Capítulo 12 Lo que falta en la cuenta
El domingo, Emma encontró a June en el salón grande, moviendo una silla de un lado a otro del piano.
—¿Estás redecorando?
Su tía retrocedió para observar el conjunto.
—Estoy intentando que Teresa deje de decir que se sienta de espaldas a la luz.
Emma miró la ventana.
—La luz está detrás del piano.
—Eso le dije.
—¿Y?
—Que entonces moviera el piano.
Emma dejó el ordenador sobre una mesa.
June apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—¿Cómo fue la cena?
—Bien.
Su tía esperó.
Emma abrió el ordenador.
—Muy bien.
June sonrió y volvió a mover la silla.
No preguntó más.
Aquella pequeña muestra de discreción hizo que Emma la quisiera todavía un poco más.
—Martin ha enviado las condiciones revisadas —dijo.
June soltó el respaldo.
—Voy por café.
Se sentaron junto a la ventana con el documento impreso entre ambas.
Emma había marcado la nueva cifra, la fecha de entrega y la cláusula sobre las reservas. También había preparado otra hoja con lo que supondría mantener abierta la posada durante tres meses más.
Sin crecimiento imaginario.
Sin contar las consultas como ingresos.
Sin añadir ningún trabajo gratuito de Luke.
June leyó despacio.
—Esta cantidad es menor.
—Por el tejado.
—Ya.
Pasó a la segunda hoja.
El plan de continuidad era más sencillo que el primero. Abrirían seis habitaciones durante el invierno y cerrarían la planta superior en las semanas de menor ocupación. Contratarían limpieza por horas y aceptarían unas pocas celebraciones si los requisitos y el presupuesto lo permitían.
El margen seguía siendo estrecho.
—Aquí no está la comida —señaló June.
—He incluido los desayunos.
—Para las celebraciones.
Emma giró la hoja hacia sí.
Había calculado compras, ayuda eventual y horas de preparación.
June negó con la cabeza.
—Eso son ingredientes. No es una cocina funcionando mientras hay huéspedes, alguien llega tarde y una persona no puede comer lo que has preparado.
Emma dejó el bolígrafo.
Había organizado comidas para cientos de personas.
Siempre con un proveedor detrás.
La cocina de Winterlight era una cocina de posada, no la de un restaurante.
—Tienes razón.
Su tía se quitó las gafas.
—Si nos quedamos, no quiero que la solución sea cocinar más.
Emma tachó una línea.
—Entonces no lo será.
Miró la propuesta de Daniel y Aaron.
La comida era una parte importante de lo que estaban ofreciendo. Si la retiraba, cambiaba el producto. Si la mantenía sin resolver cómo prepararla, solo estaba moviendo el trabajo de una casilla a otra.
June bebió café.
—Podrías hablar con Rosa.
Emma alzó la vista.
Rosa llevaba años al frente de la cafetería de la plaza. Había enviado las galletas el día de la apertura del buzón y, según June, preparaba comida para algunas reuniones del ayuntamiento.
—¿Hace catering?
—A veces. No sé si le interesa hacer más.
Emma anotó el nombre.
No añadió ninguna cifra.
Primero tendría que preguntarle.
A media mañana, el teléfono de recepción sonó mientras Emma estaba revisando las condiciones de cancelación de las reservas existentes.
—Winterlight, buenos días.
—Soy Claire Mercer.
Emma se enderezó.
No habían hablado desde que le devolvió la tarjeta.
—Buenos días.
—Necesito saber si su salón pequeño está ocupado esta tarde.
Emma miró el calendario.
—Está libre. ¿Para cuántas personas?
Hubo una pausa.
—Dos.
Emma dejó la mano inmóvil sobre el ratón.
—Podemos preparar café.
—Eso estaría bien. Nada más.
—¿A qué hora?
—A las cuatro.
Emma anotó la reserva.
Claire no mencionó a su hermano.
Ella tampoco.
—¿Quiere que cerremos la puerta?
—Sí. Pero no del todo.
