Capítulo 10 Antes de la nieve
Ben llegó a las ocho menos diez con una escalera, un termo y la expresión de quien había recibido varias llamadas como aquella durante la misma semana.
Emma le abrió la puerta con el pelo todavía húmedo.
—El café está recién hecho.
—Primero quiero ver por dónde entra.
Luke apareció detrás de él cargando una caja de herramientas.
Había pasado por su casa para cambiarse y regresó antes de que June terminara de preparar el desayuno.
Emma se apartó para dejarlos entrar.
En el vestíbulo, la cazuela contenía dos dedos de agua. La mancha del techo parecía mayor a la luz del día.
Ben la observó sin comentar nada.
Eso no tranquilizó a Emma.
Los dos hombres subieron al desván. Después salieron al jardín y rodearon la casa mirando hacia arriba.
Emma preparó café de todos modos.
Necesitaba una tarea que no consistiera en esperar.
June cortaba pan junto al horno.
—He quitado de las reservas la habitación que está al lado del armario —dijo—. Por si acaso.
Emma asintió.
—¿Podemos mover a los huéspedes del fin de semana?
—Sí. Pero vamos a estar más juntas con las sábanas.
Señaló las pilas que ocupaban dos sillas.
Emma llevó una al comedor.
Cuando volvió, encontró a su tía mirando el techo de la cocina.
—Aquí no hay nada —dijo.
June bajó la vista.
—Ya.
Se quedaron escuchando un momento.
Entonces alguien golpeó dos veces la puerta trasera.
Ben tenía una pequeña pieza de metal oxidado en la mano.
—¿Podemos sentarnos?
Emma le acercó una silla.
Él dejó la pieza sobre un papel de cocina.
La reparación alrededor de la chimenea había fallado. Había que levantar una zona de cubierta, sustituir el remate y comprobar la madera que quedaba debajo. Había daño visible en una parte, pero no sabrían cuánto hasta abrir.
Emma escuchó con un bolígrafo entre los dedos.
—¿De qué cantidad estamos hablando?
Ben le dio una estimación.
Ella la anotó.
El número llenó casi toda la línea.
—Puede ser menos —añadió él—. También puede aparecer más madera estropeada. Prefiero que lo sepan ahora.
June se sentó.
Luke permaneció apoyado en el borde del fregadero.
Emma miró la cifra y después la lista de reparaciones que había dejado sobre la mesa la noche anterior.
—¿Y si esperamos hasta primavera?
Ben negó despacio.
—Puedo hacer un arreglo provisional para que aguante mientras organizamos el trabajo. Pero no le aconsejo pasar el invierno confiando en eso.
Fuera, el viento movió la rama que rozaba la ventana.
Emma dejó el bolígrafo.
Habían pasado días buscando unas pocas reservas que permitieran empezar.
El tejado acababa de adelantarse a todas ellas.
—Necesito el presupuesto por escrito —dijo—. Lo provisional y la reparación completa, separados.
Ben asintió.
—Se lo mando esta tarde.
Ella miró a June.
Su tía tenía una mano plana sobre la mesa.
—Haz lo provisional —dijo June—. Luego decidimos lo demás.
Emma volvió hacia Ben.
—Sí. Por favor.
Él recogió la pieza oxidada.
Antes de salir, señaló el plato de tostadas.
—Ahora sí acepto café.
A las once, la entrada de agua estaba contenida.
Ben había colocado una protección temporal y volvería cuando pudieran acordar la reparación. Luke lo ayudó a recoger las herramientas.
Emma acompañó al contratista hasta la puerta y regresó a recepción.
Tenía un correo de Martin Hale.
Buenos días. Quedo pendiente de su respuesta. Si hay alguna cuestión que necesiten revisar antes de confirmar, podemos hablar.
Emma lo leyó sin sentarse.
Después abrió la hoja donde había calculado los gastos de los siguientes meses.
Añadió la reparación.
La suma cambió.
La miró hasta que dejó de parecer una equivocación.
June salió de la cocina con un cesto de toallas.
—¿Cuánto nos deja?
Emma giró la pantalla.
Su tía dejó el cesto en el suelo y se puso las gafas.
No tardó en entenderlo.
—Podría poner algo de mis ahorros.
Emma negó con la cabeza.
June la miró.
