El error Capítulo 1 #10
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Capítulo 1 #10

, desestabilizándolo y sumiéndolo en un mar de dudas cuyas olas se encrespaban amenazándolo todo.

Y es que durante el rato que pasaba con ella se sentía pletórico, como si aquellos momentos fuesen los únicos que constituían su vida y no existiese nada fuera de allí, pero en el instante en que regresaba al lado de su madre una sensación de pesadez se abatía sobre él, un sinsabor,

acompañado de una profunda insatisfacción, y una voz interior le gritaba que estaba actuando mal y que su comportamiento era injusto, indigno, al postergar a su madre, sin merecerlo, a la amargura de la soledad y del olvido.

Por otra parte, sus encuentros ya no resultaban tan placenteros como los primeros.

¿Era porque ella leía, porque hablaban, porque se distraía?

Añoraba aquellos días en los que permanecían en silencio y ella se concentraba exclusivamente en él y en lo que ambos hacían, días donde una familiaridad artificiosa aún no había sustituido a la compenetración instintiva, y a veces le parecía, sintiéndose decepcionado,

que aquellas citas no sólo suponían una lamentable pérdida de tiempo, sino que lo único para lo que servían era para robar a su madre la atención que él derrochaba con una desconocida.

Una desconocida, además, a la que había revelado secretos únicos, a la que había hecho partícipe de su vida…

¡Una extraña a la que había hablado mal de su madre!

Ahora se arrepentía. ¿Qué había hecho? Era un desgraciado, la había traicionado. ¿No había sido un abuso que, mientras ella estaba postrada en una cama, indefensa, viviendo ingenuamente sin sospechar nada, él se hubiese dedicado a andar por ahí adelante difamándola?

A ratos se maldecía y a ratos se disculpaba, se reprobaba su conducta, la justificaba, pasaba de la tristeza a la alegría, de la exultación a la depresión,

en una oscilación que lo zarandeaba como si viviera permanentemente subido a una barcaza de feria y que provocaba en él una congoja que lo atenazaba como un ave de presa y de la que pensaba que no iba a ser capaz de desprenderse nunca.

Hubo todavía otro suceso que le afectó, viniendo a complicar aún más las cosas, y que se produjo cuando aquella clienta, aquella arpía que lo incomodaba constantemente en la frutería, lo sorprendió un día al decirle:

—Es usted demasiado bueno. Debería dejar de pensar en los demás y tomarse unas vacaciones. No le vendría nada mal irse una temporada.

¿Por qué le afectó tanto aquel comentario?

¡Si sólo obedecía al hecho de que se había negado a venderle unas peras que no habían dado buen resultado!

¿Entonces por qué lo tuvo en vilo durante una semana, como si una sombra lo siguiera a todas partes burlándose de él y señalándolo con un dedo que era como un dardo clavado en una llaga?

¿Por la petulancia con que estaba hecho?

¿Porque provenía de alguien como su madre, de otra vieja?

No; no fue por nada de eso, sino por algo mucho más simple y, a la vez, más escabroso, algo que no se refería a aquellas peras ni a fruta ninguna.

Fue porque encerraba la posibilidad de que, de un modo u otro, su comportamiento con su madre y su relación con la mujer se hubiesen hecho obvios a todo el mundo —como cuando compró aquella revista—, pensar que sus interioridades estaban en boca de todos…

¡Él no quería ir a ninguna parte, y sin embargo claro que quería irse!

¿Pero cómo había llegado a averiguarlo aquella vieja?

¿Acaso lo llevaba escrito en la frente? ¿Se habría ido de la lengua alguna vez?

Seguro que no. Aquella estúpida era una metomentodo que se inmiscuía en asuntos que no le atañían lo más mínimo, nada más.

¿No le hablaba siempre, mientras la atendía, de cosas que no venían a cuento?

¿No lo entretenía mientras despachaba? ¿Y no tenía después, cuando se iba, la amarga sensación de que ella lo había hecho hablar demasiado?

¿No se sentía incómodo, casi inquieto, como si tuviese la certeza, aún sin ser consciente de ello, de haber sido analizado, viviseccionado?

Pero ¿y si no era así? ¿Y si era aún peor y aquella arpía decía simplemente lo que ya sabían todos, sólo que sus comentarios se producían porque ella, al contrario que los otros, no se callaba?

Esta maraña de dudas no sólo perduró, sino que, unida al torrente de sentimientos contradictorios que lo recorría por dentro, se hizo más intrincada conforme fueron pasando los días.

Para colmo, su madre volvía a las andadas sin venir a cuento.

Es decir: sin venir a cuento no. ¡Justificadísimamente!

Lo que ocurría era que ella percibía su ausencia.

¿De qué servían las alusiones que él hacía, a modo de recordatorio, para mantener vivo el asunto de la espina?

¿Dé qué sus constantes esfuerzos por calmarla, por hacerle ver que todo seguía como antes?

¡Si era él, con su distanciamiento, quien provocaba aquella reacción!

Decepcionado, le dio por pensar que nada había valido la pena.

Por un lado, se sentía engañado por su madre: ¿No había dejado a la mujer sin dudar un segundo en cuanto vio que ella comenzaba a tratarlo de otra forma?

¿Y no había sido una elección en contra de sí mismo al renunciar de ese modo a una dicha segura?

Pero, por otra parte, se daba cuenta de que al reanudar aquellos encuentros había perdido una oportunidad de oro para consolidar la incipiente y todavía frágil unión que inesperadamente había empezado a establecerse entre él y su madre.

Este cúmulo de incertidumbres, de sentimientos contrapuestos, era como un grano infectado, una bolsa de pus que aumentaba día a día de tamaño hasta que una mañana reventó como si una granada le hubiese estallado delante de la cara.

Fue mientras se afeitaba. Su madre le había preguntado con un tono de angustia que lo sorprendió y que no tenía nada que ver con la aspereza con que volvía a tratarlo últimamente:

—¿Por qué has vuelto a salir? Me gustaría saber qué se te ha perdido por ahí fuera. Eres un ingrato.

—¿Salir? Si ya no lo hago apenas, madre— había replicado sin atreverse a mirarla de frente.

Porque no era cierto. Claro que salía. Más que al principio, más que nunca; resultaba una necedad negarlo.

Avergonzado, corrió a refugiarse en el baño, donde su imaginación, al aislarse, se distrajo enfrascándose primero en recrear las nalgas apretadas de la mujer cuando descansaba recostada sobre un codo, y, después, en repasar la multitud de fotografías en aquella posición que guardaba en los álbumes.

Pero el eco de la voz de su madre –atribulada, sumisa— al formularle la pregunta acabó por aflorar abriéndose paso en su cerebro como una máquina perforadora y lo empujó con tal fuerza que, sin saber cómo, cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la cisterna.

—¿Qué haces? ¿Qué ha sido eso? ¿Has roto algo? No te habrás hecho daño— la oyó preguntar desde el dormitorio.

Respondió con medias palabras, sólo para tranquilizarla, pero su cuerpo quedó allí sentado, sobre la taza del inodoro, estremeciéndose en pequeñas sacudidas como si se recuperara tras la convulsión producida por un ataque de epilepsia.

Pocos días más tarde volvió a sucederle algo parecido cuando se encontraba en la intimidad de la frutería, después de haber cerrado.

Había vuelto a entrar —impulsado por un imperioso deseo de contemplar las fotografías dado que no iba a reunirse con la mujer— y sostenía uno de los álbumes en las manos cuando, al levantar la vista y posarla sobre una caja de melocotones, sintió que el mismo impacto lo embestía de nuevo,