Capítulo 9 El tercer plato
El jueves, Owen llegó a Winterlight con una corbata que le alcanzaba el cinturón.
Emma abrió la puerta y bajó la mirada hacia él.
—Estás muy elegante.
El niño se tocó el nudo.
—Me la ha prestado el señor Wallace. Dice que no se la manche.
Detrás, Maddie levantó una caja de cartón.
—El postre ha sobrevivido al trayecto. Considero que ya es una buena noche.
Había salido del trabajo a tiempo. Por primera vez desde que Emma la conocía, no llevaba el uniforme bajo el abrigo.
Se había puesto un vestido azul sencillo y tenía el pelo suelto.
Owen entró sin soltarle la mano.
No preguntó por los adornos ni por los regalos.
Miró primero hacia el comedor.
Emma los acompañó hasta el salón pequeño.
Habían colocado la mesa restaurada junto a la ventana. Luke había conseguido repararla sin borrar las marcas del tablero. Sobre ella había un camino de tela, un pequeño abeto en una maceta y dos luces de batería que June encontró en el armario de las celebraciones.
Tres platos.
Emma había preguntado antes.
Maddie quiso que el tercero estuviera allí.
Owen se detuvo al verlo.
Después levantó la cara hacia su madre.
Ella le apretó la mano.
—Como los jueves en casa de la abuela.
El niño asintió.
No dijo nada más.
Emma dejó la caja del postre sobre el aparador.
—June ha preparado pollo al horno. Hay patatas y judías verdes. Si necesitáis algo, estamos en la cocina.
Owen miró la puerta.
—¿Vosotros no cenáis?
—Más tarde.
Él pareció considerarlo injusto.
—Hay sitio.
Maddie le acarició el pelo.
—Hoy vamos a cenar tú y yo un rato.
El niño observó otra vez los tres platos.
—Vale.
Emma salió y dejó la puerta entreabierta.
En la cocina, June estaba pasando las patatas a una fuente.
Luke cortaba pan junto al fregadero.
Los dos levantaron la vista al verla.
Emma asintió.
June sonrió apenas y volvió a la comida.
Nadie preguntó si había sido emocionante.
Emma agradeció aquello.
Había temido que el deseo, una vez cumplido, necesitara una explicación. Un momento que pudieran señalar entre todos.
En cambio, Maddie y Owen se estaban quitando los abrigos en una habitación donde la cena no tenía que servirse deprisa.
Eso bastaba.
Luke le acercó una cesta de pan.
—¿La llevas?
Emma la cogió.
Al llegar a la puerta oyó la voz del niño.
—Hoy en el colegio hemos hecho un copo, pero el mío parecía un insecto.
Maddie se rio.
Una risa sorprendida, como si hubiera olvidado que podía salirle sin esfuerzo.
Emma llamó suavemente con los nudillos y dejó el pan.
Owen le enseñó el dibujo arrugado que había sacado del bolsillo.
Tenía razón.
Parecía un insecto.
En la cocina cenaron de pie durante los primeros diez minutos.
Luego June los obligó a sentarse.
—Llevo toda la tarde preparando una mesa para que la gente se siente y vosotros vais a comer encima del fregadero.
Luke apartó una caja de velas de la silla de Emma.
Ella se sentó a su lado.
June puso una fuente entre ambos y ocupó el otro extremo.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas: la entrega de sábanas, una persiana rota, el pronóstico de nieve para el fin de semana.
Emma miraba de vez en cuando hacia la puerta.
No se oían más que fragmentos de conversación.
Owen contó algo sobre un compañero que había llevado una piedra al colegio para enseñarla y luego no encontraba la suya entre las del patio.
Maddie le hizo una pregunta.
El niño respondió largamente.
Luke le rozó la rodilla bajo la mesa.
Emma lo miró.
Él señaló con los ojos su plato intacto.
Ella cogió el tenedor.
June fingió no verlo.
Habían terminado cuando sonó el teléfono de recepción.
Emma se levantó para contestar.
