El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 15 Cuando se apagan las luces
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Capítulo 15 Cuando se apagan las luces

El miércoles, Nora cerró el buzón a las seis en punto.

Emma esperaba que retirara las tarjetas, guardara la llave y se pusiera el abrigo.

En cambio, sacó un pequeño reloj del bolso, comprobó la hora y mantuvo la mano sobre la tapa durante unos segundos.

—¿Qué haces? —preguntó Emma.

—Por si llega alguien corriendo.

No llegó nadie.

June llevó una bandeja de té al salón. Luke estaba terminando de ajustar el pestillo de una ventana. Fuera, el cielo tenía un color gris que se confundía con la nieve.

Nora giró la llave.

—Treinta y cuatro —anunció.

Dos tarjetas más habían llegado aquella tarde.

Una pedía ayuda para colocar un árbol sin tener que subir a una escalera. La otra pertenecía a una mujer que quería grabar un cuento para su nieta, nacida en otro país.

Emma añadió ambos deseos al registro.

Ya sabía a quién preguntar.

El buzón quedó vacío sobre la mesa.

Le sorprendió lo pequeño que parecía ahora.

Nora se sentó a su lado.

—Walter ha hecho el pastel.

Emma levantó la vista.

—¿Ha salido bien?

—Ha salido.

Su expresión no ofrecía garantías.

June dejó las tazas.

—¿Y?

Nora se quitó las gafas.

—No sabe igual que el de su mujer.

El silencio que siguió no era incómodo.

Emma miró la ficha de Walter, con sus medidas imprecisas y sus manchas antiguas.

—Quizá no tenía que saber igual —dijo.

Nora alisó una esquina de la hoja.

—Eso le ha dicho Rosa.

Se quedó un momento callada.

Después añadió:

—Lo va a hacer otra vez el lunes. Me ha preguntado si puedo ir.

June cogió su taza para ocultar una sonrisa.

Emma se limitó a marcar el deseo como cumplido.

No necesitaba escribir todo lo demás.

Al terminar la revisión, quedaban cinco encargos en marcha y dos peticiones que no habían podido resolver. Emma había hablado con ambas personas. Una aceptó que volvieran a intentarlo en enero. La otra prefirió retirar su tarjeta.

Había anotado sus decisiones.

No había casillas suficientes para describir lo que sentía al ver aquella lista casi terminada.

Nora apoyó un dedo sobre el registro.

—Rose habría tenido alguna anotación en los márgenes.

Emma sonrió.

—Probablemente seis.

—Y un teléfono en una bolsa de pan —añadió June.

Luke se acercó después de guardar el destornillador.

—La ventana ya cierra.

Nora lo miró.

—Entonces puedes llevarme a casa.

Él cogió su abrigo.

—¿Vas a preguntármelo?

—¿Eso cambiaría algo?

—Me permitiría decir que sí.

Nora lo pensó.

Luego levantó la barbilla.

—¿Puedes llevarme a casa, Luke?

Él sonrió.

—Sí.

Cuando salieron, Emma llevó las tazas a la cocina.

June permaneció junto a la mesa, pasando despacio las páginas de la libreta verde.

—¿Quieres quedártela tú? —preguntó Emma.

Su tía negó.

—Quiero escribir algo.

Cogió un bolígrafo y buscó una página limpia.

Emma esperó en la puerta.

June escribió unas líneas, cerró la libreta y la dejó junto al ordenador.

Después se quitó el delantal.

—Voy a acostarme pronto. Mañana vienen los de limpieza y quiero tener energía para enseñarles lo que hay.

Subió sin preguntar si necesitaban algo más.

Emma la vio desaparecer por la escalera.

Aquello, pensó, también era empezar.

Luke regresó media hora después.

Traía nieve sobre los hombros y una bolsa de papel.

—Nora te manda esto.

Dentro había dos porciones de pastel.

Emma observó la miga densa.

—¿El de Walter?

—He recibido instrucciones de no emitir un juicio por teléfono.

Ella se rio.

Lo llevó a la cocina y sacó dos platos.

El pastel sabía a especias, naranja y algo ligeramente tostado. Una esquina estaba más dura que el resto.

Luke probó un bocado.

—He comido cosas peores.

—No lo pondría en una tarjeta de agradecimiento.

Emma tomó otro trozo.

No era perfecto.

Se lo terminaron.

Después subieron al salón pequeño con una jarra de té. Luke encendió una lámpara y Emma se acomodó junto a él en el sofá.

Durante unos minutos hablaron de horarios. Ben esperaba una ventana de tiempo seco para empezar el tejado. La empresa de limpieza vendría por la mañana. El depósito de Daniel y Aaron había llegado y estaba separado del resto de los fondos.

Finalmente, Luke le quitó con suavidad la libreta de las manos.

