El enredo de los deseos de Navidad Capítulo 11 Fuera de la casa
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Capítulo 11 Fuera de la casa

A las ocho y treinta y cinco del sábado, Owen estaba en el porche con un gorro, una mochila y una hoja de instrucciones.

Luke llegó cinco minutos después.

El niño bajó el primer escalón.

—Vamos un poco justos.

Emma, que había salido a despedirlos, se volvió para esconder la sonrisa.

Maddie entregó a Luke la silla infantil y un papel con su autorización y teléfono. Él comprobó la instalación mientras Owen observaba desde una distancia prudente.

—¿Tienes agua? —preguntó el niño.

—Sí.

—¿Y sabes dónde es?

—Sí.

Owen miró hacia Emma.

Ella levantó ambos pulgares.

El niño no pareció del todo convencido, pero subió.

Maddie se acercó a la ventanilla una última vez.

—Gracias. Salgo a las doce. Después lo recojo donde me digas.

Luke asintió.

Owen se inclinó cuanto le permitió el cinturón.

—Pregúntale si podemos venir a tocar el piano.

—Está aquí —dijo Luke—. Puedes preguntárselo tú.

El niño miró a Emma.

Ella señaló hacia el interior.

—Teresa ha dicho que viene el martes.

Owen sonrió.

Por primera vez desde su llegada, dejó de supervisar el viaje.

La camioneta se alejó despacio.

Maddie permaneció junto a Emma unos segundos.

—Antes de lo del buzón, habría dicho que no necesitábamos ayuda —comentó.

Emma se acomodó el abrigo.

—Yo también digo eso bastante.

Maddie miró el coche que desaparecía detrás de los abetos.

—Es más fácil cuando no tienes que pedirlo todo a la misma persona.

Luego se despidió y caminó deprisa hacia su trabajo.

Emma volvió dentro.

Tenía una visita que preparar.

La pareja llegó a las once con una carpeta delgada y la fotografía de dos personas sonriendo junto a una caravana.

—Mis padres —explicó Daniel—. Cuarenta años casados. Siguen discutiendo sobre quién lee mejor los mapas.

Su marido, Aaron, se quitó el abrigo.

—Queremos una comida bonita. Sin obligarlos a pronunciar discursos.

—Habrá discurso —dijo Daniel.

—Por eso he dicho obligarlos.

Emma los llevó al salón pequeño.

Había preparado café, una propuesta impresa y un plano sencillo de las habitaciones. También había retirado las carpetas del tejado y de la venta.

No quería ocultarles nada que afectara a su celebración.

Tampoco necesitaban sentarse en medio de todas sus preocupaciones.

Recorrieron las habitaciones y el comedor. Aaron preguntó por los baños; la madre de Daniel utilizaba un bastón. Emma les mostró el recorrido con menos escalones y explicó sus limitaciones sin prometer adaptaciones que no existían.

En el salón grande, Daniel se detuvo frente al piano.

—Mi padre toca.

Emma sonrió.

—Acabamos de afinarlo.

Él rozó la tapa sin abrirla.

—Le gustaría esto.

June apareció con una bandeja de galletas y respondió preguntas sobre los desayunos. Hablaba con soltura. Sabía qué dormitorio recibía el sol primero y cuál era más silencioso.

Emma la escuchó desde el umbral.

No era una mujer que necesitara que alguien la rescatara de su vida.

Era una mujer que necesitaba poder elegir cuánto de aquella vida quería seguir sosteniendo.

Al volver al salón pequeño, Daniel dejó la propuesta sobre la mesa.

—Nos encaja —dijo—. Si las habitaciones están libres, podemos hacer el depósito esta semana.

Emma sintió un impulso inmediato de asentir.

Lo tenía todo preparado: condiciones, fechas, cuenta para el ingreso.

Un primer pago.

Una prueba concreta.

Aaron cogió el bolígrafo.

Emma apoyó la mano sobre su carpeta.

—Antes de seguir, tengo que contaros algo.

Los dos levantaron la vista.

Ella les explicó que estaba evaluando la continuidad de la posada y que había una posible venta en estudio. Podía preparar el evento, pero todavía no garantizar que Winterlight estuviera disponible en primavera.

No mencionó cifras ni convirtió la explicación en una petición de ayuda.

Cuando terminó, Aaron dejó el bolígrafo.

Daniel miró alrededor.

—¿Cuándo lo sabrás?

—Espero poder daros una respuesta antes de que termine el año. Entiendo que quizá necesitéis cerrar otro sitio antes.

Él asintió.

Emma sintió que la oportunidad se alejaba.

No trató de sujetarla.

Aaron guardó la propuesta en su carpeta.

