Capítulo 17 Un sitio para volver
Ben subió al tejado el viernes por la mañana.
Emma lo vio desde el jardín, junto a Luke, mientras uno de sus ayudantes preparaba los materiales.
El cielo estaba despejado. La nieve del acceso había quedado amontonada junto al cobertizo y la rama caída ya no bloqueaba la escalera trasera. El pasamanos seguiría cerrado hasta que Luke pudiera sustituirlo.
—Si no aparece nada más, mañana terminamos —dijo Ben desde arriba.
Emma levantó una mano para indicar que lo había oído.
Luke le rozó el codo.
—Vamos dentro. Desde aquí no se repara antes.
Ella volvió a mirar el tejado.
Después lo siguió.
La cocina estaba ocupada por June y Rosa.
Habían medido encimeras, comprobado enchufes y discutido dónde colocar una mesa auxiliar para servir sin bloquear la puerta.
Sobre un cuaderno había una lista corta de lo que faltaba.
Emma la leyó.
No había una cocina nueva. Tampoco un horno industrial ni una cifra imposible.
Había organización, un par de utensilios que Rosa podía llevar y una visita pendiente para confirmar los requisitos de los eventos.
—Para el aniversario, esto puede funcionar —dijo Rosa—. Pero no me prometas otra celebración el mismo día.
—No voy a hacerlo.
La mujer la señaló con el bolígrafo.
—Lo quiero por escrito.
Emma sonrió.
Aquella frase empezaba a parecerle una muestra de afecto.
June estaba sentada.
No cocinaba, no recogía y no parecía estar buscando una razón para levantarse.
Emma lo notó con satisfacción.
La ayuda de limpieza había empezado aquella mañana. Durante la primera media hora, su tía estuvo a punto de seguir a la mujer por toda la casa. Después le enseñó dónde estaban las sábanas, respondió las preguntas y bajó.
Ahora tomaba café mientras otra persona limpiaba los baños.
Todavía miraba hacia la escalera de vez en cuando.
Pero permanecía en su silla.
Emma abrió su ordenador en el extremo libre de la mesa.
La fotógrafa había recibido la aprobación del propietario del estudio. Sophie podía entregar las llaves cuando Emma terminara de retirar sus cosas después de Navidad.
La salida anticipada ya tenía fecha y condiciones claras.
Emma confirmó la cita para firmar.
Al cerrar el correo encontró otro de Daniel y Aaron.
El contrato estaba firmado.
Lo guardó en la carpeta de la celebración y envió una copia a Rosa.
Después abrió una nota para Luke.
No era una lista de reparaciones.
Había escrito los días en que iría a Boston y el nombre de la cafetería que quería enseñarle.
Él estaba junto al fregadero, hablando con June sobre la nueva barandilla.
Emma le giró la pantalla.
Luke leyó.
—Puedo llevar la camioneta.
—Eso te convierte en una elección muy práctica.
Él la miró.
—Me esfuerzo.
Rosa levantó la vista de su cuaderno.
—Yo también tengo una camioneta, por si esto no funciona.
June soltó una carcajada.
Emma escondió la sonrisa detrás de la taza.
A mediodía llamaron desde el tejado.
Ben quería que vieran la madera que habían retirado.
Emma subió al desván con él y Luke. No pisó donde no debía ni intentó fingir que entendía de cubiertas.
Ben señaló una zona oscura.
—Hemos tenido que cambiar esta parte. El resto está firme.
Le explicó qué estaba haciendo y le enseñó el material nuevo.
El gasto quedaría dentro del margen que habían previsto.
Emma apoyó una mano en una viga seca.
Llevaba dos días esperando una frase que empezara con «hemos encontrado otra cosa».
Ben siguió hablando de remates, sellado y plazos.
Ella lo escuchó entero.
Al bajar, Luke se quedó un momento en el rellano.
—¿Mejor?
Emma asintió.
—Me había preparado para mucho más.
Él se apoyó en la pared.
—A veces solo es una reparación.
Emma miró hacia el armario de sábanas, vacío y limpio.
—Voy a necesitar que me recuerdes eso alguna vez.
Luke se acercó y le besó la frente.
—Alguna vez.
El sábado por la tarde, el salón grande volvió a despejarse para la clase de baile.
Harold llegó con Beatrice.
Nora los vio entrar desde recepción y le dio un pequeño codazo a Emma.
—No mires.
Emma se volvió hacia ella.
—Me acabas de pedir que mire.
—Con discreción.
Beatrice era una mujer alta, con el pelo blanco recogido y una bufanda verde que Harold ayudó a retirar de su abrigo.
Alice llegó poco después con dos vecinas.
En diez minutos había seis personas intentando decidir cuál era el pie izquierdo y June buscando más tazas.
Luke se colocó junto a Emma.
—La clase ya tiene más alumnos que profesores.
—Podemos limitarnos al mismo paso.
—¿Toda la tarde?
Emma lo miró.
—Tú has trabajado semanas enteras haciendo el mismo mueble.
