El error Capítulo 1 #8
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Capítulo 1 #8

Exceptuando el desconcierto que le produjo en el primer momento aquella reacción inicial, ella jamás le planteó objeciones que defraudasen sus expectativas.

Al contrario, las sesiones fotográficas parecían divertirla, y a él le producían verdadero deleite, pues, aparte de amenizar los encuentros, daban a estos una intensidad penetrante, casi hiriente, nunca alcanzada hasta entonces.

Ella jugaba a adoptar las poses más excitantes, siempre ofreciéndole de un modo u otro la visión de sus nalgas, única que él quería, y él se entretenía jugando a adivinar la postura siguiente antes de que ella se moviera.

Y cuando se cansaban, ella leía un rato mientras él le toqueteaba el trasero acariciándola en silencio como era su costumbre, concentrado al máximo en grabar en la memoria esos momentos a fin de nutrirse de ellos durante los días que fuese a durar su obligada separación.

Su vida discurría así, por un cauce tranquilo, alterado sólo de vez en cuando por enfrentamientos aislados con su madre, que ella provocaba abiertamente y durante los cuales trataba de no dejarse amedrentar, aunque procuraba controlarse para no despertar sospechas,

lo que significaba que siempre terminaba cediendo.

Como el día que ella volvió a la carga, pero esta vez de un modo autoritario, tratando de imponerse como cuando tenía un poder absoluto sobre él:

—Si vas a seguir así quiero que te compres un móvil— dijo, tajante.

Pero él no se dejó amilanar. ¿Si vas? ¡O sea, que ella cedía definitivamente, aceptaba su ir y venir a su antojo! De modo que aprovechó la situación para colocarse una vez más en el plano superior que le correspondía y dijo:

—Ya le he hecho caso y lo he comprado hace días.

—¿Ah, sí?— respondió ella incrédula—. ¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando supiese manejarlo— contraatacó él de inmediato.

—A ver, déjame verlo; quiero ver cómo es.

Salió de la habitación como si despertase de un largo sueño, sintiéndose bien y mal al mismo tiempo. ¿No estaba sometiéndose de nuevo? ¿No actuaba una vez más como ella le ordenaba? ¡Para nada!, se dijo enseguida al darse cuenta de que nadie lo obligaba a contestar sus llamadas.

Cuando regresó, con la caja entre las manos como si llevase una ofrenda, su madre lo cogió de un tirón y se quedó mirándolo fijamente, embelesada, como si contemplase el cofre de un tesoro convencida de que iba a hallar en él una riqueza inmensa.

Entonces sintió náuseas y se dio la vuelta para correr a refugiarse en la cocina. Conocía el significado de aquella mirada y no quería estar presente cuando abriera la caja y sacase aquel chisme, cuando lo manosease como un objeto ritual con el que creía que iba a poder engatusarlo de nuevo.

Se encogió de hombros sin darse cuenta. ¿Y a él qué más le daba? ¡Si no pensaba encenderlo! ¡Ni siquiera pensaba aprender cómo funcionaba!

La voz inesperada de su madre sonando como un cañonazo desde la habitación lo hizo encogerse de hombros, pero esta vez con un calambrazo:

—¿Puedes venir? ¡Quiero saber cómo se conecta!

ooo0ooo

El móvil resultó un arma de doble filo. Por un lado le hacía sentirse invulnerable ante su madre, como un pequeño dios, cada vez que ella le recriminaba que sus llamadas resultaban inútiles, ya que nunca conseguía contactar con él,

a lo que él se excusaba diciendo que aún no había tenido tiempo de leer las instrucciones para aprender cómo funcionaba.

Por otro, empezaba a afectarle tanta reprobación, sobre todo cuando lo llamaba desmemoriado e incompetente, y aunque trataba de controlarse y sustraerse al significado de aquellos insultos, se daba cuenta de que calaban en él como una lluvia fina y desagradable,

empapándolo de un odio hacia la vieja del que cada vez se hacía más consciente.

Fue en ese estado de cosas cuando un día se produjo un incidente que cambió de manera definitiva aquella situación de tira y afloja permanente en que vivía.

Sucedió cuando su madre se atragantó mientras comía un trozo de pescado que él había preparado.

De repente ella tiró la bandeja de un manotazo y empezó a agitar los brazos haciendo unos aspavientos terribles, como si quisiera asirse al aire, y a emitir sonidos guturales mientras su cara enrojecía y los ojos se le hinchaban como si fuesen a ser escupidos de su órbitas.

Él, que había asistido ya a números parecidos, captó enseguida que esta vez no se trataba de ninguna pantomima, sino que su madre se ahogaba de verdad, y no lo dudó: saltó sobre la cama, le separó la espalda del cabecero,

la agarró por el pecho y presionó su diafragma varias veces mediante apretones violentos y secos, como si pretendiera partirla por la mitad.

Su madre tosió, carraspeó hasta que su garganta pareció desgarrarse y finalmente vomitó, y al hacerlo escupió entre los restos de comida una espina del tamaño de una aguja de coser pequeña.

Durante unos minutos tosió y siguió sufriendo arcadas, cada vez más esporádicas.

Luego, ya calmada, posó inesperadamente la mano sobre él y le acarició la cabeza, respirando con fatiga.

Entonces él apoyó la barbilla sobre su pecho y se apretó contra ella en un abrazo antes imposible, y cerró los ojos.