—No tienes que responder tan deprisa.
—Los necesitas.
—También necesito un techo.
—Y no quiero que vacíes tu cuenta para que yo pueda decir que he conservado la casa.
Su tía apretó los labios.
Emma se pasó una mano por la frente.
—Perdona. No quería decirlo así.
June acercó una silla.
—Pues dime cómo querías decirlo.
Emma se sentó frente a ella.
En la pantalla había una columna con dinero que podía entrar y otra con dinero que tenía que salir. Conocía demasiado bien la diferencia entre una consulta y una reserva. Entre una reserva y un pago.
—Quiero intentarlo —dijo—. Pero cada vez que encuentro una forma, hay algo más que pagar antes de poder empezar.
June miró hacia la escalera.
—Siempre ha habido algo.
Emma sostuvo la mirada de su tía.
—Por eso no quiero que lo pagues todo tú otra vez.
June bajó los ojos hacia sus manos.
Tardó un poco en hablar.
—No todo lo que hice aquí fue un sacrificio, Emma.
Ella asintió.
Se quedó callada para escuchar.
—Hubo años buenos. Muchos. Tu abuela y yo teníamos trabajo, compañía y una casa llena de gente que quería estar aquí. No quiero que mires todo esto como si hubiéramos pasado la vida equivocándonos.
A Emma se le cerró la garganta.
—No pienso eso.
—Entonces deja que también yo decida qué puedo ofrecer.
Emma miró la casilla del sueldo de June.
Pensó en Luke. En Claire. En Maddie explicándole lo que necesitaba para cenar con su hijo.
Llevaba semanas aprendiendo la misma lección de distintas personas.
—Está bien —dijo—. Lo hablamos con el contable. Pero ponemos un límite que no te deje desprotegida.
June asintió.
Cogió el cesto y lo apoyó sobre las rodillas.
—¿Tienes que contestar hoy?
Emma miró el correo.
—Sí.
Su tía no le dijo qué hacer.
Al mediodía, Luke encontró a Emma en el salón pequeño con el teléfono pegado a la oreja.
Ella levantó un dedo para pedirle un momento.
—Entiendo —dijo—. Gracias por revisarlo.
Escuchó unos segundos más.
—No, con esas condiciones no puedo asumirlo.
Colgó.
Luke se quedó en la puerta.
—¿El banco?
Emma asintió.
Había preguntado por financiación para las reparaciones. Con sus ingresos recientes y la actividad actual de la posada, la alternativa que le ofrecían resultaba cara y exigía compromisos que no quería aceptar por teléfono.
Señaló el ordenador.
—También he hablado con el contable. June puede aportar una parte sin quedarse sin reserva. Yo puedo usar algo de mis ahorros.
Luke se sentó frente a ella.
—¿Y llegáis?
Emma negó con la cabeza.
—Llegamos al tejado. No a todo lo que hace falta después.
Él miró los papeles.
No intentó restarle importancia.
Emma apoyó los codos en las rodillas.
—Hay una pareja que viene mañana a ver las habitaciones para una celebración de primavera. Y otra consulta para enero. Pero no puedo pagar una obra con conversaciones.
Luke asintió.
—No.
Ella levantó la vista.
Había agradecido que no fingiera.
Ahora deseó, durante un instante, que lo hiciera.
Luke se pasó una mano por la mandíbula.
—Puedo aplazar parte de mis facturas hasta después del invierno.
Emma miró la carpeta de las reparaciones.
—Eso te trasladaría el problema a ti.
—Estoy ofreciéndolo.
—Y lo estoy escuchando. Pero necesito saber que puedes hacerlo sin dejar de pagarte.
Él se quedó quieto.
Después soltó el aire.
—No toda la cantidad.
—Entonces no toda la cantidad.
Luke la observó.
Algo en su expresión se suavizó.
—Eres bastante difícil de ayudar.
Emma dejó escapar una risa cansada.
—Estoy intentando aprender.
Él estiró la mano por encima de la mesa.
Ella la tomó.
Permanecieron así un rato.
En el vestíbulo sonó la campanilla. June recibió a una mujer que venía a dejar mantas para un deseo.
Emma miró la puerta y después la pantalla.
—Tengo que informar a Martin de la gotera.
Luke retiró la mano despacio.
—Sí.
