Capítulo 1 #6
En todo ese tiempo, no obstante, la vieja, extrañada quizá por la repentina alteración de su conducta, debió de empezar a imaginarse algo, pues si bien no conseguía de ningún modo evitar que saliera, no paraba de importunarlo con comentarios hirientes sobre su apariencia –un día era el pelo,
otro su cara mal afeitada, otro la vestimenta—, así como agrias censuras sobre la vida que de pronto había comenzado a llevar.
Esta percepción, sin embargo, aislado y perdido como estaba en el letargo que provocaba en él aquel estado de catarsis permanente, no fue revelándose poco a poco, sino que se produjo de golpe, la mañana del decimotercer día,
en que su madre lo llamó por teléfono a la frutería a una hora inusualmente temprana para formularle un encargo.
—Qué rápido coges— le dijo. ¿Hubo aquí una pausa casi imperceptible, una mínima inflexión en su voz, o sólo se lo pareció a él?— Se ve que no hay clientes y estás ahí sin hacer nada... Tráeme melocotones. Tengo antojo. ¿Tienes hoy melocotones?
Él sabía —mejor dicho, experimentó en ese preciso momento la revelación— que esta vez tanto el hecho de encargarle fruta, aunque se tratase de melocotones, su preferida, como la referencia a la escasez de clientes eran una excusa.
Inquieto, percibía que había algo más, algo cuya clave estaba oculta.
¿Dónde? Desde luego, en lo impropio de la hora, pero sobre todo —no tardó en darse cuenta— en la frase “qué rápido coges”.
¿No había sonado demoledora, como la rotura de un dique, como la caída de una roca inmensa por una empinada pendiente?
Y después sí, había habido una breve pausa –estudiada, podía apostarlo—, un silencio mentiroso que, lejos de engañarlo, evidenciaba la existencia de frases devastadoras no pronunciadas, como serpientes venenosas que se retorciesen debajo.
Abrumado, se dijo que debía andar con cuidado y no sub estimar a su madre. ¿No podía ella llegar a descubrir lo que se traía entre manos? Peor aún: ¿no podía ser que ya lo hubiese descubierto?
Para tranquilizarse, pensó rápidamente que eso era imposible, dado que carecía de medios para hacerlo. No obstante, no costaba nada ser cauto y tomar precauciones, por si acaso.
Por eso, en cuanto colgó, se acercó a la caja de melocotones y apartó media docena de los que le parecieron mejores, eligiéndolos con calma, palpándolos y comparando su mayor o menor coloración anaranjada y cogiendo y dejando veinte veces cada uno para no equivocarse,
pensando en complacerla por encima de todo.
Debía erradicar cualquier indicio de sospecha por parte de su madre.
No era la primera ocasión en que lo llamaba para pedirle fruta, pero siempre lo hacía al final de la mañana, cuando estaba a punto de cerrar, de modo que aquel comportamiento tenía que deberse a algo.
En consecuencia, era preciso, vital, pensar bien las cosas y actuar prudentemente. ¿Cómo?
Durante toda la mañana no dejó de darle vueltas al asunto, enfrascado en su intento de averiguar qué error había cometido, en qué había fallado.
Se equivocó al cobrar, despachó fruta en mal estado, tuvo que vaciar y volver a llenar bolsas y disculparse ante las clientas…
Todo porque no sabía lo que hacía, porque no estaba centrado.
La solución le vino sin querer al mediodía, justo cuando más distraído estaba, mientras cerraba la persiana de la frutería: lo que debía hacer era modificar sus pautas de conducta.
No porque le pareciese haber obrado mal hasta entonces, porque se arrepintiese de lo que había hecho, sino, simplemente, porque creía que al visitar a la mujer de un modo tan regular estaba poniéndose en peligro, dada la vigilancia a la que debía tenerlo sometido su madre.
Así que, en adelante, espaciaría sus citas.
Dejaría, por ejemplo, un día en medio, luego cuatro, después dos...
Eso la despistaría. La vieja, no debía olvidarse, constituía un enemigo poderoso y él se había confiado, se había lanzado de cabeza a su nueva vida sin pensarlo, de manera que si quería que las cosas siguiesen como hasta entonces más le valía aprender a compaginarlo todo y andar avispado.
Satisfecho, entró otra vez para coger la bolsa después de echar el cierre y se dispuso a salir.
Aquellos melocotones hablarían por él y mostrarían a su madre que no pasaba nada, que todo estaba en su sitio, y se alegró de haber actuado instintivamente de un modo tan certero.
Todavía recordaba el día que ella lo llamó para pedirle papayas.
Él se había entretenido con algo en lugar de preparárselas en el momento, y luego se despistó y olvidó llevárselas, y cuando llegó a casa ella lo obligó a volver sin comer a la tienda para buscarlas.
Claro que eso había sido hacía tiempo, cuando su madre aún tenía poder sobre él.
¿Pero no era otro ahora? ¿No era ella un cero a la izquierda, un peso muerto, una rémora de la que no le era posible desprenderse, pero nada más?
¿Por qué la temía todavía? ¿No se había hecho tan fuerte como ella?
¿Entonces por qué llevaba aquellos melocotones?
