Capítulo 16 Las manos disponibles
Luke llegó primero a la cocina.
Emma lo siguió con la linterna del teléfono mientras June sujetaba la puerta para que no se cerrara.
Al otro lado del cristal, una rama gruesa había caído sobre el pasamanos de la escalera exterior. La madera rota colgaba sobre los peldaños. Una de las luces del jardín se balanceaba, apagada.
Luke acercó la linterna de June a la ventana.
—Ha caído del arce.
Emma buscó con la luz el resto del árbol, pero la nieve no dejaba ver más allá de unos metros.
—¿Ha tocado la casa?
Él examinó el marco y la pared.
—No parece. Hay que cerrar esta salida.
June cogió un cartel del armario de limpieza y lo colocó frente a la puerta. Luke giró la llave.
Ninguno habló de retirar la rama.
El viento volvió a sacudir los cristales.
Emma miró la escalera interior.
—Voy con los huéspedes.
En el segundo piso encontró a una pareja en el pasillo. El hombre alumbraba con el teléfono y la mujer llevaba las botas sin abrochar.
—¿Tenemos que salir? —preguntó ella.
Emma negó con calma.
—No. Se ha cortado la luz en la zona. Una rama ha caído en el jardín, pero esa salida está cerrada. Os vamos a dejar una linterna y mantas adicionales.
La mujer se apoyó una mano en el pecho.
Emma esperó a que respirara antes de continuar.
Llamó a las otras dos habitaciones. Un huésped seguía dormido y los de la última estaban mirando la nieve desde la ventana. Les explicó dónde encontrarla y les pidió que mantuvieran las puertas cerradas para conservar el calor.
Cuando bajó, June había dispuesto una caja de mantas sobre recepción.
Luke regresaba del cuarto de la caldera.
—Sin electricidad no circula el agua de la calefacción.
Emma miró el termostato.
La temperatura apenas había empezado a bajar.
En su teléfono se abrió por fin el aviso de la compañía. Había varios cortes y todavía no ofrecían una hora de restablecimiento.
Les mostró la pantalla.
June se ajustó el abrigo.
—El salón grande aguanta mejor.
Tenía una chimenea que usaban algunos fines de semana. No era la del salón pequeño, que seguía clausurada.
Luke asintió.
—Voy a encenderla.
Emma repartió las linternas. Después cerró las puertas de las habitaciones vacías y volvió al vestíbulo para comprobar que todos tuvieran lo necesario.
Estaba anotando la hora del corte cuando el móvil empezó a sonar.
Nora.
—No me digas que estás sin luz —dijo Emma al contestar.
—Estoy sin luz.
Emma cerró los ojos un instante.
—¿Tienes linterna?
—Sí. Gregory se ha comido la esquina de una revista, pero está bien.
—¿Y tú?
—Yo no me he comido nada.
Emma sonrió pese al cansancio.
Detrás de Nora sonó otra voz.
—¿Hay alguien contigo?
Una pausa.
—Walter.
Emma miró hacia la cocina.
—Bien.
—Vino a traerme el molde antes de que empeorara y le dije que no volviera a salir.
—Has hecho bien.
Nora bajó la voz.
—Te llamo por la señora Alvarez. Vive al otro lado de mi calle. He visto luz en su ventana, así que tiene una linterna, pero no sé si tiene a alguien con ella.
Emma abrió el registro privado.
Teresa tenía anotado el teléfono de una sobrina como contacto.
—Voy a llamarla. Tú no cruces la calle.
—No pensaba hacerlo.
Emma esperó.
—Todavía —admitió Nora.
Le prometió devolverle la llamada y marcó a Teresa.
La mujer contestó enseguida.
—Estoy bien.
Emma ni siquiera había podido presentarse.
—Me alegro.
—Nora ya habrá empezado a vigilar las ventanas.
—Solo quería saber si necesita algo.
Teresa tardó un segundo.
—Tengo mantas. Mi sobrina viene por la mañana si puede llegar.
Emma miró el aviso del tiempo.
Las recomendaciones eran claras: evitar desplazamientos mientras durara lo peor.
—¿Tiene el teléfono cargado?
—La mitad.
—Voy a avisar a su sobrina y a decirle a Nora que siga en su casa. Si tiene frío o necesita algo, llámenos.
Teresa soltó el aire.
—No quiero que venga nadie a romperse una pierna por mí.
—Estamos de acuerdo.
Cuando colgó, Luke estaba en el umbral del salón.
—¿Todos bien?
Emma asintió.
Le contó lo de Teresa.
Él miró hacia la ventana.
—Ahora mismo no se puede hacer nada fuera.
Emma sostuvo el teléfono entre las manos.
—Lo sé.
Le costó decirlo y más todavía aceptarlo.
Luke se acercó.
Le apartó un mechón del cuello del jersey y dejó la mano un momento sobre su hombro.
