Capítulo 1 #4
Pero era una lucha en la que él llevaba siempre las de perder, pues ella era para él un gigante, un coloso ante el cual sus armas resultaban inútiles, de modo que el único papel que siempre le correspondía era el de ceder.
Salió del Metro y respiró el aire de la noche. La calle parecía otra, más iluminada, y había algo en el contraste entre la oscuridad del asfalto y la claridad de la piedra de la acera que confería al entorno el carácter de un espacio nuevo.
¿Era así realmente? ¿Había cambiado el lugar?
No, eran sus ojos, que lo miraban todo con una óptica distinta y hasta le hacían creer ver en las cosas que lo rodeaban formas amigas, como si lo que antes habían sido obstáculos insalvables fuesen ahora simples paneles corredizos que se apartaban en cuanto se acercaba para dejarle libre el paso.
Cruzó por delante de la frutería. Hasta la persiana bajada parecía más grande, más ancha.
¿Por qué le vino entonces a la mente el rostro de una de sus clientas, una vieja, una arpía que siempre estaba buscándole las cosquillas y cuyos rasgos le recordaban a los de una lechuza?
¿Y por qué creía volver a oír como un eco que se acercaba las palabras con las que se dedicaba mortificarlo últimamente? :
—¡Usted nunca se toma vacaciones! ¡Nunca sale!
La primera vez que le hizo ese comentario le pareció tan falaz que se quedó mudo, como si de repente se hubiera quedado sin lengua, y, molesto por aquella intromisión, la atendió con medias palabras y la despidió tan rápido como pudo.
Pero ahora, a medida que se acercaba a su casa y veía el portal abier to a lo lejos, como una boca gigantesca, dispuesto a tragárselo, hubo de reconocer que era verdad.
Porque, le gustase o no, así era como vivía, sin salir nunca, atrapado, como una hoja muerta empujada por la corriente al interior de un sumidero, una piedra arrojada a un pozo del que era imposible salir.
Y no aguantaba más. Necesitaba subir a la superficie, imponerse.
Como acababa de hacer al visitar a aquella mujer.
Como haría en adelante. Porque su vida, la que de verdad le correspondía, empezaba ahora.
De pronto ya no estaba hecho de piel, carne, huesos, sino de aire.
No pertenecía a nada, y a nada se debía.
Era invulnerable. Seguiría, claro, viviendo en aquel piso; seguiría soportando la enfermedad y el malhumor de su madre; seguiría abriendo y cerrando la frutería todos los días, pero su atención y su vida estarían en otro lado.
Ya no volvería a ser un siervo. Su alma se había escindido en dos, y lo que en adelante mostraría de ella sería sólo una parte, la corteza, porque la otra mitad, la auténtica, la única que lo representaba, permanecería oculta, protegida.
En secreto había empezado a alimentarse en su interior y a crecer por sí sola, tiempo atrás, no sabía cuándo, y no dejaría de hacerlo hasta que llegase el momento de eclosionar para abrirse paso a través de sus entrañas y llenarlo por completo, convertido en otro ser.
En cuanto entró en casa la voz de su madre lo alcanzó como si le hubiesen dado un martillazo, pero, resguardado dentro de la escafandra que acababa de enfundarse, apenas le afectó.
—¿Qué horas son éstas?— oyó que berreaba—. ¡Ven, dame la vuelta! ¡Hace horas que quiero girarme! ¿Dónde te has metido? ¡No te permito que vengas tan tarde! ¿Te has olvidado de mi cena? ¡Prepárame enseguida la cena!
No dijo palabra. Pacientemente, casi temblando de gozo, aguantó los improperios que ella le soltó mientras la ayudaba a cambiar de postura –¿cuándo había necesitado ella su ayuda para girarse?
— y, después de darle la cena, la cambió.
Complacido, observó que nada de esto le suponía ningún esfuerzo, y se dijo que tan asombrosa novedad se debía a que quien actuaba ocupándose de aquellas tareas era su corteza, y ésta, por su propia naturaleza, no podía fatigarse porque estaba hecha de materia muerta.
Este pensamiento le dio alas para dormir y, aunque tuvo que levantarse durante la noche para atender los continuos requerimientos de su madre, pudo descansar como si su cabeza estuviese libre, como si nada le preocupase,
y cuando al día siguiente se dirigió hacia la frutería bajo la luz de un sol prometedor no sólo no sentía el menor cansancio, sino que se notaba más despierto que nunca, pleno de energía, y hasta la pesada persiana le pareció liviana y fue capaz de alzarla con una sola mano,
como si se tratase de una simple lámina de cartón.
ooo0ooo
Durante una semana vivió inmerso en aquel letargo, sumido en un sueño idílico que sólo en un par de ocasiones estuvo a punto de desvanecerse sin que apenas se diese cuenta: Una, cuando el cuarto día su madre le prohibió salir y, ante su negativa,
lo amenazó con suicidarse durante su ausencia —amenaza que él no creyó, pues no vio el modo en que podría cumplirla estando paralítica en la cama—; y otra, la peor, cuando, dos días después, ella simuló que le faltaba la respiración,
y él hubo de sobreponerse a la impresión que le produjo ver su cara roja y contraída para darse cuenta de que fingía y de que lo único que pretendía era evitar que saliera.
