El error Capítulo 1
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El error

Por Angel Lozano

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Capítulo 1

La persiana de la frutería se cerró a las ocho en punto, reventando el silencio de la calle con un estruendo metálico, y un hombre canoso, en la cincuentena, salió del portal contiguo, dio dos vueltas a la llave, se la guardó con pulcritud en el bolsillo de su chaqueta de paño marrón y se alejó,

caminando con cierta precipitación.

Era estrecho de hombros, delgado, y avanzaba algo doblado hacia delante y con las piernas apretadas, como si anduviese escocido.

Avanzando pegado a la pared, cruzó varias manzanas bajo un cielo encapotado, giró a la derecha y se adentró a través de una verja abierta en un patio donde agonizaban de pie unos cuantos árboles esqueléticos.

Al fondo del patio, en una esquina, había un portalón abierto y el hombre desapareció deprisa en su interior, engullido por el rectángulo de oscuridad.

La puerta se abrió sonoramente. Un cerrojo, dos, tres, y la voz ansiosa de una mujer mayor llegó desde el penumbroso interior del piso:

—¿Quién es? ¿Quién anda ahí? ¿Eres tú?

—¡Soy yo, madre!— gritó—. ¿Quién va a ser? Siempre la misma monserga— rezongó, y pensó: “váyase a la mierda” mientras cerraba y enfilaba el largo pasillo de rosetones grises de papel pintado.

Le molestaba todo de aquella voz: la impertinencia con que le hablaba siempre, su tono autoritario y apremiante, el desprecio que parecía acompañarla por debajo.

Pero sobre todo le molestaba su pesantez, una fuerza que emanaba de ella y que lo dejaba clavado al suelo, perdida toda capacidad, como si caminase sobre un fondo pantanoso en el que inevitablemente se hundía y terminaba ahogándose.

Una voz turbia a la que había estado sometido toda su vida.

La voz de una paralítica a cuya invalidez se había visto condenado él también.

La voz de un ser al que odiaba. Aunque fuese su madre.

—Eres un idiota. Sabes que tengo miedo y no me gusta que entres sin avisar— se quejó ella, ladeándose con esfuerzo para incorporarse en la cama—. Cualquiera diría que lo haces a propósito.

La miró tratando de mantenerse alejado, como un mero espectador, para no involucrarse en el hecho de mirarla, y consiguió verla más vieja que nunca, más flaca, más seca. Sus ojos, huecos y carentes de expresión, le recordaron los de un reptil al acecho.

—Lo haces a propósito. Para fastidiarme, ¿verdad?

No respondió. Se limitó a darse la vuelta y seguir a lo suyo. ¿Cómo quería que la avisara antes de meter la llave en la cerradura? ¿Dando gritos desde la escalera? ¿Aporreando la puerta?

Entró en la cocina, abrió la nevera y cogió un cartón de leche. La cocina olía a rancio, a desconchado, a putrefacción, a humedad. Pensó en abrir la ventana, pero no lo hizo. Para el rato que iba a estar allí no merecía la pena.

—¿Cómo le ha ido hoy?— interrogó al aire sin el menor interés, por decir algo, mientras vertía el líquido blanco en una taza con la mente en lo que se disponía a hacer después.

Aunque la cocina se encontraba cerca del dormitorio, la voz de su madre tardó un rato en oírse, como si su respuesta hubiese tenido que recorrer un espacio inmenso para llegar hasta donde él estaba.

—¿Estás de broma? ¿Cómo quieres que me haya ido aquí tendida todo el día? Soy una paralítica, no una excursionista. Esa es una pregunta estúpida, propia de alguien estúpido como tú.

“Si está ahí es porque quiere”, pensó apretando los labios con una mezcla de insatisfacción y rabia, acordándose del día que le propuso —cuando todavía le proponía cosas—, comprar una silla de ruedas, algo a lo que ella se negó rotundamente.

—De eso nada; no quiero trastos en casa— sentenció ella entonces, tajante.

—Pero, madre; podríamos salir, dar paseos…— replicó él—. ¿Qué va a estar, toda la vida aquí encerrada?

—¿Y qué quieres? ¿Que todos me vean? Para mí la calle se acabó. No voy a ir por ahí arrastrándome, dando de qué hablar, empujada a todas partes como si ya estuviera muerta.

—Pues es algo normal; hay mucha gente…

—¡A callar! Te he dicho que no y es que no.

Entonces se rebeló. Sin querer. No lo hizo por él, sino por ella, para tratar de conmoverla con un último argumento y hacerla cambiar de opinión.

—¿Y yo?— protestó—. Piense que así yo también podría salir.

—Tú ya sales lo suficiente para ir a la frutería y ocuparte de todo.

—Pues entonces para andar por la casa. Podría distraerse, ayudarme…

—¡Te he dicho que no quiero aparatos, ni tengo por qué ayudarte a nada! ¡Ya me darás tú todo lo que necesite!

—¿Y si yo no estoy?— replicó él.

—Si no estás espero a que llegues.

“Así que ahora aguántese”, pensó. ¿No había insistido hasta el aburrimiento?

¿No le había dado oportunidades? ¿Y no había resultado cada vez peor?

Le vino a la mente el día en que, volviendo a la carga —buscando soluciones—, le propuso ir a algún sitio, hacer un viaje, lejos, mientras veían un documental en la televisión.

—¿Y yo qué me llevaría? ¿La cama?