La pareja interesada en celebrar el aniversario en primavera había revisado su propuesta. Les gustaba Winterlight, pero querían saber si las habitaciones quedaban cerca unas de otras y si podían visitar la posada durante las fiestas.
Emma abrió el ordenador.
Respondió preguntas, comprobó fechas y anotó una visita para el sábado siguiente.
No era todavía una reserva.
Cada vez estaba más cerca.
Cuando colgó, permaneció unos segundos con la mano sobre el ratón.
En una pestaña tenía el presupuesto del aniversario.
En otra, el correo de Martin Hale.
El plazo para aceptar las condiciones vencía al día siguiente.
Emma cerró ambas.
No podía responder a ninguna de las dos cosas solo porque hubiera salido bien una cena.
Al volver a la cocina encontró a Owen junto a Luke.
El niño llevaba el plato de postre con ambas manos.
—Mi mamá dice que podéis comer del nuestro.
Luke se agachó para recibirlo.
—Tu mamá es muy generosa.
—Ella ha comido dos trozos.
—Entonces también es lista.
Owen sonrió.
Emma miró hacia el salón.
Maddie estaba de pie junto a la mesa, recogiendo una servilleta.
Parecía relajada.
Cansada, sí.
Pero sin la prisa que hasta entonces había acompañado todos sus movimientos.
June fue a buscar platos pequeños.
Owen miró a Luke.
—¿Tú eres el que me lleva el sábado?
—Sí, si tu madre sigue de acuerdo.
—Sí está. Ya ha puesto la silla en la entrada.
El niño alzó el plato vacío que había traído de vuelta.
—Tenemos que salir a las ocho y cuarenta. No a las nueve. A las nueve empieza.
Luke asintió con seriedad.
—Me alegro de que alguien haya revisado el horario.
Emma levantó una mano.
—Yo también.
Owen dejó escapar una risa y regresó con su madre.
Cuando se fueron, Maddie abrazó primero a June.
Luego a Emma.
No fue un abrazo rápido.
Emma sintió el peso de la cabeza de la mujer sobre su hombro.
—Había olvidado cuánto habla cuando no le estoy diciendo que se dé prisa —murmuró Maddie.
Emma cerró los ojos un instante.
—Tiene muchas cosas que contar.
Maddie asintió al apartarse.
Luke ayudó a Owen a ponerse el abrigo.
El niño tardó en encontrar una manga y luego se quedó mirando el salón.
—¿El plato se queda ahí?
Maddie se volvió.
Emma esperó.
—Hoy sí —dijo su madre—. Después podemos poner uno en casa los jueves que queramos.
Owen pensó un momento.
—Pero los demás días también cenamos.
—Los demás días también.
El niño aceptó aquella respuesta.
Salieron cogidos de la mano.
Emma los siguió con la mirada hasta que llegaron al coche.
Después volvió al salón.
Los platos estaban casi vacíos.
En el tercero había una pequeña miga de pan que Owen había colocado en el centro.
Emma empezó a recoger.
Luke apareció con una bandeja.
Trabajaron juntos sin hablar.
Cuando él levantó el tercer plato, esperó a que Emma acercara la bandeja antes de moverlo.
Ella agradeció el cuidado.
—El sábado tengo una visita —dijo.
Luke colocó los cubiertos.
—¿La pareja de primavera?
Emma asintió.
—Quieren verlo antes de decidir.
—Bien.
Él llevó la bandeja hasta el aparador.
Emma alisó el camino de mesa.
—Mañana también tengo que responder a Martin.
Luke se volvió.
La habitación había cambiado poco a poco durante la cena. Las ventanas reflejaban ahora el interior y apenas dejaban ver el jardín.
—¿Ya sabes qué vas a decirle?
Emma negó con la cabeza.
Luke apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Creía que estabas más cerca de quedarte.
Ella sintió el impulso de tranquilizarlo.
Pudo decirle que sí. Que la cena, el piano y las llamadas demostraban que aquello podía funcionar.
Pero por la mañana había pagado una factura del estudio con dinero reservado para otra cosa.
Y el presupuesto de la posada seguía teniendo un hueco.
—Estoy más cerca de querer quedarme —respondió—. No es lo mismo que saber cómo hacerlo.
