Capítulo 13 El espacio que quedaba
El lunes, Sophie llamó mientras Emma estaba calculando cuánto costaba cerrar una planta de la posada sin dejar que las tuberías se congelaran.
—Necesito saber si sigues usando el estudio —dijo, sin saludar.
Emma apartó la calculadora.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. ¿Lo usas?
Miró la ventana del salón pequeño. Había nieve en el borde del cristal y una huella de Owen en el piano que todavía no había limpiado.
Su estudio quedaba a varias horas de allí, en una calle de Boston donde pagaba por tener una mesa grande, un armario de muestras y una dirección que parecía más profesional que la de su apartamento.
—Ahora mismo, no.
—La fotógrafa que alquila al lado de mi oficina busca un espacio para enero. Quiere luz natural y sitio para guardar equipo. Le he enseñado una foto del tuyo.
Emma enderezó la espalda.
—¿Sin preguntarme?
—Le he enseñado una foto, no le he dado las llaves. Me dijiste que estabas buscando dónde recortar.
Era cierto.
Lo había dicho varias veces, casi siempre como quien reconoce que debería hacer ejercicio sin intención de levantarse de la silla.
Emma abrió el contrato del estudio.
Pagaba cada mes por un lugar que llevaba semanas vacío. Había mantenido el alquiler porque perder al cliente ya le parecía bastante retroceso.
Renunciar también a la oficina había tenido, hasta entonces, el aspecto de una derrota.
Ahora miró la mesa donde estaba trabajando.
Su ordenador cabía allí.
Ella también.
—No sé si el propietario permite un cambio de inquilino antes del vencimiento.
—Entonces pregúntale.
Emma pasó una página del contrato.
Había una cláusula.
La leyó dos veces.
—Te llamo luego.
Sophie guardó silencio un instante.
—No te lo digo para empujarte a quedarte en Maplebridge.
—Lo sé.
—Puedes trabajar desde otro sitio aunque vendas la posada.
Emma apoyó la espalda en la silla.
Aquella precisión importaba.
Cerrar el estudio no tenía por qué ser un juramento sobre Winterlight. Podía ser una decisión razonable para su empresa.
—Gracias por enseñarle la foto.
—Es una buena foto. La hice yo.
Emma sonrió.
Cuando colgó, llamó al propietario.
No consiguió una respuesta inmediata.
Consiguió que revisara el contrato, pidiera los datos de la posible nueva inquilina y aceptara estudiar una salida anticipada sin penalización si el espacio no quedaba vacío entre contratos.
Emma hizo tres llamadas más.
A mediodía tenía una visita concertada para Sophie y la fotógrafa.
Todavía no había ahorrado un dólar.
Pero había dejado de tratar el alquiler como si fuera un mueble imposible de mover.
En la cocina, June estaba midiendo harina.
Emma se apoyó en el marco.
—Estoy intentando dejar el estudio.
Su tía levantó la vista.
—¿El de Boston?
Emma asintió.
June dejó la taza medidora.
—¿Porque quieres o porque crees que tienes que hacerlo por la casa?
—Porque estoy pagando por una habitación vacía.
Su tía la observó.
—Bien.
Emma se acercó a la mesa.
—Al principio me daba vergüenza.
June limpió con el dedo una pequeña línea de harina.
—Tu abuela tuvo durante años un salón que nadie utilizaba porque le daba vergüenza admitir que las sillas eran incómodas.
Emma se rio.
—Las del biombo.
—Esas.
Su tía volvió a medir.
—Conservar una cosa cuesta más cuando también tienes que defender por qué la conservas.
Emma pensó en el estudio, en la oferta de Martin y en la posada entera.
—¿Y tú? —preguntó—. Si pudiéramos hacer la prueba hasta marzo con ayuda y con horarios, ¿querrías?
June dejó la harina dentro del cuenco.
No respondió por afecto ni por costumbre.
Emma vio cómo lo pensaba.
