Capítulo 1 #2
Se alegraba de no haberlo hecho. Su breve conversación con la mujer para concertar la cita había servido para persuadirlo de que lo que iba a hacer era algo natural, que muchos otros practicaban a menudo, y de que nadie lo señalaría por eso.
—Esta clase de mujeres existen desde el principio de los tiempos y todos se benefician de ellas—, masculló para convencerse.
Y lo que ya le otorgó la máxima confianza, lo que le dio la razón y supuso el espaldarazo definitivo a su proyecto, fue el hecho de que ella le hablase con una cercanía que le sorprendió, como si nunca lo hubiera hecho para nadie más que para él, como una auténtica hermana mayor.
¿Acaso no era una voz que preguntaba: “dónde estabas, por qué has tardado tanto tiempo”?
¿Y no lo había llamado “tesoro, cariño”…
, como si se conociesen de toda la vida?
¿Por qué iba a su encuentro? Una ráfaga hizo que se proyectase dentro de él una imagen distorsionada: el rostro de su madre.
Pero era un rostro inexpresivo, que le hablaba sin voz, gesticulando de un modo exagerado y grotesco, como en una película muda.
“Si usted fuese como es debido, madre…” Se golpeó la frente para apartar ese pensamiento. “Es usted quien me ha obligado…”
Porque, aunque el recuerdo de su madre volviese nuevamente —como había vuelto, imponiéndose, cada vez que en el último momento se había echado atrás—, él no pensaba desistir.
Ahora no pensaba desistir. El deseo lo dominaba.
Más que el deseo, la necesidad. Lo que había empezado siendo pura curiosidad, hacía tiempo, no sabía cuándo, había acabado convirtiéndose en un impulso irrefrenable: saber cómo era eso, estar con una mujer; qué ocurría, qué llegaba a sentirse.
La única vez que había sentido de cerca el tacto de un ser femenino quedaba ya tan lejana en su recuerdo que casi podía decirse que se había borrado toda huella de ella.
Fue siendo todavía un niño. Había una vecina que tenía una hija de su edad, una niña menuda, con el pelo muy corto y unos ojos grandes y acuosos que daban a su rostro una expresión de dulzura que lo sacudía cada vez que se encontraba con ella en la escalera.
Se dio cuenta el primer día, cuando se pusieron a jugar mientras él esperaba a su madre en el portal.
Luego su madre apareció saliendo del ascensor y, al verlos juntos –entonces aún no estaba paralítica—, se fue hacia él directamente, lo apartó cogiéndolo de la mano sin contemplaciones y lo arrastró con aspereza hasta la acera.
—Con las niñas no se juega, tu eres un niño— lo reprendió una vez allí—. Y menos con esa. ¿No ves que no la conoces de nada?
Sin embargo, a pesar de aquella palabras, cada vez que la niña volvía a acercarse a él se quedaba prendido en ella, atrapado por su mirada como un insecto embriagado entre la exuberancia de una flor, y, ensimismado en ella, se detenía a contemplarla mientras subía o bajaba.
Pero esa contemplación duraba sólo unos segundos, pues enseguida aparecía su madre.
Surgía de donde fuese, presentándose de pronto, del modo más inesperado, como si más que de una casualidad se tratase de un sentido específico que ella poseía y que la avisaba de que algún peligro amenazaba a su hijo.
Y después, cuando se quedaban a solas, cada vez que su madre se refería a aquella niña lo hacía siempre por medio de motes, remarcando de un modo peyorativo lo de su pequeñez, lo de su pelo exageradamente corto –“es un marimacho pequeño, ya verás cuando crezca”, no se cansaba de repetirle— y,
sobre todo, lo de que no la conocía de nada.
Eso fue todo. Aquella niña y su madre se mudaron al poco tiempo y no volvió a verla nunca más.
No fue que sintiera conscientemente su pérdida –de eso se dio cuenta sólo mucho más tarde—, pero sí recordaba que había una perturbación en aquellos días, seguida de un desasosiego —como si le faltara algo— que lo asaltaban en la escalera cuando subía o bajaba al acordarse de ella.
¿Entonces por qué lo que quedó en su memoria de aquella niña no fue su expresión dulce, el recuerdo de sus ojos acuosos o el temblor que sintió el día en que, jugando, lo había cogido repentinamente de la mano?
Por culpa de su madre, que hizo que lo único que al final permaneciese fuese una imagen deformada, impura: la de su pelo rapado, la de su delgadez malsana, como un aviso, una advertencia para que supiese que se equivocaba si seguía aquel camino,
para que se mantuviese alerta y viese que no debía esperar nada ni buscar perfección alguna en los seres como ella.
Desde entonces, había vivido con un anhelo que no tardó en hacerse consciente y que desde la época de su adolescencia lo tenía en vilo día y noche: acercarse a una mujer.
Al principio se manifestó como la necesidad de una cercanía espiritual, de experimentar sensaciones cálidas —de compartir, en general—, pero, a medida que fue haciéndose mayor, el deseo se volvió más sensitivo, más carnal,
como un fuego que hervía permanentemente dentro de él impidiéndole pensar y estar pendiente de otra cosa que no fuese aquella necesidad.
