Capítulo 1 #5
¿Para qué arriesgarse? Lo seguro, lo que sí sabía que le satisfacía, era lo que estaba haciendo: la visión de la mujer, el contacto de sus dedos al recorrer libremente la piel sedosa y oronda de su trasero. ¿Para qué buscar complicaciones?
Los primeros encuentros transcurrieron de ese modo.
Él acudió cada vez más tranquilo, pleno de confianza, pues su relación progresaba a pasos agigantados.
El sexto día ella ya no preguntó con la voz, sino que lo hizo por medio de una simple mirada, y a partir del séptimo ni siquiera fue preciso ese gesto,
de manera que las únicas palabras que cruzaron ese día –las imprescindibles para advertirle que se cansaba y preguntarle si le importaba que cambiase de postura— no fueron provocadas por la necesidad de salvar distancias, comunicar pensamientos o establecer lazos entre ellos,
sino que se debieron al natural deseo de lograr, a través de una compenetración lo más estrecha posible, una sólida unión entre ambos.
La prueba era que el tiempo que pasaban juntos duraba una eternidad, pero no bajo la forma de un transcurrir tedioso, de un repetido empantanarse de cada instante, sino de un estado de exaltación y bienestar en el que le apetecía zambullirse.
El tacto de aquella piel suavísima entre las yemas de los dedos le producía sensaciones localizadas más allá de la órbita de los sentidos, pulsaciones de pura energía que caían sobre él como una cascada e insuflaban a cada célula de su cuerpo una vitalidad que lo hacía sentirse hirviendo por dentro,
como un volcán a punto de entrar en erupción.
Después de dos semanas la placidez de esas sensaciones colmaba su mente de tal modo que vivía permanentemente en una nube.
Ya no la llamaba. Cada tarde fijaban el encuentro del día siguiente de manera automática –bastaba un par de gestos, un juego de miradas—, como si se estableciese por sí solo, pres cindiendo de las voluntades de los dos.
Era una corriente que sólo había que seguir, un impulso al que era suficiente obedecer y por el que resultaba delicioso dejarse arrastrar.
Luego, cuando se encontraban, avanzaban. Por ejemplo, si ella se movía para gastarle una broma, él no tenía más que decirle: “estate quieta”, y ella adoptaba entonces un ademán serio y obedecía, permitiendo que la acariciara hasta que él la autorizaba a cambiar de postura si estaba cansada.
Un día ella lo sorprendió al preguntarle si le importaba que leyese, sólo por distraerse mientras él la tocaba.
La pregunta, formulada así, de improviso, le desagradó sobremanera, y ya iba a contestarle que no, que se debía por entero a él y no estaba dispuesto a tolerar la menor falta de atención en su oficio,
cuando cayó en la cuenta de que tal vez ella estaba proponiendo sin pretenderlo una nueva forma de excitación: que estuviese distraída –como si el asunto no fuera con ella— en tanto él actuaba, y aceptó.
El experimento resultó un éxito y, tal como había supuesto, no sólo no entorpeció el afianzamiento de su unión sino que supuso un elemento más de placer al que entregarse. Y tan bien llegó a sentirse con la mujer, tan en comunión con ella, que en una de sus visitas acabó por relatarle su vida.
Fue el único día en que hablaron. Había ocurrido sin que él se diese cuenta.
De repente estaba ya contándole cosas, quizá porque ella había preguntado algo o había hecho algún comentario al que él creía que podía confiarse.
La mujer se había recostado, desnuda, y, con la cabeza apoyada sobre la almohada, lo escuchaba.
Entonces él se vació, le habló de su infancia, de su madre, explayándose en detalles, haciéndole ver, confesándole —reconociendo, como si se tratase de una igual—, la frustración en la que había vivido, en la que vivía todavía ahora.
Y si no llegó a echarse a llorar fue porque ella, con maestría, reaccionó al ver que se quedaba callado tras su larga perorata e, incorporándose, puso la mano en su mejilla y dijo con una sonrisa:
—¿Es que hoy no vas a tocarme?
Luego se dio la vuelta y le mostró, goloso, su apetecible trasero.
—Mira.
Y fue eso lo que acabó de convencerlo, de unirlos, esa actitud tan limpia por parte de ella, tan exenta de prejuicios, de cautelas.
¿Había hecho ademanes mientras hablaba? ¿Había mostrado después alguna compasión para con él?
¿Desánimo? ¿Pena? Nada. Y esa comprensión con la que ella actuaba lo hacía sentirse ligero, dueño de todo, como si aquella confesión hubiese descargado de sus hombros el peso de una enorme montaña.
¿Eran necesarios síntomas más claros que éstos de que a medida que aumentaba el número de encuentros su relación se manifestaba con más fuerza, se hacía más tangible?
Su unión se consolidaba por sí sola.
Sólo hubo, en todo el episodio de su relación con ella, un momento de desasosiego, de auténtica turbación.
Fue durante la tercera semana, cuando ella, llevada sin duda por un exceso de relajación en su quehacer, de confianza, o como consecuencia de alguna distracción, se quedó con el rostro vuelto, mirándolo fijamente a la cara mientras él actuaba, y de pronto empezó a reír a carcajadas.
—¿Qué ocurre?— se vio obligado a preguntar al ver interrumpido aquel instante sagrado, resquebrajada la intensidad de aquella fusión única.