Cuando colgó, June apareció desde la cocina.
Emma le explicó lo justo.
Su tía miró hacia el salón.
—Voy a quitar las cajas de cintas.
—Y nada de galletas con mensajes.
June la miró con indignación.
—No tengo galletas con mensajes.
Emma levantó una ceja.
—Todavía.
Su tía no pudo evitar sonreír.
Rosa recibió a Emma después del servicio de mediodía.
La cafetería olía a café recién molido y a sopa. En dos mesas quedaban platos por recoger, y una mujer con delantal escribía pedidos para la semana junto a la caja.
Rosa apartó una silla con el pie.
—June me ha dicho que vendrías.
Emma se sentó.
—Espero que no te haya prometido nada.
—Solo que harías preguntas.
Sacó un bolígrafo del bolsillo del delantal.
—Empieza.
Emma le contó la idea de las celebraciones pequeñas y las comidas privadas. Le enseñó la propuesta del aniversario, todavía sin confirmar, y explicó que estaba evaluando si la posada podía seguir abierta.
Rosa leyó las páginas.
—Doce personas sí puedo hacerlas. Cuarenta, depende de qué quieran y de cuándo.
—No quiero empezar con cuarenta.
—Bien.
La mujer señaló la cocina de la cafetería.
—Aquí puedo preparar. Allí tendríamos que ver cómo servir, conservar la comida y recoger. Y dejar claro quién responde de cada cosa.
Emma asintió.
Aquello se parecía más al trabajo que conocía: preguntas concretas antes de elegir un mantel.
Hablaron de precios por persona, transporte, horarios y un mínimo de comensales. Rosa no necesitaba un salón propio todos los días. Algunas veces había rechazado encargos porque los clientes querían una comida servida y no tenían dónde celebrarla.
Winterlight podía aportar el espacio.
Rosa podía aportar una cocina y un equipo que no dependiera de June.
La posibilidad era útil.
No era barata.
Emma hizo unas cuentas en el margen y vio reducirse el beneficio previsto de cada celebración.
También vio desaparecer horas de trabajo que había asignado a su tía sin darse cuenta.
—Con esto tendría que subir el precio —dijo.
Rosa dejó el bolígrafo.
—Entonces súbelo antes de venderlo.
Emma soltó una risa breve.
—Suena muy sencillo cuando lo dices.
—Luego hay que conseguir que lo paguen. Esa es tu parte.
Al despedirse, acordaron visitar juntas la cocina de la posada y preparar una única propuesta de prueba.
Nada de contratos largos.
Nada de comprar equipo hasta saber qué haría falta.
Emma salió con menos margen en las cuentas y un plan bastante más creíble.
A las cuatro menos diez, Luke llegó con una tabla de madera bajo el brazo.
—La balda del armario —dijo—. June me pidió que la cambiara antes de devolver las sábanas.
Emma estaba colocando dos tazas en el salón pequeño.
Él se detuvo en la puerta.
—¿Una visita?
—Claire.
Luke miró la mesa.
—¿Con su hermano?
—No me lo ha dicho.
Él asintió y siguió hacia la escalera.
Emma terminó de preparar el café.
Había colocado las sillas en ángulo, en lugar de enfrentadas. Después se sintió un poco ridícula por pensar que aquello podía ayudar y decidió dejarlas como estaban.
Claire llegó a las cuatro en punto.
Cinco minutos más tarde entró un hombre de pelo blanco con una bufanda oscura. Se quitó el gorro y lo sostuvo con ambas manos.
—Me esperan —dijo.
Emma le indicó el salón.
El hombre caminó hasta la puerta.
Antes de entrar se detuvo.
Claire, sentada junto a la ventana, levantó la vista.
—Hola, Peter.
—Hola.
Emma se alejó hacia recepción.
No oyó qué dijeron después.
A las cuatro y media, Luke bajó con la balda vieja.
La madera tenía una esquina hinchada por el agua.
La llevó hasta la puerta trasera y regresó para buscar su abrigo.
—¿Quieres que espere para ayudarte a recoger?