—Podemos esperar unos días. Nos gustó trabajar contigo la otra vez.

—Gracias.

—Pero necesitamos la casa —añadió Daniel—. Mi madre se cansa mucho si tiene que ir de un sitio a otro.

—Lo entiendo.

Los acompañó hasta el coche.

Al despedirse, Aaron le estrechó la mano.

—Gracias por decírnoslo antes del depósito.

Emma esperó a que salieran del camino.

Después permaneció unos segundos en el porche, con los brazos cruzados para conservar el calor.

Había hecho lo correcto.

Le habría gustado que se sintiera un poco mejor.

Luke regresó poco después de la una.

Owen iba con Maddie, de modo que llevaba la camioneta vacía y una pegatina de copo de nieve adherida al abrigo.

Emma la señaló.

Él bajó la vista.

—He superado una evaluación.

—¿Con buena nota?

—No me ha dicho. Creo que sigue pendiente la revisión del trayecto.

Ella sonrió.

Luke se quitó la pegatina con cuidado y la dejó en el salpicadero.

—¿Cómo ha ido la visita?

Emma le contó lo ocurrido.

Él apoyó un hombro contra la camioneta.

—Podrías haber cogido el depósito.

—Y devolverlo después si vendía.

—Sí.

Emma miró hacia la casa.

—No quería pasar la Navidad con otra cosa que tuviera que esconder debajo de una carpeta.

Luke la observó.

Luego se acercó y la besó.

Fue un beso breve, con la mano apoyada en su cintura.

Cuando se apartó, Emma seguía un poco sorprendida.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no era una cara de nada.

Él sonrió.

—A las seis y media.

—Estaré lista.

—Fuera de la casa.

Emma señaló el porche.

—Lo tengo anotado.

A las seis y veinte, June apareció en la habitación de Emma con dos pendientes en la mano.

—Estos estaban en el cajón de tu abuela. Creo que te los ponías para jugar.

Eran pequeños, de plata, con una piedra azul.

Emma los reconoció.

Se sentó al borde de la cama.

—Me decía que solo podía usarlos dentro porque, si los perdía en el jardín, tendría que casarme con un detector de metales.

June se rio.

Los dejó en la palma de su sobrina.

Emma se los puso frente al espejo.

Llevaba un vestido de punto oscuro y unas botas que había encontrado al fondo de la maleta. No era ropa de trabajo ni de una celebración ajena.

Le costaba recordar la última vez que se había arreglado sin tener que vigilar después el reloj.

June le apartó una etiqueta que asomaba por el cuello.

—Pásalo bien.

Emma la miró a través del espejo.

—Si alguien necesita algo…

—Hay gente entrando y saliendo de esta casa desde antes de que tú aprendieras a hablar.

—Ya.

—Y procura no contestar correos mientras cenas.

Emma levantó el teléfono.

Lo puso en silencio.

Su tía asintió, satisfecha.

Luke la esperaba abajo.

Al verla, dejó de hablar con June.

Emma notó su mirada antes de llegar al último escalón.

Él llevaba una camisa azul y un abrigo limpio. Se había afeitado.

June los observó con una discreción tan esforzada que resultó enternecedora.

—No traigáis pan —dijo al despedirlos—. Ya tenemos.

El restaurante estaba en un pueblo a veinte minutos.

Emma se alegró de no reconocer a nadie.

Tenían una mesa pequeña junto a una ventana y una vela de verdad en el centro. Luke la miró, después miró a Emma.

—No hay niños.

—Podemos asumir el riesgo.

Al principio hablaron de Hannah, de las sobrinas y de un cliente de Luke que había pedido una estantería para libros «más decorativa que resistente».

Emma le contó cómo una novia había cambiado las flores de su boda cuatro veces y acabado eligiendo las primeras.

Se rieron.

Pidieron comida.

Durante un rato, la casa dejó de estar sentada entre ambos.

Luego Luke le preguntó por Boston.

No por el cliente perdido. Ni por lo que iba a hacer con el estudio.

Por la vida que había tenido allí.

Emma le habló de su primer apartamento, donde la cama casi tocaba el frigorífico. De Sophie. De una cafetería que abría antes del amanecer y le permitía sentarse una hora sin pedir nada más.

—Me gustaba —dijo—. Incluso cuando era difícil.

Luke asintió.

—Me alegro.

Ella lo miró.

La sencillez de la respuesta le aflojó algo que llevaba años tenso.

—Pensé muchas veces que, si te lo contaba, iba a hacerte daño.

Él giró el vaso entre las manos.

—Me hacía más daño imaginar que lo estabas pasando mal y aun así no querías hablar conmigo.

Emma bajó la vista.

Luke la dejó respirar antes de continuar.