Luke bajó los ojos.
Emma se acercó un poco.
—Lo que está pasando contigo no es una forma de probar la posada.
Él la miró.
—No he dicho eso.
—Lo sé. Necesito decirlo yo.
Luke dejó la silla.
Permaneció frente a ella, lo bastante cerca para tocarla, pero sin hacerlo todavía.
—A mí me está costando separar las cosas —admitió.
Emma asintió.
A ella también.
La casa estaba en todos los lugares donde se encontraban. En la cocina, en el porche, en el jardín. Incluso el beso había ocurrido contra una puerta que él acababa de reparar.
—Podríamos salir —dijo.
Luke parpadeó.
—¿Ahora?
—No hace falta que sea ahora. Me refiero a salir de verdad. A algún sitio donde June no necesite ayuda ni haya una pata de mesa esperando.
Él sonrió un poco.
—Puedo pensar en alguno.
Emma le tomó la mano.
—Bien.
Luke entrelazó los dedos con los suyos.
Por unos segundos pareció que aquello sería suficiente para terminar la noche.
Entonces se oyó un golpe en el vestíbulo.
No muy fuerte.
Después otro.
Emma soltó la mano de Luke y abrió la puerta del salón.
June estaba junto a recepción con una cazuela debajo de una mancha oscura en el techo.
Una gota cayó en el fondo de metal.
Las tres personas miraron hacia arriba.
Otra gota.
—Dime que alguien ha vuelto a sacar la cortina de la bañera —dijo Emma.
June negó con la cabeza.
—Encima está el armario de ropa blanca.
Luke ya se dirigía a la escalera.
Emma lo siguió.
En el segundo piso encontraron una esquina del techo húmeda y agua bajando por la pared del armario. Luke apartó las sábanas de la balda superior.
No era una tubería visible.
Subió al pequeño acceso del desván con una linterna mientras Emma sujetaba la escalera.
Esta vez ninguno hizo bromas.
Luke tardó varios minutos en volver.
Bajó con polvo en el hombro y una expresión que Emma aprendió a temer antes de escucharla.
—Hay agua entrando cerca del encuentro del tejado con la chimenea.
Ella miró la mancha.
—¿Se puede tapar?
—Esta noche podemos contenerlo. Mañana necesito que lo vea alguien de cubiertas.
June había llegado al pasillo.
—¿Es la misma zona que repararon hace cuatro años?
Luke asintió.
—Parece que sí.
Emma apoyó la mano en la pared seca.
El tejado no figuraba entre las reparaciones que podían esperar tranquilamente hasta primavera.
Había confiado en el informe anterior. En que las manchas viejas fueran solo viejas.
—Voy a llamar a Ben —dijo Luke—. Si puede venir temprano, sabremos qué hay.
Emma asintió.
Bajó a buscar recipientes y toallas mientras June revisaba que no hubiera huéspedes afectados.
En recepción, el ordenador seguía abierto.
La luz de la pantalla iluminaba la carpeta donde había guardado la oferta.
Emma pasó por delante sin detenerse.
Durante la siguiente hora movieron ropa, protegieron el suelo y colocaron recipientes donde el agua insistía en caer.
Luke salió al exterior para comprobar el desagüe del tejado desde abajo. Volvió con la cara roja de frío.
No podían resolverlo aquella noche.
Eso era lo que más le costaba aceptar a Emma.
Cuando por fin June subió a acostarse, el vestíbulo quedó silencioso salvo por el sonido irregular de las gotas.
Emma estaba sentada en el primer escalón.
Luke se sentó a su lado.
Tenía las manos frías. Ella las cubrió con las suyas.
—Ben viene a las ocho —dijo él.
Emma asintió.
Miró la cazuela, el techo y la mesa del salón, todavía puesta a medias.
La cena había salido bien.
La casa tenía una gotera.
Ninguna de las dos cosas anulaba la otra.
Apoyó la cabeza en el hombro de Luke.
Él le rodeó la espalda y permanecieron así, escuchando el agua hasta que el cansancio empezó a pesar más que el miedo.