—Podemos comprobar cómo sigue dentro de una hora.
Ella asintió.
Después llamó a la sobrina.
A las tres y media, los huéspedes habían bajado al salón grande.
Luke había encendido el fuego. June repartía mantas mientras Emma registraba quién necesitaba cargar el teléfono. Habían encontrado dos baterías portátiles y acordaron reservarlas para llamadas.
Uno de los hombres llevaba un pequeño aparato médico que utilizaba para dormir. Emma le preguntó qué necesitaba y él le explicó que tenía una batería propia para viajes.
Lo anotó.
No todo requería una solución suya.
La mujer de las botas se sentó cerca de la chimenea y miró alrededor.
—Perdón por el susto de antes.
June le acercó una manta.
—A estas horas, todos tenemos permiso.
Emma se quedó junto a la puerta hasta asegurarse de que estaban acomodados.
Entonces oyó a Luke moviendo otra silla.
—Aquí.
Había dejado un sitio a su lado.
Ella miró el teléfono.
No había novedades.
Se sentó.
El fuego crujía. Alguien preguntó si podían cerrar las cortinas para conservar mejor el calor. Otro huésped se levantó a ayudar.
June apoyó los pies sobre un pequeño taburete.
Poco a poco, las conversaciones fueron apagándose.
Emma notó el brazo de Luke detrás de su espalda.
No recordó haberse quedado dormida.
La despertó el sonido de June abriendo las cortinas.
El cielo empezaba a aclarar.
La nieve había cubierto el jardín y borrado los peldaños de la entrada. La rama caída seguía sobre la escalera trasera, lejos de la pared.
Dentro hacía frío, pero el fuego conservaba calor.
Emma se incorporó.
Luke ya no estaba a su lado. Lo encontró en el vestíbulo, hablando por teléfono con Ben.
Esperó a que terminara.
—Viene cuando despejen la carretera —explicó él—. Primero tiene que comprobar otra casa. Le he dicho que aquí no parece haber entrado más agua.
Emma miró el techo protegido.
La mancha seguía igual.
Le temblaron las rodillas de alivio.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de la sobrina de Teresa: estaba saliendo con un vehículo adecuado y la recogería en cuanto pudieran limpiar el acceso.
Emma se lo enseñó a Luke.
Él sonrió.
Después fueron a ver a los huéspedes.
Uno de ellos se ofreció a ayudar con las palas. Emma encontró las del cobertizo y Luke indicó qué zona podían despejar sin acercarse al arce.
Trabajaron solo en el camino de entrada.
La rama esperaría a alguien con el equipo apropiado.
A las ocho y cuarto volvió la luz.
El sonido de la calefacción recorrió la casa.
Durante un segundo, nadie se movió.
Después June levantó los brazos desde la puerta de la cocina.
—Café.
Hubo una alegría tan inmediata que Emma se rio.
Una de las huéspedes aplaudió.
Luke apoyó la pala junto al porche y se acercó.
Tenía las mejillas rojas y nieve en las pestañas.
Emma lo abrazó sin decir nada.
Él la apretó contra el abrigo.
Habían pasado la noche juntos de una forma que ninguno había imaginado al subir a la habitación.
Aun así, al separarse, Emma sintió la misma certeza tranquila de antes del corte.
Lo quería cerca.
También cuando había cosas que no podía resolver.
A media mañana, la sobrina de Teresa llamó para avisar de que su tía estaba con ella.
Nora y Walter seguían en casa, tomando café.
Los huéspedes desayunaban tarde y comparaban fotografías de la nieve.
Emma estaba cambiando las pilas de una linterna cuando se abrió la puerta principal.
Maddie entró con Owen.
Los dos llevaban las botas cubiertas de blanco.
—Nuestra calle sigue sin electricidad —explicó—. June dijo que podíamos venir un rato.
Su tía apareció detrás de recepción.
—La habitación dos está caliente. Podéis usarla hasta que os avisen.
Maddie intentó protestar.
June ya tenía la llave en la mano.
Owen se quedó mirando el salón grande.
Las mantas seguían sobre las sillas. Había tazas en la mesa y una cesta de leña a medio vaciar.
Luego miró a Emma.
—¿La merienda de Nochebuena sigue aquí?
Ella se agachó para quedar a su altura.
—Sí.
—Bien. Teresa dice que ya casi sé la canción.
Emma sonrió.
El niño siguió a su madre por la escalera.
Ella se quedó un momento junto al mostrador.
La casa tenía un pasamanos roto, reparaciones que pagar y toallas húmedas por todas partes.
También había conseguido mantener calientes a nueve personas durante una noche difícil.
Emma terminó de cerrar la linterna y la devolvió al armario.
Antes de guardar la caja, añadió a la lista de compras más pilas y otra batería portátil.