Capítulo 18 La víspera de la víspera
El lunes veintitrés, Owen decidió que no iba a tocar el piano.
Lo anunció en recepción, con el abrigo puesto y las manos escondidas en los bolsillos.
Maddie cerró los ojos un instante.
—No pasa nada —dijo Emma.
El niño la miró con desconfianza.
—Pero hay sillas.
Era cierto.
La tarde anterior habían colocado varias filas cortas en el salón grande para quienes quisieran escuchar a Teresa. Owen llevaba días practicando una melodía para tocar junto a ella, pero nadie le había explicado cómo sería la merienda.
Emma se agachó.
—Las sillas también son para descansar y comer. No tienes que tocar.
Owen miró hacia el salón.
—Mi mamá le ha dicho a la abuela del señor Wallace que iba a hacerlo.
Maddie se arrodilló junto a él.
—Porque pensé que te apetecía. Podemos decir que has cambiado de idea.
El niño frunció el ceño.
—¿Se puede?
Emma sintió ganas de reír y abrazarlo al mismo tiempo.
—Sí.
Owen mantuvo las manos dentro de los bolsillos unos segundos más.
—Quiero decírselo yo a Teresa.
—Me parece bien —respondió Maddie.
La mujer se puso de pie despacio.
Mientras Owen se acercaba al buzón cerrado, se volvió hacia Emma.
—Gracias por no intentar convencerlo.
Emma miró al niño.
Estaba trazando con el dedo una de las estrellas doradas.
—Ya hemos convencido a demasiada gente de que sabemos lo que necesita.
Maddie sonrió.
Después sacó una bolsa de tela.
Dentro llevaba servilletas limpias, un mantel y una caja de galletas.
—No sabía qué traer mañana.
Emma recibió la bolsa.
—Tú y Owen bastabais.
—Ya. Pero esto también me apetecía.
Emma asintió y dejó las galletas junto a las otras cajas.
Estaba aprendiendo a distinguir una cosa de la otra.
Teresa llegó media hora después.
Su sobrina la dejó en la entrada y quedó en recogerla antes de comer.
Owen la esperó junto al piano.
Emma permaneció en recepción, lo bastante lejos para no intervenir.
El niño habló en voz baja.
Teresa escuchó sin quitarse el abrigo.
Después dejó el bastón apoyado contra una silla.
—Pues no tocamos para ellos.
Owen levantó la cabeza.
—¿Tú tampoco?
—Yo no he dicho eso. A mí me gusta que me escuchen.
Él se quedó pensativo.
Teresa se sentó.
—Pero puedes acompañarme mientras practicamos. Hoy no hay público.
Miró hacia recepción.
Emma bajó los ojos al registro con una rapidez poco convincente.
Teresa tocó dos notas.
Owen se sentó junto a ella.
Empezaron despacio.
Emma siguió preparando la lista del día siguiente. No incluyó el nombre del niño entre quienes iban a tocar.
A media mañana, June abrió un armario del salón y encontró la caja de los calcetines de Navidad.
Se quedó de pie con ella entre las manos.
Emma estaba colocando vasos en una bandeja.
—¿Dónde los ponemos?
Su tía no respondió.
Emma dejó la bandeja.
Los calcetines eran de lana roja, con nombres bordados en la parte superior. El suyo tenía una estrella añadida sobre una letra torcida. El de June llevaba años enganchándose al mismo clavo.
El de Rose estaba encima de todos.
June lo apartó con cuidado.
—No había pensado en esto.
Emma se acercó.
Habían pasado semanas hablando de la casa, de su funcionamiento y de lo que podían hacer con ella.
No habían decidido qué hacer con un calcetín.
June acarició el bordado.
—El año pasado se quejó de que las mandarinas pesaban demasiado y torcían la chimenea.
Emma sonrió con un nudo en la garganta.
—La chimenea.
—Eso decía.
Su tía soltó una risa breve.
Después tuvo que secarse una mejilla con el dorso de la mano.
Emma recibió la caja antes de que se le cayera.
La dejó sobre una silla y la abrazó.
June permaneció rígida un segundo.
Luego apoyó la frente en su hombro.
—La echo de menos —dijo.
Emma cerró los ojos.
Llevaba tanto tiempo notando la ausencia de su abuela en cosas pequeñas que oírla nombrada de aquel modo le deshizo la última resistencia.
—Yo también.
No hablaron de lo orgullosa que estaría.
No intentaron encontrar una explicación útil.
Se quedaron juntas en el salón mientras, al otro lado de la puerta, Teresa repetía un compás para que Owen pudiera seguirla.
Cuando June se apartó, Emma le acercó un pañuelo.
Su tía se sonó con poca elegancia.
—Ahora parecerá que he estado peleándome con las guirnaldas.
—Eso resultaría creíble.
June miró la caja.
Emma esperó.
—Lo colgamos —decidió su tía—. Este año quiero verlo ahí.