—Aunque no acepte la oferta, tiene que saberlo antes de seguir.
Él asintió.
Emma cogió el teléfono.
Martin contestó enseguida.
Ella le explicó lo que había ocurrido y prometió enviarle el informe y el presupuesto de Ben. Él hizo varias preguntas, pidió fotografías y dijo que hablaría con el comprador.
No retiró la oferta.
Tampoco confirmó que siguiera siendo la misma.
Cuando Emma colgó, Luke estaba mirando la ventana.
—Voy a por la mesa del vestíbulo —dijo—. Hay que apartarla de la zona húmeda.
Ella asintió.
Lo vio levantarse.
—Luke.
Él se volvió.
Emma no tenía una promesa que ofrecerle.
—Todavía estoy aquí.
Él sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Por la tarde llegó el presupuesto.
Era ligeramente menor que la estimación inicial, aunque no lo suficiente para cambiar la decisión.
Emma lo envió a Martin y abrió una respuesta nueva.
Escribió que estaba dispuesta a continuar hablando sobre las condiciones de venta. No firmaría una aceptación antes de revisar los documentos con un profesional y necesitaba que quedaran claros los plazos para June.
Dejó el mensaje sin enviar.
Después llamó a su tía.
June se sentó a su lado y lo leyó entero.
—¿Quieres que lo hagamos? —preguntó.
Emma miró la línea donde había escrito continuar.
—Quiero saber qué significa de verdad antes de cerrar la puerta.
Su tía asintió.
—Entonces envíalo.
Emma pulsó el botón.
La sensación que llegó después fue difícil de nombrar.
No era alegría.
Tampoco era solo pena.
Durante unos segundos pudo respirar sin calcular qué factura vendría a continuación.
Esa tranquilidad la avergonzó más de lo que esperaba.
June le apoyó una mano en el hombro.
—No tienes que sufrir cada minuto para demostrar que te importa.
Emma inclinó la cabeza.
Su tía la besó en el pelo y regresó a recepción.
Al otro lado de la ventana, Luke estaba enrollando una cuerda junto a su camioneta.
Emma se puso el abrigo.
Salió antes de encontrar una excusa para esperar.
Él la vio bajar los escalones.
—He contestado a Martin —dijo ella.
Luke dejó la cuerda dentro de la caja.
—¿Qué le has dicho?
—Que estoy dispuesta a revisar las condiciones. No he aceptado vender. Pero no le he dicho que no.
El jardín quedó en silencio entre ambos.
Luke miró hacia la chimenea.
Luego volvió a ella.
—Gracias por decírmelo.
Emma metió las manos en los bolsillos.
—No quiero que te enteres después de que haya pasado todo.
Él asintió.
Tenía la mandíbula tensa.
Ella lo dejó sentirlo sin tratar de convertirlo en una discusión.
—¿Sigues queriendo salir mañana? —preguntó al fin.
Luke la miró.
Habían acordado cenar después de la visita de la pareja. Fuera de la posada. Una mesa que no hubiera reparado él y una cocina donde June no pudiera llamarlos.
—Sí —respondió.
Emma soltó el aire despacio.
Luke se acercó y le cogió una mano.
La sacó del bolsillo y la sostuvo entre las suyas para darle calor.
No parecía menos preocupado.
Pero estaba allí.
—Owen tiene que estar listo a las ocho y cuarenta —dijo ella.
Una sonrisa pequeña le cruzó la cara.
—Me ha dejado un mensaje con June.
—¿Otro?
—Quería saber si tengo cadenas para la nieve.
Emma se rio.
Luke le rozó los nudillos con los labios antes de soltarla.
Ella lo vio subir a la camioneta.
En el techo de Winterlight, la protección provisional se movió con una ráfaga y volvió a quedar firme.
Emma siguió el recorrido de la chimenea hasta la ventana de su habitación.
Aún tenía trabajo que hacer antes de la noche.
Entró en la casa.
Junto al buzón había una tarjeta nueva, sin sobre, que alguien había dejado apoyada contra el cartel.
La letra era grande y desigual.
Quiero que el piano siga aquí el martes.
Debajo, en letras mucho más pequeñas:
Teresa dice que los dedos están bien.
Emma sostuvo la tarjeta un momento.
Después la llevó al registro y le asignó un número.