—Los muebles no me pisan.
Pusieron música.
Harold y Beatrice comenzaron despacio. Él contaba en voz tan baja que casi no se oía. Ella dejó que lo hiciera durante media canción y luego le apoyó una mano en el hombro.
—Creo que podemos dejar los números.
Harold levantó la cabeza.
Al tercer intento consiguió girar sin detenerse.
Desde su mesa, Nora dejó de remover el té.
Emma siguió su mirada.
Walter estaba en la puerta.
Llevaba una bolsa de papel.
La vio y sonrió con un nerviosismo que le cambió la cara.
Nora se levantó antes de que pudiera acercarse.
—¿El pastel?
Él asintió.
—He guardado un poco.
La mujer recibió la bolsa.
Después miró hacia quienes bailaban.
Walter también.
Pasaron varios segundos.
Emma se dio la vuelta para que ninguno sintiera que estaba asistiendo a una inspección.
Luke le tendió la mano.
—¿Vamos a tener que darles una demostración?
Ella la tomó.
Bailaron cerca del piano, sin corregir a nadie durante un rato.
Emma vio a June sentarse junto a Alice para hablar de la merienda de Nochebuena. La mujer de limpieza ya se había marchado. Las habitaciones estaban preparadas y el cesto de ropa no esperaba en mitad del pasillo.
El tejado estaba terminado.
Ben había dejado fotografías, instrucciones y la factura final.
Aún había trabajo pendiente.
Por primera vez, no parecía que todo tuviera que hacerse antes de poder respirar.
Luke la hizo girar suavemente.
Al volver junto a él, Emma apoyó la mejilla cerca de su cuello.
—Me gusta esto.
—¿Bailar conmigo?
—También.
Él le acarició la espalda.
Emma no necesitó explicar el resto.
Después de la clase, June dejó a Luke y a Emma recogiendo las tazas y se puso el abrigo.
Los dos la miraron.
Ella terminó de abrochárselo.
—Voy a cenar con mi hermana.
Emma parpadeó.
—¿Esta noche?
—Esta noche. Duermo allí y vuelvo mañana por la tarde.
Se hizo un silencio breve.
June miró a su sobrina.
—Está en el calendario.
Emma recordó el bloque que habían reservado como primer día libre completo.
Hasta ese momento había parecido una intención.
—Sí. Claro.
Su tía cogió una bolsa pequeña de debajo del mostrador.
—He dejado todo lo que necesitáis escrito.
Luke levantó una mano.
—¿Dónde están las fundas de almohada?
June lo señaló con una severidad que no le duró.
Él se rio.
Emma la abrazó antes de que saliera.
Su tía tardó un segundo en devolverle el abrazo.
Luego le apretó la espalda.
—No pasa nada por que falte yo una noche.
—Lo sé.
June se apartó.
—Empieza a practicarlo.
Cuando el coche se alejó, Emma permaneció junto a la puerta hasta que Luke le pasó un brazo por los hombros.
Volvieron dentro.
Había dos habitaciones ocupadas y ninguna llegada pendiente. En la cocina quedaba sopa para la cena. Los teléfonos estaban cargados y la calefacción funcionaba.
Aun así, Emma sintió el impulso de comprobarlo todo.
Luke la dejó hacer una ronda.
Cuando regresó a recepción, él había colocado dos platos sobre la mesa de la cocina.
—Creo que podemos cenar.
Emma se sentó.
Sin June, el silencio de la casa era distinto.
No vacío.
Simplemente nuevo.
Comieron despacio. Después llevaron las tazas al salón pequeño y se acomodaron juntos en el sofá.
Emma apoyó los pies bajo una manta.
Luke tenía la mano sobre su rodilla.
—Tengo una pregunta —dijo ella.
Él volvió la cabeza.
—Dime.
—¿Dónde te gustaría estar en marzo?
Luke no respondió enseguida.
Emma esperó, aunque sintió el viejo deseo de retirar la pregunta antes de escuchar algo difícil.
Él miró hacia el vestíbulo.
—Me gustaría seguir teniendo trabajo que me guste. Ver más a mis sobrinas cuando no necesiten que les arregle algo.
Ella sonrió.
Luke volvió hacia ella.
—Y me gustaría que pudiéramos hablar de planes sin empezar por cuándo vas a marcharte.
Emma bajó los ojos a su mano.
Luego lo miró de nuevo.
—A mí también.
Él le rozó la mejilla.
—¿Y tú?
Emma pensó en Boston. En la posada. En la cantidad de cosas que todavía no sabía.
—Quiero saber que he elegido lo que hago. Que puedo cambiarlo si deja de funcionar, sin sentir que toda mi vida ha sido un error.
Luke asintió.
Ella se acercó un poco más.
—Y quiero seguir aquí contigo.
Él la besó.
Cuando se separaron, Emma permaneció a su lado, sin añadir una explicación ni una condición.
En el vestíbulo, el reloj dio las diez.
Por primera vez desde que regresó, aquel sonido no le recordó todo lo que le quedaba por hacer.