Fue una semana en la que se sintió pletórico, indoblegable, y atribuyó aquel vigor desconocido, insospechado para él, a sus salidas.
Era a aquellas citas a las que debía haber descubierto cómo era por dentro su verdadero yo.
Gracias a ellas había averiguado que estaba hecho de algo más que de pura debilidad.
Su ser estaba constituido por capas, y hasta ahora sólo había mostrado las de fuera; su verdadera riqueza se encontraba dentro, oculta incluso para sí mismo.
Sólo aquella mujer había sabido hacer que surgiese.
Había vuelto a citarse con ella el día siguiente al de su primer encuentro.
Desde que se levantó no pensó en otra cosa, daba igual que estuviese preparando el desayuno, cambiando a su madre, ayudándola a asearse o sentándola junto a una ventana para que se distrajera mientras él arreglaba su habitación.
Y cuando llegó a la frutería la urgencia lo impacientaba de tal modo que lo primero que hizo al entrar fue coger el teléfono y llamarla.
Apenas conversaron. Ella dormía todavía y él tardó en hablar, lo que produjo unos instantes iniciales de incertidumbre y tensión.
Pero luego, en cuanto la mujer lo reconoció, no hizo falta decirle nada, de modo que tras un breve diálogo que ella se encargó de encauzar con desenvoltura quedó fijado para aquella misma tarde su siguiente encuentro.
La conversación fue escuetísima; es decir, se citaron casi sin palabras.
Su entendimiento era así, no precisaba del lenguaje, como tampoco había necesitado el día anterior de có digos establecidos.
Era el de dos almas destinadas a fundirse en una sola; mejor dicho, el de dos almas que habían vivido fundidas desde siempre sin saberlo pese al hecho de estar separadas.
Durante el día la ansiedad lo reconcomió.
Hizo lo de siempre, lo de todas las mañanas, pero ahora parecía moverse entre los sacos y las cajas como si flotase, y cuando tuvo que hablar con las clientas fue como si hablara desde fuera de sí mismo, a través de un interfono desde otra habitación, de modo que la constatación del paso del tiempo,
acercándose hacia el que iba a ser el momento cumbre del día, centró toda su atención y supuso para él un alivio, el único aliciente en la monotonía que envolvía su vida.
Por primera vez en toda su existencia, descargar la mercancía, seleccionarla, ordenarla, saludar, pesar, cobrar, despedirse…
, dejaron de resultar tareas penosas, que ensombrecían su alma, para convertirse en acciones que no sólo no le suponían coste alguno, sino que, por el contrario, lo hacían sentirse en plenitud consigo mismo.
Al mediodía, mientras su ansiedad iba en aumento, su impaciencia era tal que ni siquiera prestó atención a lo que su madre le decía, y su estancia en casa para comer fue como un simple paréntesis en la espera, un lapso molesto, inevitable, aunque inocuo,
pues estaba constituido por una mera sucesión de actos que terminaban en sí mismos y que no traían consecuencias, como sacar las llaves para abrir una puerta, carraspear, bajar las escaleras o detenerse para atar un zapato en la acera.
Ya por la tarde, al llegar la hora de cerrar, su espíritu vivía en un estado de éxtasis total, como si un monstruo lo devorase por dentro, loco por salir, y sólo cuando la mujer le abrió y se encontró delante de ella logró calmarse y la sangre volvió a circular por sus venas a una velocidad normal.
Luego la mujer se sentó sobre la cama y preguntó enseguida, complaciente:
—¿Lo mismo que ayer?
Casi estalló de alegría. ¡Ya lo conocía!
¡Un solo encuentro había bastado para que ella supiese exactamente qué debía hacer!
¡Y cómo se lo había preguntado, además, con una sonrisa franca y reveladora, propia de quien, conocedor de la dicha que le espera, se entrega sin ambages y con ánimo desinteresado y sincero!
Hubo ese día otros dos signos, a añadir al anterior, que indicaban que sus impresiones respecto a la mujer eran acertadas.
El primero fue el modo en que ella le cobró al principio, casi demorándose, como si lo hiciese apesadumbrada, contra su voluntad, cumpliendo esa obligación como quien ejecuta la parte enojosa de un ritual, aunque consciente de que se trataba de un paso necesario, imprescindible,
para que la fina ligazón que había comenzado a tenderse entre ellos no peligrase.
Del segundo había tenido evidencia poco después, cuando comprobó el esfuerzo que ella hacía por no moverse mientras él le toqueteaba las nalgas, incluso conteniendo la respiración si hacía falta.
Él se sintió halagado y supo saborear con intensidad aquellos momentos, agradeciendo para sus adentros aquella dedicación.
Todo lo contrario que con su madre, que jamás había mostrado interés por complacerlo en nada.
¿Estuvo tentado de ir más allá con ella e intentar poseerla?
¿Llegó a pensar, a calibrar, qué sucedería si lo hiciese?
Si fue así, alejó enseguida de su mente ese pensamiento, de tal modo que casi no era consciente de que se le hubiese pasado por la cabeza.