Emma miró hacia el salón.
La puerta estaba entreabierta.
—No hace falta.
Luke la observó un instante.
Ella sonrió.
—Pero puedes quedarte porque quieras.
Él dejó el abrigo sobre una silla.
June les llevó té al salón grande y después desapareció hacia la cocina.
Emma le contó su conversación con Rosa.
Luke escuchó mientras giraba la taza entre las manos.
—Eso le quitaría mucho trabajo a June.
—Sí. Y a mí me obligaría a cobrar lo que cuesta de verdad.
—Parece una buena combinación.
Emma asintió.
Luego abrió su cuaderno.
Había prometido llegar a las conversaciones con las dos opciones completas. No podía hacerlo sin enseñarle también las partes que le costaban.
—La nueva oferta sigue siendo suficiente para vender.
Luke dejó la taza.
—¿Y estás revisando los documentos?
—Sí. Voy a pedir que los vea un profesional antes de firmar nada.
Él miró las páginas.
Emma señaló una cifra.
—Esto es lo que falta para mantener la posada hasta primavera después de reparar el tejado. Estoy viendo qué gastos podemos reducir sin dejar a June haciendo el trabajo de tres personas.
Luke inclinó la cabeza para leer.
—¿Has contado con la devolución del proveedor?
Emma frunció el ceño.
—La del transporte duplicado.
—Sí.
Ella pasó dos páginas.
La había incluido entre los ajustes, pero no en el efectivo disponible.
Corrigió la suma.
Ayudaba un poco.
No lo suficiente.
Luke no se ofreció a cubrir la diferencia.
Emma agradeció que pudiera sentarse a su lado sin convertir cada problema en una deuda entre ambos.
—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó él.
Ella dejó el bolígrafo.
La pregunta no era sobre la mejor inversión.
—Quiero probarlo —dijo—. Hasta primavera. Con un límite que podamos asumir y una fecha para revisar si funciona.
Luke la miró.
Emma sostuvo su mirada.
Era la primera vez que lo decía así de claro.
—Pero todavía no sé si puedo permitirme esos meses.
Él asintió despacio.
—Entonces esa es la cuenta que falta.
Desde el salón pequeño llegó el sonido de una silla.
Ambos se volvieron.
Claire salió primero.
Peter apareció detrás, sujetando todavía el gorro.
No parecían felices.
Tampoco parecían dispuestos a escapar uno del otro.
—¿Cuánto debemos por el café? —preguntó él.
Emma negó con la cabeza.
—Nada.
Peter buscó la cartera de todos modos.
Claire le puso una mano sobre el brazo.
El gesto fue breve.
Él se detuvo.
—Vamos —dijo ella.
Caminaron juntos hasta la puerta.
En el umbral, Claire volvió la vista hacia Emma.
—No hace falta que guarde la mesa para el próximo domingo.
Emma asintió.
La mujer acomodó su bufanda.
—Vendrá a mi casa.
Después se marcharon.
Emma permaneció mirando la puerta cerrada.
Luke se acercó a su lado.
—¿Bien? —preguntó.
Ella pensó en la tarjeta que Claire había querido recuperar. En la llamada que nunca debió hacerse.
—Me alegro de que hayan podido hablar.
Luke le rozó la mano.
Emma entrelazó los dedos con los suyos.
Al otro lado del vestíbulo, June recogía las tazas sin mirar hacia ellos.
Aquella noche, Emma volvió a las cuentas.
Añadió los precios de Rosa, corrigió el abono del proveedor y separó el dinero que June podía aportar del que debía conservar.
Después abrió una hoja nueva.
Escribió una fecha de revisión al final de marzo.
Debajo, tres condiciones: un límite de pérdidas, un sueldo para June y tiempo reservado para sus propios clientes.
Miró la página.
El plan ya no consistía en mantener Winterlight abierta para siempre.
Consistía en darle una oportunidad sin arrastrarlos a todos con ella.
Emma guardó el archivo.
Por la mañana tendría que averiguar si podía pagar esa oportunidad.