Capítulo 1 #3
No era guapa. Sus ojos, grandes y redondos como dos caracoles, daban a su cara, ancha y plana, una expresión de sinceridad inocente que le agradó.
Su pelo, negro y espeso, se ensortijaba colgando por los lados de su rostro hasta la altura de los hombros como si fuera hiedra.
Sus labios, delgados y algo apretados, expresaban premura.
¿Qué quería hacer? Nada, todo, lo que fuese. Él no sa bía…
—¿Qué se hace siempre?— respondió sin pensar.
—Entiendo— dijo ella—. Es tu primera vez. Muy bien, te haré un completo.
La mujer se levantó y su camisón cayó al suelo como una cascada.
¡Ahora! ¡Allí! ¡Iba a ocurrir! Abrumado por la visión que tenía ante él, por la importancia de aquel instante, quiso levantarse, salir corriendo, huir.
¿Era cierto que llevaba preparando un encuentro como aquél tanto tiempo?
Casi le parecía que era algo que sucedía de improviso, una situación en la que se veía envuelto involuntariamente y que lo dejaba perplejo, sin saber a qué atenerse.
—No, espera— la interrumpió, y él mismo se sorprendió al oír tono poderoso de su voz.
—¿Ocurre algo?
Tampoco había apartado la cara. ¿Por qué? ¿Quizá porque creía que iba a ser más difícil, que se vería obligado seguir un ritual establecido, pasos sobre los que ir avanzando, y ver que no era así le proporcionaba una dosis repentina de seguridad?
Trató de relajarse. El hecho era que no hacía falta saber. Además, sus precauciones habían resultado innecesarias, pues se veía que ella iba al grano y no parecía interesada en entablar conversación alguna con él.
—Siéntate otra vez, por favor.
La mujer obedeció y se sentó en la cama.
—Sólo tienes una hora— dijo, levantando una pierna y apoyándola abierta sobre la colcha, mostrándose.
Había cansancio en sus ojos. ¿Lo habría también en los suyos?
Dudaba. Pensó qué iba a decir y como decirlo.
¿Qué le había ofrecido ella? ¿Un completo?
Él no quería hacer ningún completo. Si había preguntado era sólo por cumplir, porque no quería omitir ningún paso importante. Lo único que él quería era…
—Me gustaría verte el culo.
¿Y bien? ¿Por qué titubeaba ella? ¿Había dicho algo que no debía? ¿Se había sonrojado?
—¿El culo? Claro…— dijo la mujer, y se pasó la mano por la entrepierna.
Él procuró mantener firme la cabeza.
—¿Verlo solamente? ¿Nada más?— preguntó ella, insinuante.
Se encogió de hombros.
—Sí.
—Bueno. Pues tú dirás cómo he de ponerme, pero el precio...
—Es igual; no importa.
La mujer se levantó. Con lentitud, sin perderlo de vista un instante —¿había recelo escondido en su mirada?—, se desprendió de las bragas, se arrodilló en la cama y apoyó los codos sobre la almohada.
—¿Está bien así?— preguntó.
Él no respondió. No podía hablar. Aquellas nalgas que se le ofrecían eran como dos enormes ciruelas maduras, apretadas una contra la otra, llenas de sabor.
Permaneció de pie, sin moverse, temeroso de que la más mínima alteración del aire pudiese hacer saltar en pedazos aquel momento, y se sumió en la contemplación del fruto que tenía delante, tanto tiempo soñada.
Y después se mantuvo así, extasiado, una eternidad –ella llegó a advertirle que el tiempo corría—, con los ojos clavados en aquella carne apetecible y redonda, tan a su alcance.
Se preguntó si podría tocarlo. ¡Pues claro!
¿Para qué estaba allí si no? Pero la verdadera cuestión no era si podría, sino si se atrevería a hacerlo.
¡Vamos!, se alentó. No ocurrirá nada. ¿Por qué dudaba tanto?
Estaban solos. Ya no había cadenas, y nada, nadie, podría detenerlo. ¡Su madre estaba lejos! ¡Era libre!
—¿Puedo tocarlo?
Ella gateó hacia atrás para aproximarse a él sin dejar de mirarlo, ahora por el otro lado, más confiada. Sonreía, y había complicidad en sus ojos, mezclada con una expresión de curiosidad.
—¿Tu qué crees?— dijo, y soltó una carcajada.
Él se adelantó y se sentó sobre la cama. ¿Se sentía excitado? No lo sabía. ¿O era cobardía? Entrecerró los ojos, alargó la mano y la posó sobre aquella piel colorada. Estaba caliente.
De pronto la mujer se meneó, riendo, y él retiró los dedos como si le hubiera dado un calambre.
—Perdona— se disculpó ella adoptando un tono serio y dejando de moverse.
Él no sabía qué había pasado.
—¿Estás seguro de que no quieres hacer nada más?
ooo0ooo
De regreso a casa las piernas y las manos le temblaban y apenas acertó a introducir el billete del Metro en la ranura del torniquete.
Evitó las miradas de los demás pasajeros, en parte para no verse asaltado bruscamente por alguna que pudiera incomodarlo, pero sobre todo para no distraer su atención de la sensación de júbilo que lo inundaba por dentro y que trataba de saborear al máximo.
El encuentro con aquella mujer le había proporcionado mucho más de lo que había esperado.