La dejó sobre la mesa.

—Ahora puedes parar.

Emma miró sus dedos vacíos.

—Estoy fuera de práctica.

—Ya me he dado cuenta.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

Luke olía a frío y al jabón que utilizaba después del trabajo. Bajo la camisa, su cuerpo estaba caliente.

Emma cerró los ojos.

No necesitaba vigilar una cazuela ni esperar un correo. El buzón estaba cerrado. June dormía arriba. Los huéspedes tenían sus llaves y sabían dónde encontrar agua.

Podía estar allí.

Giró la cara y lo besó junto al cuello.

Luke bajó la mirada.

Ella volvió a besarlo, esta vez en la boca.

Él le acarició la mejilla y esperó a que fuera Emma quien se acercara un poco más.

Lo hizo.

Había algo nuevo en poder desearlo sin sentir que estaba adelantándose a una despedida.

Luke le rodeó la cintura.

El beso se volvió más lento. Emma deslizó una mano bajo el cuello de su camisa y sintió su respiración contra los labios.

Cuando se apartaron, él mantuvo la frente cerca de la suya.

—¿Estás bien?

Emma asintió.

Luego sonrió.

—Estoy intentando no organizar lo que viene después.

Luke se rio en voz baja.

—Podemos dejarlo sin programa.

Ella lo miró durante un momento.

Después se puso de pie y le tendió la mano.

Subieron sin encender la luz principal.

En la habitación, Emma cerró la puerta y se quedó frente a él. Sobre la cómoda descansaban los pendientes azules y la tarjeta que había escrito la noche anterior.

Luke siguió su mirada, pero no intentó leerla.

Le tomó la cara entre las manos.

Emma lo besó antes de que pudiera preguntar otra vez.

Se quitaron los abrigos que ya no llevaban y las precauciones que todavía conservaban en los hombros. Hubo botones que se resistieron, una risa al tropezar con las botas y una pausa en la que Luke volvió a mirarla para asegurarse.

Ella le respondió acercándolo.

Más tarde, cuando la habitación quedó en silencio, Emma permaneció con la mejilla apoyada en su pecho.

No sabía qué aspecto tendría su vida en marzo.

Sabía que no quería levantarse para comprobar el teléfono.

Luke le acarició el brazo.

—Tienes los pies helados.

Ella los acercó un poco más a sus piernas.

—Podría ir a buscar calcetines.

Él la abrazó.

—No hace falta.

Emma cerró los ojos.

La primera vez que despertó, pensó que el reloj se había detenido.

No se oía la calefacción.

Tampoco el pequeño zumbido de la lámpara del pasillo que entraba por debajo de la puerta.

Se incorporó despacio.

La habitación estaba oscura.

Luke se movió a su lado.

—¿Qué pasa?

Emma buscó el teléfono en la mesilla.

Las dos y trece.

La batería estaba casi llena, pero el icono de carga había desaparecido.

—Creo que se ha ido la luz.

Él se sentó de inmediato.

Ambos escucharon.

Fuera, el viento golpeó una contraventana.

Emma encendió la linterna del teléfono y se acercó a la ventana. Apenas distinguió el jardín. La nieve cruzaba el haz de luz de forma casi horizontal.

Del otro lado de la pared llegó una puerta abriéndose.

June.

Emma cogió el jersey del respaldo de la silla.

Luke ya se estaba poniendo la camisa.

En el pasillo, su tía llevaba una linterna y el abrigo sobre el camisón.

Miró a Emma.

Después a Luke.

Su expresión cambió solo un instante.

—Bien —dijo—. Somos tres.

Emma agradeció que aquello fuera todo.

Bajaron juntos.

En recepción, el teléfono fijo no tenía línea. Emma intentó abrir el aviso de la compañía eléctrica en el móvil, pero la conexión tardaba en responder.

Luke comprobó por la ventana la casa más cercana.

También estaba a oscuras.

—Parece de la zona —dijo.

June abrió el armario de emergencias y sacó linternas, pilas y una caja de luces de batería.

Emma consultó el registro.

Tres habitaciones ocupadas.

Seis personas, además de ellos.

—Yo aviso a los huéspedes —dijo—. Tú comprueba que no haya nadie intentando bajar a oscuras.

June asintió.

Luke se dirigió hacia el pasillo de servicio.

Emma le tocó el brazo antes de que se alejara.

—Nada de salir al tejado.

Él la miró.

—Ni aunque me lo pidieras.

Subieron los tres peldaños que los separaban de la escalera cuando un golpe fuerte sonó en la parte trasera.

Después llegó el ruido de madera arrastrándose.

Emma se detuvo.

Luke giró hacia la cocina.

June levantó la linterna.

Una segunda ráfaga hizo temblar los cristales.

Esta vez, desde el jardín, se oyó claramente algo romperse.