Capítulo 14 Hasta marzo
June leyó el correo del contable dos veces antes de coger el bolígrafo.
—Quiero entender qué pasa si febrero sale mal.
Emma acercó su silla.
Sobre la mesa habían dispuesto las cuentas de la posada, el presupuesto del tejado y la propuesta de venta. Luke tenía delante únicamente su carpeta de reparaciones.
El contable había pedido que aclararan tres cosas: cuánto dinero estaban dispuestas a invertir, qué gastos podían aplazarse y qué tendría que ocurrir para dar por terminado el intento.
Emma abrió la hoja nueva.
—Podemos separar el dinero de los tres meses y no tocar el resto. Si llegamos al límite antes de marzo, revisamos el plan en ese momento. No esperamos a quedarnos sin nada.
June señaló una casilla.
—Aquí pone limpieza.
—Una persona por horas. He hablado con la empresa que atiende las casas de la calle River. Pueden venir a ver la posada el jueves y darnos un presupuesto cerrado.
—¿Y mis días libres?
Emma giró otra página.
Había dibujado un calendario sencillo.
Cuatro días para June. Dos para Emma. El séptimo se cubriría con ayuda, y durante las semanas de menor ocupación no aceptarían llegadas cualquier día ni a cualquier hora.
Su tía recorrió el calendario con el dedo.
—Los huéspedes no siempre llegan cuando dicen.
—Lo sé. Pondremos límites claros antes de cobrarles.
June levantó la mirada.
Emma supo lo que estaba pensando. Habían pasado años atendiendo como urgente cualquier petición que entrara por teléfono.
No podían prometer el mismo servicio con menos trabajo.
—Algunas personas reservarán en otro sitio —añadió.
—Sí —dijo June.
Lo aceptó con una seriedad que a Emma le resultó alentadora.
Siguieron hasta el tejado.
Luke abrió su carpeta.
—Ben puede dividir el trabajo en dos pagos. Materiales al empezar y el resto cuando termine. Ya lo ha puesto por escrito.
Emma leyó las condiciones.
No había un favor escondido. Era una forma de pago que el contratista aceptaba también con otros clientes.
—Y estas reparaciones pueden esperar —continuó Luke, señalando una lista—. Las ventanas necesitan sellado, pero no hay que cambiarlas ahora. La barandilla sí tiene que terminarse antes de volver a utilizar ese extremo del porche.
June anotó algo.
Después giró la hoja hacia él.
—Tus facturas también se pagan.
Luke abrió la boca.
—June…
Ella apoyó la punta del bolígrafo sobre la mesa.
—No voy a empezar mis días libres debiéndote tres meses de trabajo.
Él miró a Emma.
Ella levantó las manos.
—Esta vez no he dicho nada.
Luke acabó sonriendo.
Se quedaron casi dos horas.
Pidieron comida a la cafetería, dejaron enfriar el té y corrigieron una suma que habían trasladado mal. A las diez y media, Emma tenía delante un plan que no parecía especialmente bonito.
Era limitado.
Exigía renunciar a cosas.
También podía funcionar sin que ninguno tuviera que fingir que el dinero no importaba.
June dejó el bolígrafo.
—Yo quiero intentarlo.
Emma la miró.
Su tía tenía las gafas torcidas y una pequeña mancha de salsa en el puño.
—Hasta marzo —añadió—. Después volvemos a sentarnos. Aunque nos esté yendo bien.
Emma asintió.
—Aunque nos esté yendo bien.
Luke permaneció callado.
Emma volvió hacia él.
—No hace falta que digas que sí.
Él apoyó una mano sobre la carpeta cerrada.
—Lo sé.
Aquello le importó más que cualquier promesa de ayuda.
Emma miró la oferta de Martin.
Luego abrió el ordenador.
Todavía no escribió.
—Quiero dormirlo —dijo.
June se levantó con esfuerzo y recogió las tazas.
—Por una vez, una idea excelente a esta hora.
A la mañana siguiente, la casa amaneció bajo una capa de nieve fina.
Emma bajó antes que nadie.
Puso café, levantó la jarra y esperó a que la máquina comenzara a trabajar.
Después se sentó en la cocina.
Había pasado buena parte de la noche buscando el error que todavía no veía. El coste omitido. La factura que convertiría aquel plan en algo irresponsable.
No encontró una garantía.
Encontró límites, ayuda contratada y una cantidad que podía permitirse arriesgar sin hundir su empresa.
Cuando June entró, Emma ya tenía el teléfono en la mano.
—Voy a llamar a Martin.
Su tía se sentó.
No le pidió que esperara.
Martin contestó enseguida.
Emma le agradeció el tiempo y la propuesta. Le dijo que había decidido no continuar con la venta y que mantendría la actividad de Winterlight durante el invierno.
Hubo una pausa.
—¿Hay algo de las condiciones que pudiera modificar su decisión?
Emma miró el presupuesto.
—No. He preparado otro plan y quiero probarlo.
Él aceptó la respuesta sin insistir.
Le advirtió únicamente que no podía garantizar que el comprador siguiera interesado más adelante.
Emma sabía que aquella era la parte que debía escuchar con más atención.
—Lo entiendo.
Al colgar, dejó el teléfono sobre la mesa.
June la observó.
—¿Café?
Emma soltó una risa breve.
—Sí.
Su tía llenó dos tazas.
No hubo brindis.
Había una tostadora que limpiar y dos huéspedes a punto de bajar.
Emma bebió el primer sorbo.
El café estaba demasiado caliente.
Aun así, aquella mañana le supo mejor.