Furioso consigo mismo al comprender que había cedido de nuevo, vació la bolsa con resolución y los sustituyó por otros muy maduros, de los más pasados que encontró, algunos incluso con magulladuras, y cuando terminó dio un paso atrás y contempló el paquete.
Así sí, el cambio era perfecto y no representaba ningún peligro.
Aquella sencilla maniobra, intrascendente en aparien cia, le daba toda la ventaja al tiempo que lo dejaba a cubierto.
¿Qué importaba cómo estuviesen los melocotones?
Si ella protestaba y le recriminaba su falta de atención al escogerlos él replicaría, resuelto internamente, que eran los mejores, que se trataba de una partida defectuosa y que todos estaban igual.
Y si le preguntaba por qué no la había llamado antes de salir para decírselo –por si entonces prefería otra cosa—, respondería que lo había pensado, pero que había optado por no hacerlo para evitar despertarla en caso de que estuviese dormida.
La sangre se le aceleró al representarse esta escena de abierta oposición a ella y tuvo que apagar las luces y cerrar el portal respirando profundamente para no sofocarse.
Pero cuando logró calmarse le vino a la mente otro pensamiento –éste sí, inquietante, perturbador—, como una burbuja ascendente al estallar contra la superficie de un líquido: era cierto que se había lanzado sobre el teléfono con desacostumbrada rapidez.
En eso sí que tenía razón su madre. ¿Por qué lo había hecho?
¿No era alimentar sus dudas en caso de que las tuviese, darle pistas?
Volvió a entrar en la frutería y se sentó.
Tenía que controlarse y pensar primero lo que hacía si no quería meter la pata.
¡Cautela, cautela! ¿O es que había creído que podía tratarse de la mujer, que lo llamaba a la frutería?
¡Si ella no tenía su número! Ni siquiera sabía su nombre.
En ningún momento había mostrado interés por conocerlo y él tampoco se lo había revelado.
Se dijo que quizá eso había sido un error, que tal vez fuese conveniente que ella los supiese los dos.
Al fin y al cabo, ¿no era una parte de él, la más íntima, su propia alma reflejada en otro cuerpo como si se tratase de un espejo?
¿Qué podía te mer? ¿Que ella lo traicionase?
¿Que hablase a alguien de él o lo telefonease en un momento poco propicio? Absurdo.
No obstante, decidió dejar las cosas como estaban.
¿Qué necesidad tenía de descubrirse? El anonimato era el lugar más seguro.
¿No lo había sido también para su padre, encerrado toda la vida en aquel estrecho local de la mañana a la noche, día tras día, como en un santuario, sólo para sustraerse a la terrible influencia de su madre?
Sorprendido, se entretuvo en el repentino pensamiento de su padre. Apenas lo recordaba. Carecía de imágenes suyas, a pesar de haber pasado con él allí dentro casi treinta años.
Trató de reconstruir su recuerdo, de dibujar en su mente alguno de sus rasgos, pero no lo consiguió, y se sintió incómodo.
Miró alrededor y, para ayudarse en esta tarea, se esforzó en visualizarlo moviéndose de un lado para otro por el espacio reducido que quedaba entre las cajas, la báscula y el mostrador –pese al tiempo transcurrido seguía casi todo como él lo había dejado—, pero sólo vio una sombra sin cuerpo.
Cayó en la cuenta de cómo se parecía a él, no físicamente –o también, daba lo mismo—, sino en la forma de comportarse, en el hecho de vivir escondido, fingiendo, y sintió una repulsión amarga.
Hasta en aquellos momentos de exultación, los primeros desde que tenía memoria, debía correr a encerrarse y permanecer enclaustrado.
Estaba harto. Él no era su padre. Su padre había muerto sin llegar a liberarse de la tiranía de la vieja; él, en cambio, se había emancipado.
La diferencia era abismal. Y si bien había decidido continuar imponiéndose la obligación de seguir limpiando, alimentando y cambiando al ser que estaba postrado en la cama y que se decía su madre, no se trataba de una obli gación impuesta, que viniese de fuera, sino de una decisión consciente,
deseada.
No en vano se proponía llevar a cabo todas esas tareas de un modo despreocupado y distante, como si no fuesen con él, sin volcar en ellas nada de sí mismo y cuidándose, al hacerlo, de no desprenderse de nada.
Su vida bullía silenciosa en otro lado, muy dentro, ahora lo sabía, y su madre había quedado reducida a una mera presencia.
Nada de lo que hiciera podría afectarle.
De hecho, cuando volvió a casa con los melocotones tuvo la constatación de que las cosas empezaban a ser así.
¿No se había limitado a saludarla desde la puerta, levantando la bolsa en la que los llevaba, sin siquiera entrar en su cuarto?
¿Y después no había puesto simplemente dos en un plato, los más pasados, y se los había llevado sin pelarlos?
¿Y ella qué había dicho? ¡Nada! ¡Se había callado!
Los había mirado con desdén, sí, como una alimaña harta de comer miraría a una presa que desfilara ante ella, pero nada más.
Ni un reproche, ni un comentario al respecto.
Sólo una alusión, que no venía a cuento, a un viejo asunto en el que él ya no insistía y en el que nunca había conseguido ponerla de acuerdo.