Ella dejó de reír.
—¿Por qué nunca quieres hacer nada más?
Él no dijo nada. Sus manos seguían apoyadas en las nalgas de la mujer, pero se habían detenido, paralizadas, y esperaban sin vida, como ramas arrancadas de su tronco, privadas de sensibilidad, máquinas estropeadas que no servían para nada.
—¿Te da asco?
Siguió sin contestar. Perplejo, indeciso. Aturdido.
—¿Miedo?… Es eso, ¿verdad? Te da miedo.
Sintió que su mirada se ensombrecía. ¿Por qué le preguntaba aquello? ¿Por qué lo estropeaba todo de aquel modo? ¿Es que no entendía?
—¿Por qué?— preguntó ella, riendo. Yo te enseñaré…
La sangre se le subió a la cabeza. ¿Qué hacía aquella mujer?
¡Se reía! ¿Cómo? Así lo destruía todo, tiraba por la borda lo que habían alcanzado.
La miró con un odio creciente y empezó a escuchar una sirena —¿dónde?
¿dentro de sus oídos?— mientras sentía un calor terrible subiéndole hacia la cabeza.
Sus manos se crisparon, su respiración se había vuelto agitada…
Ella seguía riendo. Meneaba el culo provocativamente y se divertía, reía, y él, en cambio,…
Se abalanzó sobre ella y clavó los dedos en su cuello con brutalidad, como si fuesen anzuelos, y el impulso la hizo caer hacia adelante y golpearse fuertemente en la cabeza contra el cabecero de la cama. La mujer dejó de reír en el acto y su boca, entreabierta, gorgeó…
Sintió una palpitación en los ojos, como si la sangre se hubiese quedado estancada allí y burbujease, hirviente, dentro de ellos.
Bajo las piernas, percibía toda la tensión acumulada en la espalda de la mujer, su corazón latiendo alocado…
Ella tenía razón. ¿Por qué no quería hacer nada más?
¿Por qué no la tomaba? ¿No pagaba para eso?
¿Qué debía pensar entonces? ¿Que era un pervertido?
¿Un sicópata? ¿Pero había perversión en lo que hacía?
¿Existe perversión en los actos de liberación?
¿Por qué lo acosaban todos? ¡Si él lo único que quería era sentir, disfrutar durante un rato, expandirse! ¡Empezar a vivir!
Oyó a la mujer, que, con la voz aprisionada, musitaba:
—Sólo… era una broma…
Entonces comprendió. Ella estaba en lo cierto: era por miedo.
Miedo a que empezase a aparecer únicamente el lado oscuro de las cosas, a que todo, su unión, su relación con ella, se echase a perder.
Como se echaba todo a perder, como cuando la hija de aquella vecina dejó de ser la niña de ojos acuosos y expresión dulce para convertirse en un escuálido marimacho de pelo rapado y menudez enfermiza.
Sí, porque el miedo, en el fondo, existía, como un parásito enterrado, infectando su alma.
Más que miedo era pánico. ¿A quién? A su madre, a que ella interfiriese una vez más; a que, aun estando lejos, ignorante por completo de sus actividades, surgiese desde el fondo de su mente y acabase imponiéndose de nuevo sobre lo que él había empezado a lograr.
Jadeante, se levantó y retrocedió hasta chocar contra la puerta de la habitación.
La mujer yacía allí, inmóvil, de espaldas, con la cabeza apretada contra el cabecero y las manos tensas, aferradas a las sábanas.
¿Qué locura había estado a punto de cometer?
Se fijó en aquel cuerpo, tembloroso, agitado, desnudo, y sintió que una creciente vergüenza lo dominaba.
¿A qué se dedicaba?
Tanteando, encontró el pomo de la puerta y salió de allí corriendo como un animal desbocado, furioso, aterrado, sin importarle el ruido —¿oyó tras de sí, según bajaba a saltos por las escaleras, el ruido de una puerta al cerrarse?
—, y al salir a la calle cogió un paquete de tabaco del suelo y comenzó a estrujarlo entre los dedos.
“Algún día esto se acabará, madre. Algún día haré que usted deje de molestarme, y entonces…”
Él y la mujer nunca hablaron del incidente, pero ya al día siguiente –en que nada más llegar se limitó a pagarle lo que correspondía, sin ningún comentario—, vio en ella otra mirada.
Era una inocencia, una sumisión que le agradó y que entendió enseguida, y por eso hizo de tripas corazón, dejó de pensar en lo sucedido y pasó página, subyugado por aquella franqueza, de modo que todo volvió a su cauce como si entre ellos nunca hubiera pasado nada.
Desde entonces, sus visitas a la mujer lo colmaban como nunca, como si nada de lo que había fuera de allí existiese.
Aquellos momentos en que se encontraba con ella, en que la acariciaba, en que era dueño y señor, eran momentos solemnes, puntos álgidos de un ritual a través del cual su valor se renovaba cada día, alimentando y enriqueciendo su verdadero yo,
de modo que cuando volvía a casa lo hacía como si viajase suspendido, como si volara en lugar de desplazarse bajo tierra, empapado de una embriaguez espiritual de la que tenía que esforzarse por salir cuando veía que se acercaba al portal y mientras subía en el ascensor,
a fin de que su madre no percibiera en él ningún asomo de cambio.