Teresa llegó a las cuatro.
Owen la esperaba junto al piano con el papel de los cinco números alisado sobre las rodillas. Maddie había podido dejarlo una hora antes de empezar su turno.
La mujer se quitó los guantes despacio.
—A ver qué has hecho con mis instrucciones.
Owen tocó la secuencia sin mirar el papel.
Teresa inclinó la cabeza.
—Otra vez.
Él lo hizo.
—Bien. Ahora podemos complicarte la vida.
Emma los escuchó desde recepción mientras preparaba el correo para Daniel y Aaron.
Las fechas estaban disponibles. La propuesta incluiría el servicio de Rosa, sujeto a que ambas terminaran de confirmar la organización de cocina y comedor. El precio era ligeramente mayor que el primero, y Emma explicó qué había cambiado.
No intentó disculparse por cobrar lo necesario.
Envió el mensaje.
Al levantar la vista encontró a June junto al buzón.
Estaba retirando una tarjeta que alguien había dejado a última hora.
—Mañana cerramos —dijo.
Emma asintió.
Habían recibido treinta y dos deseos. Algunos estaban cumplidos. Otros necesitaban más tiempo del que podían ofrecer antes de Navidad.
Quedaban dos participantes por llamar para explicarles que no habían encontrado ayuda adecuada.
Emma los apuntó al principio de la lista de la tarde.
No quería que llegaran a Nochebuena esperando una respuesta que nadie se atrevía a dar.
Desde el salón, Teresa golpeó una tecla.
—Eso ha sido un adorno que no estaba escrito.
—Me ha gustado —respondió Owen.
La mujer lo miró.
Después volvió al teclado.
—A mí también. Pero primero aprende dónde va.
June sonrió.
Emma abrió la siguiente ficha.
A las seis, Luke apareció con un ramo pequeño envuelto en papel marrón.
No era de una floristería elegante. Había ramas de abeto, bayas rojas y unas flores blancas.
Emma lo recibió detrás del mostrador.
—¿Qué celebramos?
Él miró el vestíbulo y después a ella.
—Que has tomado una decisión.
Emma bajó los ojos hacia el ramo.
—Podría salir mal.
—También podías arrepentirte de vender.
Ella asintió.
Luke apoyó los codos en el mostrador.
—June me lo ha contado. Solo lo de la llamada. No he venido a pedirte explicaciones de las cuentas.
Emma sonrió.
—Ya las sufriste anoche.
—Todavía veo columnas cuando cierro los ojos.
Ella rodeó el mostrador y se acercó.
—Gracias por las flores.
Luke la besó con una mano en su cintura.
Desde el salón llegó una nota de piano, larga e insistente.
Ambos se separaron.
Owen los estaba mirando.
Teresa le bajó suavemente la mano del teclado.
—Eso tampoco estaba escrito.
June llevó al niño a buscar su abrigo un rato después. Teresa permaneció sentada junto al piano, flexionando los dedos con satisfacción.
Emma se acercó.
—¿Cómo se encuentran hoy?
La mujer alzó ambas manos.
—Cansados. Han trabajado.
Miró el ramo que Emma todavía sostenía.
—¿Eso significa que habrá piano después de Navidad?
Emma se apoyó en el borde de una butaca.
—Significa que vamos a seguir abiertos hasta marzo y después revisaremos cómo va todo.
Teresa la estudió.
—Bien. Yo tampoco hago planes mucho más largos.
Al marcharse pidió que le guardaran el martes siguiente.
Era Nochebuena.
Emma consultó a June con la mirada.
Su tía asintió.
—Habrá merienda —dijo—. Y probablemente alguien querrá cantar.
Teresa se abrochó el abrigo.
—Eso ya lo veremos.
Aquella noche, Emma recibió la confirmación de Daniel y Aaron.
Aceptaban el nuevo precio.
Querían recibir el contrato y las instrucciones del depósito.
Emma leyó el correo dos veces antes de llamar a June.
Su tía apareció con las manos mojadas.
—¿Qué pasa?
Emma giró la pantalla.
June leyó.
Después se secó las manos en el delantal.
—Bueno —dijo—. Tendremos que conseguir que esas doce personas duerman bien.
Emma se rio.
Prepararon el contrato con las condiciones que ya habían revisado. El dinero, cuando llegara, quedaría reservado para los costes de aquella celebración.
No pagaría dos cosas distintas por mucho que Emma quisiera.
Cerró el ordenador después de enviarlo.
En el vestíbulo, el buzón esperaba su último día abierto.
Emma se sentó en el primer escalón y llamó a Sophie.
—Me quedo hasta marzo.
Al otro lado hubo un silencio corto.
—¿En la posada o con Luke?
Emma miró las flores, ahora en una jarra sobre recepción.
—Las dos cosas tienen calendarios distintos.
Sophie se rio.
Hablaron del estudio, de las cajas y de las fiestas.
Cuando colgó, June ya había subido.
Emma apagó las luces del salón y comprobó la puerta lateral. Antes de irse a dormir se detuvo frente al buzón.
Aquel año había aprendido bastante sobre lo difícil que era pedir algo.
Abrió el cajón de recepción y sacó una tarjeta.
Escribió una frase.
La leyó, estuvo a punto de tacharla y acabó dejándola como estaba.
Quiero que la próxima vez que tenga miedo no tarde diez años en decirlo.
No añadió su nombre.
Dobló la tarjeta y la sostuvo entre los dedos.
Después subió a su habitación y la dejó sobre la cómoda, junto a los pendientes de su abuela.
Aquello tendría que cumplirlo ella.