Entre las dos pusieron los calcetines sobre la chimenea del salón grande.
El de Rose quedó junto al de June.
Emma no añadió nada dentro.
Más tarde, Luke llegó con una caja de adornos que había reparado.
Encontró a Emma en el porche, probando el temporizador de las luces.
Se acercó y le pasó un brazo alrededor de la cintura.
Ella apoyó un instante la cabeza en su pecho.
Luke no preguntó enseguida.
Esperó.
—Hemos encontrado el calcetín de mi abuela —dijo Emma.
Él le acarició la espalda.
—Ah.
Ella asintió contra su abrigo.
Dentro sonó una carcajada de Owen.
Después una nota de piano que no tenía ninguna relación con las anteriores.
Emma sonrió sin apartarse.
—Hay momentos en los que parece que todavía va a entrar por la puerta para decirnos que hemos puesto las mesas demasiado juntas.
Luke miró hacia el salón.
—Probablemente las habría puesto ella aún más juntas.
—Sí.
El aire frío le secó las mejillas.
Emma levantó la cabeza.
Luke le besó la frente.
Luego la soltó para que pudiera volver al trabajo.
No necesitaba que la salvara del día.
Le gustaba que supiera acompañarla en él.
A la una, Nora apareció con Walter.
Él llevaba un pastel entero.
Ella sostenía la caja por debajo, como si desconfiara del recipiente.
—Ha salido mejor —anunció Walter.
Emma les abrió paso hasta la cocina.
Rosa, que había venido a comprobar el espacio para el aniversario, levantó la vista al verlo.
—¿Lo dejaste enfriar?
Walter asintió.
—Sin tocarlo.
Nora soltó el recipiente.
—He tenido que distraerlo.
June buscó sitio sobre la mesa.
Walter observó el pastel con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Mi hija llega esta noche. Quería llevarlo mañana, pero igual tengo que guardarle una parte.
—Le cortamos un trozo ahora —dijo June.
Él dudó.
Después asintió.
Mientras buscaban una caja, Nora se quedó a su lado.
No lo tocó ni llenó la pausa.
Walter miró el pastel.
—A mi mujer le habría molestado que este estuviera mejor que alguno de los suyos.
Rosa cruzó los brazos.
—Pues no se preocupe. Aún hay margen.
Walter se rio.
La risa le tembló un poco.
Nora le rozó la manga y siguió allí.
Emma volvió al vestíbulo con una caja vacía en las manos.
Había pasado tanto tiempo buscando momentos que parecieran una Navidad perfecta que casi no habría reconocido aquel: una cocina desordenada, un viudo aprendiendo una receta y alguien capaz de quedarse cerca sin pedirle que dejara de estar triste.
Por la tarde terminaron los últimos encargos.
Harold confirmó el transporte del día siguiente. La grabación del cuento estaba enviada. El árbol de la mujer que no podía subir a una escalera tenía luces, aunque las ramas más bajas habían quedado decoradas por su nieto.
Emma recibió una fotografía.
Todos los adornos estaban concentrados en el mismo lado.
La mujer había escrito debajo:
Así sé dónde está sentado él.
Emma sonrió y guardó el teléfono.
Solo quedaba una solicitud abierta para enero.
La carpeta ya no pesaba tanto.
A las seis, June se fue a descansar antes de preparar la cena. Luke había vuelto al taller y Teresa estaba en casa de su sobrina.
Emma recorrió el salón grande.
Comprobó que hubiera espacio para pasar entre las sillas. Dejó algunas junto a las paredes para que nadie tuviera que sentarse en fila si no quería. Apartó del piano los vasos y las luces de batería.
Después se quedó mirando el lugar que había dejado para Owen.
No había un cartel con su nombre.
Lo retiró también de su cabeza.
El niño podía venir a comer galletas.
Podía sentarse con su madre.
Podía pasar toda la tarde hablando de dinosaurios.
Emma apagó la lámpara del piano.
Al regresar a recepción encontró su teléfono iluminado.
Sophie había enviado una fotografía de las primeras cajas del estudio.
Libros, muestras, una lámpara.
Debajo había escrito:
No he tirado la planta. Merece una oportunidad después de sobrevivirte.
Emma respondió con una risa y confirmó la fecha del viaje.
Luego abrió el calendario de enero.
Había trabajo reservado. Días en Boston. Una cita con el contable.
Y dos tardes que había dejado libres sin explicar para qué.
Emma las miró con satisfacción.
Subió a cambiarse para cenar.
Sobre la cómoda seguía la tarjeta de su deseo.
La cogió.
Esta vez no la volvió a doblar.
La llevó abajo y la guardó en el bolsillo de la libreta verde, donde June había escrito su nueva anotación.
Emma la leyó por primera vez.
No hace falta que una sola persona sepa hacerlo todo.
Debajo, su tía había añadido:
Y si alguien ofrece lavar los platos, dejarlo.
Emma se rio sola en recepción.
Después cerró la libreta y fue a buscar a June.