El error Capítulo 4 #8
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Capítulo 4 #8

Ella debió de actuar confiada, de modo que usted no tuvo más que aprovechar alguna distracción para matarla. ¿Qué le parece?

Oía aquella voz conteniendo la respiración. ¿Era a él a quien le hablaba? La voz caía sobre su cabeza goteando como plástico derretido. Un hilo de fuego que cortaba, perforándole la piel y los huesos, y después seguía cayendo, penetrando con un agudísimo dolor, hacia dentro.

—Lo suyo hubiera sido detenerlo, había motivos más que suficientes para ello, era el sospechoso número uno.

Pero desde el primer momento nos pareció un alucinado, un alucinado culpable en este caso, y decidimos permitirle que actuara.

Estábamos convencidos de que acabaría acusándose usted solo tarde o temprano.

El hilo abrasaba. Abría la carne cortándola en finos jirones que se desmembraban mientras él permanecía allí, extraviado, perdido cualquier punto de apoyo, roto en pedazos.

—Por cierto: su clienta pudo llamarnos. Usted no llegó a matarla. Un hueso duro de roer por lo que se ve. Está en el hospital, se recupera lentamente. Creo que usted se dejó esto en su casa.

Vio la mano del policía abierta ante él, como si quisiera mostrarle algo, pero estaba vacía.

¿O no? Sí, había en ella algo pequeño, un objeto...

¡El móvil! ¡Era su móvil! ¡El policía se lo mostraba!

¿Para qué lo llevaba siempre encima? Su madre había vuelto a salirse con la suya.

Por su culpa... Aunque daba lo mismo: la arpía había cantado.

—Debió de perderlo durante el forcejeo...

El otro proseguía su perorata, pero él ya no oía nada.

El mundo que acababa de forjarse, el rascacielos desde el que lo había visto todo en el autobús, se disolvían rápidamente, como terrones de azúcar que se consumían sin que él supiese cómo evitarlo.

No reconocía el lugar en el que estaba. Resbalaba por un tobogán, una empinada pendiente sin asideros, hacia un espacio oscuro y helado, y en la caída daba vueltas, se frenaba, aceleraba…

Sentía náuseas. ¿Dónde estaba? ¿Qué espacio era aquél?

Ninguno. Todo era la caída. El espacio no existía, y al final del tobogán tampoco había nada.

—Pero lo más chocante es que su madre haya mentido— oyó de pronto sin saber de dónde venían las palabras—.

Eso de que lo llamó a la frutería y hablaron...

Lo hemos comprobado también, y esa tarde no hay registrada ninguna llamada, lo cual quiere decir que, si es verdad que lo llamó, usted no estaba.

Así que se ha quedado sin coartada. De todos modos era un argumento muy pobre.

Un testimonio único, de un familiar directo, con todo lo demás en su contra...

Demasia do simple; imposible de sostener.

Usted y su madre podrían haberse puesto de acuerdo, haber establecido algún tipo de triángulo con la mujer…

Hay muchas posibilidades. Será mejor que subamos.

Estoy ansioso por oír las explicaciones que ella tenga que darnos.

Miró a los ojos a su adversario sin saber qué decir. Su madre...

—Vamos— apremió el policía.

—¿Cree que es imprescindible?— balbuceó, perdido por completo.

—Absolutamente.

—Mi madre...

El policía lo empujó.

—No tiene elección. Colabore.

Subió las escaleras seguido por una corte de uniformes, desvanecidas por completo las ilusiones que se había forjado.

Todo había sido un desastre. La arpía vivía, y el policía sabía que había intentado matarla; y no sólo había descubierto que había asesinado a la mujer, sino que ahora vería que también había asesinado a su madre.

Pero mientras subía, un latigazo lo hizo darse cuenta del verdadero significado de lo que había hecho.

¿Sus ilusiones desvanecidas? En absoluto.

Era ahora justamente cuando empezaban a convertirse en auténtica realidad.

Él no había cometido ningún error, como había dicho su oponente.

Los errores los habían cometido otros: su madre, al dedicarse a mortificarlo una hora tras otra, un día tras otro, desde que tenía memoria para recordar; su padre, al no haber tenido agallas para acabar antes con ella como había hecho él; el policía,

negándole el menor atisbo de comprensión y tratándolo como si fuera un asesino más, un monstruo, un demente...

No; lo que él había hecho era justo lo contrario: alcanzar su mayor logro, el único.

Porque era ahora precisamente cuando comenzaba a ser libre.

Sólo que la libertad que él había conquistado no era como la de cualquiera, como la de los seres que van y vienen –la libertad que se consume y que se agota cada día—, sino que pertenecía a un estado superior.

No se trataba de una libertad mezquina, raquítica, con minúsculas, sometida a una lista interminable de necesidades, de apetencias —de límites, en definitiva—, sino la libertad de quien ha roto hasta la última de sus ataduras y se ha hecho auténticamente libre en su interior.

Y con un último pensamiento hacia la mujer de cuya mano había dado los primeros pasos en su camino hacia aquella transformación, abrió la puerta de su casa y miró a su oponente con la convicción de quien se siente único e indestructible,

y al imaginarse su cara al descubrir bajo las sábanas el cadáver de su madre le dio una palmada en el brazo y soltó una estrepitosa carcajada.