—Me refiero a donde no la conociese nadie—. Allí sí que podría pasear cómodamente con la silla. Se despejaría, nos vendría bien a los dos…

—El único viaje que haremos será al cementerio el día que yo muera. Pero no te preocupes; para eso falta todavía mucho tiempo.

Él carraspeó sin querer, delatando así su satisfacción inconsciente ante la posibilidad de que aquel hecho se produjera, algo que ella captó perfectamente.

—Te gustaría que eso ocurriese pronto, ¿verdad? Para perderme de vista… Eres un mal hijo. ¿Y qué harías entonces? Tú no sabes dar un paso sin mí.

Se levantó y se metió en el baño, humillado, avergonzado por haber quedado al descubierto.

Deseaba que muriese, era cierto, lo deseaba con toda su alma, pero si eso lo convertía en un mal hijo no era culpa suya.

Le había sugerido lo del viaje con la mejor intención.

De hecho, de buena gana se habría ido él solo.

Sí, eso era lo que quería, irse solo, sin ella.

¿A dónde? A donde fuese, a cualquier lugar, al infierno.

A donde hubiese aire limpio para respirar y un suelo firme sobre el que sostenerse.

Colocó junto a la taza unas cuantas galletas, apagó la luz y volvió al dormitorio.

Una vez allí dejó su carga sobre la mesilla evitando cruzar su mirada con la de su madre y se dirigió hacia la puerta.

Tenía prisa. La excitación le hormigueaba por dentro con un cosquilleo que lo hacía liviano y casi debía esforzarse por sujetar los pies al suelo con firmeza para no echar a correr.

—Salgo otra vez— dijo seguro de sí mismo según encarrilaba el pasillo.

¿Había a pesar de todo un temblor en su voz, miedo a sufrir cualquier contrariedad, a no hallar el valor necesario para realizar el contenido de esta afirmación, como si esas tres simples palabras escondiesen algo ilícito, prohibido, de lo que debiera avergonzarse,

o encerrasen múltiples significados que temiese tener que detenerse a justificar?

La vieja protestó desde el lecho:

—¿Dónde vas? Dame la leche. ¿No ves que no me encuentro bien?

—Tómesela usted— respondió sin volverse. Y pensó: “Se encuentra perfectamente”.

—¡Ven aquí ahora mismo! ¿Qué es eso de que sales otra vez?— gritó ella—. ¡Y llevas sucia la chaqueta! ¡Siempre vas hecho una pena; das asco! ¿Te lavas bien? ¡Hueles a guardado!

Del perchero del recibidor cogió una bufanda de lana y se la enrolló al cuello.

Había sentido algo de frío al volver de la frutería.

Se miró la chaqueta; su madre siempre estaba sacándole defectos.

Sin embargo, esta vez era verdad; estaba manchada por detrás, junto al costado. Mojada. Algo pegajoso. Daba igual.

Abrió la puerta de la escalera y se detuvo. Oyó que su madre refunfuñaba y prestó atención un instante, por un último impulso de curiosidad. La frase le llegó incompleta:

—¿...Se te ha perdido por ahí? ¡Quiero levantarme! ¡Sabes que no debes dejarme sola tanto tiempo!

Le importaba muy poco lo que ella le dijese.

No iba a ceder. Aunque veía todo envuelto en una nube, aunque tenía que luchar por mantenerse sereno frente al aluvión de corrientes nerviosas que de repente comenzaban a recorrerlo —¿por qué, si lo estaba llevando a cabo a la perfección, si todo iba a las mil maravillas?

—, era muy consciente del paso que iba a dar.

Llevaba mucho tiempo, demasiado, dándole vueltas, analizando los pros y los contras, y cuando un día lograba decidirse al día siguiente volvía a pensárselo y, por la razón que fuese, concluía que no era todavía el momento y que lo mejor era aplazarlo y esperar.

Y el momento era ahora; el paso estaba dado, y si se paraba a analizar de nuevo, si se entretenía, corría el riesgo de arrepentirse y volverse otra vez atrás.

Para tranquilizarse, se repitió que no había ningún motivo para tener miedo. Su madre no lo sabría; sencillamente no podía entrar en él y leer lo que estuviese escrito en su mente, de modo que no tenía por qué inquietarse.

Miró hacia la puerta del dormitorio, de donde continuaban surgiendo voces que ya no entendía, que ya no iban con él, y le pareció que procedían de otra dimensión y que el pasillo, inmenso, delimitaba una barrera segura.

Esperanzado, respiró hondo y salió dando un portazo. Su madre seguía refunfuñando, pero él ya era inalcanzable.

ooo0ooo

Mientras viajaba en el Metro razonaba para sí mismo: Procuraría no hablar a fin de no dar pistas sobre su identidad ni revelar nada que pudiera comprometerlo.

Se limitaría al diálogo imprescindible para entenderse con la mujer y utilizaría en la medida de lo posible el lenguaje gestual. Todo lo demás sobraba.

¿Cómo sería ella? El anuncio decía que tenía veintidós años, pero por su voz imaginó que era mayor.

Apenas habían intercambiado unas cuantas palabras por teléfono, pero le había parecido muy dulce, como el olor a plátano recién cortado.

Una voz transparente, sin cuerpo, sin peso.

Eso fue lo que finalmente lo animó, pues justo antes de establecer contacto telefónico con ella había estado a punto –una vez más— de abandonar su idea y colgar.