¿No se habían abierto para él nuevos escenarios?
¿No había conseguido, por primera vez en su vida, dejar de considerarse a sí mismo alguien minúsculo, insignificante?
¿No se había sentido dueño de sí, de su voluntad?
Gracias a ella había descubierto que ya no era el último en la escala de los seres, aquél al que siempre le tocaba someterse y servir.
Existían otros dedicados a entregarse y servirlo también a él.
“No te defraudaré”, prometía ella en el anuncio, y desde luego no lo había hecho en ningún momento.
Se recreó en la imagen de la mujer arrodillada, de espaldas, en su trasero levantado como una ofrenda dispuesta exclusivamente para él, y al evocar el miedo que había sentido al principio, cuando ella lo miraba desde la silla aguardando una instrucción o una orden que él ignoraba que debía dar,
se dio cuenta de que era ahora –que ya había pasado todo— cuando disfrutaba de verdad.
Era ahora cuando calibraba el verdadero alcance de lo que acababa de hacer, y ese descubrimiento lo condujo a un estado de ensoñación del que ni siquiera despertó cuando un codazo lo lanzó contra la pared del túnel al doblar una esquina.
Tampoco entonces desvió los ojos de sí mismo ni perdió la sonrisa que afloraba a su boca.
¿Había importado que no hubiese pasado de acariciarle el trasero?
No, para nada. Se había producido, sí, un primer instante de extrañeza por parte de la mujer, breve, brevísimo –lógico, por otra parte, pensaba—, pero después ella había comprendido enseguida, sin que fuese preciso explicarle nada, que él no necesitaba más, que le bastaba con aquello.
De modo que la extrañeza se transformó de inmediato en comprensión mutua: ella sabía perfectamente qué perseguía él, y él captaba como natural la inicial incertidumbre de ella.
Y cuando después cogió el dinero que le tendía para pagarle, sonrió todavía abiertamente en señal de aprobación y, para sellar aquella alianza, se adelantó y le dio un beso en la mejilla.
¡Un beso! ¿Cuánto hacía que no lo besaban?
La eternidad entera. Su madre jamás lo hacía, nunca lo había hecho, que él recordara.
Ni cuando era pequeño. ¿Y su padre? Tampoco.
A lo sumo lo cogía por un hombro y le daba un ligero apretón contra el costado.
En cambio aquella mujer, apenas sin conocerla…
“Vuelve cuando quieras”, le había dicho al despedirse.
Señal inequívoca de que estaría esperándolo.
Señal inequívoca de que se preocupaba por él.
El trayecto de regreso había sido como navegar por un sueño y la consecuencia que había que extraer era que algo fundamental se había transformado dentro de él.
¿Cómo había vivido hasta entonces? Asfixiado, sepultado entre los límites estrechos que le imponía su madre.
¿No era eso lo que le ocurría siempre? ¿No era eso lo que le había ocurrido cuando de niño iba a buscarlo a la salida del colegio?
En vano oía cómo sus compañeros lo llamaban para que participase en sus juegos; en vano rogaba a su madre, en vano suplicaba que lo dejase ir.
La constante, hiciera lo que hiciese, era verlos alejarse, hacerse inaccesibles, vivir encerrado.
¿Y no fue eso también lo que ocurrió el día en que, siendo ya mayor, cogió a su madre algún dinero de la cartera para ir al cine –él nunca tenía nada— y salió de casa sin pedirle permiso?
De pronto ella se presentó, cuando ya estaba en la cola, esperando para sacar las entradas —¿cómo supo a dónde había ido, que estaba allí precisamente?
— y, sin mediar palabra, le propinó un bofetón delante de todo el mundo que casi lo derribó y le ordenó que se fuera enseguida para casa.
Pero él desobedeció. Ciego de odio, de vergüenza, de dolor, vagó por las calles como un muerto viviente, un espectro perdido, deseando sucumbir, disolverse en el aire, morir lejos del mundo y que nunca lo encontrasen.
Entonces aparecieron los gatos. Mejor dicho: los oyó.
Buscando, intrigado, dio con una camada de cachorros recién nacidos agazapados entre unas cajas, tras una tapia, y al verlos allí, desamparados como él, sintió asco y, por venganza, para no ser él solo, los metió en un gran bote de pintura oxidado que encontró,
sacó una caja de cerillas –su único elemento de distracción por aquel entonces— y les prendió fuego.
¿Por qué quemó a aquellos gatos? Lo cierto es que nunca se arrepintió de su acción.
Incluso ahora, al evocarla, al volver a enfrentarse a ella como otro, como alguien distinto, la justificaba y le parecía que su comportamiento había sido heroico, que lo que había hecho, aunque doloroso, resultaba necesario.
¿Acaso había salido corriendo después como un cobarde, como alguien incapaz de asumir las consecuencias de aquel acto?
Al contrario, se había quedado allí, viendo cómo ardían, escuchando con atención aquella confusión de maullidos desesperados y contemplado con un oscuro placer cómo se agitaba, envuelta en llamas, la lata.
¿Entonces qué? ¿En qué había obrado mal? ¿No era él también una víctima? ¿No era él también cada día quemado, sometido, humillado, aplastado?
Así era cómo había vivido: solo, sin aficiones, sin poder ser atraído por nada, dedicado por entero a combatir un día tras otro el terror que le inspiraba su madre.