—Yo también tuve cosas buenas aquí. No pasé diez años esperando delante de la puerta.

Ella sonrió apenas.

—Eso habría preocupado a June.

—Me habría dado una tarea.

Hablaron de otras personas.

Con cuidado, al principio.

Emma le contó una relación que había durado dos años y terminado en una cocina demasiado moderna, donde ninguno sabía muy bien por qué seguían juntos.

Luke habló de una mujer con la que había pensado mudarse. Ella quería irse a otro estado y él no había querido empezar de nuevo allí.

—¿Te arrepentiste? —preguntó Emma.

Él se tomó un momento.

—De algunas cosas que dije. De quedarme, no.

Ella asintió.

No era una respuesta sobre ellos.

Le gustó poder escucharla así.

Cuando salieron, nevaba muy poco.

Copos pequeños se posaban sobre el abrigo de Luke y desaparecían casi enseguida.

Caminaron hasta una plaza cercana. En el centro habían instalado un árbol con luces blancas y adornos hechos por los niños del colegio.

Emma encontró una estrella torcida.

—Esa parece mía.

Luke se acercó para verla.

—La tuya tenía más pegamento.

Ella se volvió.

—¿Te acuerdas?

—Tu abuela la ponía junto a la puerta todos los años.

Emma miró la estrella.

No sabía qué hacer con la ternura de descubrir que alguien había visto cosas que ella creía olvidadas.

Luke le tomó la mano dentro del bolsillo de su abrigo.

—Quiero volver a verte —dijo.

Emma lo miró con una sonrisa.

—Estoy en la posada.

Él negó suavemente.

—Me refiero a esto. Aunque mañana haya otra avería. Aunque decidas vender. Quiero saber si tú también quieres seguir.

Emma dejó de sonreír.

No porque tuviera dudas.

Porque aquella pregunta era distinta de todas las que había estado contestando.

No necesitaba un presupuesto ni un plazo.

Tampoco le permitía refugiarse en ellos.

—Sí —dijo—. Quiero.

Luke la atrajo un poco hacia él.

Emma apoyó una mano en su pecho.

—Pero esta vez, si tengo miedo o no sé cómo hacerlo, voy a intentar decirlo antes de decidir por los dos.

Él asintió.

—Y yo voy a intentar no contestarte como si ya supiera lo que vas a hacer.

Se besaron junto al árbol.

Nadie abrió una puerta.

Nadie los llamó desde una cocina.

Emma se permitió quedarse allí hasta sentir frío en las piernas.

Volvieron a Winterlight pasadas las diez.

El vestíbulo estaba en silencio. June había dejado una lámpara encendida y una nota en recepción.

Hay sopa si tenéis hambre.

Luke la leyó.

—Hemos ido a cenar.

—Para ella eso no demuestra nada.

Él se rio en voz baja.

Emma se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero.

No encendió más luces.

Luke permaneció junto a la puerta, con una mano sobre el pomo.

Ella se acercó.

Lo besó primero en la boca y después junto a la mandíbula.

Él le rodeó la cintura.

—June está arriba —murmuró Emma.

Luke sonrió contra su mejilla.

—A los veinticuatro eso te preocupaba menos.

—A los veinticuatro creía que no se enteraba.

Él la besó de nuevo.

Más despacio.

Emma deslizó los dedos por el cuello de su camisa y notó cómo le cambiaba la respiración.

Cuando se separaron, Luke apoyó la frente contra la suya.

—Quiero ir despacio —dijo ella, sin apartar las manos.

Él asintió.

—Podemos hacerlo.

Emma lo abrazó.

Permanecieron junto a la puerta hasta que el reloj del vestíbulo dio el cuarto.

Después ella lo acompañó al porche.

Lo vio marcharse con una calidez que no tenía nada que ver con la calefacción.

Al subir a su habitación encontró el teléfono sobre la cómoda.

Había un correo de Martin.

Lo abrió sentada al borde de la cama.

El comprador mantenía el interés, pero, tras conocer el problema del tejado, proponía una reducción del precio. La nueva cantidad seguía siendo suficiente para que vender resultara posible.

Martin había adjuntado un documento.

Emma leyó las primeras condiciones.

La entrega sería a finales de enero.

Había una fecha para la inspección.

Y una cláusula que no figuraba en la oferta anterior: desde la firma, no podrían aceptarse nuevas reservas para estancias posteriores a la entrega.

Emma pensó en Daniel y Aaron.

En la llamada de enero.

Después dejó el teléfono sobre la cama y fue hasta el escritorio.

Encendió la lámpara.

Por la mañana tendría que sentarse con June otra vez.

Esta vez quería llegar a la conversación con las dos opciones completas.