Capítulo 1 #7
—Aún vas a tener razón en lo del móvil— había dicho ella, pero como de pasada, como si lo que decía no tuviese ninguna importancia.
Pero él se dio cuenta enseguida de que sí la tenía. ¡Ahora sí! Porque a su madre nunca le había parecido necesario que él tuviese un móvil. No en vano la primera vez que se lo propuso, tiempo atrás, ella refutó:
—¿Y para qué quieres tú ese aparato? Es un gasto innecesario.
Y más adelante, cuando él todavía insistió:
—¿Vuelves otra vez con lo mismo? ¿Para qué quieres un móvil? Si no estás en casa sé que te localizo en la frutería. ¿O es que piensas irte de vacaciones a algún lado y dejarme aquí postrada?
Por eso, que ella le dijese ahora lo del móvil, precisamente cuando empezaba a ser otro, resultaba más que significativo.
Y por eso se hizo el sordo y no le contestó, pero no porque no hubiese podido hacerlo, negándose debido a que ella había dicho siempre que no, sino porque se dio cuenta de que con el silencio bastaba.
Y es que no quería poner en entredicho, y menos en peligro, su nuevo poder, iniciando una discusión que no sabía a dónde iba a conducirlo.
Porque, de acuerdo con aquella observación, era más que evidente que ella claudicaba, que buscaba otro camino: ya no se veía capaz de controlarlo como antes, y no sólo por el simple hecho de haberla formulado, sino, sobre todo, por el tono que había empleado,
mediante una sugerencia en lugar de una orden.
Y cuando volvió a la cocina y se puso a preparar la comida, sentía su mente plena de una arrolladora sensación de superioridad que se materializaba con contundencia a través de pensamientos del tipo: “lo siento, madre, pero ahora el que no va a permitir que lo controlen soy yo”.
De modo que cuando le llevó la bandeja con la comida pudo aparentar una indiferencia absoluta, una neutralidad total frente aquella situación, como si no fuese él quien entraba, sino una sombra, y preguntar como si tal cosa:
—¿No se ha tomado aún los melocotones?
Sin embargo, en lo que sí cambió finalmente, por si acaso, como consecuencia de aquella llamada a la frutería fue en espaciar sus visitas a la mujer. No se le ocurrió darle ninguna explicación y ella tampoco se la pidió. Simplemente le dijo un día:
—Mañana no vendré. ¿Puedo verte pasado?
Ella asintió con un interrogante en sus ojos, una duda que él supo interpretar sin que fuesen necesarias palabras, lo cual le satisfizo profundamente.
—Sí, a esta hora si quieres, como siempre— aclaró.
Eso fue todo. Ni preguntas, ni comentarios por parte de ella; nada de nada.
Regresó a casa feliz y de tan buen humor que durante la cena consiguió que su madre aceptase sintonizar el canal que él proponía en el televisor.
¿No era esa una muestra de su dominio, poder hablar así con ella, de tú a tú, como si tal cosa?
El vigor emanaba, desbordándose, por cada uno de sus poros, y en ocasiones tuvo que refrenar su ímpetu a fin de no manifestar un entusiasmo excesivo que pudiera delatarlo.
Y por la noche durmió de un tirón, con el alma a rebosar y la mente entregada a la placidez de un sueño que se apoderó de él despacio, sin sobresaltos, algo que hasta que conoció a la mujer se le había venido negando un día tras otro con irritante tozudez.
Pero al día siguiente, ya en cuanto se levantó, sintió un calor en el pecho, una quemazón, y una repentina incertidumbre abrió un agujero en la coraza de su alma, como si ésta fuese una hoja de papel bajo la cual hubiesen colocado una llama.
¿Qué había hecho? ¿Por qué había cedido?
¿Por qué aquel cambio respecto a la asiduidad de sus visitas?
¿No suponía acaso romper el hilo entre él y la mujer?
¿No suponía, al crear espacios entre ellos, una fisura que podía ensancharse hasta convertirse en un abismo infranqueable?
Un vago remordimiento lo dominó, acompañado de una creciente sensación de disgusto, y la tensión que le producía aquella idea hizo que le costase abrochar los botones de la camisa, pues sus dedos se atascaban y se quedaban sin fuerza, incapaces de cerrarse, como si fuesen de madera.
Abrió la ventana y se asomó. Lloviznaba. Abajo, el tráfico, como un gigantesco reptil multicéfalo, se arrastraba por las calles lanzando al aire los primeros coletazos de la mañana.
El frescor de la mañana lo alivió. Respiró una bocanada y se mantuvo así, contra la claridad, con los pulmones hinchados, conteniendo el aire y concentrándose en distribuirlo de modo que llegase hasta el último rincón de su cuerpo.
De pronto era un náufrago, un cadáver abandonado sobre la mesa de disección de un quirófano, y sus ojos, aunque estaban abiertos, no veían más que un chorro de luz que caía sobre él desde arriba, como si acabase de salir de una cueva oscura tras un prolongado encierro.
Los gritos de su madre llamándolo desde el fondo de la cueva lo sacaron de su ensimismamiento:
—… ¿Dónde te has metido? ¿Quieres venir de una vez, o es que te has quedado sordo?
