El error Capítulo 1 #9
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Capítulo 1 #9

Le quitó aquella almohada y, súbitamente, su madre lo agarró por un brazo y le preguntó con una mirada que buscaba el fondo de sus ojos:

—¿Vas a salir hoy?

Él negó con la cabeza, sereno. Su inquietud se había disipado de pronto, disuelta por el contacto de aquel brazo que lo apretaba.

Se sentía bien allí, el ambiente era cálido e invitaba a sumergirse en él.

De modo que fue a la cocina, se sirvió un vaso de leche y volvió enseguida al dormitorio, donde se sentó con ella a ver la televisión.

ooo0ooo

Durante aquel mes creyó vivir en un sueño.

Incluso llegó a leer las instrucciones del móvil, dispuesto a utilizarlo para estar más en contacto con su madre.

Porque de pronto ella era otra. Desde el incidente de la espina –le pareció apropiado bautizar así el suceso— había suavidad en su modo de tratarlo, de dirigirse a él, de pedirle, e incluso de rogarle.

Eso es: pedirle y rogarle. ¿Cuándo había hecho ella eso?

Jamás. En cambio ahora era la regla general.

“Acércame la radio, por favor”, o “preferiría una sopa si no te incomoda prepararla”, era el tono usual que utilizaba en sus frases.

Hubo, además, otro acercamiento mucho más significativo y auténtico que el anterior —al fin y al cabo meramente gestual—, y es que hablaban.

Se comunicaban, se decían cosas; estaban el uno con el otro.

Hablaban de lo que fuese, de todo. Como él regresaba enseguida a casa –hubo días que hasta cerró la frutería unos minutos antes de la hora al suponer que ya no iban a ir más clientas—, se sentaba con ella y merendaban juntos, veían la televisión, la apagaban, comentaban lo que fuese…

Charlaban. Entonces le gustaba dejar que la tarde se estirase y él trataba de estirarse con ella, alargar los momentos, detener el tiempo incluso y hacerlo retroceder después, de manera que cada instante pasase mil veces.

Luego cenaban y él fregaba deprisa, exultante, para volver a su lado enseguida y esperar, mirando de tanto en tanto de soslayo, a que ella se quedase dormida.

Supo así historias de sí mismo, de una infancia que, más que haber olvidado, apenas recordaba haber vivido, incidentes y anécdotas donde ella aparecía siempre de un modo destacado, lo cual, lejos de molestarle, le agradaba.

Esto, no obstante, encendió su curiosidad, y un día acabó por preguntarle por su padre, extrañado de que ella saltase una y otra vez sobre su figura como si nunca hubiese existido, o, de concederle alguna presencia, como si hubiese sido casi un estorbo,

un obstáculo que ella había tenido que salvar para poder seguir adelante.

—No menciones a tu padre— respondió ella—. Ya te he dicho que era un pobre hombre, el ser más inepto que yo haya conocido.

La tranquilidad, la prontitud, con que su madre despachó el asunto lo dejó insatisfecho y con un sabor de boca empastado y amargo. Irritado, no supo cómo reaccionar, y acabó yéndose a la cocina para entretenerse con lo que fuese y poner así temporalmente distancia entre ellos.

Se sorprendió a sí mismo cavilando. ¿Qué sabía de su padre?

Nada. Ni antes ni después de la enfermedad que había dejado a su madre insensible de cintura para abajo.

Sólo detalles sueltos, imágenes que aparecían como destellos y que no bastaban para sostener una figura, como cuando volvió a su casa el día de los gatos, en que su madre lo recibió con una paliza que casi le rompió todos los huesos.

¿Qué actitud había adoptado él entonces?

Ninguna. Observaba la escena con tristeza desde el fondo del pasillo, sí —¿quizá también con un lejano desconcierto?

—, pero lo cierto era que mientras su madre descargaba su ira sobre su espalda, su padre se mantenía lejos y no hacía nada.

¿Le guardaba rencor por eso? En absoluto. Pero no porque le hubiese perdonado —¿acaso tenía que perdonarle algo?—, sino, sencillamente, porque el capítulo de sentimientos relativos a ese hecho no había sido escrito nunca: estaba en blanco.

¿Qué recuerdo venía después? El de su padre muerto al caer por una ventana mientras él estaba en la frutería.

—¿Cómo murió mi padre?— preguntó sin darse cuenta de que estaba en la cocina y su madre no podía oírlo. Daba igual, se lo había preguntado muchas veces y ella nunca había querido darle detalles.

—Lo sabes de sobra; se cayó por la ventana.

—Sí, pero ¿cómo ocurrió? ¿Por qué se cayó?

Los ojos de su madre lo miraban entonces como dos bolas vacías, y su boca apretada indicaba que allí había una pausa, un titubeo, una intención de hablar que se cortaba para medir las palabras:

—Porque era un inepto, ya te lo he dicho.

Apoyó el culo contra el fregadero, flotando a la deriva, sin saber qué hacer.

La muerte de su padre lo había hecho pasar a depender absolutamente de su madre.