—Cuatro días a la semana —dijo al fin—. Con alguien que cubra de verdad los demás. No un descanso durante el que me llamen para preguntar dónde están las fundas de almohada.
—Lo anotamos.
—Y quiero que revisemos las cuentas juntas cada mes.
Emma asintió.
June la miró.
—Sí. Así sí querría intentarlo.
Emma sintió que algo se asentaba.
No tenían una solución todavía.
Tenían una decisión que pertenecía a las dos.
Aquella tarde, el buzón cerró antes de la hora habitual durante veinte minutos.
Emma colocó un cartel explicando que estaban revisando las últimas solicitudes y se sentó con Nora frente a las tarjetas pendientes.
El cierre definitivo sería el miércoles dieciocho.
Quedaban once deseos sin resolver.
Dos necesitaban llamadas. Tres estaban en marcha. Uno pedía una reconciliación que la otra persona no había aceptado.
Nora dejó esa tarjeta a un lado.
—Podríamos volver a preguntar después de Navidad.
Emma negó suavemente.
—Ha dicho que no.
La mujer mantuvo la mirada en el papel.
Después anotó la respuesta sin añadir otro intento.
Siguieron.
La estrella de dos metros tenía una pieza reparada y volvería a iluminarse aquella noche. El hombre que quería visitar a su esposa ya tenía transporte para dos días, pero necesitaba otro conductor para el veinticuatro.
Harold podía conducir.
Antes de apuntarlo, Nora sacó el teléfono.
Emma sonrió.
La mujer levantó un dedo.
—Estoy aprendiendo.
El último deseo pertenecía a Walter.
Quería hacer el pastel de su esposa y aún no habían encontrado a alguien que conociera la receta. La llevaba escrita en una ficha manchada, con cantidades que dependían de una taza que ya no conservaba.
Nora había pasado por su casa dos veces desde el error.
La primera llevó sopa.
La segunda, un molde.
—Dice que su hija viene el veintitrés —comentó—. Le gustaría tenerlo preparado.
Emma miró la tarjeta.
—Rosa quizá pueda ayudar a interpretar las medidas.
Nora alisó la ficha sobre la mesa.
—Podría ir yo con él.
Emma la miró.
Nora se puso las gafas con mucha atención.
—Para que no le dé vergüenza preguntar.
—Claro.
La mujer levantó la cabeza.
Emma mantuvo una expresión inocente.
Durante unos segundos se estudiaron.
Después Nora soltó una risa.
—No se lo digas a June.
El mensaje de Sophie llegó a las cinco y cuarenta.
Le encanta. El propietario va a pedirle documentación. Llámame cuando puedas.
Debajo había una fotografía del estudio.
La fotógrafa estaba junto a la ventana, señalando dónde colocaría una mesa de trabajo.
Emma amplió la imagen.
Su mesa seguía allí. También las cajas de muestras y la planta que Sophie había regado durante su ausencia.
Había elegido cada cosa pensando en la persona en la que quería convertirse.
Una mujer con un negocio serio.
Con clientes.
Con una vida que pudiera explicar sin pedir disculpas.
Miró el salón pequeño.
Había carpetas junto al ordenador y una taza que June había dejado sobre un posavasos. Desde la cocina llegaba el ruido de dos personas preparando la cena.
Emma llamó a Sophie.
Hablaron de fechas, de cajas y del trabajo que supondría vaciar el espacio. Sophie podía supervisar una parte, pero Emma tendría que volver a Boston para recoger lo personal y cerrar los detalles.
—Puedo ir después de Navidad —dijo.
Al pronunciarlo, reparó en lo que acababa de decidir.
No iría antes.
Sophie pareció notarlo también.
—Vale.
Después de la llamada, Emma volvió a las cuentas.
El ahorro del alquiler no pagaba el tejado. Tampoco resolvía por sí solo la temporada baja.
Pero reducía lo que su empresa necesitaba sacar cada mes.