Sin embargo, se trataba de un anhelo que lo hacía vivir aislado, pues era al mismo tiempo aprensión, miedo a encontrarse en cualquier momento frente a frente con el objeto de sus deseos, a dudar, a no atreverse. Miedo a dar el primer paso, a equivocarse y no poder o no saber retroceder.
Un día creyó encontrar una solución en el hecho de am pararse en la distancia y se dijo que había un modo de estar con mujeres sin involucrarse.
Para ello, se armó de valor y compró una revista en la que aparecían en poses obscenas, desnudas.
Movido por un impulso irresistible, que no lo dejó en paz desde el momento en que se le había ocurrido la idea, buscó un quiosco apartado, lejos, al otro extremo de la ciudad, y tras una ojeada rápida casi sin levantar la cabeza, compró la que le pareció mejor a juzgar por la foto de la portada.
Pero en cuanto se vio fuera del ámbito del quiosco, en mitad de la acera, al aire libre, desprotegido, le pareció que se movía al descubierto; que la revista, en la mano, era un reclamo y que todos sabían lo que hacía y se fijaban en él y lo señalaban, por lo que, avergonzado,
la tiró debajo de un coche aparcado sin llegar a hojearla siquiera.
Arrepentido, recordó a su madre y corrió a casa deseando llegar pronto, temeroso de que ella pudiera adivinar, merced a aquel sentido particular que poseía, la causa de su retraso.
De hecho, cuando llegó, su madre lo trató peor que nunca.
¿Casualidad? ¿O es que era capaz de intuir realmente aquel estado de rebelión?
Porque de eso se trataba: de una rebelión en toda regla.
¿O no lo era acaso enfrentarse por fin a ella, obrar de un modo opuesto al que determinaban las pautas que ella establecía?
¿No las llamaba puercas y apartaba la cabeza cada vez que aquel tipo de mujeres aparecía en la televisión?
¿Y no le decía entonces: “tú no deberías mirar esas guarradas”?
Y para fastidiarlo, para distraerlo e impedirle ver, le mandaba darle cualquier cosa, traerle algo de la cocina, cambiarle la almohada…
El aire fresco de la calle al salir del Metro lo hizo volver en sí y trató de orientarse.
La dirección que la mujer le había dado era muy clara; el único pero era que él no conocía aquel barrio.
Jamás iba por allí. Por allí ni por ningún lado, porque jamás salía.
No conocía nada. Su existencia había girado exclusivamente en torno a dos polos: su casa –mejor: la cama sobre la que yacía su madre— y la frutería, y los dos polos estaban tan próximos que en todo momento se tocaban.
Por eso consideraba aquel día el más importante de su vida.
Todo cuanto había hecho hasta entonces —despachar fruta, primero ayudando a su padre y luego él solo, y cuidar de su madre— no sólo no significaba nada, sino que pertenecía a un pasado con el que él, el nuevo él, no deseaba establecer relación alguna.
Su vida comenzaba ahora. ¿Por qué había esperado tantos años?
¿Por qué no se había decidido antes? ¡Era tan sencillo!
Siguiendo las indicaciones que había recibido por teléfono anduvo durante un rato, guiándose por las placas donde figuraban los nombres de las calles, y al fin llegó a la que a él le interesaba.
Buscó el portal. Había empezado a lloviznar.
Cuando lo vio le recordó el suyo. ¿Era ésa otra señal de cercanía entre ellos?
Subió. No había ascensor. La escalera era antigua y estrecha, de madera.
En algunos puntos crujía bajo sus pies y comenzó a subir de puntillas para no atraer la atención de los vecinos.
Llegó arriba y esperó. El corazón le latía con fuerza. ¿Preparado?
Llamó al timbre y oyó ruido de una silla al ser arrastrada y el golpe de una puerta al cerrarse. Luego la puerta se abrió y la mujer apareció ante él.
No tenía veintidós años, sino que aparentaba al menos treinta, pero no le hizo falta preguntar: supo que era ella.
Por cómo lo miró, por cómo pronunció, interrogando, su nombre.
Vestía un camisón muy corto de gasa azul celeste que trasparentaba unas bragas y un sujetador del mismo color –más oscuros—, y calzaba unos zapatos de tela, también azules, con un elevado tacón.
Mediante gestos, pasaron sin hablar a una habitación pequeña, pintada de rosa, con una cama estrecha, una mesilla, un quinqué, cortinas de fieltro rojo –cerradas— y una silla tapizada en el mismo color.
Luego la mujer se sentó en la silla y le tendió la mano.
Entonces él comprendió y buscó en un bolsillo. Había que pagar primero.
La mujer guardó los billetes en el cajón de la mesilla y después se apoyó contra el respaldo y abrió las piernas mostrando el apretado interior de unos muslos blandos y carnosos.
Avergonzado, evitó mirar hacia allí. Se dio cuenta de que los dedos de las manos se le habían dormido y tuvo que arañarse las piernas sobre el pantalón para sentirlos. ¿Por qué hacía aquello? Aún estaba a tiempo. ¿Era mejor irse? Si su madre lo descubriese lo mataría.
Trató de enterrar aquel recuerdo. Su madre no sabía nada. Ni siquiera era capaz de sospechar...
—¿Qué quieres hacer?
La pregunta lo despertó, como un manguerazo de agua fría recién levantado. La mujer lo miraba, expectante.