Antes era él quien se ocupaba de todo. Aún recordaba cómo había tenido que hacer frente de repente a los asuntos de la frutería: los gastos, las cuentas, los pedidos, la mercancía que unas veces faltaba y otras se acumulaba en tal cantidad que terminaba deteriorándose…

Y recordaba cómo su madre, en lugar de darle un margen, lo hostigaba: ¿No lo llamaba a cualquier hora para decirle que se encontraba mal y que se fuese corriendo a casa?

¿Y no descubría después él, al llegar, que era mentira?

“Sólo quiero comprobar que vas a ser capaz de atenderme como es debido”, era la única explicación que le daba.

Pero, aunque la rememoración de estos sucesos lo incomodaba, el hecho es que la atracción –la fascinación— que el nuevo comportamiento de su madre ejercía sobre él lo eclipsaba todo de tal modo que lo devolvió a su lado sin tardanza.

—¿Cómo se encuentra? ¿Quiere que le prepare algo?

Buscaba su cercanía. Había todavía un montón de historias de sí mismo que desconocía, pilares de su existencia que levantar, huecos en su vida que llenar.

¿Entonces por qué volvió con la mujer? Los álbumes tuvieron la culpa. Ya se había olvidado de ellos, pero un día los encontró al remover los sacos y, empujado por la curiosidad, los abrió y se dedicó a hojearlos después de cerrar la frutería al mediodía.

Lo cierto es que lo hizo sin el menor interés, como quien revisa el contenido de una caja guardada en un desván durante años, llena de papeles que ya no significan nada.

Aquellos álbumes no le interesaban. Representaban su pasado, una parte turbia de él que rechazó en el acto, y por eso los cerró y volvió a enterrarlos tras un montón de cajas debajo del mostrador.

Sin embargo, el hallazgo sembró en él una duda que se acrecentó conforme fue pasando la tarde, y que, convertida en pregunta, apenas le permitió pegar ojo durante la noche: ¿Qué le impedía seguir viendo a la mujer?

Por más que se devanó los sesos dando vueltas en la cama no halló ningún motivo. Al contrario. Ahora que su madre estaba bien, ¿no le reportaría una dicha mayor reanudar los contactos con ella?

No lo pensó más. La tarde del día siguiente, en que volvieron a verse, tuvo el sabor de un rato muy especial.

Al principio, cuando ella le abrió la puerta, se sintió tan incómodo —no sólo porque después del tiempo transcurrido era como volver a empezar de cero, sino porque se avergonzaba de los pensamientos que lo habían asaltado el día que la había visto en la acera— que no fue capaz de sostener su mirada.

Pero luego, cuando pasaron a la habitación y ella se arrodilló enseguida, como siempre, desnuda sobre la cama, sin decir nada –ya nunca lo provocaba—, sus resquemores se disiparon y, al centrarse en las dos jugosas sandías que se contoneaban ante sus ojos,

volvió a sentir la embriaguez de aquellos instantes de liberación y disfrutó con una intensidad que le recordó la de los primeros encuentros —le hizo tres cargas completas de fotos—, si bien ahora se veía incrementada, enriquecida,

por la satisfacción que le producía el cambio que había experimentado su madre.

En definitiva: si volvió con la mujer fue porque, a pesar de la determinación del primer momento, resuelto a esperar un gesto de ella, y del cambio radical operado en la conducta de su madre, se dijo que necesitaba volver a verla.

No creía exagerar; era una verdadera necesidad —ésa fue al menos la conclusión a la que llegó al tratar de analizar las causas— motivada por otra anterior, mucho más poderosa: la de satisfacer el anhelo que provocaba en él la nueva actitud de su madre.

Porque si antes los encuentros con la mujer representaban el único contrapunto a la situación que se veía obligado a soportar en su casa, ahora se habían convertido en lo contrario: un recordatorio permanente de cómo esa situación había cambiado, un regalo,

un añadido al bienestar que encontraba permaneciendo allí la mayor parte de las tardes.

Esta circunstancia, sin embargo, provocaba en él al mismo tiempo una ansiedad que, a ratos, lo hacía lamentarse y reprobar su conducta, pues le parecía que los días que salía eran días en los que dejaba abandonada a su madre.

¿Pero cuál era la solución? ¿Romper con la mujer?

Cuando en los momentos más álgidos de sus cavilaciones llegaba a planteárselo concluía que era imposible, tanto como suprimir una parte de sí mismo, pues, aunque llevasen una existencia independiente, ella guardaba y manifestaba aspectos de su propia naturaleza, como si su ser se hubiese desdoblado,

obrando simultáneamente en dos dimensiones: la de ella y la suya propia.

De hecho, el día que hablaron por teléfono tras la larga separación ella le había dicho con un tono carente de sorpresa al oírlo:

—Me alegro de que quieras volver. No sé cómo has podido olvidarme de repente.

Allí estaba la evidencia. ¿No eran acaso esas palabras la prueba de que ella también le necesitaba? “Me alegro”, había dicho. Es decir, que para ella había sido también una espera.

Los días que siguieron fueron especialmente turbulentos.

Había en el hecho de ver a la mujer un poso que no le satisfacía, que le desagradaba, un sentimiento ambivalente y contradictorio que lo asaltaba en cualquier lugar: en la ducha, mientras lavaba los platos en el fregadero, al colocar las bolsas de plástico con la fruta en la báscula,

al dejar caer monedas en la caja…