suspiro?, ¿un jadeo?— mientras las imágenes se sucedían sin orden, y después escuchó en algún lado la voz de la mujer cuando le hablaba por teléfono, pronunciando muy bajo, sin ningún interés.

Trató de visualizar aquella voz, proyectarla también dentro de su cabeza para borrar las otras imágenes, pero no fue capaz. Sobre la pantalla seguía su madre.

Cerró los ojos para no verla. ¿Oía aún a la mujer?

Se subió el cuello de la chaqueta. La luz del atardecer se filtraba a través de las cosas con una intensidad cegadora, hiriéndolo como una lluvia de relámpagos, y el aire, helado, se aferraba a su rostro mientras caminaba como la mortaja de un resucitado.

ooo0ooo

Regresó a casa tarde, descompuesto. Como el ascensor estaba estropeado se vio obligado a subir andando, pero estaba tan cansado que tuvo que detenerse un par de veces en los descansillos para relajar las piernas y recuperar el aliento.

Una fuerte agitación había hecho presa en él y se negaba a soltarlo.

Se apoyó contra la pared unos segundos e intentó dominarse. Su madre no debía notar nada.

—¿Cómo vienes tan tarde?

La pregunta cayó sobre él como una tromba de agua helada. Sin saber cómo, había entrado en el piso y se encontraba en el dormitorio, ante ella.

—Eres un mal hijo. Luego dices que no sales— gruñó la vieja.

—Me he entretenido en la frutería.

¿Dijo esto realmente o sólo le pareció que respondía?

—Tengo frío. Échame algo por encima; hoy la casa está helada.

Se quitó la chaqueta, incapaz de ponerse a buscar en el armario, y se la echó por los hombros, y después salió de la habitación esforzándose por no tambalearse.

—Voy a lavarme un poco— dijo casi sin pronunciar.

Se enjuagó con agua templada y permaneció un rato largo doblado sobre el lavabo, practicando inmersiones periódicas de la cara que no consiguieron aliviarlo.

Oía que su madre le gritaba algo, pero no podía hablar: sus labios estaban pegados, su cabeza se estremecía en fuertes sacudidas, como si quisiera desgajarse de los hombros, y se preguntaba por qué tenía entumecidas las manos.

Y cuando, trastornado, se alzó para secarse y fijó sin querer la vista en el espejo, éste le devolvió una imagen distorsionada, un conjunto desordenado de reflejos que, al sobreponerse, conformaban una faz deteriorada, caída, un rostro ensombrecido, que no era el suyo.

El rostro de un viejo.