La boca de su madre olía mal, pero aún así permaneció sin moverse, dejándose tocar, dichoso bajo el contacto de aquella mano cuya tibieza lo anulaba todo: el miedo, la cautela, el asco… Hasta la existencia de la otra mujer.

¿Era su madre la que lo abrazaba? ¿Eran sus dedos los que recorrían su pelo, los que se hundían en él jugando con aquella dulzura?

Abrió los ojos para convencerse y se obligó a mantenerlos abiertos a fin vivir aquellos instantes con los cinco sentidos.

¿Por qué no había sido así toda la vida?

¿Por qué se mostraba siempre dura y arisca?

¿Para quién había guardado aquella ternura, aquel tesoro?

¿Por qué lo había hecho buscar en otro lado?

Esperó, embelesado, dejando que aquel momento se extinguiese por sí solo, y cuando al cabo de un rato su madre lo soltó y le hizo un ademán para que se apartara, bajó de la cama, limpió el vómito y aguardó allí sentado a que ella se durmiera.

Después apagó la luz, entornó la puerta y salió, feliz, deteniéndose un instante para asegurarse de que había normalidad en el ritmo de su respiración.

Junto con este incidente, vino a coincidir en el tiempo otro que le causó una profunda desazón y que dio lugar a que dejase transcurrir un mes hasta reanudar sus citas con la mujer.

Fue al día siguiente, por la tarde, cuando se disponía a cerrar la frutería.

De pronto, al poner el pie en la acera, la vio venir desde lejos, caminando tranquilamente en dirección hacia él.

Aunque era la primera vez que la veía vestida la reconoció en el acto.

Traía el pelo recogido por detrás y él siempre la había visto con su negra melena suelta, pero aún así supo de inmediato que era ella.

De un salto, se agazapó en el portal para no ser descubierto. ¿Estaba loca? ¿A dónde iba? ¿A la frutería?

Tras unos segundos se asomó para echar una ojeada, incapaz de permanecer quieto, y tuvo que apoyarse contra la pared para no caerse a causa de su desconcierto.

¡La mujer se había volatilizado! Atónito, contempló la acera vacía y dio unos cuantos pasos, aturdido, y ya creía haber sufrido una alucinación cuando de pronto volvió a verla aparecer de espalda a escasos metros de él, saliendo de algún sitio, y tuvo que correr a esconderse de nuevo.

Extremando la cautela, volvió a asomarse y observó. La mujer se alejaba. Debía de haber entrado en la farmacia, que a juzgar por el parpadeo de su rótulo se encontraba todavía abierta.

Desconcertado, permaneció allí quieto, siguiéndola con la mirada —parecía más delgada que cuando la veía desnuda—, pero apenas pudo ver nada, pues ella dobló la primera esquina y desapareció de su vista enseguida.

El corazón le latía desaforado. ¿Qué habría ido a hacer allí?

¿Es que no había más farmacias? ¿Lo habría visto?

¿Lo espiaba y había entrado en la farmacia sólo para disimular?

Pero, si fuese así, ¿cómo sabía lo de la frutería?

Él nunca le había contado nada. ¿Sabría también por el mismo medio dónde vivía?

¿Se habría dedicado a hacer averiguaciones, a meterse en lo que no le importaba?

Pensándolo bien, ¿qué sabía de ella? ¿Y si resultaba ser una mujer peligrosa?

¿Y si un día se presentaba en su casa y todo se descubría, a pesar de sus esfuerzos por mantener en secreto su relación con ella?

Sólo cuando hubo transcurrido tiempo suficiente como para pensar que la mujer ya no iba a volver a aparecer se atrevió a salir de su escondite y, tras cerrar la persiana cauteloso, con la vista puesta a lo lejos, comenzó a caminar en dirección a su casa dominado por una gran turbación.

Al pasar por delante de la farmacia había visto de reojo que, en efecto, estaba abierta, y eso lo tranquilizó, convencido de que la presencia de la mujer en aquel lugar se debía sólo a una increíble coincidencia.

Sin embargo, había que evitar las coincidencias.

Hablaría con ella. Su visita a aquella zona había sido una temeridad.

Alguien podía ver que se encontraban, relacionarlos.

Claro que, decirle algo sería descubrirse, revelar a qué se dedicaba; en suma: reconocer quién era...

No; si no quería vivir rodeado de peligro lo mejor sería poner tierra por medio, interrumpir los contactos, dejar pasar el tiempo, esperar...

Aguardar, en tal caso, una reacción por parte de ella.

Nada más entrar en casa su madre lo llamó, pero su voz sonó distinta.

Ya al mediodía lo había telefoneado a la tienda sólo para preguntarle cómo estaba, sin malos modos, sin un solo reproche por no tener el móvil a punto –seguro que lo había llamado primero a su número—, y sin encargarle fruta alguna, lo que le produjo un extraordinario regocijo,

pues no dejaba de resultar un hecho insólito que venía a revelar que a raíz del incidente de la espina se había obrado un cambio en ella.

Cambio del que ahora, por medio de aquella voz, tenía la confirmación.

—¿Cómo está, madre?

—No muy bien. ¿Y tu día? Anda, cámbiame la almohada. No sé por qué se me queda aplastada.

Exacto. Voz afable, redondeada, carente de esquinas.