Volvió junto a ella caminando despacio, como si tras empaparse de la reconfortante luminosidad del nuevo día temiera volver a la caverna en que transcurría su vida de un modo demasiado brusco, que pudiera causarle daño.
—¿Qué estabas haciendo? Llevo una hora llamándote. Ponme el desayuno; tengo hambre.
La atendió sin enterarse de lo que hacía, sin prestar atención más que al torbellino de sus pensamientos, y después de asearse y vestirse de cualquier manera con lo primero que encontró, salió de casa casi sin despedirse y caminó bajo la lluvia como un fantasma, perdida por completo su voluntad,
con la mente dando tumbos, huyendo sin saber de qué, sin saber siquiera si huía, tambaleándose como un sonámbulo, sin la menor noción de dirección.
ooo0ooo
Mientras avanzaba encogido se dijo que la idea de provocar una fisura entre él y la mujer era una tontería. Entre ellos no cabían fisuras. Habitaban dos espacios cerrados de carne, sí, pero su alma era única, y el alma era indivisible y no podía fragmentarse.
Esta conclusión, a la que llegó sin darse cuenta, como si le hubiese sido dictada desde fuera, lo tranquilizó, pero al instante vislumbró una grave consecuencia —ésta sí, terrible, fatal— derivada del hecho de no permitir a su madre inmiscuirse en el plan de vida que había iniciado,
y es que espaciar sus encuentros significaba que muchos días tendría que renunciar a la felicidad que éstos le proporcionaban.
Se sintió insatisfecho y disgustado, y se arrepintió de haber dado un paso de tal trascendencia sin haber reflexionado lo suficiente, sin detenerse a considerar con detalle las ventajas y los inconvenientes.
La sensación de malestar perduró, molestándolo como una espina enterrada bajo la piel –se había precipitado dejándose arrastrar por un pánico que él solo se había creado—, y durante todo el día fue incapaz de prestar atención a nada, dedicado exclusivamente a buscar el modo de corregir aquel error.
A media tarde, mientras repasaba el cambio que debía devolver a una clienta, halló la solución.
Hasta aquel momento lo único que se le había ocurrido había sido telefonear a la mujer y decirle que había resuelto el contratiempo que le impedía reunirse con ella, pero si no se decidía a realizar la llamada era porque había algo en esa idea —¿la evidencia de una indecisión,
del resurgir de su antigua fragilidad?
— que no acababa de convencerlo. En cambio, lo que ahora había ideado satisfacía todas sus aspiraciones: mataría dos pájaros de un tiro y compraría el dichoso móvil.
Así, además de complacer a su madre, podría fotografiar el trasero de la mujer durante sus encuentros.
Porque las fotos, dejando aparte la cuestión —insalvable— de la imposibilidad de tacto, le permitirían recrearse en ella cuando no la tuviese delante.
Dicho y hecho, y esa misma tarde acudió a una tienda.
Encontrar un modelo que se ajustase a sus deseos no fue difícil, pues todo estaba en la cámara: la mejor, la más manejable, la que le permitiese una mayor calidad.
Sin embargo, en cuanto salió del establecimiento se dio cuenta de que había cometido una tontería, pues el móvil, sin un ordenador para manipular las fotografías y una impresora para imprimirlas, no servía para nada.
¿E iba a complicarse ahora la vida con cosas de las que no tenía ni idea?
Además, ¿cómo justificaría su compra ante su madre?
Sin duda ella pensaría que él se desviaba, que estaba enredado en algo.
O peor aún: ¿y si ella encendía un día el ordenador, cuando él no estuviese, y miraba lo que guardaba en él?
Sí, podría decir que era para la frutería, pero también tendría que dar explicaciones.
¿Y si no decía nada y lo instalaba directamente allí?
¿Pero dónde iba a ponerlo? El espacio era tan reducido que no cabría, estaba todo a rebosar, y las clientas le preguntarían...
Entonces cayó en la cuenta de lo que debía hacer: compraría una cámara instantánea, con lo que no sólo solucionaba la cuestión de las fotografías sin necesidad de enredarse con aparatos que no sabía manejar, sino que lo hacía sin riesgos,
pues al tratarse de fotos que no precisaban el paso por un laboratorio se evitaría el engorro de confiar a desconocidos su revelado.
La decisión le satisfizo completamente, y durante los siguientes encuentros puso en práctica la idea –la máquina además requería un manejo mucho más sencillo que el de un móvil— y obtuvo más de sesenta fotografías del culo de la mujer, de sus nalgas, de la juntura de la entrepierna,
en todas las posiciones y desde todos los ángulos imaginables, fotografías que seleccionó y clasificó cuidadosamente de acuerdo con su cronología, y con las que llenó tres gruesos álbumes de pastas rojas de plástico que escondió en la frutería bajo un montón de sacos.
Sólo al principio, el día que apareció con la cámara, le había parecido que ella se sorprendía y se ponía algo tensa, en guardia, pero luego, como si hubiese comprendido que se trataba de un paso necesario, natural —el siguiente según el orden lógico en el desarrollo normal de su relación—,
se dejó fotografiar sin poner pega alguna.