Eso le permitía reservar parte de sus ahorros para Winterlight sin dejar de pagar a los colaboradores que ya tenía contratados.
Corrigió dos celdas.
El hueco se hizo menor.
Por primera vez, pudo imaginar un límite que no terminara en una cuenta vacía.
No lo celebró todavía.
Envió las cifras al contable y le pidió que revisara el escenario.
A las siete, Luke llamó a la puerta del salón.
Tenía el abrigo puesto.
—Voy a enseñarte algo.
Emma miró el ordenador.
—¿Necesito herramientas?
—Solo botas.
Salieron hacia la calle principal.
Las tiendas estaban cerrando. En la cafetería, Rosa recogía una bandeja mientras Walter y Nora ocupaban una mesa del fondo. Entre ambos había una ficha de recetas y un plato con migas.
Nora levantó la vista.
Emma saludó sin detenerse.
Luke lo vio todo.
—¿Me he perdido algo?
—Varias cosas, probablemente.
Él sonrió y le tomó la mano.
Al doblar la esquina apareció la casa de la estrella.
La estructura luminosa ocupaba casi todo un lado del jardín. A plena luz había parecido excesiva y un poco triste, apoyada contra la pared con dos puntas apagadas.
Ahora brillaba por completo.
Un hombre salió al porche y pulsó el interruptor otra vez, solo para comprobarlo.
La estrella se apagó.
Luego volvió a encenderse.
—Lleva así desde que terminamos —murmuró Luke.
Emma se rio.
El hombre los vio y levantó una mano.
—¡Funciona!
—Eso parece —respondió Luke.
Siguieron caminando.
Emma miró hacia atrás una última vez.
—Me alegra que sigamos con el buzón.
Luke le apretó la mano.
—A mí también.
Avanzaron hasta el pequeño parque junto al río. El banco estaba cubierto de nieve, de modo que permanecieron de pie frente al agua oscura.
Emma le contó lo del estudio.
Luke escuchó sin interrumpir.
—Voy a pasar unos días en Boston después de Navidad —añadió—. Si sale lo del contrato, tendré que recoger mis cosas.
Él asintió.
Emma volvió hacia él.
—Quiero que vengas.
Luke la miró.
—¿A cargar cajas?
—También.
Él sonrió, pero ella no había terminado.
—Quiero enseñarte la cafetería. Y que conozcas a Sophie sin que estemos hablando por una pantalla. Quiero que veas la parte de mi vida que nunca te enseñé.
La sonrisa de Luke cambió.
Durante un momento solo se oyó el agua.
—Me gustaría —dijo.
Emma sintió que se le aflojaban los hombros.
Él la atrajo hacia sí.
Se besaron con las manos frías y el cuerpo buscando calor bajo los abrigos.
Cuando se separaron, Luke apoyó la mejilla junto a su pelo.
—Puedo cerrar el taller unos días.
Emma lo abrazó un poco más.
No era una mudanza ni una promesa sobre el resto de sus vidas.
Era un viaje que estaban decidiendo juntos.
Al regresar a Winterlight, encontró una respuesta del contable.
Había revisado los números.
El plan de tres meses podía ser viable con el nuevo presupuesto, siempre que respetaran el límite de gasto, acordaran las condiciones del tejado y no confundieran nuevas reservas con dinero disponible para cualquier cosa.
Debajo había tres preguntas concretas.
Emma se quitó el abrigo sin sentarse.
Las leyó con atención.
Luego buscó a June.
Su tía estaba en el comedor, doblando servilletas.
Emma colocó el ordenador frente a ella.
—Creo que ya tenemos algo que podemos decidir.
June se puso las gafas.
Luke permaneció junto a la puerta.
Emma lo miró y apartó una silla con el pie.
—Tú también puedes sentarte.
Él dejó las llaves sobre el aparador y se acercó.
Fuera, la nieve empezó a cubrir las huellas del camino.
Dentro, June cogió un bolígrafo.